Varios días en Atenas – Capítulo 12

Bromas sobre los filósofos

Teón, levantándose refrescado del baño de agua tibia, sus miembros bien frotados con ungüentos, se unió al grupo en la cena de buena salud y ánimo. Consistía en el maestro, Leoncia, Metrodoro y otros dos estudiantes que eran personas nuevas para él. Había algo en los modales suaves de uno, no sin mezclar con un poco de torpeza, el grave reposo de sus características, el pensamiento abstracto que bordeaba la frente y su mirada fija suave, que lo llevó a adivinar que era Polieno. El otro, cuya marcha tenía la dignidad de la virilidad y el pulido del arte; cuyo rostro, sin ser guapo, tenía esa belleza que el refinado sentimiento y una mente bien recogida siempre añaden a las características; cuya entera apariencia mostró de inmediato al fino erudito y al hombre amable, fijó al instante la atención y la curiosidad de Teón. Todos recibieron al joven con felicitaciones y Metrodoro, mientras lo sostuvo en sus brazos, en broma lo reprochó como un invasor codicioso y bárbaro que cargaba en su persona sola todo el amor y el honor del jardín. “Pero aún así”, añadió, “tenga cuidado; porque dudo que haya obtenido también su envidia.”

“Lo creo”, dijo Teón. “Por lo menos sé que debería envidiarlo a usted, o a cualquiera de su fraternidad, que haya arriesgado o perdido su vida en el servicio de su maestro o cualquiera que su maestro haya amado.”

“Bien dicho, mi querido joven,” dijo el extraño, tomando su mano; “Y cuando haya visto más de la ninfa que tan gallardamente rescató, usted quizás piense que no es menos objeto de la envidia el hombre que arriesgue su vida por ella o cualquiera que ella amó.”

Se trasladaron a la mesa, donde Leoncia susurró a Teón: “Hermarco de Mitilene, el amigo del alma de Epicuro.”

“Le doy las gracias,” respondió Teón, “usted ha leído bien mi curiosidad.”

El grupo estaba a punto de situarse para la cena cuando un sonido en el pasaje volvió todas las miradas hacia la puerta. “Sí, enfermera, puede tranquilamente dejarme tomar mi propio camino. Vaya, vaya, estoy bastante bien, bastante cálida y muy activo. Le digo que me ha frotado la piel hasta pelármela, ¿Me va a frotar la carne también?” Y entró, con el pie ligero de una ninfa de Diana, la joven Hedea. Un vestido blanco, descuidadamente ajustado, caía con gracia inimitable sobre su forma aireada; con igual negligencia, el pelo largo, todavía húmedo por las recientes olas y despeinado por el roce ardiente de su cuidadosa asistente, colgaba de sus hombros. Su rostro, aunque pálido de alarma y fatiga tardías, irradiaba vida y alegría. Sus ojos oscuros chispeaban de inteligencia y sus labios, aunque de coral ligeramente descolorido, encantaban con una sonrisa. En una mano tenía una copa, en la otro una corona de flores de mirto. “¿Cuál es mi héroe?”, preguntó con una voz más dulce que el céfiro nocturno, mientras miraba alrededor de la mesa. “¿Estoy en lo cierto?”, acercándose a Teón. El joven, al mirar el hermoso rostro, se olvidó de responder. “No, pero ¿es una estatua?”, dijo inclinada hacia adelante y mirando a su vez, como si en inspección curiosa.

“No, un esclavo”, dijo Teón, medio sonriendo, medio sonrojado, mientras se inclinaba su rodilla mientras ella colocaba la guirnalda en su cabeza.

“Vengo a jurarle mi lealtad,” dijo ella, poniendo la copa a sus labios “y para que me jure la suya”, presentando la copa con una gracia encantadora al joven, quien tomó de ella en éxtasis sin palabras de sus dedos cónicos, y volviendo ese lado de la boca que había recibido el toque de ella, a la vez bebió el trago de vino y el amor.”

“Ten cuidado,” dijo una voz en su oído, “es la copa de Circe.” Se volvió. Polieno estaba detrás de él; pero cuando vio sus facciones inmóviles, casi no podía creer que el rumor había sido pronunciado por él.

