Reseña de The Humanist de “Cultivando el jardín epicúreo”

Traducción de la reseña de Tending the Epicurean Garden (oprima para versión en castellano) escrita en inglés por Michael Fontaine para The Humanist. Disponible también en academia.edu.

Ya que acabo de aprender que el autor ha publicado una traducción al español de su libro, ofrezco a los lectores una traducción de mi reseña también. Debo enfatizar que esta es solo una traducción de mi reseña del libro en inglés, no del libro en español, el cual no he visto. Agradezco a la Sra. Xiomara Gomez por ayudarme a mejorar mi traducción. La original puede verse aquí. – Michael Fontaine

Estamos en la era de la ciencia. Vivimos en una época en que la tecnología ha llevado a cabo tales hazañas maravillosas que muchos han llegado a creer (aunque sólo a medias conscientemente), que la tecnología misma nos eximirá de la condición humana y nos salvará de nosotros mismos.

Esta es una ilusión peligrosa. Como bien dijo el psiquiatra y filósofo (y Humanista del Año en 1973) Thomas Szasz:

En las ciencias naturales, la tarea consiste en hacer nuevos descubrimientos y formular nuevas teorías, y tener el coraje de proponerlos en oposición al conocimiento establecido; en la ciencia moral es redescubrir observaciones antiguas y re-articular principios antiguos, y tener el valor de defenderlos ante la oposición de las pretensiones del cientificismo.

El cientificismo es la falsa creencia de que la ciencia por sí sola puede iluminarnos e informarnos. Es la creencia de que los aviones reactores, iPhones, acondicionadores de aire y medicinas nos han liberado de las limitaciones naturales. Es una creencia en la ciencia ficción, no la ciencia, y es una falacia. Los humanistas seculares son especialmente vulnerables a sus encantos, pero ninguno de nosotros es inmune. Según el New York Times, en 2013 uno de cada diez estadounidenses tomaban antidepresivos; entre las mujeres de 40 y 50 años, una de cada cuatro toma medicamentos antidepresivos. Si la tecnología y las medicinas están haciendo algo por nosotros, obviamente no nos hacen más felices o más libres que lo fueron nuestros abuelos en su vida diaria.

Y ello es lo que me lleva a este nuevo libro excepcional. Cultivando el jardín epicúreo es una exploración de la antigua filosofía de Epicuro y un manual sobre cómo se puede aplicar a la vida. En él, Hiram Crespo destila trabajo académico sobre ética epicúrea, trae nuevas perspectivas que pueden influir en el tema de otras tradiciones de sabiduría y demuestra la pertinencia continua de la filosofía a la humanidad. Crespo ha redescubierto observaciones antiguas y re-articulado principios antiguos, y tiene el valor de defenderlas ante la oposición y las pretensiones del cientificismo. Todo el mundo puede beneficiarse de la lectura de este libro.

Todos conocemos los nombres de Platón y Aristóteles. Pocos están familiarizados con Epicuro o la filosofía materialista que lleva su nombre, a pesar de que creó el estilo de vida humanista secular y lo dotó de bases científicas y de un conjunto coherente de principios éticos. Epicuro (341-270 aC) fundó una escuela en Atenas que él llamó “El Jardín.” Él trató de ofrecer una alternativa tanto a la filosofía especulativa desarrollada por Platón como al materialismo supersticioso de la filosofía de los estoicos que insistió en la realidad del destino y el determinismo. Lo que es más, legó a la humanidad un conjunto de creencias y prácticas que nos pueden curar de nuestro miedo al infierno y que pueden enseñarnos a ser individuos felices, éticos en el mundo aquí y ahora.

El texto principal del epicureísmo disponible hoy son los seis libros de poema de Lucrecio De la naturaleza de las cosas. Esta es una obra maestra de la literatura latina, pero debido a que sus primeros libros están dedicados a establecer la física materialista de la filosofía, con extensos argumentos para demostrar el movimiento atómico o la percepción sensorial, muchos lectores nunca llegan a lo que realmente cuenta: su ética. Es una pena porque Epicuro es el progenitor de libertarismo, la auto-ayuda, y sobre todo, la filosofía entendida como psicoterapia. Todos los que creen en el libre albedrío, la autonomía y la responsabilidad personal estarán interesados en lo que tiene que decir. Por lo tanto, aplaudo a Crespo por haber elegido, a diferencia de Lucrecio, enfatizar la ética epicúrea y la felicidad sobre la física y la epistemología. Debido a que Crespo reconoce que la base materialista de la filosofía epicúrea es similar en espíritu a la visión científica del mundo que a la mayoría de nosotros se nos enseña en la escuela–lo que hoy llamamos quarks, Epicuro llamó átomos–es sólo brevemente y al final del libro que se compara la comprensión de Epicuro de la física con la de los científicos y filósofos contemporáneos.

