Varios días en Atenas – Capítulo 8

AUSTERIDAD ESTOICA VERSUS FACILIDAD EPICÚREA

El sol estaba en su fervor cuando Teón salió de uno de los baños públicos. No estaba dispuesto para el descanso, sin embargo el calor en las calles era insufrible. “Buscaré los jardines”, pensó, “y perderé el tiempo en sus tonos fríos hasta que el maestro se una a mí.” Al llegar a la casa del garguetiano, y ya que la entrada de los jardines es más corta que la puerta del público, entró y buscó el pasaje que antes había atravesado. Sin embargo, tomó una senda equivocada y después de vagar durante algún tiempo, abrió una puerta y encontró una biblioteca. Epicuro estaba sentado en estudio profundo con sus tabletas ante él; su pluma en una mano y la frente apoyada en la otra. Metrodoro, en el lado opuesto de la habitación, se dedicaba a transcribir.

Teón se detuvo y, con una breve disculpa, apresuradamente se retiró. “¡Quédese!”, exclamó el maestro. Teón de nuevo entró, pero no avanzó mucho en el umbral.

“Cuando le dije que se quedara, no tenía la intención de que fuera portero. Entre y cierre la puerta.” Teón obedeció con alegría y se apresuró a aprovechar la mano extendida del sabio. “Puesto que usted ha inmiscuido en el santuario, no lo voy a expulsar.” Hizo una seña al joven a que tomara un lugar en su sofá. “Y ahora, ¿qué cosas lindas debo decirle por la defensa ayer del impío garguetiano? Debería haber venido conmigo a casa anoche, cuando los dos estábamos calientes por causa del combate, y entonces pude haberle dado el cumplido elocuente en plena asamblea en el Simposio, y usted lo hubiera igual de elocuentemente denegado con uno de sus rubores modestos.”

“Entonces, en verdad, si el maestro tenía tal intención, estoy muy contento de no haberlo seguido. Pero pasé la noche en mis propios alojamientos con mi amigo Cleantes.”

“… tratando de convencerlo a que tenga buen humor y caridad, ¿verdad?”

“Algo así.”

“¿Y tuvo éxito?”

“En verdad, no lo sé; él no me dejó en peor humor que el suyo.”

“No, entonces eso es mejor. La explicación siempre o acerca o amplía las diferencias entre amigos.”

“Sí, pero también entramos en discusión.”

“Terreno peligroso, seguro. Y su batalla, por supuesto, terminó en una guerra declarada.”

“Usted me paga más que un elogio merecido al concluir tal cosa, por supuesto.”

“¡No, perdón! Le pago todo, menos un cumplido. No es que llego a la conclusión de que son iguales en retórica y lógica, sino en obstinación y vanidad.”

“¿Sabe? No creo que yo sea obstinado o vano” dijo Teón, sonriendo.

“Si hubiera supuesto que lo creyera, no hubiera visto la ocasión para darle la información.”

“¿Pero porqué me cree usted obstinado y vano?”

“Sus años; sus años. ¿Y le parece que haiga un hombre menor de veinte años que no sea las dos cosas?”

“Bueno, yo diría que un viejo es al menos más obstinado que un joven.”

“Concedo que sí, solo cuando él es obstinado, que es bastante a menudo, pero no del todo siempre; y cuando él es vano. Pero mientras que muchos ancianos tienen vanidad y obstinación en el grado superlativo, todos los hombres jóvenes tienen esas cualidades. Creo que su caso es medianamente moderado, pero no supongo que usted lo crea en absoluto. Bueno, y ahora dígame, ¿fue una guerra declarada?”

“Confieso que si. Al menos, ninguno de los dos convenció al otro.”

“Mi hijo, habría añadido una más a las siete maravillas si uno de ustedes se hubiera dejado convencer. Me inclino a dudar si dos hombres, en el curso de una olimpiada, entran en un argumento por el deseo honesto y sencillo de llegar a la verdad, o si en el curso de un siglo tan solo un hombre ha salido de un argumento convencido por su oponente.”

