Varios días en Atenas – Capítulo 3

EL PLACER COMO FIN

Los corceles del sol no habían montado el horizonte cuando Teón tomó el camino de los jardines. Encontró la puerta abierta. El camino en que entró era amplio y uniforme y estaba ensombrecido a ambos lados por hileras de alcornoque, lima, roble y otros de los mejores árboles del bosque: tras seguir este camino por un rato, de repente se abrió un césped hermoso y variado a través del cual el río Iliso, ahora de la plata más blanca en el crepúsculo pálido, corría con un curso suave y silencioso. Cruzando el césped, se tropezó con un matorral cercano: la naranja, el laurel y el mirto colgaban sobre su cabeza, y sus flores, abriéndose lentamente a la brisa y la luz de la mañana, dejaban caer el rocío y perfumes. Una lujosa indolencia se apoderó de su alma; respiraba los aires y sentía la felicidad de Elisio. Con pasos lentos y medidos enhebró el laberinto hasta que entró de repente en una pequeña parcela verde abierta en la cara de un hermoso templo. El lugar era tres partes rodeadas con un bosque de arbustos en flor, el resto estaba ceñido por el Iliso sinuoso sobre el que el ojo vagaba a la claridad y a las colinas suavemente hinchadas cuyos pechos ahora brillaban debajo de los colorantes de Aurora. El edificio era pequeño y circular; dórico y del mármol de Paros: un pórtico abierto, apoyado por veinte columnas, recorría el edificio. El techo se levantaba en una cúpula. Los tonos rosados ​​del oriente caían en las columnas pulidas, como el rubor del amor en la mejilla de Diana cuando se erguía ante su Endimión.

Teón se detuvo: la escena era de ensueño. Hacía tiempo que había contemplado con deleite silencioso y tranquilo cuando sus ojos se sintieron atraídos por el ondear de una prenda en un lado del templo. Avanzó y vio una figura apoyada contra uno de los pilares. El sol en ese momento le disparó a su primer rayo sobre los collados, y cayó de lleno sobre el rostro del hijo de Neocles, que estaba levantado y los ojos fijos como en meditación profunda. Su porte estaba depositado en la calma de la sabiduría: los brazos cruzados y la túnica caía en masas a los pies. Teón voló hacia él y de pronto se detuvo, temeroso de estorbar sus pensamientos. Con el sonido, el sabio volvió la cabeza. Dijo: “Bienvenido, mi hijo”, avanzando a su encuentro. “Bienvenido a los jardines del placer; Puede usted encontrar aquí la morada de la paz, de la sabiduría y de la virtud.”

Teón inclinó la cabeza sobre la mano del maestro. “Enséñeme, guíeme, haga de mi lo que quiera. Mi alma está en sus manos.”

“Es tierna, pero pura”, dijo el garguetiano; “los años deberán fortalecerla. ¡Oh! ¡No deje que la manchen! ¡Vea esa lumbrera! Preciosa y gloriosa en el amanecer, cobra fuerza y belleza a su meridiano y pasa a la paz y la grandeza en su descanso. Así haga usted, hijo mío. Abra sus oídos y sus ojos; conozca y elija lo que es bueno; entre en el camino de la virtud y sígalo, ya que lo va a encontrar dulce. En el no hay espinas ni es difícil o empinado: como el jardín en que ahora ha entrado, todo lo que hay placer y reposo.”

“¡Ah!”, clamó Teón, “lo diferente que es la virtud en su boca y en la de Zenón.”

“La doctrina de Zenón”, respondió el sabio, “es sublime: muchos grandes hombres vendrán de su escuela; un mundo amable, de la mía. Zenón tiene su ojo en el hombre: yo el mío en los hombres: nadie más que los filósofos pueden ser estoicos; epicúreos todos pueden serlo.”

“Pero”, preguntó Teón, “¿hay más de una virtud?”

“No, pero los hombres le visten de manera diferente; algunos en las nubes y truenos; algunos en sonrisas y placeres. Los médicos, mi hijo, se pelean más acerca de las palabras que de las cosas y más acerca de los medios que del final. En el Pórtico, en el Liceo, en la Academia, en la escuela de Pitágoras, en la bañera de Diógenes, el maestro apunta a la virtud; en el jardín el maestro señala hacia la felicidad. Ahora abre los ojos, mi hijo, y examina las dos deidades. Dime, ¿no son lo mismo? ¿La virtud no es felicidad? ¿y no es la felicidad, virtud?”

