Varios días en Atenas – Capítulo 16

Diatriba contra la religión

Una multitud mayor a la acostumbrada asistió a las instrucciones del sabio. Los risueños y los curiosos, los sabios, y los ociosos, de todas las edades y de ambos sexos de la población inquieta de la ciudad; muchos ciudadanos reconocidos recogidos de diversas partes de Ática y una porción considerable de extraños de estados y países extranjeros.

Estaban reunidos en el césped que rodea el templo ya mencionado con frecuencia. Las aguas disminuyentes de Iliso fluían casi en su cama acostumbrada y la tierra y el aire, refrescados por la tormenta de la noche anterior, se resistían a los rayos del sol sin cortinas, que ahora escalaban lo alto de los cielos. Una multitud de recuerdos se precipitó en la joven mente de Teón cuando entró en el hermoso recinto y se quedó contemplando el río que formaba una de sus fronteras. Sus pensamientos de nuevo se alejaban de la filosofía y su rápida mirada buscaba otra forma, mas hermosa que las que encontraba allí, cuando el acercamiento de Epicuro dividió la multitud y acalló el murmuro de las lenguas en el silencio. El sabio se desplazó y no fue hasta que subió los escalones de mármol, y se volvió para dirigirse a la asamblea, que Teón percibió que había sido seguido por el hermoso ser que gobernaba su fantasía. Las tonalidades de Hebe ahora teñían sus labios y sus mejillas; pero las sonrisas de la noche anterior habían sido cambiadas por la compostura de una atención respetuosa. Su ojo captó el de Teón. Ella dio un rubor y una sonrisa de reconocimiento. Entonces, sentándose en la base de una columna a la derecha de su padre, su rostro recuperó su compostura y sus ojos oscuros llenos se fijaron en el rostro del sabio, con una mirada de admiración mezclada con amor filial.

“¡Conciudadanos y semejantes! Nos proponemos, en este día, a examinar una cuestión de vital importancia para la especie humana: nada menos que sobre las relaciones que llevamos con todas las existencias que nos rodean; la posición que tenemos en este hermoso mundo material; el origen, el objeto y el fin de nuestro ser; la fuente de la que procedemos y la meta a la que tendemos. Esta pregunta abarca a muchos. Abarca todo lo que es interesante a nuestra curiosidad e influyente en nuestra felicidad. Su solución correcta o incorrecta debe siempre regular, como ahora regula, nuestra regla de conducta, nuestras concepciones del bien y el mal; debe inaugurarnos en el camino de la indagación verdadera o falsa y, o bien abrir nuestras mentes al conocimiento de las maravillas que trabajan en y alrededor de nosotros, tales como nuestros sentidos y facultades las pueden discernir, o cerrarlas para siempre con las bandas de la superstición, dejándonos presas del miedo, esclavos de nuestra imaginación sin gobierno, perplejos y temblorosos con cada aparición en la naturaleza y haciendo de nuestras propias existencias y destinos fuentes de terror y misterio.”

“Antes de llegar a esta importante investigación, nos corresponde ver que venimos con mentes dispuestas; que no digamos: ‘hasta aquí vamos a ir y no más allá; vamos a dar un paso, pero no dos; vamos a examinar, pero sólo siempre y cuando el resultado de nuestro examen confirme nuestras opiniones preconcebidas.’ En nuestra búsqueda de la verdad, debemos descartar igualmente presunción y miedo. Debemos llegar con nuestros ojos y nuestros oídos, nuestros corazones y nuestras comprensiones abiertas; ansiosos, no por encontrarnos a nosotros mismos bien sino por descubrir lo que es correcto; no afirmar nada que no podamos demostrar; no creer nada que no hemos examinado; y examenar todas las cosas sin miedo, sin pasión, con perseverancia.”

