Varios días en Atenas – Capítulo 2

DE LA COMPASION HACIA LOS VICIOSOS

El asombrado, atemorizado Teón desde el brazo del sabio, se tambaleó hacia atrás y fue salvado probablemente de una caída por una estatua que estaba contra la pared en un lado de la puerta; se apoyó en ella, pálido y casi desmayado. No sabía qué hacer, apenas qué sentir, y estaba totalmente ciego a todos los objetos que le rodeaban. Su guía, que posiblemente esperaba su confusión, no se volvió a observar sino avanzó de una manera tal que le cubrió para que sus asociados no le vieran, y aún le dio tiempo para recogerse, y se puso de pie para recibir y devolver saludos.

“¡Me hallo bien, mis hijos! Y supongo que ustedes también. ¿Están muriendo de hambre, o soy yo quien está muerto de hambre? ¿Ya usted comió su cena, o sólo se sentó anhelándola, maldiciendo mi retraso?”

“Lo último, sólo lo último,” gritó un joven alegre, corriendo al encuentro de su maestro. Otros avanzaron y en un momento Epicuro estaba encerrado en un círculo.

“¡Cuidado, cuidado!”, gritó el filósofo. “Me llevan un paso más allá y van a tumbar un par de estatuas.”

Entonces, mirando por encima del hombro, “Les he traído, si no se les ha escapado, un muy agradable joven de Corinto para el cual voy a exigir una recepción mientras se recompone.” El maestro le tendió la mano con una mirada de aliento hechizante y Teón todavía vacilante avanzó. La niebla se había ido de sus ojos y el cantar de sus oídos, y tanto la habitación como la compañía quedó de manifiesto ante él. Tal vez, si no hubiera sido por este movimiento y aún más esta apariencia del sabio, hubiera hecho hace un momento un retroceso en lugar de un avance

“En la sala de Epicuro, en esa sala que Timócrates había contemplado”. ¡Oh, imaginen que horrible! “Y un discípulo de Zenón, el amigo de Cleantes, el hijo de un seguidor de Platón, tenía que cruzar el umbral del vicio, el umbral de los impíos garguetianos”. Sí; ciertamente habría huido si no hubiera sido por la mano extendida y esa sonrisa cautivadora. Sin embargo, estos conquistaron. Avanzó, y con un esfuerzo de compostura, se unió con la mano que le ofrecían. El círculo se abrió y Epicuro presentó ‘un amigo’. “Su nombre lo deben aprender de el mismo, yo sólo conozco su corazón, y aunque sea un conocimiento de dos horas, me declaro enamorado de el.

“Entonces él será mi hermano”, exclamó el animado joven que antes había hablado, y corrió a los brazos de Teón.

“¿Cuando vamos a utilizar nuestros propios ojos, oídos y entendimiento?”, dijo el sabio, acariciando suavemente la cabeza de un erudito. “Miren nuestro nuevo amigo no sabe cómo responder a su afecto prematuro.”

“Espera,” contestó el joven con malicia, “recibir el mismo elogio de mí que tuvimos de él. Deje que el maestro diga que él está enamorado de mi corazón, y él también abrirá sus brazos a un hermano”.

“Espero que no sea tan tonto”, respondió alegremente el sabio. Luego, con un acento más grave, pero aún más dulce, “Espero que juzgue todas las cosas y todas las personas con su propio entendimiento, y no con el de Epicuro o aún de un hombre mas sabio. ¿Cuando puedo esperar esto de Sofrón?”, sonriendo y moviendo la cabeza, “¿puede Sofron decirme?”

“No, de hecho, él no puede,” unido al erudito, sonriendo y sacudiendo la cabeza también, como en imitación de su maestro.

“¡Vamos, vamos, bandido! Y muéstrenos nuestra cena; a medias sospecho que ya la ha devorado.” Se dio la vuelta y, tomando familiarmente a Teón por el hombro, caminó hasta la sala, o más bien la galería, y entró en una amplia rotonda.

