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Los Pergaminos de Filodemo

Por fin se han hecho disponibles las traducciones al castellano de mis notas sobre los pergaminos de Filodemo de Gadara, quien vivió y enseñó filosofía epicúrea a los romanos del Siglo Primero en Herculano. La gran ironía es que estas obras sobrevivieron la destrucción que llevaron a cabo los cristianos del legado antiguo gracias a la erupción del volcán que hundió en cenizas a Pompeya y Herculano en el año 79 de la Era Común. Estas obras no están disponibles en español, son muy difíciles de conseguir, y mis notas representan el único esfuerzo presente a hacer esta sabiduría disponible al mundo hispano-hablante. También forman parte de mi traducción del Epítome: Escrituras Epicúreas.

La mejor y mas importante obra, en mi estima, es el pergamino Sobre la muerte, que cataloga todas las repercusiones éticas relacionadas a la doctrina naturalista epicúrea concerniente a la muerte.

Otra joya literaria es el pergamino Del arte de administrar propiedad, que contiene las enseñanzas mas completes que nos han sobrevivido sobre la práctica de la autarquía (auto-suficiencia y auto-gobierno) según las doctrinas epicúreas–con el fin de asegurar una vida de ataraxia y placer.

De los métodos de inferencia es la única obra epicúrea sobre lógica que sobrevivió, y elabora los métodos válidos de inferir sobre lo no-evidente en base a aquello de lo que ya tenemos evidencia–considerando que nuestro sistema está enteramente basado en el estudio empírico de la naturaleza. Así, todo nuestro pensamiento será conforme a la naturaleza.

Finalmente, la única obra que incluyo que no es de Filodemo es Desprecio irracional, del tercer escolarca Polístrato, en la cual presenta una defensa del realismo moral basado en la idea de que el placer y la aversión son propiedades secundarias o relacionales de los cuerpos–lo cual conecta la moralidad con ideas de la física explicadas originalmente en la Epístola de Epicuro a Heródoto. Favor de disfrutar de este legado intelectual y compartir.

Razonamientos sobre el pergamino “Del arte de administrar propiedad”

Razonamientos sobre el pergamino “De la crítica franca”

Razonamientos sobre el pergamino “De la piedad”

Razonamientos sobre “De la muerte”

Razonamientos sobre el pergamino “De los métodos de inferencia”

Razonamientos sobre el pergamino “Retórica”

Razonamientos sobre el pergamino “De la cólera”

Razonamientos sobre el pergamino “De las opciones y omisiones”

Razonamientos sobre “Desprecio Irracional” de Polístrato

Lea el Epítome: Escrituras Epicúreas

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Epístola de Epicuro a Meneceo

La siguiente obra es parte de Epítome: Escrituras Epicúreas.

1. Que ninguno por ser joven vacile en filosofar, ni por llegar a la vejez se canse de filosofar1. 2. Pues no hay nadie demasiado prematuro ni demasiado retrasado en lo que concierne a la salud de su alma. 2. El que dice que el tiempo de filosofar no le ha llegado o ya ha pasado es semejante al que dice que todavía no le ha llegado o que ya ha pasado el tiempo para la felicidad. 3. Así que deben filosofar tanto el joven como el viejo; éste para que, en su vejez, se sienta joven en los bienes por la alegría de lo vivido; aquél, para que sea joven y viejo al mismo tiempo por su intrepidez frente al futuro. 4. Es, pues, preciso que nos ejercitemos en aquello que produce la felicidad, si es cierto que, cuando la poseemos, lo tenemos todo y cuando nos falta, lo hacemos todo por tenerla.

5. Practica y ejercita todos los principios que continuamente te he recomendado, teniendo en cuenta que son los elementos de la vida feliz. 6. Primeramente, considera a la divinidad como un ser incorruptible y dichoso, tal y como la naturaleza ha grabado en la mentes humanas, y no le atribuyas nada ajeno a su incorruptibilidad ni a su dicha. 7. Cree que la divinidad posee todo lo necesario para preservar su naturaleza dichosa. 8. Porque los dioses, desde luego, existen: el conocimiento que tenemos de ellos es claro y evidente2. 9. Pero no son como los considera la gente, que mantiene creencias impuras de ellos. 10. No es impío el que desecha los dioses de la gente, sino quien atribuye a los dioses las opiniones de la gente.

11. Pues no son preconcepciones otorgadas por la naturaleza, sino vanas presunciones los juicios de la gente sobre los dioses, como la idea de que los dioses envían infortunio a los malos y bendiciones a los buenos. 12. Falsas opiniones como estas surgen porque los humanos imaginan a los dioses como si tuvieran cualidades humanas y no comprenden que las deidades poseen virtudes distintas a las suyas.

13. Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada para nosotros, puesto que todo bien y todo mal están en la sensación y la muerte es pérdida de sensación3. 14. Por ello, el recto conocimiento de que la muerte no es nada para nosotros hace amable nuestra vida mortal, no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque suprime el anhelo de inmortalidad.

15. Nada hay terrible en la vida para quien está realmente persuadido de que tampoco se encuentra nada terrible en el no vivir. 16. De manera que es un necio el que dice que teme la muerte, no porque haga sufrir al presentarse, sino porque hace sufrir en su espera: en efecto, es absurdo que nos haga sufrir en su espera lo que no inquieta cuando está presente. 17. Así pues, el más estremecedor de los males, la muerte, no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, nosotros no somos. 18. Entonces, no existe ni para los vivos ni para los muertos, porque para los vivos todavía la muerte no existe y los muertos ya no existen.

19. Pero la gente huye de la muerte como del mayor de los males, y la reclama otras veces como descanso de los males de su vida. 20. El sabio, en cambio, ni rechaza el vivir ni teme el no vivir; ya que el vivir es una oportunidad para la felicidad y no cree que es un mal el no vivir. 21. Y así como no elige el alimento más abundante, sino el más agradable, así también goza del tiempo más agradable y no del más duradero. 22. El que exhorta al joven a vivir bien y al viejo a morir bien, es un necio, no sólo por lo grato de la vida, sino porque el arte de vivir bien y el de morir bien es el mismo.

23. Y mucho peor el que dice que es mejor no haber nacido, pero que una vez se ha nacido, es mejor atravesar cuanto antes las puertas de la muerte. 24. Si está convencido de esto, ¿por qué no abandona la vida? A su alcance está el hacerlo, si es que lo cree en realidad. Y si bromea, es un necio en asuntos que no admiten necedad.

25. En cuanto a como vivir la vida, hemos de recordar que el futuro no es enteramente nuestro, pero tampoco es enteramente no nuestro. 26. Es decir, no esperemos que venga con certeza, ni desesperemos con certeza pensando que nunca llegará.

27. Consideremos que, de los deseos, unos son naturales y otros vanos y vacíos. 28. De los deseos naturales, unos son necesarios y otros no. 29. Y de los deseos necesarios, unos son necesarios para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo, otros para la vida misma.

30. Quien tiene un entendimiento correcto de esto sabe como llevar a cabo elecciones y omisiones referiéndose a la salud del cuerpo y a la imperturbabilidad del alma, ya que ésta es la meta de una vida feliz. 31. Es para vivir felices que lo hacemos todo; para no sufrir ni sentir temor. 32. Apenas lo hemos conseguido, toda tempestad del alma desvanece porque no necesitamos ir en busca de algo que nos falta, ni buscar otra cosa con la que completar el bien del alma y del cuerpo.