“Bueno, entonces, si usted no me da crédito por no estar convencido, es posible que al menos me de crédito por no ser silenciado, siendo yo un argumentador tan joven y Cleantes uno tan practicado.”

“Usted rompió el hielo de antemano ayer en el pórtico”, dijo el filósofo, tocando su hombro. “Después de ese generoso ejemplo de confianza, no voy a maravillarme si ahora encuentra su lengua en todas las ocasiones apropiadas. Y confíe en mí, la ruptura del hielo es una cuestión muy importante. Muchos oradores solo han dado un paso después de haber tenido coraje para dar el primer salto. Cleantes mismo encontró que es así. ¿Conoce su historia? Apareció por primera vez en Atenas como un luchador, un extraño a la filosofía y al aprendizaje de todo tipo. En nuestras calles, sin embargo, los rumores de la filosofía no podían dejar de llegar a él. Corrió a toda velocidad a la escuela de Crates. Su curiosidad, unida a su completa ignorancia, le dio tan singular acto de presencia y produjo tantas preguntas simples y respuestas torpes, que recibió de sus condiscípulos el sobrenombre de el asno. Pero el asno perseveró y poco después de entrar en el pórtico, se aplicó con tanta diligencia intensa a desentrañar los misterios de la filosofía de Zenón, que rápidamente consiguió el aprecio de su maestro y el respeto de sus compañeros. Pero su timidez era por algún tiempo extrema y probablemente solo una fuerte emoción repentina le iba a permitir romper el hielo. Esto, sin embargo, se produjo por accidente y ahora es el orador listo y poderoso que usted conoce.”

“He oído a menudo,” dijo Teón, “y realmente no sin cierto escepticismo, el cambio que pocos años han cometido en Cleantes: ¡un luchador musculoso! ¿Quien iba a creerlo? ¡Y un sordo, ignorante bárbaro!”

“El mundo siempre añade maravilla a lo maravilloso. Un luchador musculoso el nunca lo fue, aunque sin duda si fue algo más grueso y más cuadrado en persona de lo que es ahora; y aunque ignorante, él no era aburrido. Aplicación intensa y, algunos dicen, el ayuno de la pobreza, así como la templanza, redujo rápidamente su cuerpo y espiritualizó su mente.”

“El ayuno de la pobreza”, gritó Teón, “¿Crees esto?”

“Me temo que es posible”, respondió el maestro. “Por lo menos se afirma que poseía solo cuatro dracmas cuando dejó la escuela de lucha libre por la de filosofía; y no parece que ahora siga otro comercio que el de un erudito; uno que sin duda trae muy poco alimento para el cuerpo, lo que puede hacer para la mente.”

“Pero su maestro; ¿cree que Zenón quiere que le falten las cosas necesarias para la vida?”

“Las cosas necesarias reales, de alguna manera u otra, sin duda las tiene; pero yo creo que hará muy pocos servirle y adquirir esas pocas cosas con cierta dificultad en lugar de estar endeudados con su amo.”

“O con su amigo,” dijo Teón.

“No, recuerde, usted no es amigo de mucho tiempo y es algo menor que él en años.”

“¿Pero ello le impide darme su confianza en una ocasión como esta?”

“Tal vez no, pero conceda algo al orgullo estoico.”

“Yo puedo permitir nada de eso aquí.”

“No, porque concierne el suyo propio. ‘Así piso yo el orgullo de Platón’, dijo Diógenes, poniendo su pie en el manto del académica. ‘Sí, con el mayor orgullo de Diógenes,’ contestó Platón. Pero ya le he dado pesadez, que no era mi intención. ¿Metrodoro, cómo le va?”

“Escribiendo la última palabra … Ahí … Y ahora”, levantándose y avanzando hacia Teón, “déjeme abrazar al joven que tan noblemente asumió la reivindicación de mi maestro insultado. Tal vez no sabe cómo de peculiarmente endeudado estoy yo con usted. Timócrates es el hermano de Metrodoro.”

“¿Cómo?”

“Me sonrojo de admitirlo.”