En una serie de quince capítulos cortos, Crespo presenta su creencia de que la ética laica puede y debe ser cultivada para que la gente post-religiosa pueda darse cuenta de que la filosofía fue y estuvo una vez separada de la religión y que esto puede volver a suceder. También muestra cómo el epicureísmo puede mejorar nuestra vida mediante el cultivo de prácticas antiguas y conocidas que alivian la angustia: meditación, llevar un diario, memorizar frases recitales durante momentos de ansiedad y aprender a vivir el momento.

La mayoría de los capítulos terminan con una serie de tareas para ayudar al lector en la introspección y sólo en una ocasión el autor contradice la doctrina antigua. Epicuro es famoso por exigir que sus seguidores hagan un juramento de lealtad: “Seré fiel a Epicuro según quien ha sido mi elección vivir”. Por lo general se asume que Epicuro requiere este ritual porque se dio cuenta que la ortodoxia, como su tetrafármaco (remedio de cuatro partes), confiere un alivio en tiempos de ansiedad. Crespo relaja el juramento al sugerir a los lectores remplacen “Epicuro” con “epicureísmo”, o que simplemente lo ignoren. Debo añadir que Epicuro también creía en los beneficios de participar en grupos unidos por una creencia compartida, percibiendo (con razón) que los seres humanos son criaturas sociales y prosperan en compañía. (Por cierto, para este objetivo Crespo ha fundado la Sociedad de Amigos de Epicuro).

Además de ampliar la física epicúrea comparándola con la física contemporánea, el libro logra modernizar otros aspectos del epicureísmo. Por ejemplo, Crespo compara métodos epicúreos para alcanzar la felicidad con la investigación de vanguardia en ciencias sociales de universidades como Harvard y Princeton. Más impresionante aún, el libro compara la convicción de Epicuro de que el miedo a la muerte es la fuente de toda ansiedad humana con la obra de Ernest Becker, el antropólogo estadounidense que llegó a una conclusión idéntica (y al parecer, de manera independiente) en la década de 1970. Me gustó particularmente ver a Crespo sintetizar e integrar las prácticas y principios de otras tradiciones de sabiduría con el epicureísmo. Presta especial atención al budismo, que el psiquiatra estadounidense Ron Leifer (quien fue colega de Becker y estudiante de Szasz) ha tratado de integrar en la psicoterapia contemporánea desde la dirección opuesta.

Otro de los puntos por los que el libro de Crespo merece alabanza es su decisión de evitar peleas con la religión. El hecho de que “Epicuro” (apikoros) en hebreo rabínico significa “hereje, infiel” podría sugerir que la hostilidad es inevitable, pero no lo es; Epicuro realmente aconsejó a sus seguidores a participar en rituales religiosos. Una característica desagradable de muchas publicaciones contemporáneas humanistas seculares es la interminable corriente de autores post-religiosos que denuncian estridentemente la religión (por lo general su propia religión previa). Son los profetas enojados del ateísmo contemporáneo. Siguiendo el ejemplo de Epicuro, Crespo tranquilamente sostiene que Thomas Jefferson se auto-afirmó epicúreo, y lo muestra como un ideal de cómo incorporar las mejores partes de la cristiandad, así como los preceptos éticos de Jesús. Así nos muestra cómo el epicureísmo puede llegar a ser una filosofía atractiva y útil incluso para las personas religiosas. Como Epicuro, Crespo entiende que los seres humanos son inherentemente animales religiosas. Necesitamos nuestras religiones, si no teológicas, al menos nuestras religiones políticas, sociales, morales y económicas. Mientras el miedo al infierno no esté destruyendo su vida, Crespo respeta su fe. Epicuro era igual.

Crespo con ello evita cometer un segundo error que se ve en las publicaciones humanistas seculars: la suposición de que los partidos demócrata y obrero son el hogar natural de los humanistas seculares. Simplemente evita el tema. Como Epicuro, Crespo explica que es mejor evitar publicidad en la vida, incluída la participación en disputas políticas.

En el libro Cuidando el jardín epicúreo, Crespo nos ha dado a todos una manera de pensar acerca de cómo vivimos, de nuestras decisiones, habilidades, apetitos, libertades y responsabilidades. Destila los estudios académicos correspondientes al epicureísmo de una manera sucinta y sin pretensiones. Sólo me queda una pregunta sin resolver. Fue valiente y loable de Crespo insistir en que una dieta adecuada, ejercicio, y la moderación de nuestros apetitos son clave para nuestra felicidad. Él reconoce, como lo hizo Epicuro, que al final del día solo nosotros decidimos qué consumir; esas decisiones son nuestras. Cuando cándidamente apunta al autocontrol como medio para alcanzar la felicidad, Crespo se pone de lleno en contradicción con el espíritu dominante de la sociedad medicalizada en la que ahora vivimos. Él no dice si prescindir de antidepresivos puede ayudarnos a enfocarnos para encontrar la felicidad–o si las críticas a la “farmacracia” planteadas por Szasz, Schaler, Leifer y otros pueden ser sintetizadas e integradas a su marco actualizado. Ese, creo, es el siguiente paso obvio para él y sus compañeros mientras se embarcan en su misión de promover el epicureísmo moderno. Estaré observando el experimento con gran interés.

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