Varios días en Atenas – Capítulo 6

Teón se defiende

Teón se precipitó hacia adelante, se arrodilló y levantó la cabeza de su amigo … sin aliento, agitado, aterrorizado, llamó su nombre con un grito desgarrador de agonía y desesperación. Todo fue conmoción y confusión. Los estudiantes se empujaron hacia adelante tumultuosamente pero Zenón, levantando su brazo y mirando constantemente alrededor, gritó “¡Silencio!”

La multitud retrocedió y la quietud de la noche cayó. Luego, haciendo señales para que el círculo de gentío se moviera hacia la calle para dar paso y admitir el aire, se agachó y ayudó a Teón a asistir en el reavivamiento de su alumno. Cleantes levantó la cabeza, sus ojos se volvieron violentamente hacia los alrededores, y después los fijó en su maestro.

“Suavemente”, dijo Zenón, mientras el joven luchaba en los brazos de ambos por recogerse: “con cuidado, hijo mío.” Pero hizo el esfuerzo, ganó sus pies y tirando el brazo hacia un pilar cercano, volvió la cabeza a un lado y por algunos momentos combatió contra su debilidad en silencio. Sus miembros todavía temblaban y su rostro tenía todavía los matices de la muerte cuando, presionando su mano con fuerza convulsiva contra el pilar, con orgullo elaboró ​​su forma, volvió de nuevo los ojos a su maestro y susurró en su aliento roto “Cúlpame, pero no me desprecies”.

“No voy a hacer nada de eso, mi hijo: la debilidad estaba en el cuerpo, no la mente.”

“Ha habido falta de mando en ambos. No pido ser excusado.” Entonces, volviéndose a sus compañeros: “Puedo ser una advertencia, si no un ejemplo. Los espartanos exponen la embriaguez de sus ilotas para confirmar a sus jóvenes en la sobriedad: que la debilidad de Cleantes enseñe a los hijos de Zenón ecuanimidad y que se diga: Si en el pórtico se encuentra debilidad, ¿que será en los jardines? Pero,” continuó, dirigiéndose a su maestro, “¿Perdonará Zenón al pupilo que, al tiempo que aplica sus nerviosas doctrinas a los demás, el mismo se ha desviado de ellas?”

“Usted ha juzgado su culpa como la quizo juzgar,” devolvió Zenón; “¡Pero reconfórtese, hijo mío! Aquel que sabe, y al saber puede reconocer su deficiencia, aunque su pie no esté en la cumbre, sin embargo su ojo lo está. Pero diga la causa, que ciertamente debe ser grande, que pudo perturbar el aplomo de mi discípulo.”

“La causa era de hecho grande; nada menos que la apostasía de un erudito de Zenón a Epicuro.”

Zenón volvió sus ojos alrededor del círculo: no había gravedad adicional en ellos y ningún cambio en su forma o en su profunda voz sonora cuando, dirigiéndose a ellos, dijo: “Si uno, o varios, o todos mis discípulos se cansan de la virtud, que se aparten. No teman reproches o exhortaciones; los unos son inútiles para ustedes, los otros indignos de mí. Al que suspira por placer, la voz de la sabiduría nunca lo puede alcanzar ni el poder de la virtud tocarlo. En esta verdad el pórtico nunca será suavizado para ganar un oído enfermizo; ni la gravedad de la virtud será nunca velada para ganar un corazón débil. Quien obedece en acto y no en pensamiento; quien disciplina su cuerpo y no su mente; quien tiene el pie en el pórtico y su corazón en los jardines; no tiene más que ver con Zenón que un desgraciado hundido en todo el afeminamiento de un medianita* o el libertinaje bruto de un escita*. No hay mitad de camino en la virtud; ningún lugar de detención para el alma, sino la perfección. Usted debe ser todo, o puede ser nada. Usted debe determinarse a proceder al máximo, o le animo a no comenzar. ¡Les digo, todos y cada uno, denme sus oídos, sus entendimientos, sus almas y sus energías, o salgan!”  Una vez más miró a su alrededor a sus estudiantes. Un largo y profundo silencio le siguió cuando el joven Teón, rompiendo con su asombro y su timidez, avanzó hacia el centro y pidiendo tolerancia con la mano, se dirigió a la asamblea.