33. Verás, cuando nos falta placer y sufrimos, necesitamos el placer, pero cuando no sufrimos la vida nos regala placer en suficiencia. 34. Y por esto decimos que el placer es el alfa y omega de la vida feliz, porque lo hemos reconocido como el primer bien congénito. 35. Es el punto de partida del cual comenzamos toda elección y rechazo. 36. Hacia esta meta de vivir felices retornamos una y otra vez porque juzgamos todo bien en base a la felicidad como regla.

37. Pero ya que la felicidad es el bien primero e innato, por eso mismo no escogemos todos los placeres sino que a veces renunciamos a ciertos placeres, cuando de ellos surgen dificultades mayores. 38. Del mismo modo, creemos que ciertos dolores son preferibles a ciertos placeres si, tras soportar tales dolores conseguimos un placer mayor4. 39. Todo placer es por naturaleza innata un bien, pero no todos los placeres son dignos de ser escogidos. 40. De la misma forma, todo dolor es un mal, pero no todos deben evitarse. 41. Conviene medir y razonar si los resultados finales son útiles o inútiles para producir una vida placentera. 42. Pues determinamos algunas veces que lo que parece ser un bien resulta ser un mal y que lo que parece ser un mal resulta ser un bien.

43. También consideramos la autosuficiencia como un gran bien, no para que siempre tengamos pocas cosas sino para que, cuando no tengamos mucho, nos contentemos con poco. 44. Esto se debe a que estamos sinceramente convencidos de que quienes menos necesitan los lujos son los que mejor saben disfrutar de la abundancia cuando la tienen.

45. También creemos que la naturaleza ha dispuesto que todo lo necesario para la vida sea fácil de obtener y que aquellas cosas que son vanas e inútiles sean difíciles de alcanzar. 46. Los alimentos frugales proporcionan el mismo placer que una comida extravagante, cuando ambos alejan todo dolor y todo deseo. 47. Pan y agua proporcionan el más elevado placer cuando los come quien tiene gran necesidad. 48. El acostumbrarse a las comidas sencillas y frugales es bueno para la salud y nos ayuda a no titubear en las ocupaciones necesarias de la vida. 49. Y cuando en ciertas ocasiones nos encontramos con comida lujosa, esta actitud nos hace mejor dispuestos al lujo, ya que permanecemos imperturbables ante la posibilidad de que luego la perdamos.

50. Así, cuando decimos que el placer es fin, no hablamos de los placeres del los corruptos o de los que se encuentran en el goce sensual, como piensan algunos que son ignorantes o que están en desacuerdo con nosotros, o que nos interpretan mal a propósito. 51. Mas bien, cuando hablamos del placer o la felicidad como el fin, hablamos de tener el cuerpo libre de dolor y tener el alma libre de perturbación; pues no son ni las bebidas ni los banquetes continuos, ni el goce de muchachos y doncellas, ni festines de pescados y de mesas lujosas los que producen una vida placentera. 52. A cambio, la vida placentera consiste en la sobria contemplación5, por medio de la cual se calcula toda elección y omisión y se destierran las falsas creencias de las cuales surgen la mayor parte de las perturbaciones que confunden las almas.

53. De todo esto, el comienzo y el mayor de los bienes es la prudencia. 54. Más preciosa incluso que la filosofía es la prudencia, de la que nacen todas las demás virtudes. 55. La prudencia nos enseña que no es posible vivir placenteramente sin vivir prudente, honesta y justamente, y que no se puede vivir prudente, honesta y justamente, sin vivir placenteramente. 56. Ya que estas virtudes son por naturaleza inseparables de una vida feliz, y el vivir feliz es inseparable de éstas.

57. Al considerar esto, ¿quién puede ser considerado un mejor ser humano que quien tiene creencias sanas sobre los dioses, quien carece por completo de temor a la muerte, quien contempla con claridad el fin y los límites establecidos por la naturaleza, y quien entiende que la naturaleza ha hecho que los bienes mayores sean fáciles de alcanzar, mientras que los males tienen poca duración o poca intensidad?

58. El sabio se ríe de la Fortuna, que algunos toman por señora de todas las cosas, porque entiende que algunas cosas suceden por necesidad, otras por azar y otras por obra nuestra. 59. Ya que ve que la necesidad es irresponsable y el azar inestable. 60. Pero nuestras acciones son autónomas y libres, y es a ellas que corresponden naturalmente la censura y la alabanza6.

61. Sería mejor adherirse a los mitos sobre los dioses que vivir bajo el yugo de la Fortuna o la necesidad, como proponen los filósofos naturales7. 62. Al menos las fábulas que se cuentan sobre los dioses otorgan la esperanza de que podamos evitar la furia de los dioses por medio del culto, pero la predestinación de los naturalistas es sorda a toda súplica y no ofrece escape a la necesidad inexorable ni esperanza de control sobre nuestras vidas.

63. El sabio no considera a Fortuna como una diosa, como la considera la gente, ya que el sabio entiende que la divinidad no lleva a cabo nada al azar. 64. Tampoco la considera como una causa incierta, ya que no cree que los dioses dan actos afortunados o desafortunados a los hombres al azar para hacerlos felices o infelices. 65. El sabio entiende que de la Fortuna surgen grandes bienes, pero también grandes males, y por lo tanto considera que es mejor ser desdichado con sensatez que afortunado con insensatez. 66. Es mejor que la acción instigada por el buen juicio no tenga que deber su éxito a la ayuda de fortuna.

67. Ejercítate en estos pensamientos y los análogos día y noche, sea a solas o con alguno semejante a ti. 68. Así nunca serás perturbado, estés despierto o dormido, sino que vivirás como un dios entre los hombres. 69. Ya que el ser humano pierde toda semblanza mortal al vivir en medio de bendiciones inmortales.

Notas:

1. La tradición epistolar del Nuevo Testamento bíblico fue inspirada por una tradición de escribir epístolas didácticas que prevalecía desde hacía siglos entre los epicúreos del mundo griego. Estas epístolas eran leídas de manera pública y usadas en la enseñanza de la filosofía. La Epístola a Meneceo es la mas celebrada, ya que contiene todos los consejos elementales del maestro sobre la ética en un corto resumen dirigido a uno de sus discípulos. Esta es la Edición Amigos de Epicuro de la epístola, escrita en idioma español claro y organizada en versos enumerados para que sea fácil la referencia y el estudio.

2. Epicuro era un creyente en Zeus, Atenea y los demás dioses de la polis. Hay muchas personas a las que les extraña esto y le han acusado de haber sido ateo de armario. Es cierto que era peligroso ser ateo en aquellos tiempos y que había razón para proteger la ataraxia permaneciendo en el armario. Sócrates había sido ejecutado por blasfemar contra los dioses y el mismo Epicuro había sido expulsado de Mitilene por los platonistas con amenazas de acusarlo de lo mismo, ya que su doctrina materialista no parecía permitir lugar para los dioses. Sin embargo, debemos ser cautelosos en asumir que Epicuro no era sincero en su piedad, ya que su teología parece permitir la existencia de seres suprahumanos, aunque residan en otros planetas y no se conciernan en lo absoluto con los mortales, no respondan a nuestras oraciones ni necesiten nuestra adoración. Tanto Epicuro como Metrodoro y, mas tarde, Filodemo dedicaron largos pergaminos a la defensa de un concepto naturalista de los dioses y a los beneficios terapéuticos y el placer que producen los actos piadosos.

