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La justicia natural

La justicia absoluta se logra por medio de suprimir toda contradicción: por lo tanto destruye toda libertad. – Camus

En un ensayo previo discutí algunos de los rudimentos de la moralidad laica, y luego publiqué otro que le dio seguimiento. Este ensayo es una continuación de las ideas en ese ensayo, de nuevo, con la intención de ayudar a la gente a articular estas ideas cuando argumenten con personas religiosas o de convicciones neo-platónicas.

Con frecuencia cuando la gente piensa en como las ideas epicúreas se pueden aplicar al colectivo, piensan en el utilitarianismo, que se define como el máximo placer para la máxima cantidad de gente, y el evitar el máximo dolor a la máxima cantidad de gente.

Aunque el utilitarianismo–filosofía articulada por Jeremy Bentham–tiene sus innegables méritos, se crean ciertos problemas a la hora de aplicar principios hedonistas (que se conciernen con el placer, que es una experiencia subjetiva e individual) al colectivo. El hedonismo es una filosofía individualista y para individuos libres. En el ámbito social, el hedonismo clásico se limita al contractarianismo y se enfoca en los convenios y contratos a los que entramos por voluntad propia. En ese sentido, es mas bien libertario, mientras que Bentham, en su intento por tratar de aplacar a las muchedumbres, podría crear situaciones en las que el individuo (y sus derechos civiles, sus libertades, su felicidad, su seguridad, y en fin su individualidad) peligran de ser sacrificados en el altar del colectivo, sobre todo si las muchedumbres son necias, xenofóbicas, o caen en el fanatismo religioso.

Por eso es bueno refrescar nuestro entendimiento del hedonismo pre-utilitario clásico, cuyo modelo de convivencia social es mas bien contractario. El entendimiento es que somos siempre, y ante todo, individuos libres y que podemos contractar o podemos no-contractar con otros individuos. Y solo de el contrato social es que nacen los deberes. Si no contractamos, no existen responsabilidades mutuas.

Muchos de los partidarios de este libertarianismo clásico consideran que cualquier otro concepto de moralidad implicaría que el ser humano no nace libre o no es libre. El concepto del contrato es legalista, y por lo tanto tiene que ver con justicia, con lo que es justo.

La justicia epicúrea se basa en el concepto de la ventaja mutua, y las raíces y fuentes de esta corriente intelectual se hallan en la última cuarta parte de las Doctrinas Principales. Vamos a tomarlas en orden para entender lo que dicen e implican:

31. La justicia natural es un acuerdo de beneficio recíproco para prevenir que un hombre haga daño o reciba el daño de otro.

32. Aquellas creaturas que son incapaces de hacer acuerdos con los demás a no infligir sufrimiento ni ser heridos no conocen ni la justicia ni la injusticia; y lo mismo para aquellas personas que no pudieron o no quisieron entrar en estos acuerdos.

Primero se nos dice que la utilidad de estos acuerdos o contratos viene de como se evita que los hombres y mujeres se hagan daño mutuo, y a la vez producen ventaja mutua. Por ejemplo, si cinco o seis vecinos en un desierto tienen accesso a un solo pozo de agua, les sería ventajoso tener un tipo de acuerdo o pacto para compartir ese recurso y a la vez vivir en paz y seguridad. DP 32 explica que los animales y seres que son incapaces de entrar en contratos de ventaja mutua (al igual que los que no desean hacerlo) caben fuera de nuestras consideraciones sobre justicia. Luego, Lucrecio en “De la naturaleza de las cosas” argumentará que las sociedades crean leyes para proteger a los niños, desposeídos, o a los animales indefensos, porque está en nuestra naturaleza protegerlos, pero estas partes del contrato social no nacen de los animales ni de los inválidos, etc., sino de los demás individuos en una sociedad, que son capaces y están dispuestos a articular estas reglas sociales (si es que son compasivos).

Noten que se habla de justicia natural. ¿A que se debe esto? Hay varias maneras de entenderlo, pero DP 33 nos ayuda a considerar que Epicuro estaba reaccionando contra Platón y los conceptos religiosos de justicia absoluta, o justicia como un producto sobrenatural de algún dios que entrega leyes a los hombres. Estas ideas abundaban en la antigüedad: lo vemos en Moisés, pero también en el concepto de ma’at de los egípcios, los mu de los sumerios, etc. Por eso los epicúreos dedicaron tiempo a desarrollar doctrinas de justicia natural, no-religiosa. Una característica principal de este concepto de justicia natural como ventaja mutua, es que es relacional, relativa, contextual.

33. Nunca hubo tal cosa como justicia absoluta, solo acuerdos mutuos entre los hombres en distintos lugares y tiempos que evitaban el generar daño o recibirlo.

34. La injusticia no es un mal en si mismo, sino solo en consecuencia del miedo asociado con ser descubierto por los que están a cargo de castigar tales acciones.

35. Es imposible para un hombre que viola en secreto los términos de un acuerdo a no dañar ni ser dañado que se sienta confiado de que permanecerá sin ser descubierto, aún si ya ha escapado diez mil veces; pues hasta su muerte nunca estará seguro de que no va a ser detectado.

Consistente con el enfoque en la experiencia directa del individuo como el estándar ético, medida en términos de placer-aversión, DP 34-35 hacen eco al rol que le atribuyen pensadores como Confucio a la vergüenza y a la necesidad de que personas de buen carácter sirvan de modelos éticos en toda sociedad, instruyendo y avergonzando a los menos desarrollados. Estos versos acentúan conceptos básicos sobre la educación del carácter, al reconocer y hacer uso de los incentivos sociales concretos que mejoran el carácter. El refuerzo de las autoridades morales y legales externas tiene su utilidad natural. Epicuro, al educar a los niños en el jardín, también aplicaba la vergüenza y fortalecía la buena conducta con incentivos, con afecto y expresando orgullo en ellos al comportarse bien.

Vemos que, incluso muchas personas que no aceptan estas ideas, en práctica encarnan la verdad en ellas. La interminable ristra de escándalos sexuales en la iglesia católica son un ejemplo de como, si creen que pueden hacerlo con impunidad, muchos sacerdotes llevan a cabo abuso sexual. Su acusación del hedonismo como un camino hacia la inmoralidad lo que pone en relieve es su hipocresía versus la autenticidad del filósofo natural materialista.

Las últimas tres de las Doctrinas Principales relacionadas a la justicia natural explican en detalle el modo en que la justicia es siempre relativa a las circumstancias y debe siempre cambiar de acuerdo a ellas. Implícito en estas doctrinas queda el entendimiento de que los seres humanos crean las leyes y las reglas según las cuales viven y que los seres humanos las pueden cambiar según las consideraciones pragmáticas y de ventaja mutua.

36. En general, la justicia es la misma para todos, ya que es algo basado en la ventaja mutua en los asuntos humanos, pero en su aplicación a lugares o circunstancias particulares, la misma cosa no es necesariamente justa para todos.

37. Entre las cosas que la ley considera justas, todo lo que sea comprobado ventajoso en los asuntos de los hombres tiene la estampa de justicia, sea o no lo mismo para todos; pero si un hombre crea una ley y no prueba que es de ventaja mutua, ya no es justa. Y si lo que es de ventaja mutua varía y solo por un tiempo corresponde a nuestro concepto de justicia, aún así durante ese tiempo es justo para aquellos que no se preocupan con palabras vacuas sino que miran simplemente los hechos.

38. Donde sin ningún cambio de circunstancias, se observa que las cosas consideradas justas por la ley no corresponden con el concepto de justicia en práctica, tales leyes no son en realmente justas; pero dondequiera que las leyes han dejado de ser ventajosas por un cambio de circunstancias, en ese caso las leyes fueron justas durante el tiempo en que fueron mutuamente ventajosas para los ciudadanos y luego dejaron de serlas cuando ya no eran ventajosas.

Con un entendimiento sólido de esto, podríamos evaluar las leyes actuales a la luz de las ventajas y las desventajas mutuas que producen–por ejemplo, en el caso del estatus ilegal del canabis, que llena las cárceles de jóvenes que serían considerados empresarios si el canabis fuera legal, y que contribuirían enormemente a la prosperidad. Aparte, se benefician muchas otras partes: el gobierno podría imponer un impuesto, la agricultura crecería, etc. En cuanto a las desventajas, solo se deberían expandir leyes similares a las que ya existen con respecto al consumo de alcohol al conducir, etc. para que apliquen al canabis.

Noten que, aunque en Puerto Rico este asunto ha avanzado, la oposición ha surgido de sectores que validan conceptos supersticiosos de la justicia como absoluta y descendida del cielo, y que no reconocen la ventaja mutua o la utilidad pragmática como componentes de la justicia natural. Toda la sociedad paga el precio cuando se aceptan sin cuestionar conceptos morales no-naturales. El platonizar a la justicia produce una falta de claridad sobre lo que ella produce en práctica, en la naturaleza y en la sociedad.

Del mismo modo, podríamos preguntar dónde está la ventaja mutua en todas las leyes por las que nos gobernamos.

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DP 39 y la doctrina de la eumetría

En un artículo previo sobre la moralidad laica di una breve introducción a opciones y omisiones. El modelo que propone ese artículo se presta para poder crear una vida placentera, pero al menos un lector me preguntó que se debe hacer cuando una persona es incapaz o no desea cumplir con las reglas del contrato social. ¿Que hacer con los sociópatas y criminales? Los antiguos, al considerar esto, podujeron la Doctrina Principal 39:

39. El hombre que mejor sabe enfrentar las amenazas externas hace una familia de todas las creaturas que pueda; y a aquellos que no pueda unir a sí, como quiera no los trata como extraños; y cuando encuentra que incluso esto es imposible, evita todo trato con ellos y, siempre y cuando sea ventajoso, los excluye de su vida.

Como sociedad, ya implementamos este principio cuando metemos en la cárcel a estas personas. Pero estas enseñanzas fueron dadas para individuos: crean un modelo en el que a los filósofos que quieren vivir una vida placentera siguiendo las enseñanzas epicúreas, se les recomienda tener círculos concéntricos de confianza: los amigos mas íntimos quedan en el círculo central, los amigos menos íntimos en un segundo círculo, y los que no saben ser amigos fuera de estos círculos.

Michel Onfray llama eumetría al concepto de alejarse de un “delincuente relacional” (o peor, un sociópata) cuando no podemos evitar tener encuentros con esa persona en nuestros círculos sociales. Esta herramienta en nuestro arte de vivir se usa en aras de la serenidad mental o ataraxia, que es el ideal ético epicúreo. Es decir, medimos la distancia que vamos a tener hacia una persona en base a lo que mas ventajoso sea para nuestra paz mental.

El término no es enteramente un neologismo de Onfray. La innovación es su uso en la ética. Viene del griego “eu-” (=bueno) y “-metría”, que se relaciona con la medida o distancia, por lo que implica mantener “una buena distancia“, o mantener “una distancia segura“, “ni muy cerca, ni demasiado lejos“, dice Onfray: un arte epicúreo de diplomacia destinado a garantizar la paz mental.

El término fue aparentemente acuñado por el esteticista Panayotis Michelis para denotar una armonía no-matemática y no-simétrica que a veces puede ser incluso superior a la armonía de la simetría, que a menudo se considera un estándar importante en la estética (el estudio de la belleza). Entonces, lo que Michelis estaba diciendo era que a veces la belleza se puede medir de maneras no estándares.