“Aunque me sea necesario renunciar a la estima de Zenón y el amor de sus discípulos, no tengo más remedio que hablar. El honor y la justicia lo requieren de mí: en primer lugar para eliminar la sospecha de esta asamblea; luego, para reivindicar el carácter de un sabio a quien la lengua de un mentiroso ha calumniado; y por último, para conciliar mi propia estima, que valoro más allá incluso que la estima del venerado Zenón y de mi queridos Cleantes.” Se detuvo y, volviéndose hacia Zenón, “Con el permiso del maestro, quiero hablar.”

“Habla, hijo mío: atendemos.” Zenón se retiró entre sus discípulos y Cleantes, ansioso y agitado por su amigo, se colocó detrás de la pantalla de un pilar. Con las mejillas en movimiento y la voz temblorosa, el joven comenzó:

“Al abordar un conjunto acostumbrado a la elocución varonil de un Zenón y la elocuencia brillante de un Cleantes, sé que seré perdonado por mis compañeros, y espero incluso por mi maestro severo, los rubores y vacilaciones de timidez e inexperiencia. Abro la boca por primera vez en público, ¡¿y en que público es?! Por lo tanto, que mi confusión no sea pensada la confusión de la culpa sino, como es en verdad, de la inexperiencia tímida. En primer lugar, para eliminar la sospecha de esta asamblea: no se miren con duda los unos a otros los pupilos; ni mire el maestro con dudas a sus alumnos. Yo soy el que ha comulgado con el hijo de Neocles; Yo soy el que ha entrado en los jardines del placer; Yo soy el que Cleantes ha señalado como apóstata de Zenón a Epicuro.” Un tumulto se levantó entre los estudiantes. Sorpresa, indignación y desprecio diversamente miraban desde sus rostros y murmuraban desde sus lenguas.

“¡Silencio!” Gritó Zenón, lanzando su mirada severa alrededor del círculo. “Joven, proceda.”

Esta explosión del público llenó de vigor al joven en lugar de precipitarlo. Libremente extendió su brazo, sus ojos se iluminaron con fuego y las palabras fluyeron listas de sus labios. “Yo no merezco el silbido de desprecio, ni el estallido de la indignación. Desistan, mis hermanos, hasta que hayan escuchado mi cuento sin arte, no mis disculpas sino mi justificación. Ayer, a esta hora, dejé el pórtico encendido de furia por la filípica de Timócrates contra Epicuro y sus discípulos; indignado contra la ciudad que no conducía tal maestro fuera de sus fronteras; contra los dioses, que no le golpean con sus truenos. Así ventilando mis sentimientos en soliloquio, después de un largo paseo me senté a orillas del Cefiso y fui despertado de un ensueño por el acercamiento de un extraño: su aspecto tenía la sabiduría de un sabio y la benignidad de una divinidad. Yo le cedí el homenaje de respeto y admiración juvenil: condescendió dirigirse a mí. Él me dio los preceptos de la virtud con la lengua suave y melosa de la bondad y la persuasión. Yo lo escuchaba, lo admiraba y me encantaba. Concluímos nuestra caminata a la puesta del sol: él me invitó a su cena. Entré en su casa y él me dijo que yo estaba ante Epicuro. ¿Podría haber retrocedido? ¿Debería haber retrocedido? No: mi corazón responde, no. ¡Toleren, mis amigos! ¡No me interrumpan! ¡No me llamen apóstata! ¡En presencia de los dioses; en presencia de mi maestro, a quien yo temo como a ellos; en presencia de mi propia conciencia, la que temo que más a los dos, les juro que no soy así! Ni digo esto para explicar o justificar la filosofía de Epicuro: sé muy poco de ella. Sólo sé, yo sólo afirmo, que su lengua ha dado nueva calidez a mi amor por la virtud y nuevo vigor a mi búsqueda de la misma. Sólo afirmo que la persuasión, la persuasión simple, sin adornos, está en sus labios; la benevolencia en su aspecto; la urbanidad en sus modales; la generosidad, la verdad y la sinceridad en sus sentimientos. Sólo afirmo que el orden, la inocencia y el contenido están en sus salas y sus jardines; la paz y el amor fraternal con sus discípulos; y que, en medio de ellos, él mismo es el filósofo, el padre y el amigo. Veo la mueca de desprecio en los labios, mis hermanos; ¡ay! Incluso en el rostro impasible de mi maestro leo desagrado.”