De igual modo, Thomas Jefferson defiende el dios del deismo cristiano de la Iglesia Unitaria (que tampoco interviene en la naturaleza, sino que permanece en perfecto gozo imperturbable) de lo que el denominó “le herejía del inmaterialismo” de los cristianos tradicionales. A veces da la impresión que Jefferson sincretiza este Dios puramente inmanente, naturalista y cristiano-epicúreo con la Naturaleza misma y parece adoptar un tipo de panteísmo. Hay cierto mérito en esta postura. Tanto el maestro Jesús como Epicuro usaron enseñanzas derivadas de observar la naturaleza para tratar terapéuticamente los miedos existenciales mas universales: en los evangelios, Jesús dice que el mismo Dios que se entretiene con alimentar a diario a las aves no dejaría hambrientos a sus hijos ni los abandonaría. En Epicuro, es mas bien la Naturaleza, por medio de la selección natural, la que nos ha dado (a nosotros y a las aves) exactamente los instintos y medios necesarios para sobrevivir en nuestro medio ambiente. En ambos casos, la intención es la misma que enseñan las Cuatro Curas epicúreas.

Es solo en tiempos modernos que la postura atea se ha vuelto prominente entre los epicúreos y se ha abandonado la necesidad de sincretizar a la Naturaleza con la deidad.

3. Aparte de esta consolación para la muerte enraizada en el concepto hedonista basado en las sensaciones que solo podemos sentir mientras vivimos, existen otras consolaciones en nuestra tradición para la muerte en la obra de Lucrecio Sobre la naturaleza de las cosas. El argumento de la simetría compara el tiempo luego de la muerte con el tiempo antes de nacer, del cual nada sabemos. Debido a que nada recordamos de este tiempo, no hace sentido perder la paz preocupándonos por la vida venidera. El argumento del sueño compara la muerte con el sueño, durante el cual estamos inconcientes, excepto que es interminable. Tampoco hace sentido perder la paz por miedo a dormir.

4. La meta del calculo hedónico es el placer neto. El epicúreo es un buscador racional de la felicidad. Ama la vida y el placer y no es fanático de la abnegación ni del sacrificio. Solo se sacrifica cuando estima que de sus esfuerzos surgen beneficios para el y para sus seres queridos que incrementan, a largo plazo, la felicidad. Nuestra tradición al final siempre afirma la vida y las cosas que hacen que valga la pena vivir.

5. La intención de este pasaje es evitar que se confunda el hedonismo racional con corrupción o con lujo, aunque el lujo si viene se debe disfrutar. La intención no es proponer una vida de ascetismo ni una vida impráctica como un monge en contemplación, como pretenden hacer ver a veces (de modo bien intencionado, pero equivocado) algunos intérpretes estoicos. Epicuro abogaba por la moderación y criticaba tanto los excesos de la corrupción como los excesos de la vida simple y frugal, ya que ambos producen perturbaciones.

6. “El sabio se ríe” podría ser una alusión al padre del atomismo y de la ciencia moderna Demócrito, quien fue maestro de Nausífanes, quien fue maestro de Epicuro. Era llamado el filósofo risueño porque siempre se estaba riendo de las locuras de los hombres, y por lo tanto es el iniciador del linaje de los filósofos risueños, que son sabios de temperamento científico que critican y se mofan las autoridades tradicionales y la superstición común.

7. Los epicúreos eran acérrimos críticos de la doctrina del determinismo que adoptaron los estoicos y los atomistas pre-epicúreos. Esta doctrina negaba la autonomía y libertad del hombre y la mujer, haciendo del ser humano una marioneta de la naturaleza. En términos prácticos, hizo que muchos filósofos estoicos, platonistas y de otras tradiciones se refugiaran con frecuencia en los oráculos, la astrología y otras formas de superstición degradante y que abandonaran responsabilidad por sus destinos, elecciones y omisiones, aceptando la abnegación y resignación como virtudes y consolaciones legítimas superiores a la autonomía, genio y creatividad humanos.

Versión de Epítome: Escrituras Epicúreas

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Razonamientos sobre “De la Muerte”, de Filodemo

La meditación del sabio es una meditación sobre la vida, no la muerte.

– Sabiduría 6: 1, El buen libro

Trasfondo

En la séptima década del primer siglo de la Era Común, la erupción del volcán Vesuvio en Italia destruyó la legendaria ciudad de Pompeya. Menos conocida es la ciudad adyacente de Herculano, donde el maestro Filodemo de Gadara había enseñado filosofía epicúrea a los romanos y en la que se hallaba la librería mas completa de pergaminos epicúreos en la antigüedad. Estos pergaminos han sido parcialmente descifrados, y tenemos indícios prometedores de que los que no lo han sido pronto van a ser descifrados gracias a nueva tecnología.

El tesoro intelectual de todos los occidentales que es Herculano es imposible de subestimar. Los epicúreos habían propuesto la teoría del átomo, el trato igual a la mujer y una versión temprana de la teoría de selección natural en un mundo sumido en la superstición, y los pergaminos de Filodemo incluían notas que el había tomado al estudiar bajo su maestro Zenón de Sidonia, lo cual nos lleva a través del linaje hasta los cuatro fundadores de la tradición. Herculano también contiene pergaminos de Polístrato, el tercer escolarca del Jardín Epicúreo de Atenas, quien vivió hace mas de 2,200 años.

Estos razonamientos conciernen un pergamino que cataloga todas las repercusiones éticas y prácticas del entendimiento humanista y naturalista de la muerte como un fenómeno final y tan natural como el nacimiento.

Las partes iniciales del pergamino “De la muerte” son muy fragmentarias y muy poco se puede descifrar, pero el pergamino se hace más fácil de leer en sus partes posteriores. Después de estudiar su contenido, me pareció refrescante que una escritura sobre cómo la muerte no es nada para nosotros, haya tomado tantas molestias en desmantelar las formas culturales basadas ​​en la muerte dos milenios antes de que Nietzsche acusara el cristianismo de ser un culto a la muerte. Aunque Nietzsche es un filósofo post-cristiano conocido por haber anunciado la muerte de Dios, mucho de lo que consideramos el discurso de Nietzsche comenzó mucho antes de Nietzche, con los epicúreos y nuestra filosofía de vida.

Sobre el error de medir el bien por el tiempo

Aquí hemos de hacer referencia a la doctrina de los principales bienes: la idea de que son pocas y fáciles de conseguir las cosas que son naturales y necesarias (comida, techo, amigos, salud, protección). La parte legible del pergamino comienza con una consideración de cómo los hombres rehuyen la muerte prematura con la esperanza de obtener bienes en el tiempo adicional. Filodemo argumenta que es mejor haber vivido una vida joven con las cosas que importan, que morir sin encontrar nada que sea naturalmente bueno.

14.2 Pues es propio de un hombre sensible anhelar vivir durante una cierta cantidad de tiempo con el fin de que pueda completar sus deseos congénitos y naturales y recibir en su totalidad el mejor estilo de vida que .. es posible … y por lo tanto estar lleno de cosas buenas y desechar toda perturbación de los deseos, inmerso en la tranquilidad.

Epicuro dijo que debemos vivir mientras estamos vivos. La calidad de nuestra vida marca la diferencia entre simplemente existir y vivir verdaderamente. Este es un precepto importante. Es absurdo desear ampliar nuestra esperanza de vida si somos miserables y no sabemos cómo vivir. El hombre necio no gana nada con vivir una larga vida, vivida sin arte, con miedo, violencia, envidia y otros vicios, en vez de adquirir las cosas que hacen que valga la pena vivir.