Onfray acepta la lógica de los círculos concéntricos que encontramos en PD 39–según la cual algunos son amigos íntimos, otros no tan íntimos y otros quedan fuera del ámbito de la amistad–y aplica el concepto de eumetría a la ética social.

Feliz día veinte: ¡a reír!

¡Feliz día veinte a todos los epicúreos en todas partes! Este mes quiero compartir varios artículos sobre la relación entre la comedia y la filosofía epicúrea. Academia.edu tiene disponible La reapropiación satírica del epicureísmo en el humanismo renacentista.

Hemos también publicado recientemente la traducción al castellano de un ensayo sobre la comedia como herramienta ideológica que había sido originalmente escrito en inglés para el jornal de la cultura clásica Eidolon.

Entre las otras ofertas comédicas que tiene la literatura epicúrea, está el clásico Alejandro el mercader de oráculos, de Luciano de Samosata. En realidad no hay excusa para no amar la filosofía y disfrutarla. Ya lo dijo nuestro Hegémone:

A la misma vez hemos de filosofar y reír. – Epicuro, Sentencia Vaticana 41

Sociedad de Epicuro publica Epítome‏ (comunicado de prensa)

COMUNICADO DE PRENSA
Para publicación inmediata

Chicago, IL; 7 de mayo de 2015: La Sociedad de Amigos de Epicuro acaba de publicar Epítome: Escrituras Epicúreas para la audiencia hispánica del Siglo XXI. Es la primera vez en mas de quince siglos que los filósofos de la tradición secular humanista de Epicuro de Samos publican un Epítome como parte de la misión de enseñanza de los jardines epicúreos para enfrentar el fundamentalismo, la credulidad y el déficit de pensamiento crítico en general.

La obra declara que tiene “fines educativos” y sigue “un formato de capítulos y versos con los objetivos de facilitar la referencia y de dignificar el texto de considerable valor histórico que contiene”. Incluye las Doctrinas Principales, Sentencias Vaticanas y las Epístolas de Epicuro a Meneceo, Pítocles y Herodoto, al igual que una crónica resumida de los grandes maestros antiguos de la escuela y una serie de nueve razonamientos basados en fragmentos de pergaminos que sobrevivieron la erupción del Monte Vesubio en el año 79 de la Era Común y que han sido denominados el Nag Hammadi humanista.

El contenido de algunos de estos pergaminos, con comentarios, está disponible en algunos libros en inglés, sin embargo varios de ellos se venden a precios exorbitantes. Es lamentable que la mayor parte de la población no pueda tener acceso a lo que debería ser el legado intelectual de toda la humanidad. Los razonamientos en Epítome presentan una exposición clara y organizada del resumen de su contenido en castellano, junto a comentarios modernos.

Epítome “fue escrito para las personas que desean aplicar las enseñanzas de esta filosofía cosmopólita de la felicidad personal en sus vidas” y busca sacar la filosofía del entorno académico y fomentar su aplicación a las vidas de la gente común. Dice la introducción:

“Sabemos que los epicúreos antiguos eran conocidos por andar con epítomes, estudiándolos y memorizando las enseñanzas. Según Norman DeWitt en su libro Epicurus and his Philosophy, los epicúreos iniciaban sus estudios con el Epítome Menor, que hoy sobrevive como la Epístola a Herodoto, y luego se graduaban al Epítome Mayor.”

Los antiguos epicúreos eran atomistas reconocidos por su insistencia en que todo razonamiento debe referirse siempre a la evidencia y fueron precursores del pensamiento científico moderno. Propusieron la teoría del átomo, una versión temprana de la teoría de la selección natural, una proto-teoría de los fotones, una ética laica de felicidad personal que celebraba la amistad entre iguales y el contrato social como la base de la justicia. También fueron la única escuela antigua progresiva que permitía mujeres entre sus pupilos.

En tiempos modernos, los epicúreos de Grecia recientemente redactaron la Declaración de Palini y sometieron una iniciativa ante la Unión Europea para que se reconozca el derecho de todos los europeos a la felicidad. Durante los últimos cinco años han llevado a cabo simposios anuales en febrero, en honor al cumpleaños de Epicuro. Este año honraron durante el simposio al ex-presidente uruguayo José Mujica por su defensa de los sanos valores humanos de esta tradición ante las Naciones Unidas.

La traducción, comentario y guía de estudio en Epítome son de Hiram Crespo, también autor de Cultivando el jardín epicúreo (Spanish Edition) y traductor de Varios días en Atenas (Spanish Edition). En su obra inicial Tending the Epicurean Garden (Humanist Press, 2014), Crespo se dedicó a demostrar, citando mútilples estudios de neurocientíficos y científicos sociales, la persistente relevancia moral de la ciencia de la felicidad que enseñó el filósofo Epicuro de Samos hace 23 siglos.

Epítome: Escrituras Epicúreas está disponible en amazon.

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Society of Friends of Epicurus
info@societyofepicurus.com
societyofepicurus.com – sociedadepicuro.wordpress.com

Sobre la SAE: Los Amigos de Epicuro se dedican a fomentar la filosofía naturalista con la intención de asegurar la continuidad cultural e intelectual de su tradición. Hacen esto por medio de entrevistas, libros y artículos.

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Varios días en Atenas – Capítulo 16

Diatriba contra la religión

Una multitud mayor a la acostumbrada asistió a las instrucciones del sabio. Los risueños y los curiosos, los sabios, y los ociosos, de todas las edades y de ambos sexos de la población inquieta de la ciudad; muchos ciudadanos reconocidos recogidos de diversas partes de Ática y una porción considerable de extraños de estados y países extranjeros.

Estaban reunidos en el césped que rodea el templo ya mencionado con frecuencia. Las aguas disminuyentes de Iliso fluían casi en su cama acostumbrada y la tierra y el aire, refrescados por la tormenta de la noche anterior, se resistían a los rayos del sol sin cortinas, que ahora escalaban lo alto de los cielos. Una multitud de recuerdos se precipitó en la joven mente de Teón cuando entró en el hermoso recinto y se quedó contemplando el río que formaba una de sus fronteras. Sus pensamientos de nuevo se alejaban de la filosofía y su rápida mirada buscaba otra forma, mas hermosa que las que encontraba allí, cuando el acercamiento de Epicuro dividió la multitud y acalló el murmuro de las lenguas en el silencio. El sabio se desplazó y no fue hasta que subió los escalones de mármol, y se volvió para dirigirse a la asamblea, que Teón percibió que había sido seguido por el hermoso ser que gobernaba su fantasía. Las tonalidades de Hebe ahora teñían sus labios y sus mejillas; pero las sonrisas de la noche anterior habían sido cambiadas por la compostura de una atención respetuosa. Su ojo captó el de Teón. Ella dio un rubor y una sonrisa de reconocimiento. Entonces, sentándose en la base de una columna a la derecha de su padre, su rostro recuperó su compostura y sus ojos oscuros llenos se fijaron en el rostro del sabio, con una mirada de admiración mezclada con amor filial.

“¡Conciudadanos y semejantes! Nos proponemos, en este día, a examinar una cuestión de vital importancia para la especie humana: nada menos que sobre las relaciones que llevamos con todas las existencias que nos rodean; la posición que tenemos en este hermoso mundo material; el origen, el objeto y el fin de nuestro ser; la fuente de la que procedemos y la meta a la que tendemos. Esta pregunta abarca a muchos. Abarca todo lo que es interesante a nuestra curiosidad e influyente en nuestra felicidad. Su solución correcta o incorrecta debe siempre regular, como ahora regula, nuestra regla de conducta, nuestras concepciones del bien y el mal; debe inaugurarnos en el camino de la indagación verdadera o falsa y, o bien abrir nuestras mentes al conocimiento de las maravillas que trabajan en y alrededor de nosotros, tales como nuestros sentidos y facultades las pueden discernir, o cerrarlas para siempre con las bandas de la superstición, dejándonos presas del miedo, esclavos de nuestra imaginación sin gobierno, perplejos y temblorosos con cada aparición en la naturaleza y haciendo de nuestras propias existencias y destinos fuentes de terror y misterio.”

“Antes de llegar a esta importante investigación, nos corresponde ver que venimos con mentes dispuestas; que no digamos: ‘hasta aquí vamos a ir y no más allá; vamos a dar un paso, pero no dos; vamos a examinar, pero sólo siempre y cuando el resultado de nuestro examen confirme nuestras opiniones preconcebidas.’ En nuestra búsqueda de la verdad, debemos descartar igualmente presunción y miedo. Debemos llegar con nuestros ojos y nuestros oídos, nuestros corazones y nuestras comprensiones abiertas; ansiosos, no por encontrarnos a nosotros mismos bien sino por descubrir lo que es correcto; no afirmar nada que no podamos demostrar; no creer nada que no hemos examinado; y examenar todas las cosas sin miedo, sin pasión, con perseverancia.”

“En los discursos que precedieron, y para los que no los han atendido, en nuestros escritos, nos hemos esforzado por explicar el objeto real de la investigación filosófica; los hemos dirigido a la investigación de la naturaleza, a todo lo que ven de existencias y ocurrencias a su alrededor; y hemos demostrado que, en estas existencias y ocurrencias, todo lo que puede ser sabido y que existe para saber, está escondido. Les hemos exhortado a usar sus ojos y sus juicios, nunca su imaginación; a abstenerse de la teoría y quedarse con los hechos; y a entender que en la acumulación de hechos, tal y como concierne la naturaleza y propiedades de las sustancias, el orden de las ocurrencias y las consecuencias de las acciones, se encuentra toda la ciencia de la filosofía física y moral. Hemos visto, en el curso de nuestra investigación, que en la materia existen en sí todas las causas y efectos; que las partículas eternas que componen todas las sustancias, forman el primer y último eslabón de la cadena de sucesos, o de causa y efecto, a los que podemos llegar; que las cualidades inherentes a estas partículas producen, o son seguidas por, determinados efectos; que los cambios, en su posición, de estas partículas, producen o son seguidos por ciertas otras cualidades y efectos; que aparece el sol y que la luz sigue su aparición; que tiramos una perla en vinagre y la perla desaparece de nuestros ojos para asumir una forma o formas de sustancias más sutiles, pero no menos reales; que las partículas que componen un ser humano se descomponen y que, en lugar de un hombre, nos encontramos con una variedad de otras sustancias o existencias, presentando nuevas apariencias y nuevas propiedades o poderes; que un carbón encendido toca nuestra mano, que la sensación de dolor sigue el contacto, que el deseo de acabar con esta sensación es el siguiente efecto en la sucesión y que el movimiento muscular de retirar la mano, siguiendo el deseo, es otra. Que en toda esta sucesión de existencias y eventos, no hay otra cosa que lo que vemos, o lo que podríamos ver si tuviéramos mejores ojos; que no hay ningún misterio en la naturaleza, excepto en el que concierne la existencia misma de todas las cosas; y que las cosas tal y como son, no son más maravillosas de lo que serían si fueran diferentes. Que un curso de eventos análogo, o cadena de causas y efectos, tiene lugar en la moral como en la física; es decir, en el examen de las cualidades de la materia que compone nuestro cuerpo, lo que llamamos la mente, sólo podemos trazar un tren de ocurrencias de la misma manera como lo hacemos en el mundo exterior; que nuestras sensaciones, pensamientos y emociones son simplemente efectos que siguen causas, una serie de fenómenos consecutivos, mutuamente productores y producidos.”

