Varios días en Atenas – Capítulo 14

Cuestionando las opiniones sagradas

Pensamientos inquietos criaban sueños inquietos, y Teón se levantó de un inquieto sofá antes de que los primeros rayos de la aurora teñieran la frente del cielo. Pisó los senderos del jardín y esperó la aparición del Maestro con impaciencia, por primera vez, con mezcla de aprehensión. Las afirmaciones de Cleantes eran corroboradas por el testimonio de la opinión pública; pero ese testimonio lo había aprendido a despreciar. Fue formado después de una lectura superficial de los escritos de Epicuro; escritos que aún desconocía. ¿Habán sido mal interpretados? Cleantes no era un Timócrates. Si es cierto que tenía prejuicios, al menos era incapaz de mal representar a propósito; y estaba demasiado familiarizado con la ciencia de la filosofía como para tan groseramente malinterpretar un razonador tan lúcido como parece ser Epicuro. Estas reflexiones pronto fueron interrumpidas. La estrella de la mañana todavía brillaba al este cuando oyó pasos que se acercaban, y pasando de las sombras a un pequeño jardín abierto en el que una fuente cristalina fluía de la urna invertida de una náyade reclinada, fue recibido por el sabio.

“Oh, no”, exclamó Teón medio audible mientras miraba el rostro sereno delante de él, “este hombre no es un ateo.”

“¿Qué pensamientos están con usted, mi hijo, esta mañana?”, dijo el filósofo, con gentil solicitud. “Dudo que su caída en Iliso perturbe sus sueños. ¿La imagen de una bella ninfa o de un Dios río revolotean alrededor de su sofá y echan el sueño de sus párpados?”

“Yo estaba en peligro de lo primero”, dijo el joven, medio sonriendo, medio ruborizado, “hasta que un visitante de un carácter diferente, uno que me imagino está más acostumbrado a calmar que a perturbar la mente, trajo a mi imaginación una serie de dudas y temores que su sola presencia ha disipado.”

“¿Y quien jugó la parte de su íncubo?”, exigió el sabio.

“Usted mismo, el más benigno e indulgente de los hombres.”

“En verdad, me duele haber actuado tan mal con usted, mi hijo. Pero estará bien, porque el causante de la enfermedad es también su médico.”

“Al salir de aquí ayer por la noche,” dijo Teón, “me encontré con Cleantes. Él venía de leer sus escritos y presentó cargos contra ellos que yo no estaba preparado para responder.”

“Vamos a escucharlos, mi hijo; tal vez, hasta que los haya leído detenidamente usted mismo, podemos ayudar en su dificultad.”

“En primer lugar, que niegan la existencia de los dioses.”

“Veo solo una afirmación de que podría ser igual que esa en locura”, dijo Epicuro.

“Lo sabía,” exclamó Teón triunfante; “Yo sabía que era imposible. ¡Pero hasta donde no llega el prejuicio de los hombres, cuando incluso el recto Cleantes es capaz de calumnia!”

“Él es completamente incapaz de ello”, dijo el maestro; “Y el error en este caso, sospecho, descansa mas con usted que con él. Negar la existencia de los dioses de hecho sería presunción en un filósofo; una presunción sólo igualada por la de aquel que afirma su existencia.”

“¡Cómo!” exclamó el joven, con un rostro en el que el asombro parecía suspender toda otra expresión.

“Como nunca vi a los dioses, mi hijo,” con calma continuó el sabio, “No puedo afirmar su existencia; pero que nunca los haya visto, no es razón para negarlos.”

“Pero ¿creemos nada excepto aquello de lo que tenemos demostración ocular?”

“Nada, al menos, de lo que no tenemos la evidencia de uno o más de nuestros sentidos; es decir, cuando creemos por justa causa, lo cual reconozco es muy raro, tomando en conjunto los hombres.”