“¿Es este, entonces, el secreto de su doctrina?”

“No hay otro.”

“Pero … pero, ¿dónde está entonces la diferencia? En verdad, como usted ha dicho, en las palabras, no en las cosas.”

“Sí, en gran medida, pero no del todo: todos somos los pretendientes de la virtud, pero somos pretendientes de un carácter diferente.”

“¿Y no puede ella entonces favorecer a uno más que a otro?”

“Esa es una pregunta,” respondió el garguetiano juguetonamente, “que cada uno responderá por su cuenta. Si usted me pregunta,” continuó con uno de sus tonos más dulces y sonriendo, “voy a decir que me siento virtuoso porque mi alma está en reposo.”

“Si este es su criterio, debería con los estoicos negar que el dolor es un mal.”

“De ninguna manera: tanto el contrario, sostengo que es el mayor de todos los males, y la meta de mi vida y de mi filosofía es escapar de él. Negar que el dolor es un mal es una objeción similar a la negación del movimiento por Eleana: debe existir para el hombre todo lo que existe para sus sentidos. Y en cuanto a su existencia o no existencia, aunque puede permitirse una discusión ociosa durante una hora de inactividad, nunca puede entrar como una verdad de la que se pueda extraer conclusiones en las clases prácticas de un maestro. Negar que el dolor es un mal parece más absurdo que negar su existencia, que también se ha hecho, porque su existencia sólo es evidente a partir de su efecto sobre nuestros sentidos; entonces ¿cómo vamos a admitir la existencia y negar el efecto que es lo único que nos fuerza a la admisión? Pero vamos a dejar estos asuntos a los dialécticos del Pórtico. Me siento virtuoso porque mi alma está en reposo. Con las malas pasiones debería estar perturbado e inquieto; con apetitos incontrolados debería estar desorganizado tanto en el cuerpo como en la mente. Por esta razón, y sólo por esta razón, evito ambos.”

“¡Sólo!”

“Sólo: la virtud es el placer; si no fuera así, no debería seguirla.”

Teón estaba a punto de prorrumpir en asombro indignado: el sabio suavemente puso una mano sobre su brazo y, con una sonrisa y curva de la cabeza exigiendo atención, procedió; “Los maestros que nos quieren hacer seguir la virtud por su propio bien, independiente de cualquier placer o ventaja que podemos encontrar en su búsqueda, son visionarios sublimes que construyen una teoría sin examinar la base sobre la que construyen, que avanzan doctrinas sin examinar los principios. ¿Porqué miro el Cupido de Praxíteles? Porque es hermoso; porque me da sensaciones placenteras. Si no me diera sensaciones placenteras, ¿debo encontrarlo bello? ¿Debo contemplarlo? ¿Me llamaría sabio si luego doy un dracma* por su posesión? ¿Porqué otros medios hemos de juzgar las cosas que no sea por el efecto que producen sobre nuestros sentidos? Nuestros sentidos siendo entonces los jueces de todas las cosas, el objetivo de todos los hombres es gratificarlos; en otras palabras, su objetivo es el placer o la felicidad, y si no se encuentra la virtud a la que conducen, los hombres harían bien en huir de ellas igual que hacen bien al rechazar el vicio.”

“Entonces no posees placer otro que la virtud, ni miseria otra que el vicio.”

“No, en absoluto: creo que la virtud es sólo el placer más elevado, y los vicios, o apetitos y pasiones sin gobierno, la peor miseria. Otros placeres son necesarios para formar un estado de perfecta tranquilidad, que es la felicidad; y otras miserias son capaces de perturbar, tal vez destruir, la paz de los más virtuosos y del más sabio.”

“Empiezo a ver mas razón en su doctrina”, dijo el joven, con un rubor tímido mirando hacia arriba la cara del filósofo.

“Y menos depravación monstruosa.” respondió el garguetiano riendo. “Mi joven amigo,” él continuó, más en serio, “aprenda a partir de ahora a formar sus juicios sobre el conocimiento, no sobre el informe. La credulidad es siempre ridícula, a menudo un defecto peligroso: ha hecho tontos a muchos hombres inteligentes y bribones a muchos hombres buenos. ¿Pero tiene usted algo que declarar contra mí? Usted dice que se ve más razón en mi doctrina, lo que implica que cree que eso me hace menos equivocado, pero no en lo correcto.”

