Contra la moirolatría

Recientemente en la comunidad cibernética de filósofos epicúreos han habido divisiones considerables por causa de la insistencia en la creencia en que el determinismo ha sido reivindicado por la ciencia entre algunos que se hacen llamar neo-epicúreos que no pueden comprometerse del todo con la enseñanza de Epicuro por causa de esta opinión. En la doctrina inicial de Epicuro, había un fuerte anti-determinismo.

En un reciente artículo para Prospect, Daniel Dennett incluso cometió un serio e irreverente error cuando dijo que Lucrecio escribió una gran obra “estoica” titulada De Rerum Natura, y no mencionó que entre Demócrito (uno de los primeros atomistas) y Lucrecio hubo un gran hombre, Epicuro, que nos mostró el camino a la realidad.

Es difícil imaginar que Dennett no ha estudiado su historia de la filosofía lo suficiente como para saber que Lucrecio era uno de los mas grandes epicúreos de la historia. Encima de esto, dice que fue estoico. Hace mas sentido suponer que Dennett evadió a Epicuro a propósito con la intención de que sus lectores no se pongan a averiguar lo que los epicureanos enseñan. Odio el tono acusativo que asumo al decir esto, pero Dennet es uno de los filósofos mas prominentes del mundo de habla inglesa en esta generación y es imposible que el no entienda que Lucrecio no era estoico, y mas aún que uno de los puntos principales en que divergían estoicos y epicúreos era el asunto del determinismo.

Esto nos da una idea de que hasta que punto las antiguas batallas intelectuales entre las dos escuelas hermanas helenísticas todavía continúan y tienen vigencia, y de cuan importante es educarse para poder distinguir entre ambas. Ambas escuelas son terapéuticas, pero la estoica ve la virtud como el telos (la meta de la vida) mientras que los epicúreos vemos el placer como el telos, y las virtudes son solo medios hacia ese fin. Solo son virtudes porque al final producen una existencia placentera y si produjeran mas dolor que placer, no serían virtudes sino vicios, enfermedades del alma, malos hábitos.

Es curioso que exista un arraigo a los “ideales” del determinismo tan intenso, casi religioso, entre personas que de lo contrario son seculares y anti-superstición. Creo que la prevalencia del estoicismo tiene mucho que ver con esto, porque el estoicismo enseña a aceptar todo lo que no se pueda controlar con resignación y se endiosa tanto este espíritu resignado como si fuera dignificado, que se empiezan a aceptar restricciones innecesarias basadas en la corrupción cultural como si fueran naturales.

El sistema de las castas o clases sociales, el rol sumiso de la mujer, el perpetuo exilio de los gays, condiciones laborales paupérrimas e incluso monstruosidades culturales como el shari’a islámico podrían terminar haciendo del estoico un hombre virtuoso, domándolo por completo, porque no se agarró de la naturaleza con firmeza como su guía y aceptó la cultura a la par. Noten que cuando hablamos de corrupción cultural, invariablemente son las clases dominantes las que establecen sus agendas en estos esquemas.

Entre los estoicos de menor prudencia, existía una tendencia a buscar oráculos y signos en todas partes porque la fe en el destino era tal que, aunque nada se podía hacer para cambiarlo, creían que era posible y deseable conocerlo por medio de profecías y signos.

Lo importante es resignarse y ser virtuoso, ¿que importa si se es feliz? ¿No? Ese modo vil de pensar es deshumanizante, y es por esto que el epicúreo se rebela contra el determinismo a la vez que está dispuesto a aceptar sus límites naturales para sufrir menos, porque la naturaleza no nos da otra opción.

Así, tal y como pregona el evangelizador estoicista Dennett en su artículo, el hombre puede aspirar a RESISTIR la vida en lugar de PLANIFICAR la vida, que es lo que arguye el filósofo epicúreo Norman DeWitt, que parafrasea un adagio conocido de la filosofía al decir: “la vida no-planificada no vale la pena vivirla“. Resistir la vida y planificarla son dos cosas muy distintas. Al final, el estoicismo produce un hombre quizá virtuoso, pero mucho menos libre, mucho menos creativo, mucho menos dinámico que el autarca virtuoso, contento y tranquilo que produce el epicureísmo.

Otro de los puntos de animosidad con los estoicos se traza a su mal entendimiento del placer, a veces por ignorancia y a veces por tergiversación intencional de las verdaderas enseñanzas sobre el cálculo hedónico. El placer y el dolor son la experiencia REAL, tangible de felicidad y sufrimiento en el cuerpo y la mente de los seres naturales. No son imaginarios. Entonces, sin hablar en términos de hedonismo no se puede hablar propiamente de la ética, de la sana y buena vida.

Precisamente en una de las muchas discusiones recientes sobre estas diferencias irreconciliables de opinión, una amiga de Grecia explicó que los que endiosan a Fortuna pecan de moirolatría (el culto al destino) y que esta es una superstición tan vil como cualquier otra idolatría. Epicuro hubiera ido mas lejos, ya que el dijo que al menos si creemos que los dioses influyen en nuestras suertes, podemos apaciguarlos con ofrendas y oraciones con la esperanza de que nos escuchen, pero si creemos en el determinismo naturalista no hay fuerza en el cosmos a la que podamos apaciguar, ni rezar, ni recurrir. Epicuro no pudo haber sido un reformador moral si hubiera aceptado el determinismo.

Mientras que la gente común tiembla de miedo ante la Fortuna y sus muchas manifestaciones, la actitud propia del epicúreo hacia la diosa Fortuna es una actitud de casi desdén. Es burla, insolencia. Veamos un ejemplo de los antiguos:

Te he anticipado, Fortuna, y me he consolidado contra tus ataques secretos. Y no nos entregaremos como cautivos a Ti o a cualquier otra circunstancia; sino que cuando sea hora de irnos, escupiendo con desprecio la vida y todos los que aquí vanamente se apegan a ella, dejaremos la vida dando un alto grito triunfal y glorioso de que hemos vivido bien. – Sentencia Vaticana 47

El mérito de esta actitud yace en la emancipación del sabio de las externalidades en su tranquilidad y felicidad, en su autarquía (es decir, su auto-suficiencia y su auto-gobierno). Al final de su vida, habiendo llevado una vida buen vivida y habiéndose disfrutado cada momento, el moribundo sabio epicúreo mira a Fortuna (o a cualquier otra deidad caprichosa de la suerte) y le debería poder decir esto, en cuyo caso muestra que no vivió como esclavo y que le sacó provecho a las doctrinas de la mas sana filosofía de hombres y mujeres libres.

Nosotros no nos adherimos a un triunfalismo insensato, sino que reconocemos que hay una facticidad, un contexto natural y hasta cierto punto cultural que delimita los poderes de nuestra voluntad y libertad. Pero a la vez afirmamos con Jean Paul Sartre que el hombre es lo que hace con lo que la vida le da.

Es decir, el ser humano tiene el poder de involucrarse creativamente en su vida, inventar cosas nuevas, volverse maestro de las artes y ciencias, tener proyectos que le hagan trascender y hasta tener un arte de vivir que le defina aún mas que lo que Fortuna tire en su camino.

Para concluír (y esto es muy importante): el reconocimiento de la libre voluntad y el discurso sobre lo que idealmente deberíamos hacer con nuestra libertad deberían informar nuestra labor filosófica y nuestros proyectos existenciales a largo plazo.

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