“Lo sé”, continuó la refinada señalando a la mesa, “solo hay bebida fría aquí para un ahogado. Mi sabio padre sabe dar comodidad a la mente, pero vayan a mi buena enfermera cuando deseen la comodidad del cuerpo. Ella es la mezcladora más hábil de elíxires, pociones y todos los medicamentos apetecibles que pueden alegremente encontrar en toda Grecia, toda Asia, o toda la tierra. Y ahora den paso,” retornando su atención a toda la compañía que le rodeaba y llevando a Teón por el brazo al extremo superior de la mesa. “He aquí el rey de la fiesta.”

“Es decir, si usted es la reina”, dijo el joven en estado de embriaguez.

“Oh, sin duda,” poniéndose a su lado, “nunca niego la atención cada vez que puedo conseguirla.”

“Cada vez que puede llevársela, quiere decir,” dijo el maestro, riendo.

“¿Y no es en todas partes?” dijo Hermaco, bajando la cabeza ante la chica guapa.

“Sí, creo. Una cara bonita, mis amigos, puede presumir mucho; un carácter intencional puede llevarse todas las cosas. Tengo ambos a la perfección; ¿No?”

“Gloria a Venus y las Gracias,” dijo Leoncia; “Nuestra hermana ha traído un corazón tan alegre de la universidad de Pitágoras, como el que llevó a él.”

“Seguro; ¿Esperaba otra cosa? Ustedes los filósofos no saben nada de la naturaleza humana. Yo pude haber dicho antes de este último experimento que el humor está en el contraste y que un bromista encontrará más sujetos en un sínodo de sabios serios que un grupo de genios risueños. Usted debe saber,” mirando a Teón, “He visitado un hombre sabio, muy sabio, que ha seguido desde su juventud el capricho, y todos los hombres muy sabios tienen caprichos, de restaurar la escuela abandonada de Pitágoras a su grandeza prístina. En consecuencia, se ha recogido y criado algunas docenas de jóvenes sumisos a su plena satisfacción; ya que ninguno de ellos se atreve a discernir su mano derecha de su izquierda sin la autoridad de su amo, doblemente respaldado por la del gran fundador. No tienen, en definitiva, ningún dinero propio, ni tiempo propio, ni lengua propia, ni voluntad propia, ni pensamiento propio. No se puede concebir una comunidad más perfecta. Una más virtuosamente insípida, más científicamente absurda o más sabiamente ignorante.”

“Pare, chica atolondrada,” dijo el maestro, sonriendo, mientras trataba de fruncir el ceño.

“Tonta no soy, en absoluto. Estoy contando una historia muy factual.”

“Y somos todo oídos”, dijo Hermarco, “así qie díganos la historia en su totalidad.”

“¿Todita? Pues, ya lo tienen. Una morada de bienaventurados; una casa con doce cuerpos y un cerebro que les sirve a todos.”

“Bueno”, respondió Hermarco, “creo que usted tiene en su casa un centenar de cuerpos en la misma situación.”

“Seguro; y así le dije al sabio pitagoreano cuando miraba tan complacido sus once piezas mecánicas y le aseguré que si no fuera por mí, no habría un solo original en el jardín excepto el maestro. Le aseguro, padre, que di una descripción igual de factual de su hogar como la que ahora doy del viejo pitagoreano. Y una coincidencia más singular, me acuerdo que gritó tal como usted lo hizo hoy. Una vez más, era una casa perfecta: con los hombres, todo era paz, el método, la virtud, el aprendizaje y lo absurdo; con las mujeres, todo era silencio, el orden, la ignorancia, la modestia, y la estupidez.”

“Y pregunta, hermana,” dijo Metrodoro, “¿qué le hizo salir de una sociedad que produjo alimentos tan ricos para su sátira?”

“Porque, hermano, el alimento más rico empalaga más rápido. Pasé tres días en satisfacción perfecta; el cuarto me hubiera matado.”

“Y a sus amigos también”, dijo el filósofo, sacudiendo la cabeza.

“¿Matarlos? Ellos ni sabían que tenían vida hasta que yo lo averigüé por ellos. No, no, dejé adoloridos los corazones detrás de mí. Incluso al maestro. ¡Ah, el maestro! Pobre hombre, ¿he de confesarlo? Antes de salir de la casa, él cogió uno de sus pupilos mirando en un espejo con una vela, se enteraron de que otro había movido el fuego con una espada, y ¡oh! más terrible que todo, de que un tercero había tragado un frijol.* Si me pudiera haber quedado tres días más, hubiera roto mi faja alrededor de los cuellos de toda la docena, la hubiera a traído en mi espalda y la hubiera puesto a los pies de Epicuro.”