“En los discursos que precedieron, y para los que no los han atendido, en nuestros escritos, nos hemos esforzado por explicar el objeto real de la investigación filosófica; los hemos dirigido a la investigación de la naturaleza, a todo lo que ven de existencias y ocurrencias a su alrededor; y hemos demostrado que, en estas existencias y ocurrencias, todo lo que puede ser sabido y que existe para saber, está escondido. Les hemos exhortado a usar sus ojos y sus juicios, nunca su imaginación; a abstenerse de la teoría y quedarse con los hechos; y a entender que en la acumulación de hechos, tal y como concierne la naturaleza y propiedades de las sustancias, el orden de las ocurrencias y las consecuencias de las acciones, se encuentra toda la ciencia de la filosofía física y moral. Hemos visto, en el curso de nuestra investigación, que en la materia existen en sí todas las causas y efectos; que las partículas eternas que componen todas las sustancias, forman el primer y último eslabón de la cadena de sucesos, o de causa y efecto, a los que podemos llegar; que las cualidades inherentes a estas partículas producen, o son seguidas por, determinados efectos; que los cambios, en su posición, de estas partículas, producen o son seguidos por ciertas otras cualidades y efectos; que aparece el sol y que la luz sigue su aparición; que tiramos una perla en vinagre y la perla desaparece de nuestros ojos para asumir una forma o formas de sustancias más sutiles, pero no menos reales; que las partículas que componen un ser humano se descomponen y que, en lugar de un hombre, nos encontramos con una variedad de otras sustancias o existencias, presentando nuevas apariencias y nuevas propiedades o poderes; que un carbón encendido toca nuestra mano, que la sensación de dolor sigue el contacto, que el deseo de acabar con esta sensación es el siguiente efecto en la sucesión y que el movimiento muscular de retirar la mano, siguiendo el deseo, es otra. Que en toda esta sucesión de existencias y eventos, no hay otra cosa que lo que vemos, o lo que podríamos ver si tuviéramos mejores ojos; que no hay ningún misterio en la naturaleza, excepto en el que concierne la existencia misma de todas las cosas; y que las cosas tal y como son, no son más maravillosas de lo que serían si fueran diferentes. Que un curso de eventos análogo, o cadena de causas y efectos, tiene lugar en la moral como en la física; es decir, en el examen de las cualidades de la materia que compone nuestro cuerpo, lo que llamamos la mente, sólo podemos trazar un tren de ocurrencias de la misma manera como lo hacemos en el mundo exterior; que nuestras sensaciones, pensamientos y emociones son simplemente efectos que siguen causas, una serie de fenómenos consecutivos, mutuamente productores y producidos.”

“Cuando hemos asumido esta visión de las cosas, observen cómo todas las preguntas abstrusas desaparecen; cómo toda la ciencia es simplificada; todo el conocimiento se hace fácil y familiar a la mente. Una vez iniciado en este único y verdadero camino de búsqueda, cada paso que damos es para avanzar. En cualquier ciencia que estudiemos, es decir, en cualquier parte de la materia, o de cualquiera de sus cualidades, a la que dirijamos nuestra atención, con toda probabilidad haremos importantes descubrimientos, porque son verdaderos. Es la filosofía de la naturaleza en general, o cualquiera de esas subdivisiones de la misma, lo que llamamos la filosofía de la mente, ética, medicina, astronomía, geometría, etc. El momento en que nos ocupamos en la observación y la organización de los hechos que descubrimos en el curso de la investigación, adquirimos conocimiento positivo y podemos emprender de manera segura el desarrollo del conocimiento en los demás.”