Para aquellos que viven una vida miserable, la muerte es una liberación (21,3-6). Según Filodemo, perder la vida a una edad temprana es malo, solo porque esto imposibilita que uno pueda conseguir las cosas que hacen que la vida sea digna de ser vivida, una tarea que requiere de cierto progreso en la filosofía. Si hemos vivido una vida agradable, nada ni nadie nos puede quitar eso. Cuando morimos, no sabremos que hemos muerto porque no vamos a tener nuestra percepción y conciencia (19,27).

Por lo tanto, lo único que habrá importado es que vivimos bien. Como hemos visto, estos razonamientos son consistentes tanto con la doctrina de las cosas principales (kyriotatai), aquello que realmente importa, y con el objetivo del hedonismo calculado y racional: al final, la vida debe ser agradable, placentera.

El regocijo sobre la muerte

Ya que a los muertos no les importa la burla, sólo a los vivos, burlarse de ellos se considera una tontería y no genera sufrimiento a la persona burlada cuando esa persona ha muerto y ya no existe. Del mismo modo, regocijarse ante la posibilidad de nuestra propia muerte es tonto si tenemos una vida buena. Sólo tiene sentido regocijarnos por nuestra muerte si se percibe como una liberación de intenso sufrimiento.

Sobre ser perturbado por la expectativa de la muerte

22.1 De hecho, es precisamente en anticiparla mientras están vivos que experimentan el (tipo de) la muerte que tiene que ver con ellos, mientras que nosotros no estamos preocupados ante esa expectativa.

Ya que sólo tenemos percepción y el uso de nuestros sentidos mientras vivimos, la única manera en que experimentamos nuestra propia muerte es indirectamente como una anticipación. En otras palabras, no experimentamos la muerte cuando llega. No estamos ahí. Por lo tanto, nuestra aprehensión de nuestra futura muerte se considera imprudente, ya que es inevitable que vamos a morir y vivir con miedo o perder nuestra paz debido a la futura muerte no cambia el hecho de nuestra mortalidad. Así estemos perturbados o en ataraxia mientras vivimos, como quiera nos vamos a morir: es nuestra la opción.

Otra forma en la que nos preocupamos con la muerte es al preocuparnos por la extinción de nuestra línea de familia y por dejar un nombre, una reputación. Ya que no vamos a estar ahí en absoluto después de morir, tanto parientes como extraños no tendrán nada que ver con nosotros, e incluso las personas que tienen muchos descendientes no agregan diversión a su vida por causa de su descendencia después de morir. Filodemo también sostiene que hay muchos otros que llevan nuestro mismo apellido.

Sobre la herencia

Filodemo reconoce que lo mejor es dejar una herencia a nuestros hijos y que la muerte sin descendencia es naturalmente dolorosa, como tambien lo es dejar atrás a familiares directos que carecen de las necesidades básicas. Uno debe escribir un testamento para asegurar que sólo los dignos disfrutarán de nuestra herencia. Hay preocupación por que los frutos de nuestro trabajo vayan a parientes que podrían ser malos, que no se beneficiarían de nuestra riqueza en absoluto. Por otro lado, si uno no tiene herederos dignos, eso es realmente un motivo de lástima: significa que no hemos vivido lo suficiente como para alimentar relaciones saludables.

Sobre las perturbaciones causadas por el modo de morir

Los hombres antiguos a menudo se preocupaban por cosas como morir en el mar, o por no tener una muerte gloriosa, como resultado de la creencia de que un más allá mejor espera a aquellos que mueren en batalla (por ejemplo: como héroes en Valhala, o en tiempos modernos como yihadistas atendidos por vírgenes en el cielo islámico), mientras que las ancianas que mueren de muerte natural, presumiblemente, terminan en el infierno con el resto de las personas fallecidas de manera ordinaria.

Por el contrario, muchas personas que merecen la gloria y la fama ​son recordadas por haber vivido vidas nobles, pero murieron muertes naturales. Si sólo una llamada “muerte noble” en la batalla hace de uno un héroe glorioso digno del cielo, entonces la mayoría de los héroes culturales de la humanidad tendrían que ser considerados ignobles. Por lo tanto, no debemos considerar heroicas nuestras muertes, sino nuestras vidas. Vivir heroicamente es lo que tiene valor y honor, dice Filodemo. Una persona muerta no podrá realizar hechos gloriosos, y las hazañas gloriosas que sí se realizan, suceder mientras estamos vivos.

Para una persona sensata, la única manera en la que morir en la batalla es deseable es si estamos heridos y deseamos ser liberados de un terrible dolor. Filodemo burlonamente dice que los soldados en batalla mueren como ganado.

Estas falsas creencias acerca de una vida futura noble para los que mueren en la batalla son un gran mal moral y siempre han sido promovidas por los que se lucran de la guerra y los gobiernos con intereses militares que se han beneficiado de la carnicería. Los inversionistas del petróleo y del complejo industrial militar se benefician hoy ampliamente por la utilización de imágenes apocalípticas por los cristianos conservadores que legitiman la intervención militar en el extranjero, sin embargo, por lo general son los pobres los que mueren en batalla.

Muchos católicos antes se preocupan excesivamente por bautizar a sus recién nacidos por miedo a la creencia de que los bebés no-bautizados terminan en el limbo. Cuando en recientes años la Iglesia Católica cambió de opinión sobre el limbo, muchos católicos comenzaron a plantear preguntas sobre el origen de estas extrañas enseñanzas sobre la vida venidera y sobre cómo pueden cambiar.

En cuanto a la muerte en el mar, o en una bañera o jacuzzi, o una piscina (todo da igual), el pergamino compara preocuparse por esto a preocuparse por si uno de cadáver será “comido por los peces o por los gusanos”. No va a hacer diferencia.

Algunos argumentaban en la antigüedad que era mas noble morir en la batalla que morir en el mar, como si morir en el mar tratando de ir a visitar amigos o de ir a recibir una educación fuera menos noble que morir en guerra. Si algo es ignoble de morir en el mar, es que uno muera en búsqueda de ganancia monetaria o búsquedas vanas, pero es la vida de uno la que es miserable en este caso, no la muerte.

Otro asunto que atiende el pergamino es la muerte de Sócrates y otras víctimas inocentes que, o son ejecutados por errores de justicia, o justamente ejecutados. Si uno es culpable, esto es lamentable, no por la forma de la muerte, sino por cómo se vivía. Si uno es inocente, entonces lo más que se puede hacer es tratar de aguantar noblemente y estar moderadamente preocupado, como si se tratara de una enfermedad.

Esta parte es quizás la menos convincente en todo el pergamino, que en lo demás es poderoso y convincente. Sabemos en nuestros días que hay países donde los inocentes son ejecutados por apostasía, por ser gays, o, a veces el castigo no es proporcional al delito como en el caso de los adúlteros que reciben lapidación y mujeres que desean elegir a sus maridos en las culturas Islámicas. En medida que los musulmanes se mudan a países occidentales, estamos escuchando más de los asesinatos de “honor” de hijas por sus propios padres o hermanos, e incluso de “violaciones sexuales por honor” de mujeres por no cubrir sus cuerpos “correctamente”.

Estas prácticas son sin duda un gran mal y el problema moral planteado por Filodemo relativo a la ejecución de los inocentes es muy complicado. Es difícil, hay que conceder, permanecer imperturbable.

En cuanto a aquellos que se preocupan por una muerte súbita, Filodemo sostiene que toda muerte es repentina. No hay nada de extraordinario en la muerte súbita, por el contrario, deberíamos sorprendernos de vivir vidas excepcionalmente largas.

