Epístola de Cosma Raimondi en defensa de Epicuro contra los estoicos, los académicos y los peripatéticos

La traducción al inglés de este document, hecha por Martin Davies, se encuentra en New Epicurean

He aquí una carta escrita en 1429 por Cosma Raimondi defendiendo a Epicuro contra los estoicos, platónicos y aristotélicos, e invitando a un amigo humanista a retornar a los caminos de Epicuro. Su enfoque es menos amplio que el de la sección epicúrea de “Sobre los fines” de Cicerón, pero es excelente. Específicamente y claramente se refiere a cómo y por qué los estoicos y otras escuelas están equivocados. Es raro encontrar una defensa de Epicuro dirigida directamente al platonismo y al aristotelismo, por lo que esta carta es muy valiosa y contiene argumentos importantes. Raimondi dice que su idea no es reemplazar la teología, pero aparte de eso New Epicurean compara esta epístola a la obra de Frances Wright como una de las pocas obras post-antiguas que presenta puros puntos de vista epicúreos agresivamente y sin dilución ni disculpa.

Una carta a Ambrogio Tignosi en defensa de Epicuro contra los estoicos, los académicos y los peripatéticos

En estos momentos tengo muy poco tiempo para discutir mis puntos de vista sobre el tema que suscitan sus cartas, ocupándome de asuntos más pesados y mucho más difíciles. No me molesta decir que estoy muy ocupado con mis estudios en astrología. Pero como siempre he seguido y aprobado totalmente la autoridad y la doctrina de Epicuro, el más sabio de los hombres, y ahora veo su posición amargamente atacada, acosada y distorsionada por usted, he tomado sobre mis hombros el defenderlo. Es justo que los alumnos probados y verdaderos (como he demostrado ser en todos los campos del aprendizaje) deben defender la enseñanza de su maestro cuando es atacado. De lo contrario, cuando los maestros son criticados, los estudios del alumno pueden parecer también atacados: los grandes esfuerzos suyos de recopilar material contra Epicuro parecen dirigidos no tanto a refutarlo a el sino a mí, su seguidor y discípulo. Pero le pagaré como merece.

No es sólo una disputa entre nosotros, pues todos los filósofos antiguos, principalmente las tres sectas de los académicos, los estoicos y los aristotélicos, declararon la guerra a muerte contra este hombre que era el amo de todos ellos. Su asalto intentó no dejarle lugar en la filosofía y declarar inválidas todas sus opiniones … en mi opinión, porque tenían envidia de ver tantos alumnos más que se dirigían a la escuela de Epicuro que a los suyos. Así que ahora voy a hacer dentro de los límites de una carta lo que había querido hacer en mayor medida en otro lugar, y defenderlo lo más plenamente posible. Y si la defensa parece bastante prolongada, podría parecer demasiado corta cuando se considera que el debate sobre este tema podría llenar no sólo una carta larga sino libros gruesos. El sujeto–cual es el bien supremo–es importante y difícil, y requiere de una larga exposición. Es una investigación que atrajo una buena cantidad de discusión entre los antiguos, y muchos libros sobreviven a cada lado de la pregunta.

Para demostrar cuán injustamente habéis atacado a Epicuro y aclarar lo que el piensa es nuestro objetivo final, comenzaré por tratar el tema con cierto grado de profundidad. Entonces responderé a su carta y le explicaré todo el asunto de tal manera que usted pueda realmente alegrarse de regresar al lado epicúreo que abandonó. Los que no están involucrados dirán que sería mejor primero refutar la posición del oponente y luego declarar la propia. Sin embargo, el tema es tan complejo y oscuro que creo que tal vez se conceda que debemos primero explicarlo como un todo, para que se vuelva más claro lo que estamos buscando.

