De los peligros de la alienación

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Traducción por Jesús Guevara, del original, por Hiram Crespo

“La religión se convierte entonces en la práctica alienante por excelencia: supone la ruptura del hombre consigo mismo y la creación de un mundo imaginario en el que la verdad se invierte en lo imaginario. La teología, afirma Feuerbach, es una patología psicológica.” – Tratado de Ateología, de Michel Onfray

Hace poco vi un documental sobre la secta Heaven’s Gate (La Puerta del Cielo), que concluyó con el suicidio pacífico, incluso “alegre”, de 38 miembros de la misma secta en marzo de 1997. Los miembros de dicho culto hacían frecuentes referencias al “próximo nivel evolutivo por encima del humano” y dejaron bien claro que ellos rechazaban firmemente su humanidad, su identidad corporal, su identidad en la Tierra. El objetivo de la vida, creían, era volverse post-humano.

Literalmente creían que estaban trabajando para convertirse en seres asexuales cuasi-extraterrestres. Los miembros del culto exhibían un odio severo por el cuerpo que, como el de Pablo de Tarso, culminó en un estricto estilo de vida ascético, con sus muchas neurosis asociadas.

Además de las formas no-físicas de automutilación (la negación del líbido, la ruptura de los lazos familiares y sociales normales, etc.) también se descubrió que varios de los hombres que se suicidaron se habían castrado. Su ascetismo los llevó a idealizar un estado sin género, no muy diferente de lo que los monjes en muchas tradiciones aspiran alcanzar, o de los sacerdotes católicos que visten túnicas femeninas y aspiran a un ideal asexual y angelical.

Querían ser cualquier cosa menos los seres sexuales que todos somos para escapar de la acusación de que eran animales, una acusación que era completamente precisa. Mamíferos, de hecho.

Menciono los paralelos con el culto católico en particular porque, además de que su símbolo central es una escena sangrienta del sacrificio humano en una cruz [un instrumento de tortura y muerte], tiene una larga y bien documentada historia de prácticas sádicas basadas en esa misma idea de sacrificar nuestra humanidad. Cuando se niega el líbido, se distorsiona y a veces resulta en actividad sexual con menores, o en la mutilación de uno mismo o del otro. Durante la Edad Media, cuando se permitía que la histeria ascética cristiana corriera desenfrenadamente, la tortura sexual de mujeres acusadas de brujería incluía la mutilación de los senos de las mujeres. Los actos de tortura sexuales y no-sexuales llevados a cabo por la Santa Inquisición involucraron actos terribles como la extracción de los ojos (según los Evangelios, donde Jesús ordena a sus seguidores que corten sus ojos si esto lleva al pecado).

Debido a que tales actos ahora son ilegales, muchos sacerdotes y monjes ahora recurren a expresiones más privadas de su sadismo, como la mortificación de las prácticas de la carne en el catolicismo [con el cilicio, p.ej.], en el que el cuerpo es castigado para, supuestamente, fortalecer la voluntad de uno (porque “la carne es débil”). Es una práctica mucho más común de lo que la mayoría de la gente piensa. El Papa Juan Pablo II, aprendimos después de su muerte, practicó la autoflagelación.

Mortificación significa “hacer (-ficare) morir (morti-)”. La idea de esta forma de sadismo ascético es “hacer morir la carne”. Queda claro que estas prácticas de automutilación, castración, suicidio y otras formas de negación radical del cuerpo y la identidad corporal, solo tienen sentido dentro del contexto de un culto a la muerte que idealiza la no-vida, lo no-físico.

Me parece peligroso que muchos humanistas seculares pasen tanto tiempo llamando con precisión a los cultos de la muerte por su nombre propio, pero se centran tanto en el problema religioso abrahámico [cristianismo, islam y judaísmo] que no reconocen los otros anti-materialismos más nuevos y aparentemente inocentes como los de la Nueva Era como la secta The Heaven’s Gate que se llevó 38 vidas en 1997.