“La determinación de la naturaleza de las existencias, el orden de los sucesos y las consecuencias de las acciones humanas que constituyen, por lo tanto, el conjunto de conocimientos, ¿qué puede evitar que todos y cada uno de nosotros extienda nuestros descubrimientos a los límites completos exigidos por la naturaleza de nuestras facultades y la duración de nuestra existencia? ¿Qué empleo más noble nos podemos inventar? ¿Qué placer mas puro, y tan poco susceptible a la decepción? ¿Qué nos lo impide? ¿Qué nos impide impulsarnos hacia adelante? ¿Se inicia nuestra ignorancia a partir de la propia simplicidad del conocimiento? ¿Tenemos miedo a abrir los ojos y ver la luz? ¿Nos alarma la misma verdad que buscamos cuando la conseguimos? ¿Cómo es que, colocados en este mundo como en un teatro de la observación, rodeados de maravillas y dotados de facultades con las que podemos investigar estas maravillas, sabemos tan poco de lo que es e imaginamos tanto de lo que no lo es? Otros animales, sobre los cuales el hombre se representa a sí mismo como superior, ejercen las facultades que poseen, confían en su testimonio, siguen los impulsos de su naturaleza y disfrutar de la felicidad de la que son capaces. Sólo el hombre, el más dotado de todas las existencias conocidas, pone en duda la evidencia de sus sentidos superiores, pervierte la naturaleza y los usos de sus muchas facultades, controla sus más inocentes así como sus mas nobles impulsos y envenena todas las fuentes de su felicidad . ¿A que origen vamos a trazar este error fatal, este auto-martirio cruel, esta perversión de las cosas lejos de su inclinación natural? Al sobre-desarrollo de una facultad y la negligencia de otra, hay que buscarle la causa. En la imaginación, esa fuente de nuestros más bellos placeres cuando está bajo el control del juicio, se encuentra la fuente de nuestros peores males.”

“Desde muy temprana edad, he estudiado la naturaleza y condición de hombre. Le he encontrado en muchos países de la tierra bajo la influencia de todas las variedades de clima y circunstancia; Le he encontrado el señor indómito de la selva, vestido de las pieles ásperas de animales menos groseros que él, al abrigo en las grietas de las montañas y cavernas de la tierra de las explosiones de invierno y los calores del sol del verano; Le he encontrado esclavo de maestros envilecidos como él, postrado ante el pie que lo rechaza y sin mostrar otros signos de la mal-llamada civilización otro que su pereza y sus sensualidades. Le he encontrado el señor de millones, vestidos de púrpura y pisando tribunales de mármol; el cruel destructor de su especie, que marcha a través de la sangre y rapiña a los tronos de dominio extendido; el tirano explotador con corazón de hierro que hace un festín con la agonía de sus víctimas y extrae su tesoro del fruto duramente ganado por la industria; Le he encontrado el inofensivo pero ignorante obrero de la tierra, comiendo los simples frutos de su trabajo, hundiéndose a descansar sólo para emerger de nuevo para ir a trabajar, trabajando para vivir y viviendo sólo para morir; Le he encontrado el cortesano pulido, el erudito consumado, el talentoso artista, el genio creador; el tonto y el bribón; un rico y un mendigo; despreciador y despreciado.”

“Bajo todas estas formas y variedades del hombre externo e interno, con apenas una excepción, lo he encontrado infeliz. Aunque tiene más capacidad de goce que cualquier otra criatura, yo lo he visto superando el resto de las existencias sólo en el sufrimiento y la delincuencia. ¿Porqué es esto y de dónde surge? ¿Que error maestro, ya que debe haberlo, conduce a resultados tan mortales; lo opuesto a la naturaleza aparente y la promesa de las cosas? Por mucho tiempo he buscado este error, este manantial principal de la locura humana y la criminalidad humana. He rastreado, a través de todo su tren alargado de consecuencias y causas, la práctica humana y la teoría humana; He roscado el laberinto desde su oscuro comienzo; He encontrado el primer eslabón en la cadena del mal; He encontrado que es, en todos los países, entre todas las tribus, lenguas y naciones; Lo he encontrado, semejantes, lo he encontrado … en la RELIGIÓN.”

Un murmullo se levantó aquí de una parte de la asamblea. Un silencio profundo y sin aliento le siguió. El sabio volvió su mirada lentamente y, con un semblante puro y sereno como el cielo que brillaba sobre él, prosiguió.