“Cuando hemos asumido esta visión de las cosas, observen cómo todas las preguntas abstrusas desaparecen; cómo toda la ciencia es simplificada; todo el conocimiento se hace fácil y familiar a la mente. Una vez iniciado en este único y verdadero camino de búsqueda, cada paso que damos es para avanzar. En cualquier ciencia que estudiemos, es decir, en cualquier parte de la materia, o de cualquiera de sus cualidades, a la que dirijamos nuestra atención, con toda probabilidad haremos importantes descubrimientos, porque son verdaderos. Es la filosofía de la naturaleza en general, o cualquiera de esas subdivisiones de la misma, lo que llamamos la filosofía de la mente, ética, medicina, astronomía, geometría, etc. El momento en que nos ocupamos en la observación y la organización de los hechos que descubrimos en el curso de la investigación, adquirimos conocimiento positivo y podemos emprender de manera segura el desarrollo del conocimiento en los demás.”

“La determinación de la naturaleza de las existencias, el orden de los sucesos y las consecuencias de las acciones humanas que constituyen, por lo tanto, el conjunto de conocimientos, ¿qué puede evitar que todos y cada uno de nosotros extienda nuestros descubrimientos a los límites completos exigidos por la naturaleza de nuestras facultades y la duración de nuestra existencia? ¿Qué empleo más noble nos podemos inventar? ¿Qué placer mas puro, y tan poco susceptible a la decepción? ¿Qué nos lo impide? ¿Qué nos impide impulsarnos hacia adelante? ¿Se inicia nuestra ignorancia a partir de la propia simplicidad del conocimiento? ¿Tenemos miedo a abrir los ojos y ver la luz? ¿Nos alarma la misma verdad que buscamos cuando la conseguimos? ¿Cómo es que, colocados en este mundo como en un teatro de la observación, rodeados de maravillas y dotados de facultades con las que podemos investigar estas maravillas, sabemos tan poco de lo que es e imaginamos tanto de lo que no lo es? Otros animales, sobre los cuales el hombre se representa a sí mismo como superior, ejercen las facultades que poseen, confían en su testimonio, siguen los impulsos de su naturaleza y disfrutar de la felicidad de la que son capaces. Sólo el hombre, el más dotado de todas las existencias conocidas, pone en duda la evidencia de sus sentidos superiores, pervierte la naturaleza y los usos de sus muchas facultades, controla sus más inocentes así como sus mas nobles impulsos y envenena todas las fuentes de su felicidad . ¿A que origen vamos a trazar este error fatal, este auto-martirio cruel, esta perversión de las cosas lejos de su inclinación natural? Al sobre-desarrollo de una facultad y la negligencia de otra, hay que buscarle la causa. En la imaginación, esa fuente de nuestros más bellos placeres cuando está bajo el control del juicio, se encuentra la fuente de nuestros peores males.”

“Desde muy temprana edad, he estudiado la naturaleza y condición de hombre. Le he encontrado en muchos países de la tierra bajo la influencia de todas las variedades de clima y circunstancia; Le he encontrado el señor indómito de la selva, vestido de las pieles ásperas de animales menos groseros que él, al abrigo en las grietas de las montañas y cavernas de la tierra de las explosiones de invierno y los calores del sol del verano; Le he encontrado esclavo de maestros envilecidos como él, postrado ante el pie que lo rechaza y sin mostrar otros signos de la mal-llamada civilización otro que su pereza y sus sensualidades. Le he encontrado el señor de millones, vestidos de púrpura y pisando tribunales de mármol; el cruel destructor de su especie, que marcha a través de la sangre y rapiña a los tronos de dominio extendido; el tirano explotador con corazón de hierro que hace un festín con la agonía de sus víctimas y extrae su tesoro del fruto duramente ganado por la industria; Le he encontrado el inofensivo pero ignorante obrero de la tierra, comiendo los simples frutos de su trabajo, hundiéndose a descansar sólo para emerger de nuevo para ir a trabajar, trabajando para vivir y viviendo sólo para morir; Le he encontrado el cortesano pulido, el erudito consumado, el talentoso artista, el genio creador; el tonto y el bribón; un rico y un mendigo; despreciador y despreciado.”

“Bajo todas estas formas y variedades del hombre externo e interno, con apenas una excepción, lo he encontrado infeliz. Aunque tiene más capacidad de goce que cualquier otra criatura, yo lo he visto superando el resto de las existencias sólo en el sufrimiento y la delincuencia. ¿Porqué es esto y de dónde surge? ¿Que error maestro, ya que debe haberlo, conduce a resultados tan mortales; lo opuesto a la naturaleza aparente y la promesa de las cosas? Por mucho tiempo he buscado este error, este manantial principal de la locura humana y la criminalidad humana. He rastreado, a través de todo su tren alargado de consecuencias y causas, la práctica humana y la teoría humana; He roscado el laberinto desde su oscuro comienzo; He encontrado el primer eslabón en la cadena del mal; He encontrado que es, en todos los países, entre todas las tribus, lenguas y naciones; Lo he encontrado, semejantes, lo he encontrado … en la RELIGIÓN.”

Un murmullo se levantó aquí de una parte de la asamblea. Un silencio profundo y sin aliento le siguió. El sabio volvió su mirada lentamente y, con un semblante puro y sereno como el cielo que brillaba sobre él, prosiguió.

“¡Hemos nombrado el error principal de la mente humana, la pesadilla de la felicidad humana, el pervertidor de la virtud humana! ¡Es la religión, esa moneda oscura de la ignorancia temblorosa! ¡Es la religión, esa envenenadora de la felicidad humana! ¡Es la religión, esa guía ciega de la razón humana! ¡Es la religión, esa detronadora de la virtud humana que yace en la raíz de todo el mal y toda la miseria que impregnan el mundo!”

“La opinión que escuchan este día no fue apresuradamente formada y ha sido expresada con menos prisa aún. Un largo tren de reflexión llevó al descarte de la religión como un error, y una vida de observación la denunció como un mal. Al considerarla como carente de verdad, no soy más que uno de muchos. Pocos han visto profundamente y de manera constante en la naturaleza de las cosas y no puesto en duda la creencia en existencias invisibles y causas desconocidas. Pero mientras sonríen ante la credulidad de sus semejantes, los filósofos han creído que la razón es buena sólo para sí mismos. Han argumentado que la religión, aunque sea en si misma una quimera para niños, era útil en sus tendencias: que, aunque descansara sobre la nada, apoyaba todas las cosas; que era la estancia de la virtud y la fuente de la felicidad. Sin importar cuan opuesta esté a todas las reglas en la filosofía, física y moral; sin importar cuanto aparentemente contradiga la razón y el sentido común, han argumentado que una cosa falsa podría ser útil; que la creencia en hechos desmentidos o no probados podría proveer un apoyo de sostenimiento a una regla justa en práctica; la afirmación venía respaldada por un testimonio tan universal de la humanidad y por nombres individuales de tal autoridad en la sabiduría práctica y la virtud, que dudé en llamarlo equivocado. Y como la felicidad humana me parecía ser lo mas deseable y su promoción el único objeto en consonancia con las opiniones de un maestro de los hombres, me abstuve de toda expresión de opinión hasta que estuviera plenamente justificada por mi propia convicción tanto su verdad como su tendencia. Su verdad de mi opinión se fundamenta, como hemos visto, en un examen de la naturaleza de las cosas; es decir, en las propiedades de la materia, que son suficientes por sí mismas para producir todas las posibilidades y cambios que contemplamos. Su tendencia es descubierta por un examen de la condición moral del hombre.”*

“La creencia en las existencias sobrenaturales y la expectativa de una vida venidera, se dice que son las fuentes de la felicidad y estímulos a la virtud. ¿Cómo y en qué sentido? ¿Está probado por la experiencia? Miren en el extranjero sobre la tierra; en todas partes el canto de alabanza, la oración de súplica, el humo del incienso, el golpe de sacrificio, surgen desde los bosques y el césped, desde casa, palacio y templo, a los dioses de la idolatría humana. La religión se extiende sobre la tierra. Si es la madre de la virtud y la felicidad, estas también deberían cubrir la tierra. ¿Lo hacen? ¡Lean los anales de la tradición de los hombres! ¡Salgan fuera y observen las acciones de los hombres! ¿Quién hablará de la virtud, quién de la felicidad, que tenga ojos para ver y oídos para oír y corazones para sentir? ¡No! La experiencia está en contra de la afirmación. El mundo está lleno de religión y lleno de miseria y crimen.

“¿Puede la afirmación sustentarse en el argumento, por cualquier tren de razonamiento? Imaginen una Deidad bajo cualquier forma de existencia; ¿De que manera nuestros sueños concernientes a esa Deidad en un cielo imaginario afectan nuestra felicidad o nuestra conducta en una Tierra tangible? Puede afectarla de hecho puede que para el mal, pero ¿para el bien? La idea de un Ser invisible que esté siempre trabajando alrededor y sobre nosotros, puede afectar la inteligencia humana con inútiles terrores, pero nunca puede guiar la práctica humana a lo que es racional y coherente con nuestra naturaleza. Digamos que exista alguna posibilidad de que podamos determinar la existencia de un dios o de un millón de dioses: no los vemos, no los escuchamos, no los sentimos. A menos que se presenten a nuestra observación, estén formados como nosotros, tengan deseos similares, facultades similares y una organización similar, ¿Cómo podría su modo de existencia ofrecer una guía para la nuestra? De igual manera, la mariposa podría asumir como patrón al león, o el león al águila, igual que el hombre a un Dios. Por no hablar de la falta de coherencia en los atributos con los que se engalanan todos los dioses, basta con que ninguno de esos atributos es nuestro. Somos humanos; ellos son dioses. Ellos habitan otros mundos; nosotros habitamos la Tierra. Que ellos disfruten de su felicidad; y vamos, mis amigos, a buscar la nuestra.”

