Contra la herejía del inmaterialismo

He estado sacando tiempo para leer el libro de Michel Onfray Tratado de la ateología luego de que un camarada compartiera el enlace en un sitio laico.  Mi interés por Onfrey surge a partir de intercambios con un amigo filósofo del norte de Europa que me lo aconsejó en la comunidad epicúrea del internet.  Luego, tuve la oportunidad de practicar el francés básico que conozco leyendo en idioma original La sculpture de soi, una obra en la que parte de una escultura de un mercenario europeo para filosofar sobre el autarca, el filósofo libre.

A través de la obra de Onfray, se puede entrever siempre un epicureanismo nitzcheano, post-cristiano.  Esta obra en particular parte del evento histórico de la muerte supuesta de Dios en la obra de Nietzche, pero como dice Onfray en otras de sus obras, el cadáver de Dios aún no lo hemos enterrado y el hedor está en todas partes.

Hay algunos puntos de interés en esta obra que quizá merezcan ser atendidos en blogs separados, pero el que me interesa en particular ahora es el tema del verbaje y las agendas detrás de los verbajes.  Es este uno de los instantes en que Onfray arguye que la epísteme cristiana pervade el pensamiento supuestamente laico de la sociedad entera, nuestras leyes, nuestra política.

Incluso los modos en que nos identificamos laicos (sin que a veces lo notemos) refuerzan perspectivas no-analizadas de lente abrahámico que equiparan decencia con cristiandad o con fe.

Me interesa el asunto del vocablo y los puntos de partida por mi conversión al epicureísmo y mi insistencia firma a tomar Epicuro como punto de partida.  En el Tratado de ateología, página 39, se lee:

Los adoradores de todo y de cualquier cosa … reducen a los incrédulos a ser, desde lo etimológico, no más que individuos incompletos, amputados, fragmentados, mutilados, entidades a las que les falta Dios para ser de verdad.

Lo curioso es que, al igual que Nietzche, Onfray contrapone el ser versus el no ser, la vida contra la muerte, con las religiones sobrenaturalistas siempre delineándose como cultos a la muerte, es decir, al no-ser.  ¿A quien en realidad le falta algo, a los que se extasían en lo espiritual e intangible o a los que plantan sus pies firmes en la realidad, la materia, el ser?

Notamos que los católicos se escandalizan poco por el abuso sexual de curas con menores, pero mucho cuando los fetos son abortados … tendrán los curas que violar fetos para que los católicos se escandalizen.  Pero estos son síntomas de los cultos a la muerte: idolatría de la agonía, del dolor, del martirio, y preocupación por la gente solo antes de nacer y luego de morir, imaginería de paraíso post-mortal mientras que el materialismo y el atomismo hedonista y ético se enfoca en la calidad de la vida de las entidades vivientes durante el tiempo entre el nacimiento y la muerte: el único tiempo que importa, el único en que se puede sufrir, amar, llorar, vivir, aprender.

Entonces, ¿porque el filósofo materialista debe considerarse a-teo, in-crédulo, in-fiel, im-pío, siempre una negación de una virtud imaginaria e intangible, siempre partiendo de un punto de referencia iniciado por retóricas hostiles?

Esa es la ironía, y mi crítica principal de hecho al autor que escribe todo un tratado de ateología en lugar de partir, como predica que debemos, de un punto de partida netamente materialista.  Es por esto que soy, e insisto denominarme, epicureano.

Del mismo modo, el autor da en el clavo al nombrar varios de los problemas principales que nacen de la religión.  Llama nuestros temores y angustias existenciales, sobre todo el miedo a la muerte, “máquinas de crear divinidades”, pero fracasa en apuntar el dedo a los primeros dos tabúes epicúreos, las primeras dos de las cuatro curas del maestro Filodemo de Gadara: “No temerás a los dioses” y “No temerás a la muerte“, doctrinas que al ser elaboradas con elocuencia roban de fecundidad el alma parturienta de dioses.

Entonces, su tratado de ateología, incluso desde su título mismo y punto de partida, estará siempre incompleto, será siempre el comienzo de una conversación y nunca el final.

Luego, de nuevo, da en el clavo al aseverar en la página 49:

Por lo tanto, la religión se convierte en la práctica por exelencia de la alienación; supone la ruptura del hombre consigo mismo y la creación de un mundo imaginario en el cual la verdad se encuentra investida imaginariamente.

… pero fracasa en proveer al lector de un contra-análisis enraizado en el discurso epicúreo, discurso que el autor admite admirar.  Como respuesta y como cura a esta alienación, este deseo de partir de este mundo y de imaginar otros, se nos ofrece lo que en griego se llama la enargeia, la inmediacía de la experiencia ante nuestros sentidos, que a veces es traducida como evidencia y no es menos que el ancla que nos permite estar en este mundo.  Es vivir, despertar a la realidad.  En oriente, enargeia podría traducirse como zen, pero este es el verbaje puramente laico y representativo del humanismo secular occidental.

Hemos de entonces acuñar nuevos vocablos afirmativos, vocablos que nombren lo que uno es en lugar de negar lo que uno no es, que tomen nuestra experiencia y perspectiva como punto de partida y no la de partidos hostiles a nosotros.

En lugar de hablar de como los ateos son impíos e irreligiosos, hablemos de como los religiosos son anti-laicos. Hablemos del laicismo como la norma, porque de hecho lo ha sido y lo ha debido haber sido en los últimos varios siglos.

Empecemos a denominar a los que odian la filosofía y la evidencia como crédulos, o quizá como antísofos (partidarios en contra de la sapiencia).

Empecemos a hablar del inhumanismo de los que se oponen al humanismo secular, particularmente cuando se les olvida ocuparse por el tiempo entre el nacimiento y la muerte, con todos los tangibles de la ética que se dan en ese intervalo.

Hablemos del sobrenaturalismo y la superstición de los que no aceptan concepciones naturalistas de la realidad.  Hablemos, como bien hizo Tomás Jefferson, de la herejía del inmaterialismo que se ha apoderado del cristianismo.

Porque las palabras son, de hecho, poderosas y quienes las disponen y las proponen ejercen cierto tipo de poder por medio de ellas.  Entonces, cuajemos no tratados de ateología contra los ‘fieles’ sino discursos laicos contra los anti-laicos.  Fieles son los naturalistas a la vida, a la realidad y a la sana filosofía.

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