“No, mi hijo”, dijo Zenón, “No es eso. Continúe su cuento sin arte. Si hay error, se encuentra con el engañador, no el engañado. Y ustedes, mis hijos y discípulos, destierren de sus caras y sus senos cada expresión y cada pensamiento indigno de su compañero honesto y su secta recta. Porque recuerden que si aborrecer la falsedad y el vicio es noble, desconfiar de la verdad y la inocencia es maligno. Mi hijo, proceda.”

“Gracias por su noble confianza, mi señor: me enorgullece, porque me la merezco. ¡Sí! Incluso si yo, como ustedes opinan, podría ser engañado, siento que esta confesión abierta de mi convicción actual perfecta es honorable, tanto para mí mismo como para Zenón. Esto demuestra que en su escuela he aprendido candor, aunque todavía tengo que aprender discernimiento. Y, sin embargo, me parece que, por imperfecto que sea mi discernimiento juvenil, no está ahora en el error. Si alguna vez vi la bondad sencilla, sin adornos; si alguna vez escuché la verdad simple, sin adornos, se encuentra en Epicuro. ¡Una vez más pido su tolerancia, mis amigos! ¡Una vez más su tolerancia, mi maestro! Yo no soy, no quiero ser un discípulo de los jardines: la virtud podría estar en ellos, perdón, la virtud está en ellos; pero hay una virtud en el pórtico que voy a adorar a mi última hora. ¡Aquí, aquí me enteré, aquí vi por primera vez a que altura gloriosa la grandeza de un mortal podría ascender, lo independiente que podría ser de la fortuna; cuan triunfante podría ser sobre el destino! Joven, inocente y sin experiencia llegué a Atenas en busca de la sabiduría y la virtud. ‘Asiste a todas las escuelas y quédate con la que te de los objetivos más nobles’, dijo mi padre cuando él me dio su bendición de despedida. Él es un académico que había bebido, por supuesto, un poco los principios de Platón y sentía amor por su escuela. Al escuchar a Crates primero, por lo tanto, me pensé yo satisfecho. Un accidente me hizo conocer a un joven de Pitágoras: escuché sus sencillos preceptos; me encantaron sus virtudes y casi caí en sus supersticiones. De estos, Teofrastes me despertó y casi me decidía a ser peripatético cuando conocí al entusiástico y elocuente Cleantes. Él me llevó al pórtico, donde me encontré con todas las virtudes de todas las escuelas unidas y coronado con la perfección. Pero cuando yo prefería a Zenón, no despreciaba a mis antiguos maestros. Todavía a veces visito el Liceo y la Academia, y el joven pitagoreano es aún mi amigo. Una mente pura debe, creo, respetar la virtud donde quiera que se encuentre, y si está en el Liceo y la Academia, ¿por qué no en los jardines? Zenón, en la enseñanza de la austeridad, no enseña la intolerancia; mucho menos, estoy seguro, enseña la ingratitud: y si no sintiera por el sabio de Garguetia respeto y amor, yo sería el alma más ingrata en Atenas; y si, sintiendo ambos, temiera reconocerlo, sería el más malo. Y ahora, mis hermanos, pregúntense ¿cuál sería su indignación si un joven fuera por sus vicios expulsado de este pórtico y corriera al Liceo y acusara ante los hijos de Aristóteles a nuestro gran Zenón de la misma sensualidad y maldad por la que aquí fue desgraciado y desterrado el mismo? ¿No van a odiar a un miserable así? ¿No lo van a detestar? ¿No lo van a maldecir? ¡Mis hermanos! Hoy he aprendido que Timócrates es un miserable así. ¿Está aquí? Espero que lo esté. Espero que me oiga denunciarlo por ser difamador e ingrato.”

“¡Es falso!” Gritó Timócrates, estallando en furia entre la muchedumbre. “‘Es falso! Lo juro.”

“¡Cuidado con el perjurio!” Dijo una voz clara, de plata, de afuera del círculo. “¡Abran paso, atenienses! Este pleito me corresponde.”

La multitud se dividió. Todos los ojos se volvieron hacia la apertura. Teón gritó con triunfo; Timócrates se puso pálido de consternación al reconocer la voz y la forma del hijo de Neocles.

 Capítulo 7

* Los medianitas y escitas son dos nacionalidades antiguas.

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