Asuntos sin terminar

Todos tenemos proyectos que nos gustaría ver concluídos. Muchas personas sienten que desean dejar un legado duradero, pero Filodemo dice que muy pocos grandes hombres logran esto y que este es un deseo vacío y vano. Si la fama en vida es vacía, entonces la fama después de que uno está muerto es incluso menos fuente de verdadero placer.

A veces no es la muerte, sino la necesidad o la fortuna que nos impide el logro de nuestros objetivos en la vida y materializar nuestros planes. Por lo tanto, si nos preocupa morir antes de ver uno de nuestros objetivos logrados, debemos aplicar los mismos consuelos que aplicamos en la vida para estos problemas. Si sabemos lo que importa (los bienes principales), permanecemos por encima de todo y disfrutamos de las cosas buenas de la vida, las cosas que hacen que valga la pena vivir, imperturbados. Es aquí donde Filodemo habla de cómo el hombre prudente vive listo para su entierro.

38.14 El hombre sensato, habiendo recibido aquello que puede asegurar la totalidad de lo que es suficiente para una vida feliz … anda preparado para su entierro y aprovecha cada día como si fuera la eternidad.

Uno siente naturalmente preocupación por las personas cercanas a nosotros que tienen problemas o que carecen de un arte de vivir y no han aprendido a ser felices. Pero estas son cosas que están fuera de nuestro control. Filodemo sostiene que el hombre que ha vivido bien no debe lamentar las miserias de los demás después de haber escapado las suyas: debe ir a su muerte feliz de que ha vivido bien.

Sobre la planificación fúnebre

Hay otra manera en que las personas se ocupan demasiado con la muerte y su culto. Es una tontería preocuparse por la apariencia de nuestro cuerpo en el velorio. Filodemo argumenta en contra de aquellos que están disgustados por el mal aspecto de un cadáver, o que se preocupan por la belleza, diciendo que todos los que mueren, sean bellos o no, se convierten en esqueletos dentro de un corto período de tiempo. También argumenta en contra de la planificación de los enterramientos lujosos como una pérdida de tiempo y recursos.

Esto nos recuerda muchas de las prácticas de reyes y caciques antiguos, cuyos entierros no sólo incluían bienes materiales en la tumba, sino incluso prácticas malvadas como el entierro de los esclavos y viudas vivos con ellos. Estas tradiciones persistieron en la mayoría de los continentes por milenios.

Los entierros, si han de ser celebrados, son para los vivos, no para los muertos. Ayudan a traer cláusula, cierre. Filodemo alaba las prácticas decentes funerarias que estaban empezando a surgir durante su vida, en las que el gasto que solía ir a los entierros lujosos de senadores ricos, iba a los vivos:

31.5 Entre los legisladores, también, los que naturalmente y bien determinaron, han impedido los gastos excesivos en los funerales basándose en que los vivos estaban siendo privados de servicios: Muchos dan órdenes de acabar con su propiedad, precisamente porque envidian esto.

Un entierro lujoso no va a arreglar una vida vivida miserablemente. Por otra parte, una vida bien vivida y agradable entre buenos amigos no se nos puede quitar al no conseguir un entierro apropiado: esto no le quita en lo más mínimo a la felicidad que tuvimos mientras vivíamos. Muchos grandes personas han muerto sin sepultura. El pergamino argumenta convincentemente contra la lástima hacia los muertos, por ejemplo, si nos encontramos con una tumba sin nombre (32,24), diciendo que es poco inteligente lamentarse por los muertos.

32.20 ¿Quién hay que, al considerar el asunto con la cabeza clara, supondrá que hace la más mínima diferencia, mucho menos una gran diferencia, que sea en la superficie o bajo tierra que uno está inconsciente?

El dolor de no ser recordado en absoluto después de la muerte parece natural, pero si no tenemos amigos ni nada bueno, entonces no obtenemos ningún alivio al ser recordados como solitarios o incluso como bienaventurados. Si, por otro lado, tenemos muchos amigos y vivimos bien, ser recordado o no después de la muerte, de nuevo, no nos quita nada de eso.

Por otro lado, si nuestros amigos mueren antes que nosotros, entonces para eso tendremos que llorar a todo el que jamás existió y a todo el que por siempre existirá. Después de que todos estemos muertos, no habrá nadie que nos recuerde. Por lo tanto, la cuestión de ser recordado (o vilipendiado, cualquiera que sea el caso) después de que uno muere, no debe ser una fuente de perturbaciones. En su lugar, uno debe preocuparse por vivir bien.

Vive bien, muere bien

Es importante entender que vivir bien y morir bien son la misma cosa. Filodemo critica a los hombres ricos que piensan que no van a envejecer y morir, ni siquiera escriben un testamento (un acto que indica cierto nivel de aceptación de nuestro propio final), y parecen estar perplejos al ver a un viejo rey como si el poder y la vejez fueran mutuamente excluyentes. Dice que están apegados a la vida por miedo a la muerte, no porque viven gratamente. Uno debe vivir mientras uno está vivo, pero pacíficamente y con prudencia aceptar la propia mortalidad y límites naturales.

Estos razonamientos son parte de Epítome: Escrituras Epicúreas

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Estos razonamientos fueron escritos en inglés y traducidos al español por Hiram Crespo en base al libro Philodemus: On Death (Writings from the Greco-Roman World 29) (Greek and English Edition) (Greek and English Edition), por Filodemo y W. Benjamin Henry.Back to the Main Page

El renacimiento epicúreo‏

Escrito originalmente en inglés para Humanist Life, una publicación del British Humanist Association.

Según los anales de la historia, en el siglo VI el emperador Justiniano cerró definitivamente todas las escuelas de filosofía que competían con el cristianismo. Esto fue lo último que supimos de la escuela epicúrea, cuya tradición se había mantenido culturalmente vibrante durante siete siglos. Epicuro había sido uno de los primeros en proponer hace 2,300 años la teoría del átomo, el contrato social como base para que reine la ley y la posibilidad de un proceso empírico de búsqueda de la felicidad: una ciencia de la felicidad. Estas escuelas progresistas eran oasis de tranquilidad, razón y placer conocidas como jardines, donde los ideales de amistad civilizada florecieron y los hombres, mujeres e incluso los esclavos participaban en el discurso filosófico como iguales.

Si un conjunto de doctrinas puede ser considerado como el fundamento de la filosofía epicúrea, sería el Tetrafármaco: los Cuatro Remedios. Para fines didácticos, las enseñanzas siempre se han impartido en forma de cortos adagios fáciles de memorizar. Hay muchos más de cuatro remedios en el epicureísmo. Sin embargo, éstos son reconocidos como el núcleo de la enseñanza del cual el resto de la filosofía fluye:

No temas a los dioses
No temas a la muerte
Lo agradable es fácil de alcanzar
Lo doloroso es fácil de soportar

En sus Doctrinas Principales 11-12, Epicuro aboga por el estudio de la ciencia como una forma de emanciparnos de miedos irracionales. Para los naturalistas que no creen en los dioses o espíritus, los dos primeros fármacos se pueden traducir como: “No temas al destino o la suerte, ya que es inútil luchar contra aquello sobre lo que no tenemos ningún control. Se genera sufrimiento innecesario”.

