Varios días en Atenas – Capítulo 5

La Indignación de Cleantes

Los fervores del día habían disminuido, cuando Teón salió a la calle de la casa de Epicuro. En ese instante se encontró en el rostro de su amigo Cleantes: corrió a sus brazos, pero el joven estoico retrocedió con una mezcla de asombro y horror. “¡Por los dioses! ¿De la casa de Epicuro?”

“No me maravillo de su sorpresa,” devolvió Teón “ni, si mal no recuerdo mis propios sentimientos de ayer, de su indignación.”

“Respóndame pronto,” interrumpió Cleantes; “¿Es Teón aún mi amigo?”

“¿Y lo duda Cleantes?”

“¿Que no puedo dudar, cuando veo que viene de una mansión así?”

“No, hermano mío,” dijo Teón, amablemente abrazando el cuello de su amigo y guiándolo hacia adelante, “no he estado en ninguna mansión de vicio ni de locura.”

“No le entiendo”, respondió el estoico, pero a medias cediendo a su bondad: “No sé qué pensar ni qué temer.”

“Tema nada y piense sólo lo bueno,” dijo el corintio. “Es cierto, yo vengo de los jardines del placer, donde he oído muy poco del placer y mucho de la virtud.”

“Ya veo,” respondió el otro, “usted ha perdido sus principios y yo a mi amigo.”

“No creo que he perdido lo primero y estoy muy seguro de que no ha perdido lo último.”

“¡No!”, exclamó Cleantes, “Pero digo que sí,” y sus mejillas sonrojaron y sus ojos brillaron de indignación: “He perdido a mi amigo y usted ha perdido el suyo. ¡Váyase!”, continuó y se alejó del brazo de Teón. “¡Váyase! Cleantes no tiene comunión con un apóstata y libertino.”

“Usted me malinterpreta y se equivoca sobre Epicuro”, dijo su amigo en un tono de reproche más que enojo. “Pero no lo puedo culpar; ayer yo mismo fui igualmente injusto. Usted debe verlo, debe escucharlo, Cleantes. Esto por sí solo puede desengañarlo, puede convencerlo; convencerlo de mi inocencia y la virtud de Epicuro.”

“¿Virtud de Epicuro? ¿Su inocencia? ¿Qué es Epicuro para mí? ¿Qué es, o debe ser para usted? ¿Su inocencia? ¿Y está sujeto al manto de Epicuro, que quiere convencierme de su inocencia?”

“Sí, y de su propia injusticia. ¡Oh, Cleantes, qué tonto ahora sé que había sido! ¡Haber escuchado las mentiras de Timócrates! ¡Haber creído todos sus absurdos! ¡Venga, mi amigo! ¡Venga conmigo y vea la faz del maestro que blasfema!”

“Teón, un maestro y un solo amo es el mío. Para mí, si Timócrates exagera o incluso miente, nada de eso importa.”

“Si importa, o debería importar,” dijo el corintio. “¿Un discípulo de Zenón no abrir los ojos a la verdad? ¿No ver un error y expiar por el al reconocerlo? Yo no pido que sea discípulo de Epicuro, yo sólo pido que sea justo con él y que lo sea por su propio bien, más que por el mío o incluso por el de el.”

“Veo que estás seducido. Veo que estás perdido”, exclamó el estoico, fijando sobre él una mirada en la que el dolor luchó con indignación. “Me creía un estoico, pero siento la debilidad de una mujer en mis ojos. Usted fue como mi hermano, Teón; y fue engañado por la sirena, dejó la virtud por el placer, a Zenó por Epicuro.”

“No he dejado a Zenón.”

“No se puede seguir ambos; no se puede estar en el día y en la noche al mismo tiempo.”

“Le digo que no hay noche en los jardines de Epicuro.”

“¿No hay placer ahí?,” exclamó el estoico, la boca y las cejas encrespadas con ironía.

“Sí, hay placer ahí: el placer de la sabiduría y la virtud.”

“¡Ah! Que pronto ha aprendido las sutilezas del garguetiano, Usted sin duda ya ha adorado la virtud bajo la forma de la cortesana Leoncia y la sabiduría bajo la de su maestro y amante, el hijo de Neocles.”

“¡Qué poco sabes de ambos!”, respondió Teón, “pero yo sabía igual de poco ayer.”

Cleantes se detuvo. Estaban ante el pórtico estoico. “¡Adiós! Regrese a sus jardines! ¡Adiós!”

“Todavía no parto”, dijo Teón: “Zenón sigue siendo mi maestro.” Él siguió a su amigo al subir los escalones. Una multitud de discípulos estaban reunidos, esperando la llegada de su maestro. Algunos, hacinados en grupos, escuchaban las arengas de un erudito anciano o de estudiantes mas capaces: otros caminaban en grupos de seis o doce razonando, debatiendo y discutiendo: mientras que innumerables figuras individuales, no perturbadas por el bullicio que les rodeaba, se apoyaban en pilares estudiando cada uno de un manuscrito o de pie sobre las escaleras con los brazos cruzados y cabezas puestas sobre sus pechos, envueltos en meditaciones silenciosas. A la entrada de Cleantes, el alumno favorito de su maestro, los estudiantes abrieron el camino y el fuerte zumbido calló lentamente hasta el silencio. Avanzó hasta el centro y la multitud flotante se reunió y se comprimió en un círculo amplio y profundo. Todos los ojos estaban empeñados en el joven con curiosidad expectante porque su semblante estaba turbado y su manera era abrupta.