Epicuro es criticado, pues, porque se cree que ha tomado una visión demasiado afeminada de lo que es el bien supremo, identificándolo con placer y usándolo como el estándar para medir todo lo demás. Pero cuanto más de cerca considero la proposición, más recta parece ser, como si fuera algo decretado no por un hombre sino por Apolo o algún tipo de ser superior. Epicuro escudriñó la fuerza de la naturaleza en todo y comprendió que la naturaleza nos ha hecho y formado de tal manera que nada nos conviene más que tener y mantener nuestros cuerpos sanos y enteros, y permanecer libres de aflicciones de la mente o del cuerpo. Y así estableció que el bien supremo era el placer. ¡Y qué sabio fue! ¿Qué más se puede decir al respecto? ¿De qué otra cosa puede consistir la felicidad humana? Un hombre cuya alma está en agitación no puede ser feliz, y menos alguien cuyo cuerpo está adolorido puede dejar de ser miserable. En caso de que alguien piense que no conozco el temperamento de los tiempos en que discuto estas cosas, deseo que se entienda que no estoy considerando ahora esa filosofía absoluta y verdadera a la que llamamos teología. Toda esta investigación se refiere al bien humano de la humanidad y a las diversas opiniones de los filósofos antiguos sobre la cuestión.

Aunque este era el juicio de Epicuro, los estoicos tomaron una opinión diferente, sosteniendo que la felicidad se encontraría en la virtud solamente. Para ellos, el sabio seguiría siendo feliz aunque estuviera siendo torturado por los más crueles carniceros. Esta es una posición que rechazo de manera muy categórica. ¿Qué podría ser más absurdo que llamar a un hombre “feliz” cuando es en realidad totalmente miserable? ¿Qué podría ser más tonto que decir que el hombre que está siendo asado y sometido al tormento más extremo no es miserable? ¿De nuevo, cómo podríamos estar más lejos de cualquier tipo de felicidad que al carecer de todas o la mayoría de las cosas que componen la felicidad? Los estoicos piensan que alguien que está muerto de hambre y cojo y afligido con todas las demás desventajas de la salud o circunstancias externas está, sin embargo, en un estado de felicidad perfecta, siempre y cuando pueda mostrar su virtud. Todos sus libros elogian y celebran al famoso Marco Régulo por su coraje bajo tortura. Por mi parte, pienso que Regulo o cualquier otro, incluso alguien absolutamente virtuoso y constante, de la mayor inocencia e integridad, que está siendo asado o que es exiliado de su país o afligido con aún peores desgracias inmerecidencidas, puede ser considerado no sólo no feliz, sino verdaderamente infeliz, y tanto más en medida que la gran y prominente virtud que debería haber conducido a un resultado más feliz ha demostrado ser tan desastrosa para el.

Si realmente estuviéramos compuestos únicamente de una mente, tendría que inclinarme a llamar a Régulo «feliz» y entretener la visión estoica de que sólo debemos encontrar la felicidad en la virtud. Pero ya que estamos compuestos de una mente y un cuerpo, ¿por qué dejan fuera de este relato de la felicidad humana algo que es parte de la humanidad y que pertenece a ella? ¿Por qué consideran solamente a la mente y descuidan el cuerpo, cuando el cuerpo contiene la mente y es la otra mitad de lo que es el hombre? Si usted está buscando la totalidad de algo compuesto de varias partes, y sin embargo, una parte falta, no puedo pensar que es perfecto y complete (lo que usted ha encontrado). Usamos el término “humano”, supongo, para referirnos a un ser con mente y cuerpo. Y de la misma manera que el cuerpo no debe ser considerado sano cuando una parte de él está enferma, así el hombre mismo no puede ser considerado feliz si está sufriendo en alguna parte de sí mismo. En cuanto al asignar la felicidad a la mente solo con el argumento de que en cierto sentido la mente es el amo y el gobernante del cuerpo del hombre, es absurdo ignorar el cuerpo cuando la propia mente a menudo depende del estado y la condición del cuerpo, y de hecho no puede hacer nada sin ella. ¿No deberíamos ridiculizar a alguien si lo vemos sentado en un trono y llamándose rey cuando no tiene cortesanos ni criados? ¿Deberíamos pensar que alguien es un buen príncipe si sus criados son descuidados y deformes? Sin embargo, aquellos que separan la mente del cuerpo en la definición de la felicidad humana y piensan que alguien cuyo cuerpo está siendo atacado y torturado aún puede ser feliz, son igualmente absurdos.