“Pero no es que la religión sea solo inútil, es que es maléfica. Es mala por sus inútiles terrores; es mala por su falsa moral; es mala por su hipocresía, por su fanatismo, por su dogmatismo, por sus amenazas, por sus esperanzas, por sus promesas. Considere la posibilidad de que bajo su forma más leve y más amable, sigue siendo mala por inspirar falsos motivos de acción, por mantener la mente humana en la esclavitud y desviar la atención de las cosas útiles a las cosas inútiles. La esencia de la religión es el miedo, ya que su origen es la ignorancia. En una cierta etapa del conocimiento humano, en su ignorancia de las propiedades de la materia y su visión oscura de la cadena de los fenómenos que surgen de estas propiedades, la mente humana por necesidad debe razonar falsamente sobre cada aparición y existencia en la naturaleza; debe por necesidad, en ausencia de hechos, dar rienda suelta a la imaginación, ver un milagro en cada evento poco común e imaginar agentes invisibles que producen todo lo que contempla. A medida que se amplía la gama de nuestra observación y que aprendamos a conectar y organizar los fenómenos de la naturaleza, se coarta nuestra lista de milagros y el número de nuestros agentes sobrenaturales. Un eclipse es alarmante para el vulgo, como si denotara la ira de los dioses ofendidos; para el hombre de ciencia es un fenómeno simple, tan fácilmente rastreado a su causa como el más familiar a nuestra observación. El conocimiento de una generación es la ignorancia de la siguiente. Nuestros supersticiones disminuyen a medida que nuestros logros se multiplican y el fervor de nuestra religión disminuye a medida que nos acercamos a la conclusión que la destruye por completo. La conclusión, basada en hechos acumulados como hemos visto, es que la materia por sí sola es a la vez la que actúa y sobre la cual se actúa, que es eterna en duración, infinitamente diversa y varía en apariencia: nunca disminuye en cantidad y siempre cambia de forma. Sin un poco de conocimiento de lo que se llama filosofía natural o física, ningún individuo puede alcanzar esta conclusión. Y en cierta etapa de ese conocimiento, más o menos avanzado de acuerdo a la agudeza del intelecto, será imposible que cualquier individuo, que no sea obtuso mentalmente, rehuya de esta conclusión. Esta verdad es una de infinita importancia. En el momento en que consideramos la hostilidad con respecto a lo que se llama el ateísmo como el resultado natural de la información deficiente, solo una mente enferma puede resentir esa hostilidad. Y tal vez una simple declaración de la verdad conduciría a examinar el tema y a la conversión de la humanidad.

“¡Imagínen esta conversión, mis amigos! ¡Imaginen al hombre criatura en el pleno ejercicio de todas sus facultades; sin alejarse con miedo del conocimiento, sino con muchas ganas en su búsqueda; sin doblar la rodilla con adulación a seres visionarios armados para destruirlos con el miedo, sino de pie erguido en la contemplación tranquila de la cara hermosa de la naturaleza; descartando los prejuicios y admitiendo la verdad sin temor a las consecuencias; reconociendo ningún juez otro que la razón, sin censura otra que su propio pecho! Así considerado, el se transforma en el dios de su actual idolatría, o más bien en un ser mucho más noble, que posee todos los atributos consistentes con la virtud y la razón, y ningú atributo que se oponga a ambas. ¡Qué gran contraste con su estado actual! Sus mejores facultades dormidas; su juicio sin despiertar en él; sus sentidos mal empleados; todas sus energías mal dirigidas; temblando ante la invención de su propia fantasía ociosa; viendo sobre toda la creación la mano extendida de la tiranía; y en lugar de seguir la virtud, adorando el poder! ¡Monstruosa creación de la ignorancia! ¡Degradación monstruosa de la más noble de las existencias conocidas! ¡El hombre, que se jacta de razón superior, de discriminación moral, imagina un ser a la vez injusto, cruel, e inconsistente; y luego besa el polvo, se hace llamar su esclavo! Dice el teísta: ‘Este mundo existe, por lo tanto, fue creado.’ ¿Por quién? ‘Por un ser más poderoso que yo’. Si concedemos este razonamiento pueril, ¿que sigue como conclusión? ‘Que le debemos temer’, dice el teísta. ¿Y por qué? ¿Dirige su poder en contra de nuestra felicidad? ¿Su dios se divierte despertando los terrores de los seres más indefensos? Podríamos entonces temerle, y sea cual sea nuestra conducta, temerle debemos. ‘Él es bueno, así como poderoso’, dice el teísta; ‘Por lo tanto, es el objeto del amor.’ ¿Cómo podemos determinar su bondad? Veo realmente un mundo hermoso y curioso; pero yo lo veo lleno de males morales y con muchas imperfecciones físicas. ¿Es él todopoderoso? El perfecto bien o el perfecto mal podrían existir. ¿Es todopoderoso y absolutamente bueno? La bondad perfecta debe existir. De los seres sensibles en la infinidad de la materia, solo sé de los que contemplo. No propongo límites para el número de los seres que yo no he visto, ni límites a su poder. Uno o muchos pueden haber dado instrucciones a los átomos elementales, y pueden haber formado esta tierra como el alfarero su arcilla. Pueden existir seres que poseen tal poder, y pueden haberlo ejercido. Pero todopoderosos no lo son, o si lo son, son malvados: el mal existe. No sé lo que pueda existir, pero esto mi sentido moral me dice que no puede existir: un modelador del mundo que habito, cuya naturaleza sea absolutamente buena y todopoderosa. Veo otra imposibilidad; un modelador de este mundo cuya naturaleza sea todo bondad y que todo lo sepa. Si concedemos la posibilidad de estos atributos, su existencia unida en el arquitecto de nuestra tierra sería una suposición imposible.”

“Vamos a concederle su bondad, que es el atributo más agradable y valioso. Su dios es entonces el objeto de nuestro amor y de nuestra compasión. De nuestro amor, porque el ser benevolente en su propia naturaleza, debe haber tenido la intención de producir felicidad en la formación de la nuestra; de nuestra lástima, porque vemos que ha fracasado en su intención. No puedo concebir una condición más lamentable que la de una deidad contemplando este mundo de su creación. ¿Es él el autor de alguna, o digamos de mucha felicidad? ¿De cuanta indecible miseria no es él igualmente el autor? No puedo concebir un ser más desesperadamente, más irremediablemente infeliz que el que ahora hemos representado. La peor de las miserias humanas se empequeñecen en insignificancia comparativa ante de las de su autor. ¡Cómo debe desgarrar el corazón de su dios cada suspiro que sale desde el seno del hombre! ¡Cómo debe cada violencia cometiao en la tierra convulsionar la paz del cielo! Incapaz de alterar lo que había creado, ¡cómo debe él igualmente maldecir su poder y su impotencia! Y en lamentar nuestra existencia, ¡cómo debe ardir por aniquilar la suya propia!”

“Ahora vamos a suponer que su poder es sin límite y su conocimiento se extiende hacia el futuro, como el pasado. ¡Que monstruosa concepción! ¡Qué demonio extraído del cerebro febril de la locura habrá superado esta deidad en malignidad! Capaz de hacer la perfección, él ha sembrado a través de toda la naturaleza la semilla del mal. El león persigue el cordero; el buitre, en su ira, arranca la paloma de su nido. El hombre, el enemigo universal, triunfa incluso con los sufrimientos de sus semejantes, en cuyo dolor encuentra su propia felicidad; en cuya pérdida, su ganancia; en el frenesí de su violencia, elabora su propia destrucción; en la locura de su ignorancia, maldice su propia raza y bendice su cruel autor! ¡Su deidad es el autor del mal, y le llama bueno; el inventor de la miseria, y le llama feliz! ¿Qué mente virtuosa va a rendir homenaje a un ser así? ¿Quién sabe si el homenaje, si es ofrecido, no degrada el adorador? ¿Quién sabe si un homenaje, al ser dado, pacifica el ídolo? ¿La abyección en el esclavo garantiza la misericordia en el tirano? O si lo hace, mis amigos, ¿quién de nosotros quiere ser el abyecto? ¿Vamos a encontrar hombres audaces para resistir la opresión terrenal dispuestos a inclinarse ante la injusticia porque habla desde el cielo? ¿El nombre de Harmodio inspira nuestras canciones? ¿Las coronas de laurel adornan los templos de Aristogicio? ¡Que nuestro coraje se alce superior al suyo, mis amigos; y nuestra fama, si es digna de la ambición! ¡Destronen, no al tirano de Atenas, sino al tirano de la Tierra! ¡No el opresor de los atenienses, sino al opresor de la humanidad! ¡Levántense! ¡De pie y erguidos! Digamos a este dios, ‘si nos hizo en la malicia, no vamos a adorarle en el miedo. Vamos a juzgarle por sus obras y juzgar sus obras con nuestra razón. Si el mal les impregna, usted es responsable como su autor. No nos interesa conciliar su injusticia, ni esforzarnos con su poder. Juzgamos el futuro desde el pasado. Y como usted ha dispuesto de nosotros en este mundo, así si le place continuar nuestro ser en otro mundo, podría disponer de nosotros igual en ese otro mundo. Sería inútil esforzarse con la omnipotencia, o proveer contra los decretos de la omnisciencia. No vamos a atormentarnos a nosotros mismos al imaginar sus intenciones; ni degradarnos con protestas. En caso de que castigue en nosotros el mal que ha hecho, lo estaría castigando tan injustamente como lo hizo maliciosamente. En caso de que recompense en nosotros el bien, estaría premiando absurdamente lo que fue también su trabajo y no el nuestro.’

“Ahora vamos a ceder en el argumento de la unión de todos los atributos enumerados. Vamos a conceder la existencia de un ser perfecto en la bondad, la sabiduría y el poder, que ha hecho todas las cosas por su voluntad y decretado todas las apariciones en su sabiduría. Este ser tiene que mandar nuestra admiración y aprobación: no puede mandar más. Como él es bueno y sabio, es superior a toda alabanza; como él es grande y feliz, es independiente de toda alabanza. Como él es el autor de nuestra felicidad, se ha asegurado nuestro amor; pero como él es nuestro creador, no puede darnos deberes. Suponiendo que es un dios, todos los deberes restan con él. Si él nos ha hecho, está obligado a hacernos felices; y si fracasa en el deber, debe ser objeto de sólo abominación a toda su creación consciente. La amabilidad recibida debe necesariamente inspirar afecto. Esta bondad, en un creador divino, como en un padre terrenal, es un deber solemne, una obligación sagrada, cuyo incumplimiento es el más atroz de los crímenes. Cuando se realiza, el amor de la criatura, como por parte del niño, es una consecuencia necesaria y recompensa suficiente.”

“Si le permitimos al teísta su Dios, no encontramos con él en ninguna relación que pueda inspirar miedo o que entrañen la obligación. Él no puede darnos felicidad que no esté obligado a otorgar: él no puede acariciarnos con una ternura que no estaba obligado a ceder. Le corresponde gratificar todos nuestros deseos, si son erróneos, corregirlos. Nos corresponde a nosotros exigir todos los bienes que estén en su poder para conceder, o en el nuestro para disfrutar. Entonces, que el teólogo destierre el miedo y el deber de su credo. Es el amor, el amor por sí solo que puede ser reclamado por los dioses o cedido por los hombres.”

“¿Hemos dicho lo suficiente? Seguramente lo absurdo de todas las doctrinas de la religión y de la iniquidad de muchos, son suficientemente evidentes. Temer a un ser a causa de su poder, es degradante; temerle si él es bueno, ridículo. Que nos demuestre su existencia, sus perfecciones y su cuidado parental: el amor brota en nuestros pechos y reembolsa su recompensa. Si no le importa mostrar su existencia, no desea el pago de nuestro amor y encuentra en la contemplación de sus propias obras su recompensa.”