El poeta epicúreo romano Lucrecio, en su De Rerum Natura (Sobre la naturaleza de las cosas), dedica largas porciones del poema filosófico a explicar fenómenos naturales tales como como el trueno y los movimientos de los cuerpos celestes, no como obra de los dioses sino como algo natural, ya que el temor a los dioses es visto como incompatible con la vida civilizada . Puesto que él no pudo en esos días para producir una teoría completamente científica para explicar todos estos fenómenos, proporcionó varias teorías posibles para muchos de ellos sin apoyar oficialmente ninguna y humildemente reconoció que pensadores futuros probarían los puntos principales de su cosmología naturalista y científica, lo cual finalmente hicieron. Y así podemos decir que su actitud básica no solo era sobria, sino que también respetaba nuestra inteligencia lo suficiente como para no exhibir arrogancia y certeza que no tenía. El tiempo mostró su buen juicio … y su sinceridad.

El hecho que la prohibición de temer a los dioses, y en contra de la religión basada en el miedo en general, sea el primer y principal tabú en la filosofía epicúrea, sigue siendo refrescante hasta el día de hoy.

El segundo remedio es elaborado en una serie de enseñanzas y aforismos que sirven como una forma de terapia cognitiva para lidiar con el trauma de la muerte. Entre ellos, la más memorable es puramente hedonista. Se resume así:

La muerte no es nada para nosotros, ya que cuando somos la muerte no ha llegado, y cuando la muerte ha llegado no somos.

También está el argumento de la simetría, que compara el tiempo después de nuestra muerte al tiempo antes de nuestro nacimiento del que no tenemos memoria. Puesto que no hay nada, ¿por qué temerle? Es tan poco inteligente ser innecesariamente atormentado sobre la vida venidera, como lo es ser atormentado por el estado antes del nacimiento. Sostengo que con frecuencia eran no sólo las enseñanzas, sino la manera en que fueron impartidas, en el contexto de una comunidad afable de amigos-filósofos, que servía de consuelo y que es imposible replicar la paz y la convicción de Epicuro dio a la humanidad sin este sentido de comunidad.

Las dos últimas declaraciones del Tetrafármaco sobre cómo debemos evaluar nuestros deseos y discernir cuáles son innecesarios frente a cuáles son necesarios, cuáles llevan al dolor cuando son satisfechos o ignorados frente a cuáles no. Por este proceso analítico, uno aprende a contentarse con los placeres simples de la vida, los más fáciles de alcanzar y que llevan a poco o ningún dolor. Es aquí donde los verdaderos frutos del entendimiento epicúreo comienzan a ser cosechados y se vive con mayor facilidad. Las mejores cosas en la vida son gratis.

Una de las primeras tareas psicológicas de cada epicúreo es llegar a ser consciente de sus deseos y cualquier dolor o ansiedad que puedan estar generando. Otra tarea es aprender a saborear y apreciar las cosas simples cuando están delante de nosotros. Los buenos amigos, los buenos alimentos y las bebidas refrescantes, la familia, la buena música, la cercanía a la naturaleza, incluso nuestra visión del cielo que (como Carl Sagan nos avisó) deben siempre hacernos sentir humildes.

La buena noticia, según Epicuro, es que la felicidad se logra fácilmente si cultivamos la filosofía. Él cita la necesidad de la gratitud y de las amistades sólidas como ingredientes fundamentales para la buena vida, y no sólo clasifica los deseos sino también discierne entre placeres cinéticos (activos o dinámicos) que ocurren cuando satisfacemos el deseo y los placeres catastemáticos (pasivos o estables) que suceden cuando no tenemos deseos que satisfacer, los que calificó como superiores.

El psicólogo de la Universidad de Harvard e investigador de la felicidad Dan Gilbert confirma las ideas de Epicuro, incluyendo cómo las relaciones sanas aumentan significativamente la cantidad de placer y de experiencias memorables que reunimos a lo largo de nuestra vida. Utiliza palabras diferentes: la felicidad natural es la que se alcanza cuando satisfacemos un deseo (el placer cinético, en la jerga epicúrea), mientras que la felicidad sintética es independiente de los deseos (el placer catastemático).

Ya que la felicidad sintética no requiere de lo externo, es considerada superior: es un signo de un ser liberado. El Dr. Gilbert argumenta a favor de la felicidad sintética citando el ejemplo del ganador de la lotería y el parapléjico que presentan niveles similares de felicidad un año después de ganar la lotería y perder las extremidades inferiores, respectivamente. Estos casos han sido estudiados por los investigadores de la felicidad Brickman et al.

Esto, en la psicología positiva, se llama adaptación hedónica: el estado habitual de felicidad al que siempre volvemos. Se están investigando métodos para aumentar los niveles de adaptación hedónica que son normales para cada individuo.

Las teorías de Gilbert son epicureísmo con otro nombre. Uno de los elementos de la enseñanza epicúrea con el que los filósofos han luchado más a lo largo de la historia es la idea de placer pasivo. A menudo se argumenta que la falta de dolor no es una definición de placer, pero este es el arte de la felicidad que Epicuro enseñó: que tenemos que aprender a ser felices independientemente de factores externos y de que es posible y deseable cultivar placeres catastémicos a través de las disciplinas filosóficas. De hecho, Epicuro sostiene que el verdadero propósito de la filosofía es asegurar un fin al sufrimiento y crear una vida hermosa, feliz y placentera.

La investigación de Gilbert defiende el placer catastemático como un ingrediente necesario en la felicidad humana y está empezando a dar un nuevo impulso al discurso sobre la filosofía de la felicidad que Epicuro había comenzado y que se vio interrumpido por Justiniano hace 1,500 años. También agrega nuevos conceptos a nuestra ciencia de la felicidad e incluso propone que tenemos un sistema inmunológico psicológico que combate los estados de ánimo tristes.

Las conclusiones de Gilbert, junto con la investigación del bienestar en campos como la neurociencia y la dieta, apuntan a los epicúreos modernos en la dirección de una reinvención interdisciplinaria, práctica de la filosofía, que es justo lo que necesitamos si la filosofía va a volver a ser una vez más el motor cultural revolucionario, emancipatorio que era antes.

En cuanto al cuarto remedio, Epicuro nos recordó la naturaleza temporal del dolor corporal. Podemos tener una fiebre o un dolor de estómago, pero a los pocos días nuestro sistema inmunológico lo combate. En el caso de los dolores crónicos, uno se acostumbra a ellos después de algún tiempo. En la naturaleza, ninguna condición dura para siempre. La impermanencia de todas las condiciones es un consuelo cuando éstas son dolorosas. Una actitud desdeñosa hacia el dolor requiere disciplina, pero puede cultivarse si somos conscientes, disciplinados, y desarrollamos la voluntad de proteger a nuestra mente.

Luego están los dolores mentales y la ansiedad. Estos se trabajan de manera sistemática a través de la terapia cognitiva. La resolución de seguir a Epicuro es esencialmente una resolución para proteger la mente. Es imposible ser feliz si no podemos controlar nuestra ira y otras emociones fuertes: vamos a pasar de un estado perturbado al siguiente y nunca probar la estabilidad de la ataraxia, que se traduce como imperturbabilidad y es la madurez definitiva que un filósofo puede alcanzar.

Vivimos en una sociedad consumerista, disfuncional, llena de ansiedad y neurosis, donde pocas personas analizan su vida, la mayoría de las personas tienen poca capacidad de atención y están generalmente desinteresados en disciplinar sus mentes y poner freno a los deseos sin sentido. Si la filosofía se entiende como los epicúreos la entienden, entonces se hace evidente que la gente hoy necesita desesperadamente de la filosofía.

Muchas más cosas podrían decirse acerca de los consuelos de la filosofía epicúrea y humanista. Dejo a mis lectores con una invitación a estudiar a Epicuro y a participar a solas y con otros en el discurso filosófico. Les prometo que su vida se enriquecerá.