“¡Hemos nombrado el error principal de la mente humana, la pesadilla de la felicidad humana, el pervertidor de la virtud humana! ¡Es la religión, esa moneda oscura de la ignorancia temblorosa! ¡Es la religión, esa envenenadora de la felicidad humana! ¡Es la religión, esa guía ciega de la razón humana! ¡Es la religión, esa detronadora de la virtud humana que yace en la raíz de todo el mal y toda la miseria que impregnan el mundo!”

“La opinión que escuchan este día no fue apresuradamente formada y ha sido expresada con menos prisa aún. Un largo tren de reflexión llevó al descarte de la religión como un error, y una vida de observación la denunció como un mal. Al considerarla como carente de verdad, no soy más que uno de muchos. Pocos han visto profundamente y de manera constante en la naturaleza de las cosas y no puesto en duda la creencia en existencias invisibles y causas desconocidas. Pero mientras sonríen ante la credulidad de sus semejantes, los filósofos han creído que la razón es buena sólo para sí mismos. Han argumentado que la religión, aunque sea en si misma una quimera para niños, era útil en sus tendencias: que, aunque descansara sobre la nada, apoyaba todas las cosas; que era la estancia de la virtud y la fuente de la felicidad. Sin importar cuan opuesta esté a todas las reglas en la filosofía, física y moral; sin importar cuanto aparentemente contradiga la razón y el sentido común, han argumentado que una cosa falsa podría ser útil; que la creencia en hechos desmentidos o no probados podría proveer un apoyo de sostenimiento a una regla justa en práctica; la afirmación venía respaldada por un testimonio tan universal de la humanidad y por nombres individuales de tal autoridad en la sabiduría práctica y la virtud, que dudé en llamarlo equivocado. Y como la felicidad humana me parecía ser lo mas deseable y su promoción el único objeto en consonancia con las opiniones de un maestro de los hombres, me abstuve de toda expresión de opinión hasta que estuviera plenamente justificada por mi propia convicción tanto su verdad como su tendencia. Su verdad de mi opinión se fundamenta, como hemos visto, en un examen de la naturaleza de las cosas; es decir, en las propiedades de la materia, que son suficientes por sí mismas para producir todas las posibilidades y cambios que contemplamos. Su tendencia es descubierta por un examen de la condición moral del hombre.”*

“La creencia en las existencias sobrenaturales y la expectativa de una vida venidera, se dice que son las fuentes de la felicidad y estímulos a la virtud. ¿Cómo y en qué sentido? ¿Está probado por la experiencia? Miren en el extranjero sobre la tierra; en todas partes el canto de alabanza, la oración de súplica, el humo del incienso, el golpe de sacrificio, surgen desde los bosques y el césped, desde casa, palacio y templo, a los dioses de la idolatría humana. La religión se extiende sobre la tierra. Si es la madre de la virtud y la felicidad, estas también deberían cubrir la tierra. ¿Lo hacen? ¡Lean los anales de la tradición de los hombres! ¡Salgan fuera y observen las acciones de los hombres! ¿Quién hablará de la virtud, quién de la felicidad, que tenga ojos para ver y oídos para oír y corazones para sentir? ¡No! La experiencia está en contra de la afirmación. El mundo está lleno de religión y lleno de miseria y crimen.