“Pero, dice el teísta, su existencia es evidente y el no reconocerla un crimen. No es así para mí, mis amigos. No veo evidencia suficiente de su existencia y el razonar de su posibilidad, lo veo como una especulación ociosa. Dudar de lo que es evidente que no está en nuestro poder. Creer lo que no es evidente, es igualmente imposible para nosotros. ¡Teísta! Usted hace de su dios un ser más débil, más tonto que usted mismo. ¡Castiga como delito la duda de su existencia! Bueno, entonces, que declare su existencia y no dudamos más. Si las tribus errantes de Escitia dudan de la existencia de Epicuro, ¿debe Epicuro estar enojado? ¡Qué vanidad, qué absurdo, qué tonterías, oh teístas! ¡Como lo suponen en su Dios! Dejen que existe, este Dios, en toda la perfección de las imágenes de un poeta; le levanto una frente segura y serena. ‘¡Lo veo, oh Dios, en su poder y le admiro! Lo veo en su bondad y le apruebo. Dicho homenaje sólo es digno de que Usted reciba y yo rinda.’ ¿Y qué me contesta? ‘Usted es justo, criatura de mi hechura! No puede añadir ni quitar a la suma de mi felicidad. Yo les hice para disfrutar de la suya propia, no se pregunten por la mía. Yo les he puesto en medio de los objetos del deseo y les he dado medios de disfrute. ¡Disfruten, entonces! ¡Sean felices! Es para eso que los hice.’

“¡Escuchen, pues, mis hijos! ¡Escuchen a su maestro! Sea un dios o un filósofo quien hable, el mandato es el mismo: ¡Disfruten y sean felices! ¿La vida es corta? Eso es un mal: pero hagan la vida feliz, y así su brevedad es el único mal. Yo les hago a ustedes el mismo llamado que Dios, si existe, debe darles desde el cielo: ¡Gocen y sean felices! ¿Dudan en el camino? Dejen que Epicuro sea su guía. La fuente de todo placer está dentro de ustedes mismos. El bien y el mal se encuentran ante ustedes. El bien es todo lo que puede dar placer: el mal, lo que trae dolor. Aquí no hay paradoja, ni refrán oscuro, ni moral escondida en las fábulas.

“Hemos considerado la construcción irracional de la religión. Queda por considerar que igualmente errónea es la construcción de la moral. La virtud del hombre es tan falsa como su fe. Lo que la locura inventa, la puerilidad apoya. ¡Levantémonos en nuestra fuerza, examinamos, juezguemos y seamos libres!”

El profesor hizo una pausa aquí. La multitud se puso de pie, como si todavía escuchando. “En un momento más conveniente, a mis hijos, vamos a examinar más a fondo la naturaleza del hombre y la ciencia de la vida.”

EL FIN

* La verdad y la tendencia aquí se usa para referirse a las repercusiones ontológicas y morales del la filosofía materialista.

Guía de estudio

Varios días en Atenas – Capítulo 15

El rol de la filosofía natural

Teón quedó paralizado en el mismo lugar de la tierra en el que el sabio lo dejó. Un tren confuso de pensamientos viajó a través de su cerebro, que su razón trató en vano de detener o analizar. En un momento pareció que un rayo de luz había amanecido en su mente, la apertura a un mundo de descubrimiento tan interesante como nuevo. Entonces, de repente comenzó como a caer del borde de un precipicio cuyas profundidades se ocultan en la oscuridad. “Cleantes entonces había expuesto con justicia las doctrinas del jardín. ¿Pero estas doctrinas implican la delincuencia que había supuesto hasta entonces? ¿Son incompatibles con la razón e irreconciliables con la virtud? Si es así, voy a ser capaz de detectar su falsedad”, dijo el joven, persiguiendo su soliloquio en voz alta. “Sería un pobre elogio a las verdades que he adorado hasta ahora, si le rehuyo a su investigación. Y, sin embargo, ¡cuestionar el poder de los dioses! ¡Cuestionar su propia existencia! ¡Rechazar la rodilla de homenaje a esa gran causa primera de todas las cosas, que habla y respira y brilla resplandeciente en toda la naturaleza animada! Disputar no sé qué sobre verdades que son tan evidentes como son sagrados; que hablan a nuestros ojos y nuestros oídos: a los mismos sentidos cuyo testimonio por sí solo es sin apelación en el jardín!”

“¿Usted se opone a los testimonios, joven de Corinto?”, dijo una voz que Teón reconoció como la de Metrodoro.

“Usted llega oportunamente,” dijo Teón, “es decir, si va a escuchar las preguntas de mi duda y mi mente avergonzada.”

“Digamos más bien, si puedo responderlas.”

“Le atribuyo la capacidad”, dijo Teón, “ya que he oído que usted ha sido citado como un exponente capaz de la filosofía del jardín.”

“En la ausencia de nuestro Zenón”, dijo el académico con una sonrisa: “Yo a veces hago el papel de su Cleantes. Y aunque usted puede encontrarme menos elocuente que mi hermano del pórtico, voy a prometer la misma fidelidad al texto de mi original. Pero aquí está uno, que puede exponer la doctrina en la letra y el espíritu, y con un asistente tal yo no debería temer a discutir con todos los estudiantes y todos los maestros en Atenas.”

“No, más bien alarde de su causa que de su asistente”, dijo Leoncia acercándose y juguetonamente tocando el hombro de Metrodorus: “ni tampoco desmentir sus propios talentos, mi hermano. El corintio sonreirá por su falsa modestia cuando haya estudiado sus escritos y escuchado a tus razonamientos lógicos. Me imagino,” continuó, volviendo la mirada plácida hacia el joven, “que ha escuchado hasta ahora más declamación que razonamiento. Yo también podría decir, que ha oído más sofismo, ya que ha caminado y hablado en el Liceo.”

“Digamos más bien, caminaba y escuchaba.”

“En verdad y yo lo creo”, volvió con una sonrisa, “Si tan solo su buen sentido en esto fuera más común y si los hombres se contentaran con esforzar sus oídos y abstenerse de presentar su entendimiento o torturar a el de sus vecinos.”

Puede parecer extraño,” dijo Metrodoro, “que la pedantería de Aristóteles encuentre tantos imitadores y sus dichos oscuros tantos creyentes en una ciudad también ahora adornada e iluminada por el lenguaje sencillo y doctrinas simples de un Epicuro. Sin embargo, el lenguaje de la verdad es demasiado simple para los oídos inexpertos. Partimos en busca de conocimiento como los semidioses de antaño en busca de aventuras, preparados para encontrar gigantes, escalar montañas, perforar los golfos de Tártaro y llevarnos nuestro premio de las garras de algún hechicero oscuro, invulnerables a todo menos las armas encantadas y los asaltantes que los dioses han bendecido. Encontrar ninguna de estas cosas y en su lugar, un camino suave a través de un país agradable con un guía familiar para dirigir nuestra curiosidad y señalar las bellezas del paisaje, nos decepciona de toda hazaña y toda notoriedad; y nuestra vanidad se aleja con demasiada frecuencia de la campiña bonita y abierta hacia oscuros laberintos de error donde confundimos misterio por sabiduría, pedantería por conocimiento y prejuicio por virtud.”

“Reconozco la verdad de la metáfora”, dijo Teón. “Pero ¿no podemos simplificar demasiado o demasiado poco? ¿No podemos empujar la investigación más allá de los límites asignados a la razón humana y, con una audacia cercana a la blasfemia, romper sin quitar el velo que envuelve los misterios de la creación y lo protege de nuestro escrutinio?”

“Sin cuestionar el significado de los términos que ha empleado”, dijo Metrodoro, “he de señalar que hay poco peligro de que nuestra investigación empuje demasiado lejos. Desgraciadamente los límites prescritos por nuestros escasos e imperfectos sentidos deben siempre limitar la esfera de nuestra observación, en comparación con la gama infinita de las cosas, aún cuando hayamos esforzado y mejorado nuestros sentidos al máximo. Trazamos un efecto a una causa y esa causa a otra causa, y así sucesivamente hasta que sostenemos unos pocos eslabones de una cadena cuya medida, como el círculo encantado, es sin principio y sin fin.”

“Yo concibo las dificultades”, observó Leoncia, “que avergüenzan la mente de nuestro joven amigo. Como la mayoría de los aspirantes a la inteligencia, él tiene una idea vaga y errónea de lo que él está llevando a cabo y aún más de lo que puede ser alcanzado. En las escuelas que ha frecuentado hasta ahora,” continuó, dirigiéndose al joven, “ciertas imágenes de la virtud, el vicio, la verdad, el conocimiento, se presentan a la imaginación y estas cualidades abstractas, o podemos llamarlas seres figurados, son hechos a la vez objetos de especulación y adoración. Una ley se establece y los sentimientos y opiniones de los hombres se basan en ella; una teoría se construye y se obliga a toda la naturaleza animada e inanimada hablar en su apoyo; una hipótesis es avanzada y todos los misterios de la naturaleza son tratados como si se hubieran ya explicado. Usted ha oído hablar y estudiado diversos sistemas de filosofía, pero la verdadera filosofía se opone a todos los sistemas. Todo su negocio es la observación y los resultados de la observación constituyen todo su conocimiento. Ella no acepta una verdad hasta que la ha probado por la experiencia; no presenta opiniones no respaldadas por el testimonio de los hechos; no reconoce virtud sino la que participa en acciones benéficas; ni vicio, sino el que participa en acciones dañinas para nosotros mismos o para otros. Por encima de todo, ella no propone dogmas, es lenta para afirmar lo que es y a nada llama imposible. La ciencia de la filosofía no es más que una ciencia de observación, tanto en lo referente al mundo fuera de nosotros como el mundo interior; y para avanzar en ella, son necesarios sólo sentidos sanos, facultades bien desarrolladas y ejercidas, y una mente libre de prejuicios. Los objetos que tiene a la vista, en cuanto al mundo exterior, son en primer lugar vistos como son y en segundo lugar se examina su estructura para conocer sus propiedades y observar sus relaciones mutuas. En lo que respecta al mundo interior, o la filosofía de la mente, busca en primer lugar examinar nuestras sensaciones o las impresiones de las cosas externas sobre nuestros sentidos; lo cual implica el examen de las cosas externas a uno mismo; en segundo lugar, se remonta a nuestras sensaciones, la primera de todas nuestras facultades; y a partir de estas sensaciones y del ejercicio de nuestras diferentes facultades desarrolladas por ellos, rastrea la formación gradual de nuestros sentimientos morales y de todas las otras emociones: en tercer lugar, analiza todas nuestras sensaciones, pensamientos y emociones; es decir, examina las cualidades de nuestra propia materia interna y sensible, con aún mayor escrutinio que el que hemos aplicado al examen de la materia externa, para investigar la justicia de nuestra sentimientos morales y para pesar el mérito y el demérito de las acciones humanas; es decir, para juzgar su tendencia a producir el bien o el mal, a excitar sensaciones placenteras o dolorosas en nosotros mismos o en otros. Observará, por tanto, que tanto en lo que se refiere a la filosofía de la física como la filosofía de la mente, todo es simplemente un proceso de investigación. Es un viaje de descubrimiento en el que, en el primer caso, nos encargamos de nuestros sentidos para examinar las cualidades de la materia que está a nuestro alrededor, y en el otro prestamos atención a las variedades de nuestra conciencia, a obtener un conocimiento de las cualidades de la materia que constituyen nuestras susceptibilidades de pensamiento y sentimiento.”

“Esta explicación es nueva para mí”, observó Teón, “y voy a confesar, asusta mi imaginación. ¡Es materialismo puro!”

“Puede llamarlo así,” contestó Leoncia, “Pero cuando lo han llamado así, ¿entonces qué? La pregunta sigue siendo: ¿Es cierto? ¿O es falso?”

“Yo debería estar dispuesto a decir que falso, ya que confunde todas mis nociones preconcebidas de la verdad y el error, del bien y del mal.”