Me sorprende que estos estoicos inteligentes, al investigar el tema, no recordaban que ellos mismos eran hombres. Sus conclusiones no procedían de lo que la naturaleza humana exigía sino de lo que podían inventar en la discusión. Algunos de ellos, en mi opinión, pusieron tanta confianza en su ingenio y facilidad en el debate que no se preocupaban por lo que realmente era relevante para la investigación. Se dejaron llevar por su entusiasmo por la exhibición intelectual, y tendieron a escribir lo que era simplemente novedoso y sorprendente, cosas a las que podríamos aspirar, pero no las que nos deberíamos dedicar a alcanzar. Luego hubo algunos individuos bastante malhumorados que pensaban que sólo debíamos aspirar a lo que ellos mismos podían imitar o reivindicar. La naturaleza había producido algunos filósofos groseros e inhumanos cuyos sentidos habían sido entorpecidos o cortados por completo, aquellos que no se complacían en nada; y esta gente estableció que el resto de la humanidad debía evitar aquellas cosas de las que su propia severidad natural y austeridad les hizo alejarse. Otros entraron posteriormente en el debate, hombres de grandes y diversas capacidades intelectuales, todos dando una visión de lo que constituía el bien supremo de acuerdo con su propia disposición individual. Pero en medio de todo este error y confusión, Epicuro finalmente apareció para corregir y enmendar los errores de los filósofos mayores y presentar su verdadera y cierta enseñanza sobre la felicidad.

Ahora que los estóicos han sido refutados de manera completa, me comprometo a confirmar los puntos de vista epicúreos con la mayor claridad posible, lo que al mismo tiempo refuta a los de los peripatéticos y de los académicos. En estos últimos, sin embargo, no necesitaré detenerme mucho, ya que para ellos todo es incierto. ¿Qué clase de filosofía es la que niega que algo sea seguro? No creo que ni siquiera los propios académicos entendían lo que decían. Si los estoicos son locos, los académicos me parecen muy dementes.

Quedan los peripatéticos, que son más difíciles de refutar. No sólo tienen un estándar de certeza, sino que argumentan de tal manera que parece haber algo de sustancia en lo que están diciendo. Pero estos filósofos también en mi juicio están completamente extraviados. Esto se comprenderá más claramente más adelante, una vez que haya explicado los puntos principales de la doctrina epicúrea. Entonces será evidente para todo el mundo que cualquier otro que reivindica su supremacía en la filosofía y trata de desalojar a Epicuro de esa posición está totalmente equivocado, y que la enseñanza de Epicuro sobre la felicidad es enteramente correcta.

Para demostrar que así es, no hay mejor lugar para comenzar que con la naturaleza misma, la única dueña y maestra de todos, cuyo juicio sobre cada asunto que nos concierne es absolutamente cierto. Cuando estaba formando al hombre, ella pulió su creación con tantos pequeños elementos que parece haber sido hecho puramente para el disfrute y para aprovechar todo tipo de placer. Le dotó de sentidos tan distintos, variados y útiles que, aunque había muchos tipos diferentes de placer, no había ninguno en que no pudiera participar. Primero le dio ojos, cuya característica sobresaliente es que se encogen de mirar algo feo o asqueroso. Nos encanta mirar las cosas bellas, y no por cualquier decisión consciente o racional, sino porque la naturaleza nos impulsa a hacerlo. ¿Quién de nosotros, aún si nos apresuramos, no se detiene a mirar al vislumbrar algo atractivo? Este efecto es tan marcado que creo que el hombre hubiera sido una cosa pobre si la naturaleza le hubiera quitado la capacidad de contemplar todos los muchos objetos adorables y hermosos que había creado. ¿De nuevo, hay alguien que no disfrute de escuchar las canciones y los dulces sonidos de la música? La lira y otros instrumentos similares parecen haber sido inventados con el propósito específico de encantar nuestras almas. Lo mismo puede decirse del olfato y de los otros sentidos, que la mente usa como sus siervos en la percepción y la comprensión del placer. No veo qué tipo de placer se puede encontrar sin el auxilio de los sentidos, a menos que tal vez se encuentre en el estudio de los misterios profundos del universo, que no niego puede ser una fuente de gran deleite mental. De todos los placeres que hay, de hecho, éste es el más grande; Y aquí es donde los peripatéticos ven verdadera felicidad, al examinar y contemplar aquellas cosas ocultas que son las más dignas de saberse. Pero nuestra investigación está en el hombre en su conjunto, y no sólo en una parte de él: el pensador peripatético. No importa cuán profundo, no puede ser feliz sin bienes externos y corporales.