“Soy un joven litigante,” respondió Teón, “y muy poco apto para el discurso con un maestro.”

“Eso no sigue; un mal lógico puede tener buen entendimiento; y una mente joven puede ser aguda. Si mi argumento tiene verdad, menos que un filósofo lo verá; y si no la tiene, menos que un lógico puede refutarlo.”

“Creo que podría instar a algunas objeciones”, respondió Teón; “Pero son tan confusas e indistintas, que casi temo exponerlas.”

“Me atrevo a decir que podría prevenir la mayor parte de ellas”, dijo el maestro. “Pero prefiero dejar que su mente haga su propio ejercicio. Piense sobre el asunto en el ocio y haga sus preguntas alguna noche o mañana entre mis eruditos. El conocimiento es mejor impartida en un diálogo que en una conferencia; y un diálogo no empeora por tener más de dos interlocutores. Así, nuestro paseo ha terminado bien con este tema. Vamos a ver que amigos están aquí. Seguramente hay voces.”

Su ruta había sido circular y los puso de nuevo al frente del templo. “Este es uno de mis refugios favoritos,” dijo el sabio, ascendiendo la noble escalinata y entrando por la puerta abierta. El apartamento, amplio, abovedado y circular, ocupaba todo el edificio. Las paredes estaban adornadas con bellas copias de las mejores piezas de Zeuxis y Parrasio, y algunas hermosas  piezas originales de Apeles. Una estatua, la única en el apartamento, se elevaba sobre un pedestal en el centro. Era una Venus Urania, de la mano de Lisipo, que había sido elegida como la deidad que preside en los jardines del placer virtuoso. El techo, elevándose en una cúpula noble, representaba el cielo: un trasfondo de azul profundo, las estrellas, el sol y los planetas en oro relevado. Pero dos figuras vivas pronto acapararon la atención de Teón. En una de ellas reconoció a Metrodoro, aunque no había la noche anterior observado bien su semblante. Él se situaba en un caballete de pintor. Su figura era más graciosa que digna, con la cara más expresiva que atractiva. Los ojos oscuros, penetrantes y brillantes, se doblaban en la mirada seria de un pintor en su estudio. La frente era corta, levantada mucho en las sienes y singularmente sobre las cejas. El pelo era de un color marrón oscuro brillante, corto y curvado. Sus mejillas de momento estaban enrojecidas con afán, y quizá con la impaciencia de un artista. La boca se curvaba voluptuosamente, pero no sin una mezcla de sátira; la barbilla ligeramente curvada hacia arriba, griega, asistía esta expresión. Su objeto de estudio era Leoncia, que estaba de pie, en lugar de inclinarse contra la pared; un brazo apoyado sobre una losa de mármol con un libro de desenrollado medio acostado en la misma y a medias en su mano abierta. El otro brazo, en parte escondido en el ropaje, se redujo ligeramente a su lado. Su fino rostro se volvió un poco sobre el hombro izquierdo para cumplir con el ojo del pintor. Ni un músculo vagaba. Los labios parecían no respirar: tan tranquila, tan pálida, tan inmóvil que parecía una estatua; tan noble, tan severamente hermosa, que se parecía a la Minerva de Fidias.

“¡No puedo hacerlo!” gritó Metrodoro, arrojando el lápiz. “Tendría que ser Apeles para hacer esa cara.” Empujó hacia atrás su caballete en disgusto.

“¡Qué!” Dijo Leoncia, sus finos rasgos relajándose en una sonrisa celestial, “¿Y toda mi paciencia para nada?”

“¡Yo soy un torpe y ciego boeciano! ¡Un espartano salvaje!”, continuó el artista decepcionado. “¡No!” Y aprovechando un cepillo, estaba a punto de demoler su obra.

“¡Por tu vida!”, exclamó Leoncia y, moviéndose hacia adelante, retiró a un lado la mano de Metrodoro. “Oh, ¡el loco mal humor de un genio! ¿Por qué, amigo, si mi cara fuera a medias tan fina como esa, Juno estaría celosa de ella.”