Los partidarios de esta secta sentían que no eran tan crédulos como el cristiano común porque, para ellos, los ángeles eran extraterrestres … y todos sabían que existían extraterrestres. Fueron los extraterrestres, no los ángeles, quienes inseminaron artificialmente a la Virgen María. Fueron los extraterrestres quienes se le aparecieron a Jesús en Getsemaní. A medida que nos adentramos en una era científica, los extraterrestres en un culto pueden reemplazar fácilmente a los ángeles y dioses. De hecho, según la doctrina mormona oficial, el Dios de los mormones es una suerte de alienígena humano que vive en el planeta Kolob con sus múltiples esposas.

Por lo tanto, es importante reconocer que no todos los cultos de la muerte caen estrictamente dentro de la religiosidad abrahámica tradicional. La práctica de alienación en Heaven’s Gate, literalmente, buscaba hacer extraterrestres a los humanos y fue una negación tan radical de nuestra humanidad, una práctica y programa de deshumanización tan radical como los intentos monásticos cristianos de convertirse en un ángel asexual. El odio al cuerpo, al yo natural, al animal humano, impregna estas tradiciones.

El culto a la muerte en su forma más desnuda

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“El miedo fue lo primero en la Tierra en crear dioses.” – Lucrecio

Es comprensible, en culturas donde la vida aquí en la Tierra se vuelve insoportable, que la gente quiera trascender la vida y alienarse de su ineludible realidad física (como hacen, por ejemplo, las mujeres que sufren bajo el yugo del grupo terrorista Boko Haram en el norte de Nigeria, algunas de las cuales han llevado a cabo ataques suicidas). Pero, además de los peligros físicos de la alienación, también hay un costo psicológico y social.

En los últimos años, el culto a la Santísima Muerte se ha apoderado de las creencias mexicanas. Es tan abundante dicho culto que incluso los mexicanos aparentemente típicos y muy cristianos están listos para defender las prácticas y creencias de este culto, que (falsamente, según muchos) es atribuído a las creencias indígenas del pasado precolonial.

Con abundantes representaciones de lo que parece ser la Parca o Skeletor de He-Man, el culto a la Santa Muerte no es solo para los que festejan Halloween. Es la secta más visible en México. Los miembros de pandillas a menudo han cometido asesinatos rituales en su honor. La guerra contra las drogas en México, según algunas estimaciones, se ha cobrado más de 70,000 vidas en los últimos años y ha hecho que el país sea prácticamente imposible de gobernar.

En última instancia, el culto a la muerte es un reconocimiento de que todos estamos a merced de nuestra mortalidad, que todos seremos “cosechados”. Muchas personas involucradas en esta secta intentan negociar con la Muerte, negociando así el frágil equilibrio entre sus temores constantes y la necesidad de salir de casa todos los días y tener algo de normalidad.

Quizás el culto a la muerte es algo natural para un pueblo acostumbrado a los asesinatos diarios, a ver la muerte en todas partes. Pero, ¿por qué debemos rendirnos al impulso de la muerte en lugar del impulso de la vida, simplemente porque ella nos acecha y nos persigue persistentemente?

Una evaluación comparativa detallada del culto a la Santísima Muerte en México versus el culto hindú afín a la Madre Kali está más allá del alcance de este artículo, pero digamos que, mientras Kali es como una leona celosa que protege a sus cachorros, La Santísima Muerte parece ser una Madre mucho menos tierna en la cultura mexicana.

Lo que hay que decir aquí es que no hay necesidad de adorar a la muerte o estar fascinado por ella. En cambio, deberíamos adoptar el tono de la segunda cura que Filodemo de Gádara nos dio: “No hay nada que temer en la muerte”, y verla por lo que es. Cuando somos, ella no esta ahí. Es el no-ser. No hay nada que temer, literalmente.