Una lámpara, suspendida desde el centro del techo, iluminaba una mesa debajo de ella con comida sencilla pero elegante. Alrededor de las paredes, en nichos a la misma distancia unos de otros, se situaban doce estatuas, el trabajo de los mejores maestros; en cada mano ardía una lámpara en un pequeño trípode. Al lado de una de las lámparas, una figura femenina estaba reclinada en un sofá, leyendo con esmero un libro que estaba sobre su rodilla. Su cabeza se inclinaba algo hacia adelante como para ocultar su rostro, que además estaba ensombrecido por su mano. Con su codo apoyado en un brazo del sofá, extendió su mano por encima de sus cejas como para aliviarse de la intensidad de la luz. A sus pies estaba sentada una joven a cuyo lado había una pequeña cítara silenciosa y olvidada por su dueña. Creta pudo haber prestado a esos ojos su chorro espumoso, pero todo el alma de ternura que emanaba de ellos era puramente jónico. Los labios carnosos y rubicundos, entreabiertos, mostraron dos hileras de perlas que Tetis habría envidiado.

Sin embargo, un ojo vulgar no hubiera descansado sobre el rostro: su aparencia quería la armonía dórica y su tez se veía teñida por un sol africano. Teón, sin embargo, no vio esto ya que sus ojos se posaron en los de la chica, que estaban elevados al rostro de su compañera estudiosa. Nunca se había leído un libro más seriamente que por esa cara de ojos gentiles y suaves que parecían adorar mientras contemplaban. El sonido de pasos que se acercaban llegó a oídos de la doncella. Se levantó, se sonrojó, medio devolvió el saludo del maestro y tímidamente retrocedió algunos pasos.

La estudiante seguía atenta al pergamino sobre el cual colgaba cuando el sabio avanzó hacia ella y puso un dedo encima de su hombro, “¿Que usted lee, mi hija?”.

Ella bajó su mano y mostró su cara. ¡Qué rostro se reveló entonces! No era una belleza en plena flor sonrojada de juventud, cortejando el amor y el deseo. Era la dignidad, dueña de sí misma, de la condición de mujer madura y la noble majestad de la mente, que pedía respeto y prometía deleite e instrucción. Las características no eran las de Venus, sino las de Minerva. Los ojos parecían profundos y constantes bajo dos cejas bien alineadas que el sentido común, no los años, había tejido un poco en el centro de la frente, mientras que lo demás era uniformemente liso y pulido como el mármol. La nariz era más romana que griega, sin embargo perfectamente regular y, aunque no era masculina, era severa en la expresión, excepto por una boca donde todo lo que era encantador y lleno de gracia habitaba. La barbilla era elegantemente redonda y tornada a la manera griega. El color de las mejillas era de la rosa más suave y más pálida, tan pálida, de hecho, que apenas son perceptibles hasta que son profundizadas por la emoción. Fue así que en este momento: sobresaltada por la palabra del sabio, un color brillante visitó su cara. Enrolló el pergamino, lo dejó caer en el sofá y se levantó. Su estatura era muy por encima de la norma femenina, pero cada miembro y cada movimiento era simetría y armonía. “Un tratado de Teofrasto; elocuente, ingenioso y quimérico. Tengo ganas de contestarle.” Su voz era calma y profunda, como los tonos de un arpa cuando sus acordes son golpeados por las manos de un maestro.

“Nadie podría hacerlo mejor”, respondió el sabio. “Pero debería haber adivinado que el anciano peripatético iba a ser silenciado por el lápiz más agudo, elegante y sutil de Atenas.” Ella se inclinó ante el cumplido.

“¿Es ésta entonces la famosa Leoncia?” murmuró Teón. “Timócrates debe ser un mentiroso.”

“Yo no sé”, reanudó Leoncia, “si esta noche hubiera pensado con tanta frecuencia que Teofrasto estaba equivocado, si no me hubiera dado tan continuamente la sensación de que él se creía justo. ¿Debo buscar la causa de esto en la vanidad del escritor o la del lector?”

“Tal vez,” dijo el maestro, sonriendo, “encontrará que se encuentra en los dos.”