“Usted no tiene que sonrojarse, mi hijo amado: ha hecho más que el deber de un hermano hacia él y más que el deber de un discípulo hacia mí. Supongo,” volviéndose a Teón, “que como usted es estoico, no ha leído los tratados hábiles de Metrodoro en apoyo de mis doctrinas y su defensa de mi personaje. En la última, de hecho, ha hecho más de lo que yo deseaba.”

“Reconozco que no lo he hecho, pero lo voy a leer.”

“¡Qué! ¿En la cara de Zenón?”

“Si, y de todo el pórtico.”

“Nosotros no necesitamos dudar del coraje del joven de Corinto”, dijo Metrodoro, “después de su noble confianza de ayer.”

“Veo que el maestro no ha estado en silencio,” devolvió Teón, “y que él me ha dado más elogio del que merezco.”

“Metrodoro le puede decir que no es mi costumbre”, dijo el garguetiano. “¡Por Pólux! Si continúa sus visitas al jardín, debe esperar que lo traten muy duro. Mi objetivo es golpear cada fallo que veo; y tengo ojos muy agudos. Me entero de los pecados más secretos, revuelvo las almas de mis estudiantes de adentro hacia afuera; así que ¡tenga cuidado a tiempo!”

“Yo no le tengo miedo”, le devolvió el corintio.

“¿No me tiene miedo, bribón?”

“No, le amo demasiado bien; pero,” continuó Teón, “déjeme ahora dar mis agradecimientos al señor por adelantarse ayer así a la hora ideal y por darme la victoria. ¡Cómo usted me sorprendió! Casi le tomé por segunda vez por una divinidad.”

“Le diré lo que pasó,” devolvió Epicuro: “Por casualidad fui llamado a la calle ayer justo después de que se fue de la casa y vi su reunión con Cleantes; y adivinando desde su primer discurso que tendría que soportar un asedio, le seguí al pórtico y tomé mi lugar, desapercibido, entre la multitud, listo, si la ocasión lo exigía, para ofrecer mi auxilio.”

“¿Y usted oyó entonces todo lo que pasó?”

“Si.”

“Le pido perdón por la digresión,” dijo Teón, “pero creo que usted posee mas tolerancia y más candor que cualquier hombre que haya oído hablar.”

“Si es así, estas cualidades útiles no se han logrado sin mucho estudio y disciplina; ya que Zenón se equivoca al pensar que todas mis virtudes son hijas del temperamento. Yo percibí muy temprano que la franqueza debe ser la calidad más indispensable en la composición de un filósofo y por lo tanto muy temprano puse todos mis esfuerzos a la consecución de la misma. Y una vez que estaba ocupado en eso, no me parece que fue largo o difícil. Tuve naturalmente genio apacible y un corazón sensible, y estos dones fueron de uso inconcebible para mí. Al sentirme amable hacia mis semejantes, yo pude aprender más fácilmente tener piedad en lugar de odiar sus fallos; sonreír en vez de fruncir el ceño ante sus locuras. Esto fue ganar un gran paso, pero el siguiente era más difícil: ser lento a la pronunciación de lo que es un error y lo que es una locura. Nuestra superstición quiere perseguir con las furias al hombre que toma a su hermana como mujer, mientras que las costumbres de Egipto los elogian. Cómo se han reído del astrónomo que hizo la tierra girar alrededor del sol estacionario; y sin embargo, ¿quién puede decir, sino la era venidera, si esto se establecerá como una verdad? Los prejuicios, una vez vistos como prejuicios, son fácilmente abandonados. La dificultad está en llegar al conocimiento de los mismos. Había leído por mi cuenta un millar de conferencias antes de poder decir con calma, en todas las ocasiones, que no se puede concluir que una cosa es porque yo creo que es; y hasta que pude decir esto, no presumí de ser un filósofo. Cuando me había enseñado a mí mismo la franqueza, me di cuenta de que estaba poseído de la paciencia; porque, en realidad, es casi imposible poseer una sin la otra.”

“No puedo entender”, dijo Teón, “cómo con su dulzura, su franqueza y su buen humor, tiene tantos enemigos.”

“¿No soy yo el fundador de una nueva secta?”