Hiram Crespo es el fundador de la Sociedad de Amigos de Epicuro (societyofepicurus.com) y el autor de Tending the Epicurean Garden (Humanist Press, 2014) / Cultivando el jardín epicúreo. Es además un blogger y ha contribuído a Humanist Life, The Humanist, The New Humanism, Greenewave, NEIU Independent, Lilipoh, Om Times y otras publicaciones.

Varios días en Atenas – Capítulo 10

Discurso sobre el bien

Epicuro se puso en medio de los estudiantes que estaban en expectativa. “Mis hijos”, dijo, “¿por qué entrar en los jardines? ¿Es para buscar la felicidad o buscar la virtud y el conocimiento? Vengan y yo les mostraré que en la búsqueda de una encontrarán los tres. Para ser felices, tenemos que ser virtuosos; y cuando somos virtuosos, somos sabios. Empecemos: en primer lugar, dejemos por un tiempo nuestras pasiones callarse en el sueño, olvidemos nuestros prejuicios y echemos nuestra vanidad y orgullo. Así pacientes y modestos, pasemos a los pies de la filosofía; digamosle, ‘Mírenos, estudiantes y niños, dotados por la naturaleza con facultades, afectos y pasiones. Enséñenos su uso y su guía. Muéstrenos cómo rendir cuentas por ellos, la mejor manera de hacer que conduzcan a nuestra facilidad y ministren a nuestro disfrute.’

‘Hijos de la Tierra’, dice la deidad, “Han hablado sabiamente; sienten que están dotados por la naturaleza con facultades, afectos y pasiones; y perciben que del ejercicio correcto y la dirección de estos depende su bienestar. Así es. Sus afectos, tanto del alma como del cuerpo, pueden ser reducidos a dos: el placer y el dolor; uno problemático y el otro agradable. Es natural y digno, por lo tanto, que ustedes eviten el dolor y que deseen y sigan el placer. Empiecen entonces su búsqueda; pero antes de empezar, asegúrese de que están en el camino correcto y que tienen su ojo en el objeto verdadero. El placer perfecto, que es la felicidad, lo habrán alcanzado cuando hayan llevado a sus cuerpos y almas un estado de tranquilidad satisfecha. Para llegar a esto, un gran esfuerzo previo es necesario; sin embargo este esfuerzo no es violento, solo constante y uniforme. Primero el cuerpo, con sus pasiones y apetitos, exige la gratificación y la indulgencia. Pero ¡cuidado! Pues aquí están las rocas ocultas que pueden naufragar su barca al pasar y cerrarles para siempre el refugio de reposo. Provéanse con un piloto experto que pueda dirigir a través del Escila y Caribdis a sus afectos carnales, y señalar el timón de modo constante a través de las aguas profundas de sus pasiones. ¡Mírenla! Es Prudencia, la madre de las virtudes y la esclava de la sabiduría. Pregunten y ella les dirá que la gratificación dará un nuevo borde al hambre de sus apetitos y que la tempestad de las pasiones se encenderá con la indulgencia. Pregunten y ella les dirá que el placer sensual es dolor cubierto con la máscara de la felicidad. He aquí que la despoja de su rostro y revela las características de la enfermedad, la inquietud y el remordimiento. Pregunten y ella les dirá que la felicidad no se encuentra en el tumulto sino en la tranquilidad, y no en la tranquilidad de la indolencia y la inacción, sino de una alegría sana de alma y cuerpo. Pregunten y ella les dirá que una vida feliz no es como un torrente rugiente ni un charco estancado, sino como una corriente plácida y cristalina que fluye suavemente y en silencio a lo largo. Y ahora Prudencia los llevará al tren encantador de las virtudes. Templanza, lanzando un freno a sus deseos, derribará gradualmente y aniquilará a aquellos cuya presente indulgencia sólo le traerá un mal futuro; y a otros deseos que son más necesarios y más inocentes, los hará descender a tal moderación que impedirá toda inquietud al alma y lesión al cuerpo. La fortitud les fortalecerá para soportar las enfermedades que aún la templanza puede no ser eficaz para prevenir; esas aflicciones que el destino podría arrojarles; esas persecuciones que la locura o la malicia del hombre puede inventar. Le será propio soportar todas las cosas, vencer el miedo y encontrarse con la muerte. La justicia les dará seguridad entre sus compañeros y satisfacción en sus propios pechos. La generosidad les hará darse a querer a los demás y endulzar su propia naturaleza. La mansedumbre les ayudará a tomar la picadura de la malicia de sus enemigos y hacer que se extraiga el doble de lo dulce de la bondad de los amigos. La gratitud aligerará la carga de la obligación o hará que sea aún agradable de soportar. La amistad pondrá la corona sobre su seguridad y su alegría. Con estos y aún más virtudes, estarán rodeados por la prudencia. Y de este modo asistidos, mantengan su curso en confianza y amarren sus barcas en el refugio de reposo.”

“Así dice la filosofía, mis hijos, ¿y no dice bien? Díganme, ustedes que han intentado los caminos resbaladizos de libertinaje, que han dado rienda a sus pasiones y buscado el placer en el regazo de la voluptuosidad; díganme, ¿la han encontrado allí? No, no la encontraron, o no estarían ahora preguntando por ella a Epicuro. Vamos, entonces, la filosofía ye ha mostrado el camino. Deshacerse de sus viejos hábitos, lavar la impureza de sus corazones, tomar las riendas de sus pasiones, gobernar sus mentes y ser feliz. Y ustedes, mis hijos, a quien todas las cosas son todavía nuevas; cuyas pasiones aún recientes nunca han dado lugar al dolor y el arrepentimiento; que todavía tienen que comenzar su carrera filosófica, ¡Vengan también! La filosofía les ha mostrado el camino. Mantengan sus corazones inocentes, mantengan las riendas de sus pasiones, gobiernen sus mentes y sean felices. Pero, mis hijos, me parece que les oigo decir: “Usted nos ha mostrado las virtudes no como modificadoras y correctoras del mal, sino como las dadoras de bien real y perfecto. La felicidad, nos dice, consiste en facilidad de cuerpo y mente; sin embargo la templanza no puede proteger lo primeros de la enfermedad, ni todas las virtudes unidas pueden evitar la aflicción en el último.’ Es cierto, mis hijos, que la filosofía no puede cambiar las leyes de la naturaleza pero nos enseña a acomodarnos a ella. Ella no puede anular el dolor, pero nos puede armar para soportarlo. Y a pesar de que los males del destino sean muchos, ¿no son mas los males que el hombre acuña? La naturaleza nos aflige con enfermedad, pero por esta vez es la imposición de la naturaleza, noventa y nueve veces los males son la consecuencia de nuestra propia locura. La naturaleza nos arrasa con la muerte, pero cuán leve es la muerte que nos da la naturaleza cuando tenemos la filosofía difundida en la almohada y la amistad para tomar el último suspiro. Las agonías del libertinaje son prolongadas, someten al cuerpo por pulgadas mientras que la filosofía no está allí para darle fuerza, ni la amistad consuelo, mientras las llamas de la fiebre son calentadas por la impaciencia y las picaduras del dolor envenenadas por el remordimiento. Y díganme, mis hijos, ¿Cuando el cuerpo del sabio se estira en el sofá del dolor, no tiene el la mente para que le administre placer? ¿No tiene su conciencia susurrando que su mal presente no es imputable a su propia locura pasada sino a las leyes de la naturaleza, que ningún esfuerzo o previsión suya pudo haber evitado? ¿No tiene la memoria para traer los placeres del pasado, los placeres de una vida bien vivida, de los que se puede alimentar incluso mientras el dolor atormenta sus miembros y la fiebre consume sus signos vitales? ¿Qué pasa si la agonía domina su cuerpo y paraliza sus facultades? ¿No está la muerte cerca para traer liberación? He aquí que la muerte, el gigante del terror, actúa como un amigo. ¿Pero interrumpe nuestros goces así como nuestros sufrimientos? ¿Y es por eso que le tememos? ¿No deberíamos más bien regocijarnos al ver que el día de la vida tiene su brillo y sus horas nubladas, que nos acostamos a dormir mientras el sol de la alegría todavía brilla, antes de que la tormenta del destino ha roto nuestra tranquilidad o la noche de la edad oscurecido nuestra perspectiva?