“Yo creo que tiene razón,” devolvió Leoncia. “Teofrasto, al traicionar su amor propio, ha herido el mío. Quien está a punto de demostrar que su manera de pensar es correcta, debe tener en cuenta que también va a demostrar que todas las otras formas de pensar están equivocados. Y si esto retarda su esfuerzo, debe tener aún más cuidado en demostrar modestia al llevarlo a cabo. Es cierto que tenemos una obligación de sacrificar nuestra propia vanidad antes de llamar a los demás a hacer un sacrificio de la suya. Pero yo no particularizo a Teofrasto por a veces olvidar esto, ya que solo he conocido a uno que siempre lo recuerda. La mansedumbre y la modestia son también las cualidades más indispensables en un maestro y las más raramente poseídas. Fueron estas las que usó Sócrates para ganar los oídos de la juventud ateniense y son éstas,” inclinándose ante el maestro, “que la ganará para Epicuro “.

“Si aceptara su alabanza, mi hija, no debería tener duda de la verdad de su profecía. Ya que, en efecto, el modo de entregar una verdad hace, en su mayor parte, tanta impresión en la mente del oyente como la verdad misma. Es tan difícil de recibir las palabras de sabiduría de los rudos, como es amar o incluso reconocer la virtud en la austeridad.” Él se acercó a la mesa mientras hablaba.

A menudo durante la cena los ojos de Teón eataban clavados en el rostro de esta discípula. ¡Tal gracia! ¡Tal majestad! ¡Más que todo lo dicho, que intelecto! Y esta: ¡esta fue la Leoncia que Timócrates había llamado una prostituta sin vergüenza ni medida! ¡Y este fue el Epicuro que había arruinado con nombres demasiado viles y horribles para repetir incluso en el pensamiento! Y estos–continuando su soliloquio interior mientras miraba alrededor de la junta–estos fueron sus víctimas, los devotos del vicio de un maestro impío.

“Llegó justo a tiempo esta noche”, exclamó Sofrón, dirigiéndose al filósofo; “a tiempo para los pulmones de dos de sus estudiantes.”

“Y para los oídos de un tercero,” interrumpió Leoncia. “Fui llevada al exilio.”

“¿Cuál era el tema?” preguntó Epicuro.

“Si el vicioso es justamente objeto más de indignación o de desprecio: Metrodorus abogó por el primero y yo por el segundo. Que el maestro decida”.

“Él va a dar su opinión, sin duda; pero no es una decisión”.

“Bueno, y su opinión es la de …”

“Ninguno de los dos.”

“¡Ninguno de los dos! No tenía idea de que la cuestión tuviera más de dos lados”.

“Tiene un tercero; y yo casi nunca oí una pregunta que no lo tuviera. Si hubiera mirado al vicioso con indignación, nunca lo habría ganado para la virtud. Si le viera con desprecio, nunca lo había tratado de ganar”.

“¿Cómo es posible,” dijo Leoncia, “que los estudiantes estén tan poco familiarizados con el temperamento de su maestro? ¿Cuándo ha mirado Epicuro al vicioso con otra cosa que compasión?”

“Es cierto”, dijo Metrodorus. “Yo no sé cómo me olvidé de esto, cuando tal vez es el único punto que he presumido discutir con él más de una vez, y sobre el cual he persistido en mantener una opinión diferente.”

“No hable de presunción, hijo mío. ¿Quién no tiene derecho a pensar por sí mismo? O, ¿quién es aquel cuya voz es infalible y digna de silenciar a la de sus semejantes? Y recuerde, que al permanecer sin estar convencido por mi argumento en una ocasión sólo puede tender a hacer que su convicción sea más halagadora hacia mí en las demás ocasiones. Sin embargo, sobre el punto que discutimos, si yo estuviera ansioso de convertirle a mi opinión, conozco a uno cuyo argumento, mejor y más violento que el mía, va mucho más eficazmente a hacerlo.”

“¿De quién habla?”