Cleantes era de tamaño medio, tan delgado que uno se pregunta sobre cuan erguido era su modo de andar y sobre la actividad de su movimiento. Su cuello era pequeño; sus hombros caídos; su cabeza elegantemente formada; el corte de pelo suave y estrecho; la frente estrecha y con profundas arrugas para alguien tan joven: las cejas marcadas y alineadas, salvo una ligera curva hacia arriba como por un ceño fruncido por encima de la nariz. Sus ojos eran azules pero su mirada era demasiado seria y su espíritu demasiado claro para resaltar algo de la suavidad habitual de ese color. Y sin embargo, hubo momentos en que esta suavidad sería aparente en sus ojos, y cuando lo era, llegaba al alma de quien lo observaba; pero esos momentos eran cortos y poco frecuentes. La nariz era fina y tal vez demasiado delicadamente tornada: la boca, suave y siempre en reposo. Las mejillas eran finas y aunque un poco sonrojado, el rostro tenía un aspecto de palidez hasta que el entusiasmo despertaba y profundizaba todos sus tintes. Toda su expresión tenía más espiritualidad y variedad, y su porte más agitación, de lo que se hubiera buscado en el primer y favorito de los discípulos de Zenón. El joven dió una rápida mirada alrededor del círculo, echó hacia afuera el brazo derecho, el manto cayó de su hombro, y en una voz variada, intensa y a la vez melodiosa, comenzó:

“¡Mis amigos, mis hermanos! ¡Discípulos de Zenón y de la virtud! Denme sus oídos y despierten sus facultades! ¿Cómo le digo a los peligros que les rodean? ¿Cómo voy a pintar el demonio que los atrapa usted? Timócrates ha escapado de sus encantos y nos dijo que el desorden y los deleites estaban en sus salas, que la impiedad estuvo en su boca; el vicio en su práctica; la deformidad en su aspecto. Y pensamos que nadie sino las almas nacidas para el error, ya llenas de infamia o hundidas en el afeminamiento podrían ser tomadas por sus afanes y seducidas por su ejemplo. ¡Pero he aquí! ¡El ha cambiado su rostro, él ha cambiado su lenguage: en medio de sus festejos se ha puesto el atuendo de la decencia: en su desorden habla de la inocencia; en su libertinaje de la virtud! ¡Miren la juventud! Corren hacia él con las orejas codiciosas, repletan sus jardines y sus pórticos. Atenas, Grecia, todos son del garguetiano. Asia, Italia, la África quemada y la congelada Escitia, todos, todos mandan alumnos listos a sus pies. ¡Oh! ¿Qué diremos? ¡Oh! ¿Cómo vamos a detener el torrente? ¡Oh! ¿Cómo construiremos una cerca alrededor de nuestros corazones, cómo alrededor de nuestros oídos contra el canto de la sirena? ¿De qué mástil debemos atarnos, en que piloto vamos a confiar, para que podamos pasar a las orillas de la seguridad sin darnos contra las rocas? Pero, ¿por qué hablo? ¿Por qué lo pregunto? ¿Por qué les exhorto: no está el contagio ya entre nosotros? En la escuela de Zenón, en este pórtico, en este círculo hay no indecisos? Sí. ¿No hay apóstatas?” La emoción atragantó su expresión: se detuvo y tiró sus ojos encendidos sobre el público que le rodeaba. Cada respiración los tenía en la espera; cada uno veía en el otro la duda, el desaliento, y la investigación. El corazón de Teón latió rápido y alto: se adelantó un paso y levantó el brazo para hablar pero Cleantes, reuniendo su aliento de nuevo con una voz rápida, continuó.