“Pero, ¿a dónde nos llevaría este espíritu? ¡A la impiedad! ¡Al ateísmo! ¡A todo aquello contra lo que me sentía confiado de defender el carácter y la filosofía de Epicuro!”

“Examinaremos ahora, mi hijo, el significado de los términos que ha empleado. Pero en cuanto a su defensa de mi filosofía, lamento que usted presumía mucho donde sabía poco. Que esto sirva como otra precaución contra pronunciar antes de examinar y afirmar antes de preguntar. Es mi costumbre habitual,” continuó el maestro, “con los jóvenes que frecuentan mi escuela, aplazar la discusión de todas las cuestiones importantes hasta que naturalmente, en el curso de los acontecimientos, sea sugerido en sus propias mentes. Una vez excitada su curiosidad, a mi me toca el esfuerzo para satisfacerla. La primera vez que entró en el jardín su mente no era apta para examinar el tema que ahora ha comenzado: ya no es así, por lo tanto vamos a entrar en la consulta.”

“Perdóname si expreso, si reconozco”, dijo el joven, retrocediendo un poco de su instructor, “cierta renuencia a entrar en la discusión de las verdades, cuya discusión misma parecería argumentar a favor de dudas y …”

“¿Y entonces qué?”

“Esas mismas dudas son un crimen.”

“Es allí donde yo quería llevarle; y con el examen de este punto vamos a descansar hasta que el tiempo y las circunstancias conduzcan a empujar la investigación más lejos. Tengo en mí poco del espíritu de proselitismo. Una mera opinión abstracta, suponiendo que no afecta a la conducta o disposición de quien la sostiene, tendría en mis ojos muy poca importancia. Y es sólo en la medida en que creo que todas nuestras opiniones, por mas que estén aparentemente removidas de consecuencias prácticas, siempre más o menos afectan nuestra conducta o nuestra disposición, que me esfuerzo por corregir a mi estudiantes que me parecen en error. Entiendo que diga que entrar en la discusión de ciertas opiniones que usted considera como verdades sagradas parecería argumentar duda de esas verdades, y que la duda aquí constituiría un crimen. Ahora, considero su opinión inconsistente con la franqueza y la caridad, dos sentimientos indispensables tanto para el disfrute de la felicidad en nosotros mismos como para su distribución a otros, voy a impugnar su investigación. Si la duda de cualquier verdad constituye un delito, entonces la creencia de la misma verdad debería ser una virtud.”

“Tal vez preferiría expresarlo como un deber.”

“Cuando acusa la negligencia de cualquier deber como un delito, o designa su cumplimiento como una virtud, supone la existencia de un poder para negligir o cumplir; y es el ejercicio de esta facultad, de una manera u otra, lo que constituye el mérito o demérito. ¿No es así?”

“Por supuesto.”

“¿La mente humana posee el poder de creer o no creer, como le plazca, cualquier verdad en absoluto?”

“Yo no estoy preparado a contestar: pero creo que sí, ya que posee siempre la facultad de investigación.”

“Pero, posiblemente no posee la voluntad de ejercer ese poder. Tenga cuidado, no sea que yo le gane con sus propias armas. Pensé que esta misma investigación le parecía un crimen.”

“Su lógica es demasiado sutil,” dijo el joven, “para mi falta de experiencia.”

“Diga más bien que mi razonamiento es demasiado conclusivo. Si le azotara con palabras finas y autoridades de peso y confundiera su entendimiento con distinciones demasiado específicas, estaría en lo correcto al retirarse del golpazo.”

“No tengo nada que objetar a la imparcialidad de sus deducciones”, dijo Teón, “¿Pero no sería una doctrina peligrosa si establece nuestra incapacidad para ayudar a nuestra creencia; y no podríamos estirar el principio hasta que afirmemos nuestra incapacidad para ayudar a nuestras acciones?”