Castigados como seres naturales

Pero debe haber otra cura además de refugiarse en la doctrina epicúrea. Esto, creo, es la cura de lo que me gusta llamar “poner los pies en la tierra” [“groundedness”]: confiar en nuestro mundo físico, en nuestra humanidad y nuestra naturaleza. Ser y querer ser lo que somos, ni más ni menos: mortales, terrícolas, humanos.

El hecho de que seamos animales, mamíferos, una especie de homínidos descendientes de los grandes simios, no es una fuente de vergüenza o de orgullo, es simplemente un hecho. Somos seres de la naturaleza.

Es por eso que, antes del estudio de su Ética, Epicuro aconsejó el estudio del Cánon y de la FÍSICA: se necesita una buena base de comprensión sobre la naturaleza de las cosas para poder vivir una buena vida.

La ciencia de la ética epicúrea solo se puede comprender después de que entendemos su física. Toda filosofía verdadera debe basarse en el estudio de la naturaleza. NO creemos que sea saludable para las personas tener que elegir entre ciencia y espiritualidad: la única forma aceptable de espiritualidad debe tener una base científica firme.

Visto en el contexto de estos cultos y las fuerzas que los crean, nuestra animalidad y naturalidad tal vez deberían considerarse incluso como de valor redentor. Incluso si vivimos estresados, es cierto que el instinto de lucha o huida [fight or flight] salva vidas. Incluso si tenemos un fuerte olor corporal, es cierto que la sudoración nos salva del sobrecalentamiento. Y si odiamos excretar desechos diariamente, solo deberíamos tratar de imaginar lo que nos sucedería si toda la toxicidad permaneciera en nuestros cuerpos en lugar de ser liberada. Lo que odiamos en nuestra naturaleza es el fruto de innumerables generaciones de selección natural y existe por alguna razón. Al final, siempre es mejor que seamos seres naturales.

La selección natural es la verdadera forma en que somos elegidos. Las personas religiosas tienen creencias anti-naturales sobre la elección: el argumento principal contra esas creencias es que un gran número, si no la mayoría, del pueblo judío son en realidad ateos. ¿De qué manera importa que algunos crean que los judíos son elegidos por Dios, si la mayoría de ellos ha optado por no creer en Dios y viven asumiendo que no existe?

Los humanos son libres y no pueden ser elegidos de la manera que los religiosos imaginan. Pero la selección natural siempre ha permitido que los miembros mejor adaptados de un grupo transmitan sus rasgos y conocimientos. No es difícil entender cuán dotados y bendecidos somos como seres naturales, perfectamente adecuados para nuestro hábitat y nuestro planeta. Así se puede comprender fácilmente la tercera cura dada por Filodemo: las cosas que realmente necesitamos son fáciles de conseguir porque evolucionamos como seres adecuados para adquirir esas cosas.

Si, sin negar nuestra mortalidad, desarrollamos una actitud totalmente indiferente hacia las fuerzas alienantes, no importa cuán omnipresente pueda parecer la muerte, entonces podemos enfocarnos fácilmente en la vida y permanecer imperturbables en los procesos de vivir, de cuidarnos, de hacer ejercicio, de comer y todas nuestras otras actividades naturales.

Recuerdo que cuando tomé clases de artes marciales, sentí que estaba en la cima del mundo después de mis entrenamientos. Fue un estimulante estado de ánimo y fue increíble el encontrarme feliz en mi cuerpo, ver cómo tiene la sabiduría para producir éxtasis no solo a través de las artes eróticas o ascéticas de alcanzar un orgasmo o hacer yoga, pero también a través del baile, el ejercicio y el canto. El cuerpo puede ser un aliado en nuestra liberación. Podemos ser libres COMO nuestro cuerpo, sin necesidad de encontrarnos fuera de él.

Hay advertencias justas tanto en la vida como en todas las tradiciones de sabiduría contra los peligros de encarnarse como un ser humano, pero esto no debería llevarnos a escapar como cobardes de este mundo. Soñar con la libertad no tiene nada de malo, pero esta libertad solo tiene una salida saludable: como terrícola, como ser natural, como ser humano, comenzando desde donde estamos.

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