“Nadie mas que el canoso viejo Tiempo,” dijo el maestro, “que, mientras nos lleva suavemente hacia adelante en el camino de la vida, nos muestra muchas verdades que nunca hemos escuchado en las escuelas, y algunas que al escucharlas, las encontramos difíciles de recibir. Nuestro conocimiento de la vida humana debe ser adquirido por nuestro paso a través de ella; las lecciones del sabio no son suficientes para impartirlo. Nuestro conocimiento de los hombres debe ser adquirido por nuestro propio estudio de ellos; el informe de los otros nunca nos convencerá. Cuando usted, hijo mío, haya visto más de la vida y estudiado más hombres, va a encontrar, o por lo menos yo creo que encontrará, que no es imprudente ser indulgente con las debilidades, y hasta incluso con los crímenes de nuestros semejantes. En la juventud, actuamos bajo el impulso de los sentimientos y sentimos sin detenernos a juzgar. Una acción viciosa en sí misma, o que lo es tan sólo en nuestra opinión, nos llena de horror y nos hace apartarnos de su agente sin esperar a escuchar el motivo que su ignorancia podría solicitar nuestra merced. En nuestros años madurados, suponiendo que nuestro juicio haya madurado también, cuando nos parezcan evidentes todas las tentaciones insidiosas y todos los inconvenientes con los que ha lidiado, tal vez desde su nacimiento, es entonces y no antes que nuestra indignación ante el delito se pierde en nuestra piedad del hombre”.

“Yo soy el último”, dijo Metrodorus, mientras un rubor carmesí se extendía por su rostro, “que debería oponerse a la clemencia de su maestro hacia el ofensor. Pero hay vicios, diferentes de aquellos a los que me salvó el maestro que, si no son más indignos, quizá sean más imperdonables porque se cometen con menos tentación; y más repugnantes porque brotan menos de la ignorancia irreflexiva  que del cálculo de la depravación.”

“¿Acaso no somos propensos,” dijo el sabio, “a atenuar nuestras debilidades, incluso mientras las condenamos? Y ¿no halaga eso nuestro amor propio el pesar nuestros vicios contra los de los semejantes más descarriados?”

El erudito se inclinó hacia delante y al agacharse, su rostro en la mano de su maestro que descansaba sobre la mesa, hizo sentar el carmesíes de su mejilla sobre ella. “Yo no pretendo disculpar los antiguos vicios de Metrodoro. Me encanta tener en cuenta toda su magnitud porque mientras más atroces son los vicios de su juventud, mayor es la deuda de gratitud que un hombre tiene que devolverle. Pero dígame,” agregó, y levantó los ojos hacia el rostro benigno del sabio, “¿dígame, ¡oh mi amigo y guía! si el alma de Metrodoro es baja o engañosa; o si su corazón ha resultado ser infiel a la gratitud y el afecto?”

“No, hijo mío, no,” dijo Epicuro con el rostro radiante de bondad y una lágrima que brillaba en sus ojos. “¡No! El vicio nunca se atragantó los cálidos sentimientos de su corazón ni nubló la ingenuidad justa de su alma. ¡Pero, hijo mío, unos años más tarde y quien sabe lo que pudo haber pasado! Confíe en mí, nadie puede beber de la copa del vicio con impunidad. Pero usted dirá que hay cualidades de tan mala o tan horrible naturaleza como para colocar al hombre que se rige por ellas fuera del seno de la comunión con los virtuosos. La malicia, la crueldad, el engaño, la ingratitud–crímenes como estos, usted piensa que deben inspirar contra los condenados por ellos sentimientos peores que el aborrecimiento, la execración y el escarnio. Y sin embargo, tal vez estos vicios no fueron siempre naturales para el corazón que ahora influencian. Las impresiones fatales y el ejemplo vicioso que operan en el marco de la infancia pueden pervertir todos los regalos justos de la naturaleza, pueden haber distorsionado la tierna planta desde que era semilla y aplastado todas las flores de la virtud en el germen. Digan, ¿no seremos compasivos con la enfermedad moral de nuestro hermano y tratar de usar nuestra habilidad para devolverle la salud? ¿Es el mal incurable? ¿Está la mente tensa en deformidad inmutable y el corazón corrompido en el núcleo? Mayor entonces, mucho mayor será nuestra compasión. Porque, ¿no es completa su miseria cuando sus errores no tienen esperanza de corrección? Oh, ¡hijos míos! Los malvados podrían hacer el mal a los demás, pero nunca podrán infligir una punzada como la que soportan ellos mismos. Estoy satisfecho, porque de todas las miserias que desgarran el corazón del hombre, ninguna puede compararse con las que se siente bajo el influjo de las pasiones funestas.”