“¿Puede la afirmación sustentarse en el argumento, por cualquier tren de razonamiento? Imaginen una Deidad bajo cualquier forma de existencia; ¿De que manera nuestros sueños concernientes a esa Deidad en un cielo imaginario afectan nuestra felicidad o nuestra conducta en una Tierra tangible? Puede afectarla de hecho puede que para el mal, pero ¿para el bien? La idea de un Ser invisible que esté siempre trabajando alrededor y sobre nosotros, puede afectar la inteligencia humana con inútiles terrores, pero nunca puede guiar la práctica humana a lo que es racional y coherente con nuestra naturaleza. Digamos que exista alguna posibilidad de que podamos determinar la existencia de un dios o de un millón de dioses: no los vemos, no los escuchamos, no los sentimos. A menos que se presenten a nuestra observación, estén formados como nosotros, tengan deseos similares, facultades similares y una organización similar, ¿Cómo podría su modo de existencia ofrecer una guía para la nuestra? De igual manera, la mariposa podría asumir como patrón al león, o el león al águila, igual que el hombre a un Dios. Por no hablar de la falta de coherencia en los atributos con los que se engalanan todos los dioses, basta con que ninguno de esos atributos es nuestro. Somos humanos; ellos son dioses. Ellos habitan otros mundos; nosotros habitamos la Tierra. Que ellos disfruten de su felicidad; y vamos, mis amigos, a buscar la nuestra.”

“Pero no es que la religión sea solo inútil, es que es maléfica. Es mala por sus inútiles terrores; es mala por su falsa moral; es mala por su hipocresía, por su fanatismo, por su dogmatismo, por sus amenazas, por sus esperanzas, por sus promesas. Considere la posibilidad de que bajo su forma más leve y más amable, sigue siendo mala por inspirar falsos motivos de acción, por mantener la mente humana en la esclavitud y desviar la atención de las cosas útiles a las cosas inútiles. La esencia de la religión es el miedo, ya que su origen es la ignorancia. En una cierta etapa del conocimiento humano, en su ignorancia de las propiedades de la materia y su visión oscura de la cadena de los fenómenos que surgen de estas propiedades, la mente humana por necesidad debe razonar falsamente sobre cada aparición y existencia en la naturaleza; debe por necesidad, en ausencia de hechos, dar rienda suelta a la imaginación, ver un milagro en cada evento poco común e imaginar agentes invisibles que producen todo lo que contempla. A medida que se amplía la gama de nuestra observación y que aprendamos a conectar y organizar los fenómenos de la naturaleza, se coarta nuestra lista de milagros y el número de nuestros agentes sobrenaturales. Un eclipse es alarmante para el vulgo, como si denotara la ira de los dioses ofendidos; para el hombre de ciencia es un fenómeno simple, tan fácilmente rastreado a su causa como el más familiar a nuestra observación. El conocimiento de una generación es la ignorancia de la siguiente. Nuestros supersticiones disminuyen a medida que nuestros logros se multiplican y el fervor de nuestra religión disminuye a medida que nos acercamos a la conclusión que la destruye por completo. La conclusión, basada en hechos acumulados como hemos visto, es que la materia por sí sola es a la vez la que actúa y sobre la cual se actúa, que es eterna en duración, infinitamente diversa y varía en apariencia: nunca disminuye en cantidad y siempre cambia de forma. Sin un poco de conocimiento de lo que se llama filosofía natural o física, ningún individuo puede alcanzar esta conclusión. Y en cierta etapa de ese conocimiento, más o menos avanzado de acuerdo a la agudeza del intelecto, será imposible que cualquier individuo, que no sea obtuso mentalmente, rehuya de esta conclusión. Esta verdad es una de infinita importancia. En el momento en que consideramos la hostilidad con respecto a lo que se llama el ateísmo como el resultado natural de la información deficiente, solo una mente enferma puede resentir esa hostilidad. Y tal vez una simple declaración de la verdad conduciría a examinar el tema y a la conversión de la humanidad.

