Varios días en Atenas – Capítulo 13

Los prejuicios de Cleantes

Aires refrescantes de la noche se desplegaban en las mejillas de Teón y susurraban el mirto en su frente; pero la fiebre sutil de amor que se extendía a través de sus venas y palpitaba en su corazón y en sus sienes estaba más allá de la influencia del frescor. El negocio ruidoso de la vida ahora había dado lugar en las calles a ruidosa alegría. La canción y el baile sonaban por los portales abiertos y los jóvenes devotos de Baco, en todo el frenesí del dios, se precipitaban desde el banquete de la noche a las guaridas de exceso de la media noche, mientras que el amante tembloroso pasaba al encuentro robado, escondiéndose hasta de la luz de la hermana pálida del día. Teón se volvió bruscamente de la muchedumbre y buscó instintivamente un paseo público, a esta hora siempre privado, donde a menudo había meditado sobre los misterios de la filosofía y esforzado su juicio inmaduro en mantener el equilibrio entre las doctrinas de sus escuelas contendientes. Ningún pensamiento tan profundo y alto ahora llenaba su fantasía juvenil. Vagaba, sus sentidos inmersos en un delirio no menos potente que el del vino, hasta que sus pasos se detuvieron de repente por un encuentro un poco grosero con una figura humana que avanzaba con un ritmo más pausado que el suyo. Comenzó a andar hacia atrás y sus ojos se encontraron con los de Cleantes. El estoico se detuvo un momento y luego continuó su paso. Pero Teón, por menos que quería un compañero en un momento así, le saludó por su nombre y se colocó a su lado. Una vez más Cleantes lo miró en silencio, cuando Teón, siguiendo la dirección de su mirada, levantó una mano a sus sienes y retiró, con un rubor consciente, la ofensiva guirnalda. La sostuvo por un momento; entonces, colocándola en su seno: “Usted juzga mal este regalo inocente; Un reconocimiento de una vida redimida de las olas.”

“¡Ojalá pudiera recibir uno por la redención de su virtud, Teón, de la inundación de la destrucción! Por causa de usted he abierto los volúmenes de este engañador suave. ¿Y unas cuantas palabras justas y un semblante más just aún pueden servir de escudo para tales doctrinas contra el oprobio? ¿Debe el que roba a la virtud su sublimidad, los dioses de su poder, el hombre de su inmortalidad y la creación de su providencia, pasar por maestro de la verdad y expositor de las leyes de la naturaleza? ¿Dónde está su razón, Teón? ¿Donde su sentido moral para ver en doctrinas como éstas otra cosa que impiedad y crimen, o imaginar que quien las defiende pueda merecer otra cosa que el desprecio de los sabios y el oprobio de los buenos?”

“No veo así las doctrinas de Epicuro”, dijo el joven, “y tendrá que excusar el resto de mi respuesta hasta que yo haya examinado la filosofía que tan amargamente, y aparentemente tan justamente condena.”

“¿La filosofía? No la honre con el nombre.”

“No,” devolvió Teón con una sonrisa, “Hay tantas cosas absurdas honradas con ese apelativo en Atenas, que el elogio podría pasar sin reto, aunque aplicado a uno menos digno a mis ojos que el sabio de Garguetia. Pero,” tratando de prevenir la interrupción enojada del estoico, “mi lentitud para juzgar y censurar ofende su entusiasmo. La experiencia de estos tres días me ha enseñado esta precaución. Conozco, hasta ahora, más bien al filósofo que a la filosofía; mis prejuicios al principio eran igualmente fuertes en contra de ambos. Habiendo descubierto mi error con respecto a uno, ¿no debería yo leer, escuchar y analizar antes de que condenar la otra? Y más aún ya que todo lo que he oído en el jardín ha convencido hasta ahora mi razón y despertado mi admiración y amor.”

“Permítame la pregunta”, dijo Cleantes pausando y fijando su penetrante mirada en el rostro de su compañero. “¿Honran los dioses y creen en una causa creadora y una Providencia?”

“Ciertamente yo sí”, dijo Teón.

“¿Cómo, entonces, venerar al hombre que proclama su duda de ambos?”

“Eso, en mi presencia, nunca lo ha hecho el hijo de Neocles.”

“Pero lo ha hecho ante la audiencia del mundo.”

“Eso lo he oído y lo he clasificado entre los insultos de sus enemigos.”

“Él lo ha escrito y el hecho es reconocido por sus amigos.”

“Voy a leer sus obras,” dijo Teón, “y preguntarle al escritor. Estoy seguro de que no existe una mente más sincera, cualquieras que sean sus errores, que la de Epicuro; Debería haber dicho también que no hay una mente más libre de errores. Pero él me ha enseñado a no considerar ninguna mente infalible, no importa cuan sabia sea.”

“¿Llama esas doctrinas, errores? Yo más bien les llamaría crímenes.”

“No me opongo a la palabra”, dijo Teón. ” Voy a examinar esto. ¡Que los Dioses le tengan en su cuido! Buenas noches.” Entraron en la ciudad y dividieron sus caminos.

Capítulo 14

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