¡Feliz vigésimo! – Sobre el alfabeto de la naturaleza

¡Feliz día veinte a todos los epicúreos! Mañana es el Día internacional de la lengua materna. Siempre he tendio un interés general por las lenguas y, específicamente, un interés por el idioma internacional de Esperanto. Así que voy a compartir una interesante observación que hice mientras estudiaba De Rerum Natura, donde Lucrecio plantea con frecuencia que la naturaleza tiene su propio alfabeto. Podemos pensarlo como la tabla de los elementos, o tal vez en el caso de la vida podemos imaginarlo como las cuatro letras que, utilizando un único código binario, componen las cadenas de DNA en todos los seres vivientes.

Esta idea surge, me parece, de la observación de los atomistas de que aunque puede haber un número infinito de átomos, hay solo un número limitado de posibles combinaciones de átomos. Sería casi imposible discernir las leyes de la naturaleza si las posibles combinaciones de átomos fueran infinitas. El hecho de que somos capaces de discernir algún orden nos dice que la naturaleza establece límites a lo que es posible y lo que no lo es. Lo mismo sucede con el lenguaje y el sentido: todo lenguaje tiene sus reglas, y lo que cae fuera de esas reglas no tiene sentido.

Si tal es la naturaleza de las cosas, si rompemos todas las cosas hasta llegar a sus constituyentes mínimos, finalmente encontraremos el alfabeto de la naturaleza: las combinaciones básicas de las cuales todas las cosas están hechas. Al igual que los párrafos, oraciones y palabras en el idioma, todo debe ser reducido a letras. He aquí la analogía hecha por Lucrecio:

Vea en nuestros versos aquí
muchos elementos comunes a muchos mundos,
pero debe confesar que cada verso, cada palabra
de uno a otro difiere tanto en sentido
y en tono de sonido–todo esto los elementos
pueden producir sólo por cambio de orden.

Lo anterior es del Libro I. Más adelante en el Libro II, elabora esta metáfora comparando las leyes de la naturaleza con las reglas de la gramática.

Ya que incluso en estos nuestros versos aquí
importa mucho con qué y en qué orden
cada elemento se establece: estos denotan
el cielo, el océano, las tierras y arroyos, y el sol;
Lo mismo, los granos, los árboles y los seres vivos.

Es completamente natural que un poeta como Lucrecio dibuje analogías entre su arte y el tema de su escritura. Lo que NO está diciendo, y podemos extraer de su metáfora, es que al estudiar la naturaleza, podemos observar cómo ella modela sentido–y sabemos que el origen del sentido es un problema viejo en la filosofía. Este sentido que produce la naturaleza y la física es real, no platónico, y ciertamente no es mágico como el que los estudiantes de las runas y de la Cabalá pretenden extraer de las letras nórdicas y hebreas.

Muchos filósofos se preocupan de lo absurdo de todo y de cómo las cosas no tienen un significado inherente, pero Lucrecio nos invita a considerar tanto el oficio de la poesía como un arte que confiere y crea sentido, como la posibilidad de que al estudiar la física y al aprender el alfabeto de la naturaleza, podamos discernir sentido en la naturaleza que es relevante, útil y, sin embargo, no menos poético y dionisíaco.

En el libro IV, Lucrecio se refiere a “palabras aladas” cuando habla de cómo los átomos-ondas viajan distancias y son percibidos en el aire como olores, en el océano como olas, o en otras cosas que encontramos en la naturaleza. Con esto nos quiere impresionar con la manera en que la semántica de la naturaleza puede ser percibida directamente por nuestras facultades, sin necesidad de traducción. El alfabeto de la naturaleza es real, y el sentido que transmite puede aprenderse directamente. La naturaleza puede hablar literalmente a nuestros sentidos.

Cada cuerpo producido por la naturaleza es un libro. Cada ecosistema, una antología. Cada especie, una mitología. Cada planeta, una enciclopedia.

Considero que esta es una hermosa manera de alentar a los mortales a resistir las tentaciones de las promesas de otros mundos que tan poéticamente se nos insinúan con frecuencia, y en cambio mantener los pies en el suelo y estar contentos con el sentido que podemos captar del estudio de la naturaleza.

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