“¡Imagínen esta conversión, mis amigos! ¡Imaginen al hombre criatura en el pleno ejercicio de todas sus facultades; sin alejarse con miedo del conocimiento, sino con muchas ganas en su búsqueda; sin doblar la rodilla con adulación a seres visionarios armados para destruirlos con el miedo, sino de pie erguido en la contemplación tranquila de la cara hermosa de la naturaleza; descartando los prejuicios y admitiendo la verdad sin temor a las consecuencias; reconociendo ningún juez otro que la razón, sin censura otra que su propio pecho! Así considerado, el se transforma en el dios de su actual idolatría, o más bien en un ser mucho más noble, que posee todos los atributos consistentes con la virtud y la razón, y ningú atributo que se oponga a ambas. ¡Qué gran contraste con su estado actual! Sus mejores facultades dormidas; su juicio sin despiertar en él; sus sentidos mal empleados; todas sus energías mal dirigidas; temblando ante la invención de su propia fantasía ociosa; viendo sobre toda la creación la mano extendida de la tiranía; y en lugar de seguir la virtud, adorando el poder! ¡Monstruosa creación de la ignorancia! ¡Degradación monstruosa de la más noble de las existencias conocidas! ¡El hombre, que se jacta de razón superior, de discriminación moral, imagina un ser a la vez injusto, cruel, e inconsistente; y luego besa el polvo, se hace llamar su esclavo! Dice el teísta: ‘Este mundo existe, por lo tanto, fue creado.’ ¿Por quién? ‘Por un ser más poderoso que yo’. Si concedemos este razonamiento pueril, ¿que sigue como conclusión? ‘Que le debemos temer’, dice el teísta. ¿Y por qué? ¿Dirige su poder en contra de nuestra felicidad? ¿Su dios se divierte despertando los terrores de los seres más indefensos? Podríamos entonces temerle, y sea cual sea nuestra conducta, temerle debemos. ‘Él es bueno, así como poderoso’, dice el teísta; ‘Por lo tanto, es el objeto del amor.’ ¿Cómo podemos determinar su bondad? Veo realmente un mundo hermoso y curioso; pero yo lo veo lleno de males morales y con muchas imperfecciones físicas. ¿Es él todopoderoso? El perfecto bien o el perfecto mal podrían existir. ¿Es todopoderoso y absolutamente bueno? La bondad perfecta debe existir. De los seres sensibles en la infinidad de la materia, solo sé de los que contemplo. No propongo límites para el número de los seres que yo no he visto, ni límites a su poder. Uno o muchos pueden haber dado instrucciones a los átomos elementales, y pueden haber formado esta tierra como el alfarero su arcilla. Pueden existir seres que poseen tal poder, y pueden haberlo ejercido. Pero todopoderosos no lo son, o si lo son, son malvados: el mal existe. No sé lo que pueda existir, pero esto mi sentido moral me dice que no puede existir: un modelador del mundo que habito, cuya naturaleza sea absolutamente buena y todopoderosa. Veo otra imposibilidad; un modelador de este mundo cuya naturaleza sea todo bondad y que todo lo sepa. Si concedemos la posibilidad de estos atributos, su existencia unida en el arquitecto de nuestra tierra sería una suposición imposible.”

“Vamos a concederle su bondad, que es el atributo más agradable y valioso. Su dios es entonces el objeto de nuestro amor y de nuestra compasión. De nuestro amor, porque el ser benevolente en su propia naturaleza, debe haber tenido la intención de producir felicidad en la formación de la nuestra; de nuestra lástima, porque vemos que ha fracasado en su intención. No puedo concebir una condición más lamentable que la de una deidad contemplando este mundo de su creación. ¿Es él el autor de alguna, o digamos de mucha felicidad? ¿De cuanta indecible miseria no es él igualmente el autor? No puedo concebir un ser más desesperadamente, más irremediablemente infeliz que el que ahora hemos representado. La peor de las miserias humanas se empequeñecen en insignificancia comparativa ante de las de su autor. ¡Cómo debe desgarrar el corazón de su dios cada suspiro que sale desde el seno del hombre! ¡Cómo debe cada violencia cometiao en la tierra convulsionar la paz del cielo! Incapaz de alterar lo que había creado, ¡cómo debe él igualmente maldecir su poder y su impotencia! Y en lamentar nuestra existencia, ¡cómo debe ardir por aniquilar la suya propia!”