“Supongo que habla de verdad y error, del bien y el mal, en el sentido de correcto o incorrecto,” dijo Leoncia. “¿Usted no implica la rectitud moral o lo contrario en una cuestión de opinión?”

“Si la opinión tiene una tendencia moral o inmoral, sí”, dijo el joven.

“Una simple cuestión de hecho no puede tener tal tendencia o no debería, si somos criaturas racionales.”

“Y no la tendría, si fuéramos seres racionales”, dijo Metrodoro; “Pero como la ignorancia y la superstición que rodea nuestra infancia y juventud favorece el desarrollo de la imaginación a expensas del buen juicio, siempre nos ocupamos en acuñar quimeras en lugar de en descubrir verdades; y si alguna vez el pobre criterio hace un esfuerzo por disipar estas fantasías del cerebro, es repudiado como un intruso sacrílego en los misterios religiosos.”

“Hasta que se logre que nuestras opiniones descansen en hechos”, dijo Leoncia, “el error de nuestro joven amigo, el más peligroso de todos los errores, siendo un error de principios que involucra muchos errores, siempre deberá estar presente en el mundo. Y era porque sospechaba que esta concepción principal errónea de la naturaleza, del final y el objetivo de la ciencia que está llevando a cabo, que intenté una explicación de lo que debe ser buscado y de lo único que puede ser alcanzado. En la filosofía, es decir en el conocimiento, la investigación es todo; teoría e hipótesis son peor que nada. La verdad no es sino hechos comprobados. La verdad, entonces, es una con el conocimiento de los hechos. Reducir el tamaño de la indagación, es reducir el tamaño de los conocimientos. Y prejuzgar una opinión como verdadera o falsa porque interfiere con una abstracción preconcebida que llamamos vicio o virtud, es como si fuéramos a dibujar la imagen de un hombre que nunca habíamos visto y entonces, al verlo, fuéramos a disputar que él era el hombre en cuestión porque difiere de nuestra imagen.”

“¿Pero si esta opinión interfiere con otra, de cuya verdad nos imaginamos convencidos?”

“Entonces claramente, en una u otra estamos equivocados; y la única manera de resolver la dificultad es examinar y comparar las evidencias de ambos.”

“Pero. ¿no hay algunas verdades auto-evidentes?”

“Hay algunas que podemos llamar así. Es decir, hay algunos hechos que admitimos en la evidencia de una simple sensación; como, por ejemplo, que un todo es mayor que su parte; que dos son más de uno; opiniones que recibimos inmediatamente después del testimonio de nuestro sentido de la vista o del tacto.”

“Pero ¿no hay verdades morales de la misma naturaleza?”

“No tengo conocimiento de ninguna. La verdad moral, que descansa enteramente sobre las consecuencias comprobadas de las acciones, supone un proceso de observación y razonamiento.”

“¿Como usted llama, entonces, la creencia en una providencia que preside y una gran causa primera?”

“Una creencia que descansa en el testimonio; que será verdadera o falsa, de acuerdo a lo correcto o incorrecto de ese testimonio.”

“¿No es más bien una verdad moral evidente?”

“En mi respuesta, voy a tener que dividir su pregunta en dos. En primer lugar, no puede ser una verdad moral, ya que no se deduce de las consecuencias de la acción humana. Puede ser simplemente una verdad, es decir, un hecho. En segundo lugar, no es una verdad evidente por sí misma, ya que no es evidente para todas las mentes y frecuentemente se vuelve menos y menos evidente cuanto más se examina.”

“¿Pero no es la existencia de una primera causa o de la creación demostrada a nuestros sentidos por todo lo que vemos y oímos y sentimos?”

“La existencia de todo lo que vemos y oímos y sentimos es demostrada a nuestros sentidos; y la creencia que cedemos a esta existencia es inmediata e irresistible, es intuitivo. La existencia de la causa la creación, de la que habla, no está demostrado ante nuestros sentidos; y por lo tanto esta creencia no puede ser inmediata e irresistible. Yo prefiero la expresión “creación” en lugar de “primera” causa, porque parece presentar un significado más inteligible. Cuando haya examinado más los fenómenos de la naturaleza, va a ver que no puede existir ni una primera ni una última causa.”

“Pero tiene que haber siempre una causa, produciendo un efecto.”

“Ciertamente; y así su causa–la creación de todo lo que vemos y oímos y sentimos–debe tener una causa que la produce, de lo contrario está en la misma dificultad que antes.”

“Supongo que es un Ser inmutable y eterno, no producido, y que produce todas las cosas.”

“Inmutable puede que sea, eterno debe ser ya que cada cosa es eterna.”

“¿Cada cosa eterna?”

“Sí; es decir, los elementos que componen todas las sustancias son, hasta donde sabemos y podemos razonar, eternos e inmutables en su naturaleza; y es al parecer sólo la diferente disposición de estos átomos eternos e inmutables que produce todas las variedades en las sustancias que constituyen el gran todo material del que formamos parte. Esas partículas, cuya aglomeración peculiar o arreglo hoy llamamos un vegetal, luego pasan a formar parte de un animal por la mañana; y ese animal de nuevo, al separarse de sus átomos constituyentes para ellos aproximarse y juntarse con otros átomos, se transforma en alguna otra sustancia que presenta un nuevo conjunto de cualidades. Nuestros sentidos nos guían a esta simple exposición de los fenómenos de la naturaleza (lo cual, observará, no explica sus maravillas, porque eso es imposible, sino que sólo los observa). En el estudio de las existencias que nos rodean, claramente nos conviene utilizar nuestros ojos y no nuestra imaginación. Ver las cosas como son es todo lo que debemos intentar y es todo lo que es posible hacer. Desafortunadamente, es muy poco incluso aquí lo que podemos hacer, ya que nuestros ojos nos sirven para ver muy poco. Pero, si fueran nuestros ojos mejores, tan buenos como para permitirnos observar todos los arcanos de la materia, no podrían adquirir otro conocimiento de ellos, que el hecho que las cossas son como son; Y al saber esto, es decir, en ver todos los eslabones de la cadena de sucesos, podremos saber todo lo que incluso un ser omnisciente podría conocer. Un astrónomo traza el curso del sol alrededor de la tierra, otro imagina que de la tierra alrededor del sol. Algunas mejoras en el futuro en la ciencia nos pueden permitir determinar cual conjetura es la verdadera. Habremos comprobado un hecho que puede conducir al descubrimiento de otros hechos, y así sucesivamente. Hasta que se reciba esta visión simple y llana de la naturaleza de toda la ciencia, todos los avances que podemos hacer en ella son comparativamente como nada. Hasta que nos ocupamos en el examen, la observación y la determinación, y no en la explicación, estamos de brazos cruzados e infantilmente empleados. Con cada verdad que descubramos vamos a mezclar un millar de errores; y por cada hecho, nuestro cerebro tendrá mil fantasías. A este concepto principal erróneo del único objeto real posible de la investigación filosófica, me inclino a atribuir todos los modos y formas de superstición humana. La vaga idea de que alguna causa misteriosa no sólo precede sino que produce el efecto que contemplamos, nos hace vagar por el objeto real en busca de uno imaginario. Vemos la salida del sol en el este: en lugar de confinar nuestra curiosidad por el descubrimiento de la hora y la forma de su salida y su curso en el cielo, nos preguntamos también ¿Porqué se levanta? ¿Que hace que se mueva? Los más ignorantes conciben inmediatamente algún ser que lo estimula a través de los cielos con caballos de fuego, con ruedas de oro, mientras que el más culto nos hablan de las leyes del movimiento decretadas por un fiat todopoderoso y sostenidas por una voluntad omnipotente. Imagine la verdad de ambos supuestos: en el primer caso, hay que ver la aplicación del poder físico del conductor y los corceles seguido por el movimiento del sol, y en la otra, una voluntad omnipotente seguida por el movimiento del sol. Pero, en cualquier caso, debemos entender por qué el sol se mueve. ¿Por qué o cómo su movimiento sigue lo que llamamos el impulso del poder de propulsión o la voluntad de propulsión? Todo lo que pudimos saber entonces, más de lo que ahora sabemos, sería que la aparición del movimiento del sol fue precedida por otra ocurrencia; y si después observamos con frecuencia la misma secuencia de sucesos, serían asociados en nuestra mente como antecedente y consecuente necesarios, como causa y efecto, y se podría dar a ellos la denominación de ley de la naturaleza o cualquier otra denominación; pero ellos todavía constituyen meramente una verdad, es decir un hecho, y no necesitan de ningún otro misterio que eso para cada aparición y cada existencia.”

“Pero, de acuerdo con esta doctrina,” dijo Teón, “no habría menos razones para atribuir el arreglo hermoso del mundo material al movimiento de un caballo que a la voluntad de una mente omnipotente.”

“Si yo viera el movimiento de un caballo, seguido por el efecto del que hablas, debo creer que existe alguna relación entre ellos; y si viera el sol seguir la voluntad de una mente todopoderosa, lo mismo.”

“Pero la causa sería inadecuada para el efecto.”

“No podría serlo, si es la causa. ¿Porque, en qué constituye lo adecuado de lo que usted habla? Es evidente que sólo el contacto o la proximidad inmediata de los dos sucesos. Si cualquier secuencia de hechos puede ser más maravillosa que otra, puede parecer que es por la consecuencia para impartir grandeza al precedente, el efecto a la causa, y no por la causa impartir grandeza al efecto. Pero, en realidad, todas las secuencias son igualmente maravillosas. Que la luz siga la aparición del sol es igual de maravilloso, y no más, que si fuera a seguir la aparición de cualquier otro cuerpo. Y si la luz siguiera la apariencia de una piedra negra eso sería asombrante simplemente porque nunca se ha visto que la luz siga una apariencia semejante. Acostumbrados, como estamos ahora, a ver la luz cuando amanece, nos maravillaríamos si no llegamos a ver la luz en la mañana: pero si la luz regularmente asistiera la aparición de cualquier otro organismo, nuestro asombro ante tal secuencia, después de un tiempo, cesaría; y entonces habría que decir, como decimos ahora, hay una luz porque tal cuerpo ha aparecido; e imaginamos entonces, como nos imaginamos ahora, que nosotros entendemos porqué existe la luz.”

“De la misma manera todas las existencias son igualmente maravillosas. Un león africano no es en sí mismo más extraordinario que un caballo de Grecia; aunque todo el pueblo de Atenas se reuniría para contemplar el león y exclamar lo maravilloso que es, mientras que ningún hombre observa el caballo.”

“Es cierto, pero esto es cuestión de ignorancia.”

“Yo respondo: cierto de nuevo, pero también lo es todo asombro. Si, en efecto, lo debemos considerar en este y en todos los demás casos como simplemente una emoción de sorpresa placentera, reconociendo la presencia de un objeto novedoso, la sensación es perfectamente racional; pero si se imagina algo más intrínsecamente maravilloso en la novel existencia que en lo familiar, es entonces claramente ocioso; es decir, es el maravillarse sin-razón, irreflexivo de la ignorancia. Sólo hay una verdadera maravilla de la mente pensante: es la existencia de todas las cosas, es la existencia de la materia. Y la única base racional de esta gran maravilla es que la existencia de la materia es el último eslabón de la cadena de causa y efecto al que podemos llegar. Usted imagina un eslabón más: la existencia de un poder que crea esa materia. Mis únicas objeciones a este enlace adicional o causa sobreañadida, es que es imaginado y que deja la maravilla igual que antes; a menos que digamos que ha sobreañadido otras maravillas, ya que supone un poder, o más bien, una existencia que posee un poder, de la cual nunca vimos un ejemplo.”