“¿Y que dijo el maestro todo este tiempo?”, dijo Leoncia.

“¿Que qué dijo? ¿Que dijo él? Bah. Nunca oí lo que dijo porque estaba leyendo lo que sentía.”

“¿Y que sentía él?”, preguntó Hermarco.

“Justo lo que ha sentido usted, y usted también,” mirando a Polieno. “Sí, y también usted, filósofo muy sabio”, y volviendo el rostro a Teón, “lo que usted tiene que sentir, si aún no lo ha sentido: que yo era muy ingeniosa, muy divertida y muy hermosa.”

“¿Y usted piensa,” dijo el garguetiano, “que cuando sentimos todo esto, no podemos estar enojados con usted?”

“No, ¿qué le parece? Pero no, no, yo les conozco a todos mejor que ustedes mismos. Y creo que no se puede, o si puede, es como el poeta que maldice a la musa que arde por propiciar. ¡Oh filosofía! ¡Filosofía! Usa máximas duras y muestra un rostro grave, sin embargo, sus máximas son más que palabras y su rostro solo una máscara. Una hábil actriz que, al quitarse las botas de actuar, la pintura, el yeso, y al tirar su prenda a un lado, no es en nada superior, ni más justa, ni más poderosa que sus adoradores embelesados más jóvenes, más pobres y más simples. ¡Ah, amigos! ¡Rían y tuerzan el ceño! Pero muéstrenme el hombre más sabio, más grave o más amargo del cual un par de ojos brillantes no pueda hacer el ridículo!”

“¡Ah, muchacha orgullosa,” dijo Hermarco “¡Tiemble! Recuerde que la Safo de ojos azules murió a última hora por Faón.”

“Bueno, si tal es mi destino, debo someterme. No niego que, porque he sido hasta ahora prudente, no me pueda volver tonta con los filósofos antes de morir.”

“El viejo pitagoreano debe pensar en la mía es una excelente escuela para la educación de los jóvenes “, dijo el maestro.

“A juzgar por mí como una muestra, quiere decir. Y créame, padre, yo soy la mejor. ¿No practico lo que predica? ¿Lo que su camino muestra, no lo poseo? Mire mi pie ligero, mire mis ojos risueños, lea mi corazón alegre y diga si el placer no es mío. Confiese, pues, que tomo un atajo más corto a la meta que sus eruditos sabios y hasta que su propio ser más sabio. Estudian, dan clases, discuten, exhortan. ¿Y para qué es todo esto? Como si no pudieran ser buenos sin mucho aprendizaje ni felices sin tanto hablar. Aquí estoy yo: creo que soy muy buena y estoy bastante segura de que me siento muy feliz; sin embargo, nunca he escrito un tratado en mi vida y apenas puedo escuchar uno sin un bostezo.”

“Teón”, dijo Epicuro, sonriendo, “vea ahora la sacerdotisa de nuestras orgías de medianoche.”

“¡Ah! Jóvenes pobres, deben haber encontrado el jardín un lugar aburrido en mi ausencia. Pero tengan paciencia, será mejor en el futuro.”

“Más peligroso”, dijo Polieno.

“Nunca le hagas caso”, susurró Hedeia en el oído al corintio. “El no es un hombre serio del cual un par de ojos brillantes no pueda hacer el ridículo. Esto es muy raro,” continuó, mirando alrededor de la junta. “Aquí estoy, la extraña medio ahogada encargada de entretener a toda la sociedad erudita.”

“No, mi niña,” dijo el maestro, “si se hubiera ahogado completa, sus amigos no podrían asegurarle la felicidad de ser escuchada.”

“SI, creo que es cierto; y teniendo en cuenta que el mayor placer de la vida es ser escuchado, me pregunto cómo alguien estuvo disponible para sacarme del agua. El corintio seguro que no sabe a quien salvó; pero que el maestro moje su túnica en mi servicio es una circunstancia muy irresponsable. ¿Hay alguna razón para eso en la filosofía?”

“Creo que no la hay.”

“¿O en las matemáticas?” volviéndose a Polieno. “Ahora, sólo vea aquí una prueba de mi argumento. ¿Puede alguien parecerse más a la sabiduría, o menos a la felicidad? Esto viene de diagramas y de ética.** Mi joven de Corinto, dése por advertido.”

“Me gustaría poderla asignar a un diagrama,” dijo Leoncia.