“Ahora vamos a suponer que su poder es sin límite y su conocimiento se extiende hacia el futuro, como el pasado. ¡Que monstruosa concepción! ¡Qué demonio extraído del cerebro febril de la locura habrá superado esta deidad en malignidad! Capaz de hacer la perfección, él ha sembrado a través de toda la naturaleza la semilla del mal. El león persigue el cordero; el buitre, en su ira, arranca la paloma de su nido. El hombre, el enemigo universal, triunfa incluso con los sufrimientos de sus semejantes, en cuyo dolor encuentra su propia felicidad; en cuya pérdida, su ganancia; en el frenesí de su violencia, elabora su propia destrucción; en la locura de su ignorancia, maldice su propia raza y bendice su cruel autor! ¡Su deidad es el autor del mal, y le llama bueno; el inventor de la miseria, y le llama feliz! ¿Qué mente virtuosa va a rendir homenaje a un ser así? ¿Quién sabe si el homenaje, si es ofrecido, no degrada el adorador? ¿Quién sabe si un homenaje, al ser dado, pacifica el ídolo? ¿La abyección en el esclavo garantiza la misericordia en el tirano? O si lo hace, mis amigos, ¿quién de nosotros quiere ser el abyecto? ¿Vamos a encontrar hombres audaces para resistir la opresión terrenal dispuestos a inclinarse ante la injusticia porque habla desde el cielo? ¿El nombre de Harmodio inspira nuestras canciones? ¿Las coronas de laurel adornan los templos de Aristogicio? ¡Que nuestro coraje se alce superior al suyo, mis amigos; y nuestra fama, si es digna de la ambición! ¡Destronen, no al tirano de Atenas, sino al tirano de la Tierra! ¡No el opresor de los atenienses, sino al opresor de la humanidad! ¡Levántense! ¡De pie y erguidos! Digamos a este dios, ‘si nos hizo en la malicia, no vamos a adorarle en el miedo. Vamos a juzgarle por sus obras y juzgar sus obras con nuestra razón. Si el mal les impregna, usted es responsable como su autor. No nos interesa conciliar su injusticia, ni esforzarnos con su poder. Juzgamos el futuro desde el pasado. Y como usted ha dispuesto de nosotros en este mundo, así si le place continuar nuestro ser en otro mundo, podría disponer de nosotros igual en ese otro mundo. Sería inútil esforzarse con la omnipotencia, o proveer contra los decretos de la omnisciencia. No vamos a atormentarnos a nosotros mismos al imaginar sus intenciones; ni degradarnos con protestas. En caso de que castigue en nosotros el mal que ha hecho, lo estaría castigando tan injustamente como lo hizo maliciosamente. En caso de que recompense en nosotros el bien, estaría premiando absurdamente lo que fue también su trabajo y no el nuestro.’

“Ahora vamos a ceder en el argumento de la unión de todos los atributos enumerados. Vamos a conceder la existencia de un ser perfecto en la bondad, la sabiduría y el poder, que ha hecho todas las cosas por su voluntad y decretado todas las apariciones en su sabiduría. Este ser tiene que mandar nuestra admiración y aprobación: no puede mandar más. Como él es bueno y sabio, es superior a toda alabanza; como él es grande y feliz, es independiente de toda alabanza. Como él es el autor de nuestra felicidad, se ha asegurado nuestro amor; pero como él es nuestro creador, no puede darnos deberes. Suponiendo que es un dios, todos los deberes restan con él. Si él nos ha hecho, está obligado a hacernos felices; y si fracasa en el deber, debe ser objeto de sólo abominación a toda su creación consciente. La amabilidad recibida debe necesariamente inspirar afecto. Esta bondad, en un creador divino, como en un padre terrenal, es un deber solemne, una obligación sagrada, cuyo incumplimiento es el más atroz de los crímenes. Cuando se realiza, el amor de la criatura, como por parte del niño, es una consecuencia necesaria y recompensa suficiente.”