“¿Cómo es eso? ¿Ni posee hasta el hombre una especie de creación de poder? ¿Y no supone que exista en la materia inerte esta misma propiedad tal y como le atribuyen otros, con más razón me parece, a una existencia superior y desconocida?”

“De ninguna manera. Ninguna existencia, que nosotros sepamos, posee el poder de crear en el sentido que supone. Ni la existencia que llamamos hombre, ni ninguna otra de las existencias comprendidas bajo los nombres genéricos de la materia, mundo físico, la naturaleza, etcétera, posee el poder de hacer existir sus propios elementos constitutivos, ni los elementos constitutivos de cualquier otra sustancia. Puede cambiar una sustancia en otra sustancia, alterando la posición de sus partículas, o mezclándolas con las demás: pero no puede hacer existir, ni puede aniquilar, esas mismas partículas. La mano del hombre hace que se acerquen las partículas de la tierra y del agua, y por su aproximación produce arcilla a la que da una forma regular, y por la aplicación de fuego produce el recipiente que llamamos un florero. Usted puede decir que la mano del hombre crea el jarrón, pero no crea la tierra, el agua o el fuego; tampoco la mezcla de estas sustancias que añade o resta a la suma de sus átomos elementales. Observe, por lo tanto, que no hay analogía entre el poder inherente a la materia de cambiar su aspecto y cualidades por un simple cambio en la posición de sus partículas, y lo que usted atribuye a una existencia invisible, que mediante una simple voluntad hace existir la materia misma con todas sus maravillosas propiedades. Nunca he visto una existencia que posea tal poder, y aunque esto no dice nada en contra de la posibilidad de tal existencia, dice todo en contra de mi creencia en ella. Y más, el poder que usted atribuye a esta existencia: el poder de por voluntad producir algo de la nada, es algo que no sólo nunca he visto, sino que no puedo concebir con distinción alguna y que me parece la más grande de todas las improbabilidades.”

“Nuestro joven amigo,” observó Metrodoro, “recientemente usó una expresión cuyo error parece estar en la raíz de su dificultad. Al hablar de la materia,” continuó, dirigiéndose a Teón, “usó el epíteto inerte. ¿Cuál es su significado? ¿Y cual materia es la que aquí designa?”

“Toda la materia sin duda es, en sí misma, inerte.”

“Toda la materia sin duda es, en sí misma, como es,” dijo Metrodoro con una sonrisa; “Y es, debo decir, viva y eficaz. Una vez más, ¿qué es la materia?”

“Todo lo que es evidente a nuestros sentidos”, respondió Teón,”y que se opone a la mente.”

“Toda la materia que está desprovista de mente es por lo tanto inerte. Entonces, ¿qué entiende usted por la mente?”

“Concibo algún error en mi definición,” dijo Teón, sonriendo. “Si dijera que es pensamiento, me va a preguntar si toda existencia desprovista de pensamiento es inerte, o si toda existencia que poseee vida, posee el pensamiento.”

“Lo debí haber preguntado. Yo considero la mente o pensamiento como una cualidad de la materia que constituye la existencia que llamamos un hombre, cuya calidad encontramos en mayor o menor grado en otras existencias; Muchos, tal vez todos los animales, la poseen. La vida es otra cualidad o combinación de cualidades de la materia, inherentes a no sabemos cuántas existencias. La encontramos en las verduras; podríamos percibirla incluso en las piedras si pudiéramos ver a su formación, crecimiento y decadencia. Podemos llamar vida a este principio activo que impregna los elementos de todas las cosas, que aproxima y separa las partículas que componen el mundo siempre cambiante, y sin embargo perdurable. Hasta que descubra alguna sustancia que no sufre ningún cambio, no se puede hablar de la materia inerte: sólo puede serlo relativamente, es decir en comparación con otras sustancias.”

“El clasificar pensamiento y vida entre las cualidades de la materia es nuevo para mí.”

“Lo que está en una sustancia no puede ser separado de ella. ¿Y no está toda materia compuesta de cualidades? Dureza, extensión, forma, color, movimiento, resto: quite todos estos, ¿y donde está la materia? Concebir una mente independiente de la materia, es como concebir de color independiente de una sustancia de color: ¿Cuál es la forma, si no un cuerpo de una forma particular? ¿Qué es lo que piensa, si no algo pensante? Destruya la sustancia y destruye sus propiedades; y así por igual, destruya las propiedades, y se destruye la sustancia. Suponer la posibilidad de retener el uno sin el otro, es un absurdo evidente.”

“El error de concebir una calidad en lo abstracto a menudo me ofendía en el Liceo”, regresó el joven, “pero nunca he considerado que el error se extienda a la mente y la vida, más que al vicio y la virtud.”

“Omitió muchos otros”, dijo Leoncia. “De hecho, es sorprendente la cantidad de mentes agudas que aplican un proceso de razonamiento lógico en un caso e invierten el proceso en otro exactamente igual.”

“Para volver, y si se quiere, para concluir nuestra discusión,” dijo Metrodoro: “Voy a observar que no se pueden hacer avances reales en la filosofía de la mente sin un profundo escrutinio de las operaciones de la naturaleza o existencias materiales. Ya que la mente es sólo una cualidad de la materia, el estudio que llamamos la filosofía de la mente es necesariamente sólo una rama de la física en general, o el estudio de una parte en particular de la filosofía de la materia.”*

“Estoy en deuda con su paciencia”, dijo el joven, “y de buena gana no la aprovecharé más. Me limitaré en la actualidad, sin embargo, a una observación. La vista general de las cosas que presenta usted a mi mente, cuya sencillez confieso que es aún más fascinante que su novedad, es evidentemente desfavorable a la religión, y de ser así, desfavorable a la virtud.”

“Usted tendrá una oportunidad hoy”, dijo Leoncia, “para examinar esta importante cuestión en detalle. A petición de algunos de nuestros jóvenes, el maestro mismo va a dar sus puntos de vista sobre el tema.”

“Yo soy todo curiosidad,” dijo Teón. “Otros profesores han ordenado mi respeto, inflamado mi imaginación, y creo a menudo controlado mi razón. El hijo de Neocles me inspira amor y gana mi confianza al animarme a ejercer mi propio juicio en la exploración de sus argumentos y el examen de las bases de sus propias opiniones. Con tal maestro y en tal escuela, siento que la sospecha está totalmente fuera de lugar; y ahora voy a empezar en el camino de la investigación, sólo ansioso por descubrir la verdad y dispuesto a desprenderme de toda opinión errónea en el momento en que se demuestre que es errónea.”

NOTA DEL TRADUCTOR.** – ¡De que hermosa manera los descubrimientos modernos de la química y la filosofía de la naturaleza y el análisis preciso de la mente humana – ciencias desconocidas para el mundo antiguo – han fundamentado los principales principios de la ética y la física epicúrea: la única escuela antigua de ambas que de verdad merece el nombre.

¿A qué nos llevan todos nuestros inventos ingeniosos y artefactos para el análisis de las sustancias materiales, sino a los átomos de Epicuro? ¿A qué nos llevan nuestra observación precisa de la descomposición de las sustancias, y su detención, y el peso de sus elementos más sutiles e invisibles, sino a la naturaleza eterna e inmutable de esos átomos? En el curso de nuestro examen, hemos sobreañadido a las maravillosas cualidades de la materia con la que estábamos familiarizados, aquellos que llamamos atracción, repulsión, electricidad, magnetismo, etc. ¡Cómo se multiplican estos descubrimientos y magnifican los poderes de vida inherentes a los elementos simples de todas las existencias, señalando nuestra admiración a la sagacidad de ese intelecto que hace 2.000 años se inició en el verdadero camino de la investigación; mientras que, en el día de hoy, miles de maestros y millones de eruditos están tropezando en los caminos de error!

Si miramos nuestra filosofía mental, a qué ha llevado nuestro escrutinio sino a los principios rectores de la ética epicúrea. En el placer, la utilidad, propiedad de la acción humana, sea cual sea la palabra que empleamos, el significado es el mismo: en las consecuencias de las acciones humanas, es decir, en su tendencia a promover nuestro bien o nuestro mal, debemos encontrar siempre el única prueba de su mérito intrínseco o demérito.

Puede parecer extraño que, mientras que la verdad de los principales principios de la filosofía epicúrea ha sido durante mucho tiempo admitida por todos los razonadores sobrios, el abuso de la escuela y de su fundador continúa hasta nuestros días: este poder parecería extraño e incomprensible, si no encotráramos en todos los temas el mismo cobarde temor modesto de confrontar de manera abierta y honesta los prejuicios de los hombres. Los maestros, conscientes de la ignorancia de aquellos a quienes enseñan, desarrollan sus doctrinas en lenguaje inteligible sólo a unos pocos; o cuando se aventuran a una exposición más clara de la verdad, se protegen de oprobio haciendo eco a la censura vulgar contra aquellos que han enseñado la misma verdad, con más explicitud, delante de ellos. La mayoría, incluso de lo que se llama el mundo educado, no sabe nada de los principios que condenan o de los personajes que abusan. Es fácil, por tanto, al unirse en el abuso contra uno, fomentar la creencia de que no podemos estar defendiendo lo otro. Este deseo estar bien con los sabios sin incurrir en la enemistad de los ignorantes puede ser apto para el objetivo de aquellos que adquieren el conocimiento sólo para ostentarlo, o para la satisfacción de la mera curiosidad. Pero los que tienen el objetivo más noble y más alto de avanzar la mente humana en el descubrimiento de la verdad, deben soportar la prueba por igual de la censura y alabanza. Que esos labios y lápices empleen la equivocación, u otro artificio, para desviar la ira de la ignorancia, es degradante para ellos mismos y mortificante para sus admiradores. El fenecido maestro amable e ilustrado, Thomas Brown, de Edimburgo, cuya magistral exposición de verdades antiguas y nuevas, y exposición de errores modernos y antiguos, han avanzado tanto la ciencia que profesaba, peca aún de esta debilidad. Después de inculcar los principios rectores de la filosofía epicúrea y basar en esos principios la totalidad de su hermoso sistema, condesciende a calmar los prejuicios que todos sus argumentos habían tendido a arrancar de raíz, censurando la escuela cuyas doctrinas había tomado prestadas y enseñado. Podríamos decir: ¡qué indigno de una mente así! Pero vamos a decir: ¡Cuan lamentable que una mente así no lleva en sí la convicción de que todas las verdades son importantes para todos los hombres; y que emplear el engaño con los ignorantes es derrotar nuestro propio fin que es, seguramente, no abrirle los ojos a los que ya ven sino iluminar a los ciegos!

 Capítulo 16

* Aquí Metrodoro hace un llamado al estudio de la neurociencia.

** Esta “nota del traductor” fue colocada por la autora misma como parte de su licencia literaria. Recordemos que la obra fictícea, en su portada, dice haber sido encontrada en Herculáneo.