“¡Las Gracias nos guarden! ¿Y para qué le gustaría hacerlo? ¿Cree que eso me haría más sabia? Deje que Polieno sea el juez, si no soy más sabia que él. Admiro a las diferentes recetas que dan diferentes médicos. La esposa del buen Pitágoras me recomendó una rueca.”

“Bueno,” dijo Hermarco, “eso podría ayudar también.”

“¿Y por qué no lo toma usted mismo?”

“Yo, como puede ver, estoy ocupado con la filosofía.”

“Y yo también, ocupada con reirme de ella. Ah, mi hermano sabio, cada uno piensa que ella es su propia perfección, que ella es el único conocimiento que posee y el único placer que persigue. Confía en mí: hay tantas formas de vivir como hombres, y un hombre no es más apto para dirigir a otro que un pájaro de guiar un pez, un pez a un cuadrúpedo.”

“Usted crearía un mundo extraño si fuera su reina”, dijo Hermarco, riendo.

“Así de extraño y no mas de lo que en la actualidad. ¿Por qué? Debo tomarlo como lo encontré y dejarlo como lo encontré. Son ustedes los filósofos que lo frotaba y lo virotean y lo plagan y lo medican, y estresan sus almas para que todas sus partes heterogéneas, tontas, ingeniosas, bribonas, simplonas, lápidas, alegres, ligeras, pesadas, de cara larga y de cara corta, negras, blancas, marrones, rectas y torcidas, altas, bajas, delgadas y gordas encajen y pacientemente se reflejen entre sí como las bellotas de un roble o las esposas modestas e hijas indefensas de los buenos ciudadanos de Atenas; yo digo que son ustedes los que crearían un mundo extraño si fueran reyes de el. Quieren acortar y alargar, jalar y tallar las mentes de los hombres para adaptarse a sus sistemas como el tirano hizo con los cuerpos de los hombres muertos para adaptarse a su cama.”

“Admito que hay algo de verdad, mi niña, en su tontería”, dijo el maestro.

“Y yo concedo que no hay un filósofo de Atenas que habría admitido tanto, salvo usted mismo. Va a encontrar, mi joven héroe,” volviéndose a Teón, que mi padre filosofa con más sentido, es decir, de un modo menos absurdo, que ningún hombre desde los siete sabios; ¡No! Incluso mas que los mismos siete sabios. Sólo le falta ser un hombre perfectamente sabio.”

“Para quemar”, dijo el maestro, “sus libros de filosofía y cantar una melodía con su lira.”

“No, bastará dejarme cantar una canción yo misma.” Hedea saltó del sofá y la habitación, y regresó en un momento con el instrumento en la mano. “No tema”, dijo ella, asintiendo con la cabeza al sabio mientras ligeramente barrió las cuerdas, “No voy a cortejar a mi amante sino a la suya.”

¡Venga, Diosa! ¡Venga! No en su poderío,
con el atuendo y la marcha austera,
la frente amenazante y severa,
como el Olimpo estricto en la hora del juicio;
Sino venga con mirada y corazón reconfortantes.
Venga con ojos sonrientes y seductores,
moviéndose suave con los pasos de Lidia,
ceñida de gracias, placeres y amores,
inseparable de la zona de Bazilea.
¡Venga, Virtud! ¡Ya llegue! En tono alegre
le bienvenimos a nuestro hogar,
pues bien sabemos que solo Usted
la felicidad más pura de la tierra nos puedes dar.

“No gracias, no gracias. Voy a tomar mi propia recompensa”, corriendo detrás de Epicuro, que lanzó sus blancos brazos alrededor de su cuello y apoyó su mejilla en sus labios. Luego subiendo, “¡Que los buenos sueños les acompañen,” y ondeando su mano a todos y lanzando una sonrisa a Teón, se desvaneció en un instante. El joven no vio ni oyó nada más, sino que se sentó como en un sueño hasta que los asistentes partieron.

“Tenga cuidado,” susurró el maestro mientras lo seguía hasta el vestíbulo. “Cupido es un dios juguetón; puede perforar los corazones de los demás y mantener un escudo ante el suyo.”

Capítulo 13

* Aquí se alude a una de las supersticiones de los pitagoreanos, según los cuales es pecado comer frijoles.

** Polieno era reconocido por ser su interés en la geometría.

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2 pensamientos en “Varios días en Atenas – Capítulo 12

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