“Sí, pero también lo han sido muchos otros.”

“¿Y cree que tengo más enemigos que cualquiera? Si es así, tal vez en esas cualidades pacíficas que ha enumerado, usted puede buscar la causa. Recuerde que los cínicos y estoicos, (y creo que la mayoría de mis enemigos son ya sea de ellos o creados por ellos) ¿Cree que alguna de esas tres virtudes no presumidas aseguraría su aprobación? No les gusta ver a un hombre tomar el lugar de un filósofo sin aires de serlo, y como usted puede percibir, esto es lo que mas quiero. Entonces usted debe recordar también mi popularidad; por supuesto, mi dulzura, candor y buen humor, junto con otras virtudes agradables que no nombraremos, me ayuda a conseguir un millar de amigos; y el que tiene muchos amigos, debe tener muchos enemigos, porque usted sabe que uno así debe ser la marca de la envidia, los celos y el bazo.”

“No puedo soportar pensar que así sea,” dijo Teón.

“Mucho menos yo,” dijo Metrodoro.

“Mis hijos, nunca sientan lástima por el hombre que puede contar más que un amigo por cada enemigo, y yo sí creo que puedo hacerlo. Sí, mi joven estoico, Zenón puede tener menos enemigos y como muchos discípulos, pero dudo que tenga tantos hijos devotos como Epicuro.”

“Yo sé que no los tiene” gritó Metrodoro, curvando el labio con desprecio orgulloso.

“Usted no necesita verse tan feroz con su conocimiento,” dijo el maestro sonriendo.

“Usted es demasiado suave, demasiado sincero,” regresó el sabio, “es su único defecto.”

“Entonces yo soy una persona intachable y sólo deseo poder devolver el cumplido a Metrodoro pero riza demasiado el labio y sus mejillas son demasiado propensas a encenderse.”

“Lo sé, lo sé”, dijo el académico. “¿Entonces por qué no arreglarlos?”

“Porque no estoy muy seguro de que estén mejor arreglados. Si usted tuviera más fuerza con sus enemigos, o me dejara hacer lo que sea para que ellos le respeten más, le temerían más.”

“Pero como yo no soy un dios, ni un rey, ni un soldado, no tengo nada que temer; y como soy un filósofo, no tengo ningún deseo de eso. Entonces, en cuanto a respeto, ¿realmente piensa que es más digno de él que su maestro?”

“No,” dijo Metrodoro sonrojándose, “eso es una fricción muy grave.”

“Supongamos que sea mas digno. No, no, mi hijo, vamos a convencer a todos los que podemos, vamos a silenciar a los menos posibles y a ninguno lo vamos a aterrorizar.”

“Recuerde la salida de Timócrates,” dijo Teón, “¿no fue eso hecho en terror?”

“Sí: pero fue la obra de su conciencia, no de mis ojos; si la primera hubiera permanecido en silencio, me imagino que el habría resistido la última muy bien.”

“No nombren al miserable”, gritó Metrodoro indignado. “Oh, mi joven de Corinto, si hubiera sabido usted toda la paciencia y la indulgencia que su maestro mostró hacia él, todos los dolores que él tomó con él, la delicadeza con la que lo amonestó, la seriedad con que le advirtió, las mil veces que lo perdonó; y entonces, por fin, cuando se atrevió a insultar a la hija adoptiva de su maestro, la encantadora Hedeia, y los discípulos indignados le echaron de los jardines, el se dirigió a nuestros enemigos, los enemigos de su maestro, y se alimentó de su malicia con mentiras infernales. ¡Las maldiciones de las furias sobre el desgraciado!”

“¿Pero cómo se atreve?”, dijo Epicuro, empujando su erudito indignado lejos de él. “Su ira es indigna de un hombre, mucho mas de un hermano. ¡Vaya y repóngase, hijo mío!” Suavizando su voz, al ver una lágrima en el ojo de Metrodoro. “El corintio le acompañará a los jardines; Me uniré a ustedes cuando haya llegado a la conclusión de este tratado.”

Metrodoro tomó el brazo de Teón y salió del apartamento.

Capítulo 9

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