Epicuro tenía razón, entonces, en llamar al placer el bien supremo, ya que estamos constituídos de tal modo que casi parecemos diseñados para ese fin. También tenemos cierta disposición mental inherente a buscar y alcanzar el placer: en medida que sea posible, tratamos de estar felices y no tristes. Nadie que piense todo lo que ha hecho la naturaleza por el hombre, la cantidad y abundancia y variedad de su generosidad, puede dudar de ello: el placer es el mayor de todos los bienes y debe dirigir todos nuestros objetivos. Vemos una gran variedad de cosas agradables en tierra y mar. Muchas son necesarias para sostener la vida, pero la mayoría son simplemente placenteras; son tales que no se obtiene más que placer. Naturalmente, la naturaleza no habría creado tales objetos de placer si no hubiera querido que el hombre los disfrutara y se involucrara con ellos.

Las pasiones y las actividades de la humanidad hacen evidente que todo se hace por el placer. ¿Para qué pasar noches y días ansiosos en tan grandes luchas para encontrar y conservar lo que necesitamos para la vida cotidiana, a menos que tengamos la esperanza de que algún día podamos vivir una vida de placer y disfrute? Si esa esperanza se fuera, nuestras mentes estarían decididamente menos inclinadas, y menos agudos y firmes al soportar esos dolores. ¿Por qué son tan deseables las erudiciones y las disciplinas de las artes y las letras, a menos que haya algún disfrute natural especial en adquirirlas, además de la ayuda que brindan para obtener los recursos necesarios para pasar nuestras vidas en el placer? Tampoco estaríamos tan interesados en los honores y la gloria, en los reinos y los imperios, en adquirir y defenderlos en las grandes batallas y disputas que a menudo surgen, si éstos no fueran objetos de gran deleite. Las decisiones sobre la guerra y la paz por igual se toman sobre la base de mantener, proteger y aumentar las cosas por las que vivimos y en las que encontramos placer.

La virtud, por fin, es a la vez la causa y guía del placer: nos constriñe y nos advierte que debemos perseguir cada cosa dentro de los mismos límites por los cuales la virtud misma está circunscrita. ¿Por qué entonces la virtud debería ser deseada, si no es porque nos permite llevar una vida agradable, evitando los placeres que no debemos buscar y buscando aquellos que deberíamos? Si la virtud no ofreciera placer ni deleite, ¿por qué quererla o valorarla? Pero si lo hace, ¿por qué no admitir que el más grande de todos los bienes–lo que se debe buscar sobre todo–es aquello que hace a la virtud misma deseable? Se ve que toda la constitución del hombre está orientada hacia la percepción del placer, que la naturaleza nos lleva hacia ella, que existen muchas cosas importantes por causa del placer que confieren, que todas nuestras acciones se miden en contra de su estándar para que al final las vidas puedan estar libres de preocupación, en suma, que todo se desea puramente a causa del placer que nos dará. En estas circunstancias, ya que el caso de Epicuro ha sido probado de manera concluyente por estos argumentos rigurosos y convincentes, ¿quién podría todavía ser tan hostil a él que no acepta su doctrina y admite que la felicidad más alta se encuentra en el placer?

Pero los peripatélicos niegan su doctrina y no pueden soportar la idea de que el placer es el bien supremo, y lo remplazan con la virtud. Me gustaría preguntarles: si la virtud fuera a traer tristeza, dolor y miedo, ¿aún la desearían? Creo que no. Ya que, entonces, se busca la virtud por la tranquilidad que trae a la vida (en la cual, bajo el nombre de placer, Epicuro identificó el bien supremo), vuelvo a preguntar a los peripatéticos por qué no están dispuestos a definer el mayor bien como el placer. Si con esto Epicuro quería decir que debiéramos pasar nuestros días revolcándonos en el banquete y la bebida, en los juegos de azar, los juegos y placeres del sexo, entonces Epicuro no merecería nuestra alabanza. Su enseñanza sería, de hecho, lamentable si quisiera que fuéramos glotones, borrachos, depravados, jactanciosos y promiscuos. Pero eso no es lo que Epicuro en su sabiduría dijo o recomendó. De hecho, eso es tan lejos de ser cierto, que la virtud es realmente esencial para vivir su enseñanza, ya que se podría decir que restringe y dirige todos los sentidos corporales (como argumentamos ya) y no nos permite hacer uso de ellos, excepto cuando sea necesario. Epicuro no se desliza en el placer a la manera de los animales, sin el ejercicio del juicio y cuando la necesidad no lo requiere, sino que los disfruta con moderación cuando es correcto hacerlo. Sus teorías, por lo tanto, no deben ser descuidadas ni condenadas; y está claro que los peripatéticos no han comprendido suficientemente lo que ellos mismos están diciendo.