“Podríamos, y con razón. Pero ahora no vamos a cruzar el pons asinorum* de la necesidad, la más simple y evidente de las verdades morales y la más oscura, torturada y elaborada por los maestros morales. Usted pregunta si la doctrina que hemos tratado de establecer no es peligrosa. Yo respondo: No, si es verdad. Nada es tan peligroso como el error, nada tan seguro como la verdad. Una verdad peligrosa sería una contradicción en términos y una anomalía en las cosas.”

“¿Pero que es una verdad?” dijo Teón.

“Pregunta pertinente. Una verdad considero que es un hecho comprobado; que sería cambiada por un error en el momento en que los hechos sobre los cuales resta sean desmentidos.”

“Ya veo, entonces, no hay base fija de la verdad.”

“Seguramente tiene la más fija de todas: la naturaleza de las cosas. Y es sólo cuando se tiene una idea imperfecta de la naturaleza, que surgen todas nuestras conclusiones erróneas ya sea en la física o la moral.”

“Pero, ¿dónde, si descartamos a los dioses y su voluntad, como esculpida en nuestros corazones, están nuestros guías en la búsqueda de la verdad?”

“Nuestros sentidos, y nuestras facultades segú se desarrollan en y por el ejercicio de nuestros sentidos, son las únicas guías que yo conozco. Y yo no veo por qué, aún admitiendo la creencia en los dioses y en una providencia superintendente, los sentidos no deben ser vistos como guías proveídos por ellos para nuestra dirección e instrucción. Pero he aquí el encargado del mal en una creencia sin fundamento, cualquiera que sea su naturaleza. En el momento en que tomamos algo por dado, tomamos otras cosas por dadas: hemos empezado a andar en un camino equivocado y es raro que podemos ganar el camino recto, hasta que pisemos de nuevo sobre nuestros pasos hasta el lugar de partida. Solo se de una cosa que un filósofo debe dar por establecida, y sólo porque se ve obligado a ello por un impulso irresistible de su naturaleza y porque, si no lo hace, ni la verdad ni la falsedad podrán existir para él. Él debe dar por sentada la evidencia de sus sentidos; en otras palabras, debe creer en la existencia de las cosas tal como existen para sus sentidos. No conozco ninguna otra existencia, y por lo tanto no puedo creer en ninguna otra: aunque, razonando por analogía, puedo imaginar otras existencias. Esto es lo que hago, por ejemplo, con respecto a los dioses. Veo a mi alrededor, en el mundo que habito, una variedad infinita en la disposición de la materia; una multitud de seres sensibles, que poseen diferentes tipos y diferentes grados de poder e inteligencia, desde el gusano que se arrastra en el polvo, al águila que se eleva hacia el sol y el hombre que señala el curso del sol. Es posible, además probable, que en los mundos que yo no veo, en la infinitud sin límites y la duración eterna de la materia, puedan existir seres de variedad incontable y varios grados de inteligencia inferior y superior a la nuestra hasta descender a lo mínimo y elevarse a lo máximo, a la que la gama de nuestra observación no ofrece paralelo y que nuestros sentidos son inadecuados para la concepción. Hasta ahora, mi joven amigo, creo en los dioses o en lo que sea que se pueda imaginar de las existencias retiradas de la esfera de mi conocimiento. Que usted deba creer positivamente en una u otra existencia invisible, no me parece ningún delito, aunque me puede parecer no razonable: y así, mi duda de la misma tampoco debería parecerle a usted ser una ofensa moral, aunque es posible que sea errónea. Temo fatigar su atención y por lo tanto desestimaré por el momento estos temas abstrusos.

Pero ambos seremos ampliamente recompensados al discutirlos, si esta verdad permanece con usted: que una opinión, correcta o errada, no puede constituir una ofensa moral ni ser en sí misma una obligación moral. Puede estar confundida, implicar un absurdo o una contradicción. Es una verdad, o es un error: nunca puede ser un delito o una virtud.”

 Capítulo 15

* pons asinorum = puente de los asnos, término latín que implica una prueba o examen de conocimiento 

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