La muerte, entonces, no es nuestro enemigo. Cuando no es un amigo, no puede ser peor que indiferente. Porque mientras somos, la muerte no es; y cuando la muerte es, nosotros no somos. Para el sabio, entonces, la muerte no es nada. Examinen los males de la vida: ¿no son de nuestra propia creación, o no toman sus tonos más oscuros de nuestras pasiones o nuestra ignorancia? ¿Qué es la pobreza, si tenemos templanza y podemos estar satisfechos con un poco de pan y un poco de agua? ¿Si tenemos modestia y podemos usar una prenda de lana tan gustosamente como una túnica de Tiro? ¿Qué es la calumnia, si no tenemos vanidad que pueda ser herida y sin ira que se pueda encender? ¿Qué es la negligencia, si no tenemos ambición que se pueda decepcionar ni orgullo que se pueda mortificar? ¿Qué es la persecución, si tenemos nuestros propios pechos en la que retirarse, y un lugar de la tierra para sentarse y descansar en ella? ¿Qué es la muerte, cuando sin la superstición para vestirla con terrores, podemos cubrir nuestras cabezas e ir a dormir en sus brazos? Que lista de calamidades humanas están aquí expurgadas: la pobreza, la calumnia, la negligencia, la decepción, la persecución, la muerte. ¿Que aún queda? ¿La enfermedad? Eso, la templanza también, hemos demostrado a menudo puede rehuír y la filosofía siempre puede aliviar.

Pero aún hay un dolor que el más sabio y el mejor de los hombres no puede escapar; que todos nosotros, hijos míos, ha sentido o tiene que sentir. ¿Acaso sus corazones lo susurran? ¿No me digan que la muerte no es todavía una picadura? ¿Que antes de atacarnos a nosotros, pueda afectar a un ser amado de nuestra alma? Al padre, que con atención crió nuestras mentes infantiles; al hermano, a quien el mismo seno ha nutrido y el mismo techo protegido, con quien hemos crecido como dos plantas junto a un río, chupando la vida de la misma fuente y la fuerza del mismo sol; el niño cuyo alegre juego deleita nuestros oídos o cuyo entendimiento creciente corrige nuestras esperanzas; el amigo de nuestra elección, con quien hemos intercambiado corazones y compartido todos nuestros dolores y placeres, cuyos ojos han reflejado una lágrima de compasión, cuya mano alisó el sofá de la enfermedad. ¡Ah! Mis hijos, esto en verdad es un dolor, un dolor que corta en el alma. Hay maestros que le dirán lo contrario; que le dirán que es indigno de un hombre llorar incluso aquí. Pero tal, hijos míos, parece no ser la verdad de la experiencia o de la filosofía, sino la sutileza de la sofística y el orgullo. El que no siente la pérdida, nunca sintió la posesión. El que no conoce el dolor, nunca ha conocido la alegría. Vean el precio de un amigo en los deberes que le prestamos y los sacrificios que hacemos por él y que, al hacerlos, contamos no sacrificios sino placeres. Nos da dolor su dolor; suministramos sus necesidades, o si no podemos, las compartimos. Lo seguimos al exilio. Nos encerramos en su prisión; lo calmamos en la enfermedad; lo fortalecemos en la muerte: es más, si es posible, damos nuestra vida por la de él. ¡Oh! ¡Qué tesoro es  aquello por lo que hacemos tanto! ¿Y nos es prohibido llorar su pérdida? Si lo es, no tenemos el poder para obedecer.

¿Debemos, entonces, para evitar el mal, renunciar a lo bueno? ¿Vamos a apagar el amor de nuestros corazones para no sentir el dolor de su partida? No; la felicidad lo prohíbe. La experiencia lo prohíbe. Que aquel que ha puesto sobre la pira el ser más querido de su alma, que ha lavado la urna con las lágrimas más amargas de dolor, diga si su corazón jamás ha formado el deseo de nunca haber cargado dentro al que ahora lamenta. Que diga si los placeres de la dulce comunión de sus antiguos días aún viven en su recuerdo. Si no ama recordar la imagen de los difuntos, el tono de su voz, las palabras de su discurso, los hechos de su bondad, las virtudes amables de su vida. Si, mientras llora la pérdida de su amigo, sonríe al pensar que una vez lo poseía. El que no conoce la amistad, no conoce el más puro placer de la tierra. Sin embargo, si el destino nos privara de ella, aunque nos aflijamos, no hundamos, la filosofía está todavía a la mano y ella nos mantiene con fortaleza. Y piensen, mis hijos, que tal vez en el mismo mal que tememos hay un bien; quizás la misma incertidumbre de la tenencia le da valor ante nuestros ojos; tal vez todos nuestros placeres tienen su entusiasmo por la posibilidad conocida de su interrupción. ¿Cuáles serían las glorias del sol, si no conociéramos la oscuridad de las tinieblas? ¿La de las brisas refrescantes de mañana y tarde, si no sentimos los fervores de mediodía? ¿Habría que valorar la preciosa flor si floreciera eternamente; o la fruta deliciosa si siempre colgara en la rama? ¿No son las sonrisas de los cielos más hermosas en contraste con sus ceños fruncidos y las delicias de las temporadas más agradables por causa de sus vicisitudes? Seamos lentos para culpar a la naturaleza, porque tal vez en sus errores aparentes se esconde una sabiduría. No nos peleemos con el destino, porque tal vez en nuestros males se encuentran las semillas de nuestro bien. Si nuestro cuerpo nunca estuviera sujeto a la enfermedad, podríamos ser insensibles a la alegría de la salud. Si nuestra vida fuera eterna, nuestra tranquilidad podría hundirse en la inacción. Si nuestra amistad no se viera amenazada con la interrupción, su ternura sería incompleta. Este es, hijos míos, nuestro deber, porque este es nuestro interés y nuestra felicidad: buscar nuestros placeres de las manos de las virtudes y someterse al dolor que nos pueda venir con paciencia o soportarlo con fortaleza. Camina por la vida con inocencia y tranquilamente y mirar la muerte como terminación suave, la cual nos conviene encontrar con las mentes preparadas, sin lamentar el pasado ni tener ansiedad por el futuro.”

El sabio apenas había cesado, cuando un estudiante avanzó entre la multitud e, inclinando la cabeza con reverencia, se inclinó y tocó las rodillas de su maestro. “No rechace mi homenaje,” dijo, “ni llame su expresión presuntuosa.” Epicuro lo levantó en sus brazos. “Colotes, estoy más orgulloso del homenaje de tu mente joven, de lo que debería estarlo del de las multitudes reunidas en Olimpo. Que tu maestr, mi hijo, nunca pierda poder sobre este homenaje, ya que siento que él nunca abusar de ello.”

 Capítulo 11