He examinado estos asuntos de forma breve y superficial aunque no suponga que respondan necesariamente a su carta directamente. La discusión aquí la habrá respondido en su totalidad, o en gran medida. Sin embargo, todavía quisiera completar esta refutación tocando cada punto que usted plantea. Usted piensa que no debemos dejar que el placer dirija todos nuestros objetivos. Creo que esto ha sido demolido por completo, y con cierta elegancia, por lo que he dicho: se ha demostrado que el placer es la norma a la que todo debe referirse. En cuanto a su alegar que Epicuro nos comparó a los animales, en esto usted parece no solo no atacarlo, sino apoyar realmente su caso. Puesto que el placer está dotado de tal poder que es buscado incluso por los animales, brutos despojados de la razón cuyos impulsos son totalmente guiados por la naturaleza. Epicuro pudo extraer de ese hecho la conclusión muy firme de que lo que todos los seres buscan es el más grande de todos los bienes. Cuando escribí que los severos Catos de antaño tomaban en ocasiones un refresco abundante de vino, y usted pensaba que era un asunto de crítica, yo digo que es de hecho totalmente admirable que un sabio (como se suponía que eran los Catos) a veces se dedique a la socialización exuberante. Sus siguientes observaciones, cuya desviación es que si abrazamos a Epicuro, deberíamos vernos obligados a vivir como bestias, creo que han sido tratadas por lo que dije antes: ya que Epicuro no supone que la vida debe ser vivida sin virtud, no creo que él haya llevado vida de animal. Así que no debe ser rechazado como un traidor que derrocaría o pervierte a la sociedad humana. No corrompe la moral pública; toda su doctrina está dirigida a hacernos tan felices como podamos ser.

Debe por fin renunciar a sus ataques contra Epicuro, entonces: refórmese y regrese al campo en el que luchó con distinción. Ahora se ha vuelto contra él, bajo el hechizo de la sutileza estoica de la discusión y seducido por la majestad y el esplendor de los académicos y peripatéticos. Pero usted puede ser perdonado por eso, ya que usted es un hombre joven, aún no posee la edad para formar un buen juicio sobre estas cuestiones muy difíciles, con la indulgencia concedida a la juventud. Pero ahora que usted ha sido plenamente instruído en los argumentos de Epicuro, si persevera en su hostilidad hacia él, se le considerará intolerablemente arrogante y no un poco estúpido.

Vuelva entonces a abrazar a Epicuro, cuya enseñanza tal vez exponga más extensamente si alguna vez tengo más tiempo libre (esta carta me tomó sólo dos días para escribir, aunque temo que todavía sea bastante larga). La escasez de tiempo no me permitió perseguir todos los aspectos de la controversia que considero que todavía podrían beneficiarse de una clara exposición y discusión. He tenido que dejar intactos muchos puntos importantes, a los que alguien que quiso tomar una opinión contraria podría aprovechar para refutar mis argumentos, ya sea por amor desinteresado a la verdad o como un ejercicio intelectual. Y eso no es algo que encontraría desagradable: animo a cualquiera que quiera contribuír al debate a entrar en la lucha.

Usted tiene ya una carta bastante larga que expone toda la verdad acerca de Epicuro; Debe encontrarla convincente o refutarla con argumentos contrarios, de modo que si se le ocurre algo mejor, yo podría a la vez puede ser persuadido por eso. Me despido.

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Un pensamiento en “Epístola de Cosma Raimondi en defensa de Epicuro contra los estoicos, los académicos y los peripatéticos

  1. Mario Fabian Turchinsky

    Siempre espero sus escritos( y he comprado su libro) porque es una gran ayuda para mi vida. Le estoy sumamente agradecido por ello. Le envio un gran abrazo.

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