“Oh,” gritó Teón, girando con un rubor tímido hacia Epicuro, “He tenido mucho tiempo posesión de la virtud, pero seguramente hasta esta noche nunca habia sentido su persuasión.”

“Veo que no nació para ser un estoico,” dijo el maestro sonriendo, “¿Por qué, hijo mío; qué le hizo enamorarse de Zenón?”

“Sus virtudes”, dijo el joven con orgullo.

“Su rostro fino y bien hablar”, respondió el filósofo, con un tono de ironía juguetona. “¡No, no se ofenda!”, y extendió su mano sobre el hombro de Teón, que se reclinó en el sofá junto a él. “Admiro tu maestro mucho y voy a escucharlo muy a menudo.”

“En efecto!”

“¿En efecto? Sí, en efecto. ¿Es tan maravilloso?”

“Usted no estaba allí.” Teón se detuvo y miró hacia abajo en la confusión.

“¿Hoy en día, quiere decir? Sí, era yo; y oí una descripción de mí persona que paralela en agrado con Las Nubes* del viejo Sócrates. ¿No le resulta muy parecida la descripción?” Se inclinó sobre el lado de la camilla, y miró la cara de Teón.

“Yo … yo …” El joven tartamudeó y miró hacia abajo.

“Usted piensa que lo es”, dijo el sabio como si estuviera concluyendo la frase por él.

“No, creo que no lo es; juro que no lo es,” estalló el juventud con ganas, y parecía que se iba a arrojar a los pies del filósofo. “¡Oh! ¿Por qué no fue al frente y silenció al mentiroso?”

“En verdad, hijo mío, el mentiroso era demasiado agradable para estar enojado con el y demasiado absurdo para ser contestado.”

“Y sin embargo, ¿le creen?”

“Por supuesto.”

“Pero ¿por qué entonces no responderle?”

“Y así hago. Yo le respondo en mi vida. La única manera en que un filósofo debe responder a un tonto, o en este caso, a un bribón”.

“Estoy realmente perplejo,” gritó Teón mirando al filósofo, luego el semblante de Leoncia, y luego lanzando una mirada alrededor del círculo. “Estoy realmente desconcertado con asombro y vergüenza”, continuó, bajando los ojos, “¡por haber escuchado a ese mentiroso Timócrates! ¡Qué tonto me han de pensar!”

“No más necio que Zenón”, dijo el sabio riéndose, “¡Lo que un filósofo escucha, no puedo culpar a un estudiante por creerlo!”

“¡Oh, pero si Zenón lo conociera!”

“Entonces, sin duda me odiaría.”

“Usted bromea.”

“En serio. ¿No sabes que quien se pelea con la doctrina de uno, siempre debe discutir con la práctica de uno? Nada es mas provocador que un hombre que predica con saña y actúa virtuosamente”.

“Pero usted no predica con saña.”

“Espero que no. ¡Pero los que llaman así, sí! Y lo creen honestamente en su corazón honesto creo que es así sobre los que predican una doctrina diferente, que no tiene por qué ser mejor”.

“Pero Zenón confunde su doctrina.”

“No tengo ninguna duda de que la expone mal.”

“La confunde por completo. Él cree que usted es no tiene ninguna otra ley, ni otro principio de acción, que el placer.”

“Él cree correcto.”

“¿Cierto? ¡Imposible! Dice que le enseña a los hombres a reírse de la virtud, y a entregarse con desenfreno al lujo y al vicio”.

“Ahí cree mal.”

Teón se veía igual que se sentía, curioso e incierto. Miró por primera vez al filósofo y, cuando no procedió, tímidamente alrededor del círculo. Cada rostro tenía una sonrisa en ella.

“Las orgías se concluyen.” dijo Epicuro, levantándose y volviéndose con gravedad afectada hacia el joven corintio. “Ha visto los horrores de la noche; si le han dejado alguna curiosidad por los misterios del día, busque nuestro jardín por la mañana en la salida del sol y será iniciado. ”

Capítulo 3

* Las Nubes se refiere a una comedia de Aristófanes donde Sócrates es ridiculizado indecentemente.

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