Varios días en Atenas – Capítulo 14

Cuestionando las opiniones sagradas

Pensamientos inquietos criaban sueños inquietos, y Teón se levantó de un inquieto sofá antes de que los primeros rayos de la aurora teñieran la frente del cielo. Pisó los senderos del jardín y esperó la aparición del Maestro con impaciencia, por primera vez, con mezcla de aprehensión. Las afirmaciones de Cleantes eran corroboradas por el testimonio de la opinión pública; pero ese testimonio lo había aprendido a despreciar. Fue formado después de una lectura superficial de los escritos de Epicuro; escritos que aún desconocía. ¿Habán sido mal interpretados? Cleantes no era un Timócrates. Si es cierto que tenía prejuicios, al menos era incapaz de mal representar a propósito; y estaba demasiado familiarizado con la ciencia de la filosofía como para tan groseramente malinterpretar un razonador tan lúcido como parece ser Epicuro. Estas reflexiones pronto fueron interrumpidas. La estrella de la mañana todavía brillaba al este cuando oyó pasos que se acercaban, y pasando de las sombras a un pequeño jardín abierto en el que una fuente cristalina fluía de la urna invertida de una náyade reclinada, fue recibido por el sabio.

“Oh, no”, exclamó Teón medio audible mientras miraba el rostro sereno delante de él, “este hombre no es un ateo.”

“¿Qué pensamientos están con usted, mi hijo, esta mañana?”, dijo el filósofo, con gentil solicitud. “Dudo que su caída en Iliso perturbe sus sueños. ¿La imagen de una bella ninfa o de un Dios río revolotean alrededor de su sofá y echan el sueño de sus párpados?”

“Yo estaba en peligro de lo primero”, dijo el joven, medio sonriendo, medio ruborizado, “hasta que un visitante de un carácter diferente, uno que me imagino está más acostumbrado a calmar que a perturbar la mente, trajo a mi imaginación una serie de dudas y temores que su sola presencia ha disipado.”

“¿Y quien jugó la parte de su íncubo?”, exigió el sabio.

“Usted mismo, el más benigno e indulgente de los hombres.”

“En verdad, me duele haber actuado tan mal con usted, mi hijo. Pero estará bien, porque el causante de la enfermedad es también su médico.”

“Al salir de aquí ayer por la noche,” dijo Teón, “me encontré con Cleantes. Él venía de leer sus escritos y presentó cargos contra ellos que yo no estaba preparado para responder.”

“Vamos a escucharlos, mi hijo; tal vez, hasta que los haya leído detenidamente usted mismo, podemos ayudar en su dificultad.”

“En primer lugar, que niegan la existencia de los dioses.”

“Veo solo una afirmación de que podría ser igual que esa en locura”, dijo Epicuro.

“Lo sabía,” exclamó Teón triunfante; “Yo sabía que era imposible. ¡Pero hasta donde no llega el prejuicio de los hombres, cuando incluso el recto Cleantes es capaz de calumnia!”

“Él es completamente incapaz de ello”, dijo el maestro; “Y el error en este caso, sospecho, descansa mas con usted que con él. Negar la existencia de los dioses de hecho sería presunción en un filósofo; una presunción sólo igualada por la de aquel que afirma su existencia.”

“¡Cómo!” exclamó el joven, con un rostro en el que el asombro parecía suspender toda otra expresión.

“Como nunca vi a los dioses, mi hijo,” con calma continuó el sabio, “No puedo afirmar su existencia; pero que nunca los haya visto, no es razón para negarlos.”

“Pero ¿creemos nada excepto aquello de lo que tenemos demostración ocular?”

“Nada, al menos, de lo que no tenemos la evidencia de uno o más de nuestros sentidos; es decir, cuando creemos por justa causa, lo cual reconozco es muy raro, tomando en conjunto los hombres.”

“Pero, ¿a dónde nos llevaría este espíritu? ¡A la impiedad! ¡Al ateísmo! ¡A todo aquello contra lo que me sentía confiado de defender el carácter y la filosofía de Epicuro!”

“Examinaremos ahora, mi hijo, el significado de los términos que ha empleado. Pero en cuanto a su defensa de mi filosofía, lamento que usted presumía mucho donde sabía poco. Que esto sirva como otra precaución contra pronunciar antes de examinar y afirmar antes de preguntar. Es mi costumbre habitual,” continuó el maestro, “con los jóvenes que frecuentan mi escuela, aplazar la discusión de todas las cuestiones importantes hasta que naturalmente, en el curso de los acontecimientos, sea sugerido en sus propias mentes. Una vez excitada su curiosidad, a mi me toca el esfuerzo para satisfacerla. La primera vez que entró en el jardín su mente no era apta para examinar el tema que ahora ha comenzado: ya no es así, por lo tanto vamos a entrar en la consulta.”

“Perdóname si expreso, si reconozco”, dijo el joven, retrocediendo un poco de su instructor, “cierta renuencia a entrar en la discusión de las verdades, cuya discusión misma parecería argumentar a favor de dudas y …”

“¿Y entonces qué?”

“Esas mismas dudas son un crimen.”

“Es allí donde yo quería llevarle; y con el examen de este punto vamos a descansar hasta que el tiempo y las circunstancias conduzcan a empujar la investigación más lejos. Tengo en mí poco del espíritu de proselitismo. Una mera opinión abstracta, suponiendo que no afecta a la conducta o disposición de quien la sostiene, tendría en mis ojos muy poca importancia. Y es sólo en la medida en que creo que todas nuestras opiniones, por mas que estén aparentemente removidas de consecuencias prácticas, siempre más o menos afectan nuestra conducta o nuestra disposición, que me esfuerzo por corregir a mi estudiantes que me parecen en error. Entiendo que diga que entrar en la discusión de ciertas opiniones que usted considera como verdades sagradas parecería argumentar duda de esas verdades, y que la duda aquí constituiría un crimen. Ahora, considero su opinión inconsistente con la franqueza y la caridad, dos sentimientos indispensables tanto para el disfrute de la felicidad en nosotros mismos como para su distribución a otros, voy a impugnar su investigación. Si la duda de cualquier verdad constituye un delito, entonces la creencia de la misma verdad debería ser una virtud.”

“Tal vez preferiría expresarlo como un deber.”

“Cuando acusa la negligencia de cualquier deber como un delito, o designa su cumplimiento como una virtud, supone la existencia de un poder para negligir o cumplir; y es el ejercicio de esta facultad, de una manera u otra, lo que constituye el mérito o demérito. ¿No es así?”

“Por supuesto.”

“¿La mente humana posee el poder de creer o no creer, como le plazca, cualquier verdad en absoluto?”

“Yo no estoy preparado a contestar: pero creo que sí, ya que posee siempre la facultad de investigación.”

“Pero, posiblemente no posee la voluntad de ejercer ese poder. Tenga cuidado, no sea que yo le gane con sus propias armas. Pensé que esta misma investigación le parecía un crimen.”

“Su lógica es demasiado sutil,” dijo el joven, “para mi falta de experiencia.”

“Diga más bien que mi razonamiento es demasiado conclusivo. Si le azotara con palabras finas y autoridades de peso y confundiera su entendimiento con distinciones demasiado específicas, estaría en lo correcto al retirarse del golpazo.”

“No tengo nada que objetar a la imparcialidad de sus deducciones”, dijo Teón, “¿Pero no sería una doctrina peligrosa si establece nuestra incapacidad para ayudar a nuestra creencia; y no podríamos estirar el principio hasta que afirmemos nuestra incapacidad para ayudar a nuestras acciones?”

“Podríamos, y con razón. Pero ahora no vamos a cruzar el pons asinorum* de la necesidad, la más simple y evidente de las verdades morales y la más oscura, torturada y elaborada por los maestros morales. Usted pregunta si la doctrina que hemos tratado de establecer no es peligrosa. Yo respondo: No, si es verdad. Nada es tan peligroso como el error, nada tan seguro como la verdad. Una verdad peligrosa sería una contradicción en términos y una anomalía en las cosas.”

“¿Pero que es una verdad?” dijo Teón.

“Pregunta pertinente. Una verdad considero que es un hecho comprobado; que sería cambiada por un error en el momento en que los hechos sobre los cuales resta sean desmentidos.”

“Ya veo, entonces, no hay base fija de la verdad.”

“Seguramente tiene la más fija de todas: la naturaleza de las cosas. Y es sólo cuando se tiene una idea imperfecta de la naturaleza, que surgen todas nuestras conclusiones erróneas ya sea en la física o la moral.”

“Pero, ¿dónde, si descartamos a los dioses y su voluntad, como esculpida en nuestros corazones, están nuestros guías en la búsqueda de la verdad?”

“Nuestros sentidos, y nuestras facultades segú se desarrollan en y por el ejercicio de nuestros sentidos, son las únicas guías que yo conozco. Y yo no veo por qué, aún admitiendo la creencia en los dioses y en una providencia superintendente, los sentidos no deben ser vistos como guías proveídos por ellos para nuestra dirección e instrucción. Pero he aquí el encargado del mal en una creencia sin fundamento, cualquiera que sea su naturaleza. En el momento en que tomamos algo por dado, tomamos otras cosas por dadas: hemos empezado a andar en un camino equivocado y es raro que podemos ganar el camino recto, hasta que pisemos de nuevo sobre nuestros pasos hasta el lugar de partida. Solo se de una cosa que un filósofo debe dar por establecida, y sólo porque se ve obligado a ello por un impulso irresistible de su naturaleza y porque, si no lo hace, ni la verdad ni la falsedad podrán existir para él. Él debe dar por sentada la evidencia de sus sentidos; en otras palabras, debe creer en la existencia de las cosas tal como existen para sus sentidos. No conozco ninguna otra existencia, y por lo tanto no puedo creer en ninguna otra: aunque, razonando por analogía, puedo imaginar otras existencias. Esto es lo que hago, por ejemplo, con respecto a los dioses. Veo a mi alrededor, en el mundo que habito, una variedad infinita en la disposición de la materia; una multitud de seres sensibles, que poseen diferentes tipos y diferentes grados de poder e inteligencia, desde el gusano que se arrastra en el polvo, al águila que se eleva hacia el sol y el hombre que señala el curso del sol. Es posible, además probable, que en los mundos que yo no veo, en la infinitud sin límites y la duración eterna de la materia, puedan existir seres de variedad incontable y varios grados de inteligencia inferior y superior a la nuestra hasta descender a lo mínimo y elevarse a lo máximo, a la que la gama de nuestra observación no ofrece paralelo y que nuestros sentidos son inadecuados para la concepción. Hasta ahora, mi joven amigo, creo en los dioses o en lo que sea que se pueda imaginar de las existencias retiradas de la esfera de mi conocimiento. Que usted deba creer positivamente en una u otra existencia invisible, no me parece ningún delito, aunque me puede parecer no razonable: y así, mi duda de la misma tampoco debería parecerle a usted ser una ofensa moral, aunque es posible que sea errónea. Temo fatigar su atención y por lo tanto desestimaré por el momento estos temas abstrusos.

Pero ambos seremos ampliamente recompensados al discutirlos, si esta verdad permanece con usted: que una opinión, correcta o errada, no puede constituir una ofensa moral ni ser en sí misma una obligación moral. Puede estar confundida, implicar un absurdo o una contradicción. Es una verdad, o es un error: nunca puede ser un delito o una virtud.”

 Capítulo 15

* pons asinorum = puente de los asnos, término latín que implica una prueba o examen de conocimiento