“Si le permitimos al teísta su Dios, no encontramos con él en ninguna relación que pueda inspirar miedo o que entrañen la obligación. Él no puede darnos felicidad que no esté obligado a otorgar: él no puede acariciarnos con una ternura que no estaba obligado a ceder. Le corresponde gratificar todos nuestros deseos, si son erróneos, corregirlos. Nos corresponde a nosotros exigir todos los bienes que estén en su poder para conceder, o en el nuestro para disfrutar. Entonces, que el teólogo destierre el miedo y el deber de su credo. Es el amor, el amor por sí solo que puede ser reclamado por los dioses o cedido por los hombres.”

“¿Hemos dicho lo suficiente? Seguramente lo absurdo de todas las doctrinas de la religión y de la iniquidad de muchos, son suficientemente evidentes. Temer a un ser a causa de su poder, es degradante; temerle si él es bueno, ridículo. Que nos demuestre su existencia, sus perfecciones y su cuidado parental: el amor brota en nuestros pechos y reembolsa su recompensa. Si no le importa mostrar su existencia, no desea el pago de nuestro amor y encuentra en la contemplación de sus propias obras su recompensa.”

“Pero, dice el teísta, su existencia es evidente y el no reconocerla un crimen. No es así para mí, mis amigos. No veo evidencia suficiente de su existencia y el razonar de su posibilidad, lo veo como una especulación ociosa. Dudar de lo que es evidente que no está en nuestro poder. Creer lo que no es evidente, es igualmente imposible para nosotros. ¡Teísta! Usted hace de su dios un ser más débil, más tonto que usted mismo. ¡Castiga como delito la duda de su existencia! Bueno, entonces, que declare su existencia y no dudamos más. Si las tribus errantes de Escitia dudan de la existencia de Epicuro, ¿debe Epicuro estar enojado? ¡Qué vanidad, qué absurdo, qué tonterías, oh teístas! ¡Como lo suponen en su Dios! Dejen que existe, este Dios, en toda la perfección de las imágenes de un poeta; le levanto una frente segura y serena. ‘¡Lo veo, oh Dios, en su poder y le admiro! Lo veo en su bondad y le apruebo. Dicho homenaje sólo es digno de que Usted reciba y yo rinda.’ ¿Y qué me contesta? ‘Usted es justo, criatura de mi hechura! No puede añadir ni quitar a la suma de mi felicidad. Yo les hice para disfrutar de la suya propia, no se pregunten por la mía. Yo les he puesto en medio de los objetos del deseo y les he dado medios de disfrute. ¡Disfruten, entonces! ¡Sean felices! Es para eso que los hice.’

“¡Escuchen, pues, mis hijos! ¡Escuchen a su maestro! Sea un dios o un filósofo quien hable, el mandato es el mismo: ¡Disfruten y sean felices! ¿La vida es corta? Eso es un mal: pero hagan la vida feliz, y así su brevedad es el único mal. Yo les hago a ustedes el mismo llamado que Dios, si existe, debe darles desde el cielo: ¡Gocen y sean felices! ¿Dudan en el camino? Dejen que Epicuro sea su guía. La fuente de todo placer está dentro de ustedes mismos. El bien y el mal se encuentran ante ustedes. El bien es todo lo que puede dar placer: el mal, lo que trae dolor. Aquí no hay paradoja, ni refrán oscuro, ni moral escondida en las fábulas.

“Hemos considerado la construcción irracional de la religión. Queda por considerar que igualmente errónea es la construcción de la moral. La virtud del hombre es tan falsa como su fe. Lo que la locura inventa, la puerilidad apoya. ¡Levantémonos en nuestra fuerza, examinamos, juezguemos y seamos libres!”

El profesor hizo una pausa aquí. La multitud se puso de pie, como si todavía escuchando. “En un momento más conveniente, a mis hijos, vamos a examinar más a fondo la naturaleza del hombre y la ciencia de la vida.”

EL FIN

* La verdad y la tendencia aquí se usa para referirse a las repercusiones ontológicas y morales del la filosofía materialista.

Guía de estudio

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