Varios días en Atenas – Capítulo 7

Discurso entre los maestros

El sabio avanzó hacia Teón: le puso una mano en uno de sus hombros y besó su frente brillante. “Gracias a mi generoso defensor. Su cuento ingenuo, mi hijo, si no ha ganado el oído de Zenón, ha llenado el corazón de Epicuro. ¡Oh, mantenga siempre este candor y esta inocencia!” Volvió el rostro benigno alrededor del círculo: “¡Atenienses! Soy Epicuro.”

Este nombre, tan despreciado y execrado, ¿no creó tumulto en la asamblea? No; toda lengua estaba encadenada, toda respiración suspendida, todos los ojos excitados con asombro y admiración. Teón había dicho la verdad: era el aspecto de un sabio y una divinidad. La cara era un espejo sereno de una mente serena: su expresión hablaba como música para el alma. Zenón no era más tranquilo y sereno; pero aquí no había gravedad, ni autoridad, ni reserva, ni majestad inaccesible, ni superioridad repelente: todo era benevolencia, suavidad, apertura y estímulo relajante. Verlo era quererlo y escucharlo era confiar en el. Timócrates quedó disminuído ante los ojos de su maestro, que cayeron sobre él con una mirada fija y profunda que golpeó con más agonía su alma culpable que lo que hubiera hecho la mirada de un Cleantes o la mirada de un Zenón. El desgraciado quedó hundido bajo esta mirada, tembló, se puso en cuclillas y parecía como fi fuera a suplicar misericordia; pero su lengua estaba pegada a su paladar y la vergüenza le impedía caer de rodillas. “¡Vayan! ¡Yo les disculpo! Cedan el paso, atenienses.” Los estudiantes abrieron el paso. De nuevo el sabio hizo un gesto con la mano y el criminal se escabulló.

“Su perdón, Zenón”, dijo el garguetiano; “Conozco al joven; no es digno de estar en el pórtico.”

“Le doy las gracias,” respondió el maestro, “y mis discípulos le dan las gracias. Los dioses prohíben que abriguemos vicio o que desconfiemos en la virtud. Ya veo, y me retracto de mi error: de ahora en adelante, si no puedo respetar al maestro, voy a respetar al hombre.”

“Yo respeto a ambos”, dijo Epicuro, reclinada la cabeza a la del estoico. “He conocido por mucho tiempo y admirado a Zenón. Muchas veces me he mezclado con la multitud en su pórtico y sentido la fuerza de su elocuencia. No espero algo similar de él ni quiero seducir a sus alumnos a mis jardines. Sé de la gravedad de su maestro y de la austeridad, quizá intolerancia, de sus reglas. Pero para uno,” y puso su mano sobre la cabeza de Teón, “para este alumno, solicito clemencia. Que no se le impute como un crimen lo que ha sido el trabajo de un accidente y de Epicuro: y quiero decir también por él, así como por mí mismo, que en los jardines no ha perdido virtudes, pero sí algunos prejuicios.”