“¿Y quién sabe si ya lo está? ¡Una mancha! ¡Una mancha vil!” murmuró el erudito impaciente, pero su rostro se relajaba poco a poco en su ira, como a pesar de sí mismo, hasta que volvió a reunirse con el de Leoncia en una sonrisa.

“Y ahí están el maestro y el joven corintio riéndose de ti,” dijo Leoncia.

Se acercaron. “¿Es usted un juez?”, preguntó Metrodoro a Teón.

“Me temo que no, aunque la confesión estropeará mis felicitaciones.”

“Pero yo lo soy”, dijo el garguetiano con humor, “y aunque tengo toda la inclinación en el mundo, sin embargo no puedo discutir con el rendimiento. Bien delineado y de color fino. La actitud y el aire cayeron exactamente. Las características tal vez sean donde único posible mi naturaleza enferma pueda encontrar quizá que la expresión florece demasiado y es menos mental que la del original.”

“Pues ahí está”, exclamó el estudioso, su rostro reanudando toda su aflicción. “la mirada de una idiota en vez de una genio.”

“Tampoco es eso: sólo que es una una Hebe en lugar de una Juno. Más parecida a nuestra Hedeia”.

“¡Igual que un monstruo!” murmuró el artista enojado.

“¡Oh Hércules, oh Hércules!”, exclamó el sabio. “¡Lo que es frotar una zona adolorida! Mejor romper la pierna de un hombre que soplar una pluma en una mejilla rasurada. Si le hubiera dicho (dirigiéndose a Teón) que había dibujado un Tersites jorobado me habría bendecido, pero no por este bonito cumplido de una Hebe de rostro en plena flor.”

“Yo igual pude haber hecho uno o el otro; eran igualmente como la original.”

“Tengo que ceder a ese cumplido,” dijo Leoncia, poniendo la mano sobre su pecho e inclinándose con gravedad afectada ante el pintor.

Trató en vano de resistir la risa, luego mirando al maestro: “¿En qué quieres que la converta?”

“Y que usted se opone a una Hebe, entonces que sea una filósofa. Haga la cabeza un poco mas de color plata, y puede ser un admirable Epicuro.”

“¡No! No enfurezca al loco,” dijo Leoncia, colocando su mano sobre el hombro de Metrodoro; luego abordando a Teón, “Joven, le suplico que si quiere ser un filósofo, nunca encuentre un buen ojo para la pintura, un dedo por la música, o un cerebro para la poesía. Cualquiera de ellos mantendrá un hombre separado de la sabiduría.”

“Pero no a una mujer, supongo,” replicó Metrodoro, “ya que usted tiene las tres cosas.”

“Dispuesto a los elogios esta mañana, veo: pero si quería que inclinara la cabeza por esto, lo debió haber dado con una cara más amable. Pero vamos, mi pobre amigo; vamos a tratar de ponerle de buen humor: no hay nada como un poco de adulación para esto. ¡Aquí, mi joven corintio! (caminando hacia el otro lado de la habitación hacia una imagen recién terminada que estaba contra la pared, y haciendo señas a Teón hacia ella) Es posible que perciba fácilmente la belleza de este trabajo y la excelencia de la apariencia.”

Fue realmente sorprendente. “¡Admirable!”, gritó Theon, después de una larga mirada de admiración y luego de pasar a compararlo con el original.

“Un poco halagado, y más que un poco, me temo”, dijo Epicuro con una sonrisa mientras se movía hacia ellos.

“¡Halagado!” exclamó Metrodoro; un Parrasio no pudo haber halagado un original  como ese.”

“Usted ve cómo mis estudiantes me miman”, dijo el garguetiano a Teón.

“Pero usted piensa,” continuó Metrodoro, “que le he hecho justicia común al original.”

“Mucho más que común: es su mismo maestro. La dignidad de su figura, la gracia de su actitud, la nobleza de sus rasgos, la benignidad divina de su expresión. Si no hubiéramos tenido el original para adorarle, podríamos adorar su copia.”

Fueron interrumpidos por la entrada de una multitud de discípulos, en medio de cuyas salutaciones el joven Sofrón se apresuraba sin aliento por correr convulsionado de risas.

 Capítulo 4

* dracma = moneda griega

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