La paradoja de Epicuro como argumento para combatir el miedo al “mal”

El siguiente artículo ha sido escrito por nuestro amigo Luis Jose Sirvent Ferrándiz.

Bajo diferentes nombres o títulos se recoge una argumentación atribuida a Epicuro sobre la existencia de dios.

Aparece por primera vez en “Diálogos sobre religión natural” de David Hume, quien lo cita a través de Tertuliano (de hecho este texto se basa en parte en el “De Natura Deorum” de Cicerón) ; podemos aceptar que perdurase la cita dada la potencia del pensamiento epicúreo y la lucidez de la exposición.

El ya conocido planteamiento de la argumentación, bajo distintas presentaciones, seria básicamente:

¿Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz? Entonces no sería omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces sería malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces la maldad? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?.

Se acepta comúnmente que es un argumento en contra de la existencia de dios, en contra del concepto el dios omnipresente y omnipotente muy utilizada por autores cristianos precisamente para rebatirlo, pero nos es conocida la indiferencia de Epicuro ante la existencia o no de los dioses. Los dioses, el dios, para Epicuro es, junto con otras ideas, algo que no debe inquietar el filósofo que desea ser feliz y alcanzar la Ataraxia.

La reflexión sobre este tema lleva a pensar en una “segunda” idea, a mi entender de mucho mayor calado y presencia entre los seres humanos y más presente en la filosofía epicúrea; es una invitación a una reflexión sobre el presente, sobre el aquí y el ahora.

En efecto, la reflexión que puede afectar a los seres humanos en su presente es “el mal”, el concepto del mal. Se podría decir que todo el argumento no gira sobre la existencia de dios, sino sobre la existencia de “el mal” que causa desasosiego a la mente del ser humano y le hace infeliz, máxima preocupación de los epicúreos, y esto sí es aceptado y conocido por todos nosotros como una de las bases del epicureísmo; la búsqueda de la felicidad.

El mal es el enemigo de la felicidad.

Continuando con el método epicúreo llegamos a saber que nuestro conocimiento de la realidad se basa en nuestras sensaciones y que esas percepciones precisan de un análisis, de una visión objetiva para poder percibir la realidad frente a prejuicios y percepciones deformadas.

Todo esto nos lleva a necesitar reflexionar sobre “el mal”, sobre qué significa “el mal”, y siguiendo el método que nos legó Epicuro llegamos a la conclusión de que el llamado “mal” es una percepción subjetiva y personal puesto que el mal tampoco es omnipresente como un dios, sino subjetivo, ya que el mal de unos es beneficioso para otros, o indiferente. Incluso el mal en determinado momento puede ser bien en otro (existe un precioso cuento chino al respecto.*)

La percepción de lo que ocurre en la vida, mediatizada por expectativas y prejuicios nos lleva a calificar como “mal” muchas circunstancias habituales de la vida que nos separan de la ataraxia.

El “mal” es un concepto subjetivo que nos separa de la felicidad; es una construcción humana y nosotros somos quienes le concedemos el poder de separarnos de la felicidad.

La “paradoja de Epicuro” no habla de dios o de los dioses. Según esta propuesta, es el inicio de una reflexión sobre el poder que concedemos a determinadas circunstancias de la naturaleza para separarnos del recto camino de la filosofía y de la felicidad. La “paradoja de Epicuro” es un argumento contra el miedo al mal. Se atribuye a Epicuro esta frase:

“Si dios escuchase a las oraciones del hombre, todos hubieran perecido rápido, porque siempre rezan por el mal de otros.”

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* Se cuenta que un joven chino consiguió cazar un caballo salvaje y que , con dificultad, consiguió llevarlo a la aldea, donde los vecinos admirados de la suerte el joven, visitaron al cabeza de familia para felicitarlo por la gran suerte de tener un animal tan fuerte, una gran ayuda en los trabajos…

Bueno, son las cosas como vienen y solo hay que aceptarlas…

He aquí que el joven debió domesticar al caballo para poder utilizarlo en los trabajos, pero el animal, de un fuerte golpe con las patas derribó al muchacho, rompiéndole varias costillas y dejándolo inútil para el trabajo. Los vecinos se acercaron amentando la gran desgracia que se vino sobre la familia, ahora no solo tenían que alimentar al caballo sino que nadie podría ayudar al padre, que no solo tendría que trabajar el doble y cuidar al hijo…

Bueno, son las cosas como vienen y solo hay que aceptarlas…

¡Pero en poco tiempo se declaró una gran guerra y hubo leva de soldados, ningún joven quedó en la aldea…salvo el joven lesionado por el caballo, estaba inútil para el servicio militar!

Entonces fue cuando se comprendieron las palabras del padre del muchacho; ¡las cosas hay que aceptarlas como vienen, esto te permite la paz interior y la felicidad!

Leer más:

Sobre “Desprecio irracional”, de Polístrato

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