“Hijo de Neocles”, dijo Zenón, “tuve miedo de usted ayer, pero me temo que le temo el doble hoy. Sus doctrinas son de por sí atractivas, pero viniendo de esos labios me temo que son irresistibles. Me parece que echo el ojo de un profeta en el mapa del futuro y veo el sabio de Garguetia de pie sobre el pináculo de la fama y con un mundo a sus pies. El mundo se prepara para esto: el macedonio, cuando marchó nuestras legiones a la conquista de Persia, dió el golpe de muerte a Grecia. El lujo y afeminamiento persa que antes se arrastraba, ahora viene a pasos sobre nosotros. Nuestros jóvenes, mecidos en el regazo de la indulgencia, volverán la cabeza con oídos enfermos de la severa moral de Zenón y con avidez chuparán la miel de la filosofía de Epicuro. Me dirá que usted también enseña la virtud. Puede que sea así. Yo no lo veo; pero puede ser así. No concibo cómo puede haber dos virtudes, ni tampoco cómo dos caminos a la misma. Esto, sin embargo, no voy a discutir. Yo concedo que en su sistema, tal como se explica por su práctica, puede haber algo de admirar y mucho amor; pero cuando su práctica haya muerto y solo quede su sistema, ¿donde estará entonces la seguridad de su inocencia; donde el antídoto para su veneno? No piense que los hombres van a tomar lo bueno y no lo malo; pronto tomarán el mal y dejará lo bueno. Harán más; pervertirán la naturaleza misma del bien y harán del todo mal sin mezcla. Pronto, en el refugio de sus aposentos, todo lo que es vicioso va a encontrar refugio. El afeminamiento se va a hurtar un lugar bajo el nombre de facilidad; la sensualidad y el libertinaje en el lugar de la inocencia y el refinamiento; los placeres del cuerpo en vez de los de la mente. Cualesquiera que sean sus virtudes, no son más que las virtudes de temperamento, no de disciplina; y aquellos de sus seguidores que son como usted en temperamento, pueden serlo también en práctica, pero deje que tengan pasiones que hierven y apetitos urgentes, y sus doctrinas no establecerán ninguna valla contra el torrente ni harán sonar ninguna alarma al infractor. No nos diga que es correcto lo que admite estar hecho del mal; que es virtud lo que deja una puerta abierta al vicio. Le dije que con los ojos de un profeta vi su fama futura, pero tal fama que yo preveía no puede satisfacer la ambición de un sabio. Sus jardines se llenarán de muchedumbres, pero estarán confundidas; su nombre estará en todas las bocas, pero toda boca que lo hable será indigna; naciones le tendrán en honor, pero antes de que sea así, estarán en la ruina: nuestro país degenerado le adorará y expirará a sus pies. Zenón, mientras tanto, puede que sea despreciado, pero nunca será calumniado; el pórtico puede ser abandonado, pero nunca será deshonrado; sus doctrinas pueden ser descartadas, pero nunca serán malinterpretadas. No me engaña mi popularidad actual. Ninguna escuela ahora de tal renombre como la mía; pero yo sé que esto no va a durar. El hierro y las edades de oro se van; la juventud y la edad adulta se van y la debilidad de la vejez le roba al mundo. Pero, ¡oh, hijo de Neocles!, en esta sombría perspectiva, tengo un consuelo orgulloso: He levantado el último baluarte de la virtud cansada del hombre y de la gloria saliente de las naciones. He hecho más: cuando la virtud y la gloria de las naciones estén muertas y cuando en sus generaciones depravadas algunas almas solitarias, nacidas para cosas mejores, vean y lloren los vicios que les rodean, aquí, en el pórtico abandonado, se que van a encontrar un refugio; aquí, cerrando sus ojos al mundo, van a aprender a ser un mundo para sí mismos; aquí, armados de valor en la fortaleza, se que van a mirar hacia abajo desde la alteza de su majestad serena a los esclavos y de los tiranos de la tierra. ¡Epicuro! Cuando usted pueda decir esto de los jardines, entonces y sólo entonces, se podrá denominar un sabio y un hombre de virtud.” Cesó; pero sus tonos completos parecían aún sonar en los oídos de sus oyentes. Hubo una larga pausa cuando el garguetiano, en notas como de flautas de Arcadia, comenzó su respuesta:

“Zenón, en su actual discurso, ha basado gran parte de la verdad de su sistema en su conveniencia; Yo, por lo tanto, voy a hacer lo mismo. La puerta de mis jardines está siempre abierta y mis libros están en las manos del público; por lo tanto, entrar aquí en el detalle o exponer los principios de mi filosofía están igualmente fuera de lugar y fuera de tiempo. ‘No nos diga que es correcto lo que admite estar hecho del mal; que es virtud lo que deja una puerta abierta al vicio.’ Este es el cargo que Zenó ahora presenta a Epicuro, y si fuera acertado, lo reconozco como un golpe mortal. Por el sabor, hablamos de la fruta; por la belleza y la fragancia hablamos de la flor; y en un sistema de moral o de filosofía, o de cualquier otra cosa, lo que tiende a producir bien lo pronunciamos como bueno, lo que tiende a producir el mal, lo pronunciamos como malo. Yo podría de hecho apoyar el argumento de que nuestra opinión con respecto a los primeros principios de la moral no tiene nada que ver con nuestra práctica; que ya sea que base mi virtud en la prudencia, el decoro, la justicia, la benevolencia o el amor propio, que mi virtud sigue siendo una y la misma; que la controversia no es sobre el final, sino el origen; que de todas las miles de personas que han dado homenaje a la virtud, apenas uno ha pensado en inspeccionar el pedestal sobre el cual se levanta; que al igual que el marinero se guía por las mareas, aunque desconoce sus causas, también un hombre puede obedecer las reglas de la virtud aunque sea ignorante de los principios en que se fundan esas normas; y que el conocimiento de esos principios no va a afectar la conducta del hombre más de lo que el conocimiento de las causas de las mareas podría afectar la conducta de los navegantes. Pero esto no lo voy a argumentar; al hacerlo, podría parecer que peleo contra quien huye. Voy a cunfrontar su objeción de frente. Y digo que, al permitir que los efectos más poderosos broten de los primeros motivos de un sistema moral, tanto los peores como los mejores, que el mío debe ser clasificado entre los mejores, si el mejor es juzgado por el bien que hace y el mal que evita. Si, como usted dice, y en parte lo creo, el hierro y las edades de oro han pasado, la juventud y la edad adulta del mundo pasan, y que la debilidad de la vejez nos está arrastrando, entonces, como también dice, nuestra juventud, mecida en el regazo de la indulgencia, se volverá con los oídos enfermos de la severa moral de Zenón; y entonces yo digo, que en los jardines y solo en los jardines, va a encontrar un alimento inocente, pero adaptado a sus paladares enfermizos; una armadura, no de fortaleza de hierro sino de persuasión de seda, que resistirá el avance de su degeneración o lanzará una belleza más sobre su ruina. Pero tal vez, aunque Zenón permita que este último efecto de mi filosofía sea probable, no va a aprobarlo: su ojo severo mira con desprecio, no lástima, las locuras y vicios del mundo. Él quisiera aniquilarlos, cambiarlos por sus virtudes opuestas, o dejarlos que tengan su efecto completo y natural. ‘Sean perfectos o sean como son. No permito grados de virtud, así que no importan los grados del vicio. Su ruina, si tiene que existir, que sea en todos sus horrores, en toda su vileza; que no atraiga compasión, simpatía; dejen que se pueda ver en toda su deformidad desnuda y excitar la plena medida de su aborrecimiento y desprecio merecido.’ Así dice el sublime Zenón, que sólo ve el hombre tal como debe ser. Así dice el leve Epicuro, que ve al hombre como él es: Con toda su debilidad, todos sus errores, todos sus pecados, persistiendo en comunión con él, sigue regocijándose en su bienestar y suspirando por sus desgracias; Yo llamo desde mis jardines a los irreflexivos, los testarudos y los ociosos: ‘¿Hacia dónde vagan y qué buscan? ¿El placer? Mirenlo aquí. ¿La facilidad? Ingrese y repose.’ Así los enamoro desde la mesa de la embriaguez y la cama des libertinaje: despierto suavemente sus facultades dormidas y quito el velo a sus entendimientos. ‘¡Mis hijos! ¿Buscan placer? La busco también. Hagamos la búsqueda juntos. Usted ha intentado con el vino, ha tratado con el amor; ha buscado diversión en festines y el olvido en la indolencia. Me dice que está decepcionado: que sus pasiones crecieron, incluso mientras eran gratificadas; su cansancio aumentó incluso mientras dormía. Vamos a tratar de nuevo. Vamos a aquietar nuestras pasiones, no gratificándolas sino dominándolas; vamos a conquistar nuestro cansancio, no por el descanso sino por el esfuerzo.’ Así yo gano sus oídos y su confianza. Paso a paso, yo les llevo. Los expongo a los misterios de la ciencia, los expongo a las bellezas del arte, invoco a las gracias y las musas para que me ayuden; la canción, la lira y la danza. La templanza preside en la cena, la inocencia en el festival; el disgusto se cambia a la satisfacción; la apatía a la curiosidad; la brutalidad a la elegancia; la lujuria da lugar al amor; la hilaridad de los bacanales a la amistad. No me diga, Zenón, que un maestro vicioso lava la depravación del corazón joven; que calma la tormenta de sus pasiones y convierte en buenas todas sus sensibilidades. Admito que no intento hacer grandes a los hombres, sino hacerles felices: enseñarles que en el desempeño de sus deberes como hijos, como esposos, como padres, como ciudadanos, se encuentra su placer y su interés; y cuando los motivos sublimes de Zenón dejen de afectar a una generación enervada, las persuasiones suaves de Epicuro aún van a ser escuchadas y obedecidas. Pero me advierte que yo seré calumniado, mis doctrinas mal interpretadas, mi escuela y mi nombre deshonrado. No lo dudo. ¿Qué maestro está a salvo de la maldad, qué sistema de la mala interpretación? ¿Y Zenón realmente considera que él y sus doctrinas están a salvo? Él no conoce entonces la ignorancia y la locura del hombre. Dentro de algunas pocas generaciones, cuando las virtudes amables de Epicuro y la excelencia sublime de Zenón dejen de vivir en el recuerdo o la tradición, los fanáticos feroces o ambiciosos de alguna nueva secta van a calumniar por igual a ambos; van a proclamar a uno como un libertino y al otro como un hipócrita. Pero voy a admitir que yo estoy más vulnerable a la detracción que Zenón: que mientras su escuela va a ser abandonada, la mía será más probablemente avergonzada. Pero será la misma causa que produce los dos efectos. Será igualmente la degeneración del hombre la que hará que se descarten sus doctrinas y se perviertan las mías. ¿Por qué entonces la perspectiva de un futuro debe perturbar a Epicuro más que a Zenón? La culpa no recaerá en mí más que en usted, sino con los vicios de mis seguidores y la ignorancia de mis jueces. Yo sigo mi rumbo guiado por lo que creo que es la sabiduría, con el bien del hombre en mi corazón, adaptando mi consejo a su situación, su disposición y sus capacidades. Mis esfuerzos puede que no tengan éxito, mis intenciones quizá sean calumniadas; pero como yo sé que son benevolentes, los continuaré, sin miedo e imperturbable ante los reproches, inmóvil ante la ingratitud ocasional y decepción frecuente.” Terminó y, otra vez poniendo la mano en el hombro de Teón, lo llevó a su maestro. “Yo no pido a Zenón que me admire como profesor, sino que no culpe a este pupilo por amarme como hombre.”

“Yo no lo culpo,” dijo el estoico, “pero me gustaría no desconfiar de él. Me gustaría que no olvide pronto a Zenón y abandone el pórtico.”

Las sombras de la noche ahora cayeron en la ciudad y la asamblea se dividió.

Capítulo 8

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