“¿Este silencio habla de culpa consciente o inocencia sorprendida? Lo último: yo creo que es lo último. ¡Alabados sean los dioses! ¡Alabanza a nuestra tutora, Minerva! ¡Alabanza a nuestro gran, glorioso maestro, hay todavía hijos de Atenas y de Grecia que respetan, cumplen y alcanzan la virtud! Algunas almas elegidas y disciplinadas que podrán iluminar con la luz y el decoro de su época y cuyos nombres serán honrados por los que aún no han nacido. ¡Despierten sus energías! ¡Oh, sean firmes en Zenón y en la virtud! No lo digo yo, ni lo dice Zenón, que la virtud se basa en el placer y el descanso. La resistencia, la energía, la vigilancia, la paciencia y la resistencia: estos, estos deben ser su práctica, deben ser su hábito para que puedan llegar a la perfección de su naturaleza. El ascenso es empinado, es largo, es arduo. Hoy hay que ascender un escalón y mañana un paso, y mañana y mañana, y sin embargo estarán lejos de la cumbre, del reposo y de la seguridad. ¿Esto les choca? ¿Están disgustados con esto? Vayan entonces a los jardines. ¡Vayan al varón de Garguetia, aquel que se hace llamar filósofo y que ama y enseña la locura! Vayan, vayan a él y los incitará y calmará. ¡Él terminará su búsqueda y les dará lo que ambicionan! ¡El les mostrará la virtud  vestida de placeres y de facilidad! ¡El les enseñará sabiduría en una canción y felicidad en la impiedad! Pero me han dicho que Timócrates ha mentido: que Epicuro no es un libertino, ni Leoncia una prostituta, ni los jóvenes del jardín los ministros a sus concupiscencias. Que así sea. Timócrates deben responderse a sí mismo, bien sea su relato las efusiones indignadas de la verdad o las invenciones sutiles de la malevolencia: con su propia conciencia sea el secreto, a nosotros no nos importa. Nosotros, los que tenemos nada que ver con las doctrinas de Epicuro, tenemos nada que ver con su práctica. El que quiera reivindicar las unas, que reivindique la otra: que venga adelante y diga que el maestro en los jardines no es sólo puro en acción, sino perfecto en teoría. Que lo diga, que adora la virtud como virtud, y repudia el vicio como vicio. Que lo diga, que arma el alma con fortaleza, la ennoblece con magnanimidad, la castiga con la templanza, la agranda con la beneficencia, la perfecciona con la justicia: y además que diga que él hace esto, no para que el alma tan educada y vigorizada puede estar en el reposo de la virtud, sino para que pueda regocijarse en su honor y estar bien dispuesta para su actividad . Que busque aquella virtud que solo la prudencia guía, que enseña a ser justos para que las leyes no nos castiguen ni nuestros vecinos nos den venganza, a ser resistentes, porque quejarse es inútil y la debilidad nos trae insultos y desprecio; a ser templados para que nuestro cuerpo pueda mantener su vigor, nuestros apetitos conserven su agudeza y nuestras satisfacciones y sensualidades su entusiasmo: a servir a nuestros amigos, para que nos pueden servir, nuestro país, debido a que su defensa y bienestar comprende la nuestra. Todo esto está bien, pero ¿no hay nada más? ¿Es nuestra facilidad solo lo que vamos a estudiar y no nuestra dignidad? Aunque todos mis semejantes desaparecieran y ni un ojo mortal ni inmortal se quedara para aprobar o condenar, ¿no debería yo en este pecho tener un juez que temer y un amigo con quien conciliarme? ¡La prudencia y el placer! ¿Fue a partir de principios como estos que la virtud de Solón, de Milcíades, de Arístides, de Sócrates, de Platón, de Jenofonte, de todos nuestros héroes y todos nuestros sabios, tuvo su primavera y su alimento? ¿Fue tal virtud la que en Licurgo fue plantada por la corona que le ofreceron? ¿La que en Leónidas se situó en Termópilas? ¿La que en el moribundo Péricles se vanagloriaba de que nunca había causado que un ciudadano llorara? ¿Fue tal virtud como esta, la que habló en Sócrates ante sus jueces? ¿La que lo sostuvo en su prisió y, cuando la puerta estaba abierta y las velas de la nave lista desplegadas, le hizo preferir la muerte a la fuga; su dignidad a su existencia?”

Una vez más el joven orador hizo una pausa, pero su alma indignada parecía todavía hablar por sus ojos parpadeantes. Sus mejillas brillaban como el fuego y grandes gotas rodaban de la frente. En este momento el círculo detrás de él cedió y Zenón avanzó hacia el medio. Su cabeza y hombros estaban por encima de la multitud, su pecho era amplio y varonil; sus miembros construídos con fuerza y ​​simetría: su modo de andar era erguido, tranquilo y digno: sus facciones, grandes y regulares, parecían esculpidas por el cincel de una divinidad colosal: la frente, amplia y serena, estaba marcada con las líneas paralelas de la sabiduría y la edad; pero ni duras arrugas ni los músculos perturban el descanso de sus mejillas, ni tampoco sus sesenta años tocaban con un hilo de plata su estrecho pelo negro: los ojos, oscuros y llenos, con látigos largos por pestañas, miraban con sabiduría severa y constante desde bajo sus cejas finamente arqueadas y correctas: la nariz provenía de la frente, estrecha y alineada: la boca y la barbilla eran firmes y silenciosas. Sabiduría imperturbable, fortaleza inquebrantable, autoestima, auto-posesión y autoconocimiento perfeccionados estaban en su rostro, su porte y su caminar.

Se detuvo frente al joven, que se había convertido en su enfoque. “Mi hijo”, fijando su mirada en calma en el semblante laborioso de su discípulo: “¿Qué ha perturbado tu alma?” Cleantes puso una mano sobre su pecho movido: hizo un violento esfuerzo por recobrar la compostura y el habla: falló. La sangre caliente abandonó sus mejillas: se precipitó de nuevo: otra vez se escapó: se quedó sin aliento y se dejó caer desmayado a los pies de su maestro.

 Capítulo 6

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