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Razonamientos sobre el pergamino “De la piedad” de Filodemo

El siguiente comentario concierne el pergamino de Herculano “Sobre la piedad” de Filodemo, que es parte de Epítome: Escrituras Epicúreas.

  1. Razonamientos sobre el pergamino del maestro Filodemo concerniente a lo que es y lo que no es piedad[1], a como los dioses no interfieren en las leyes de la naturaleza y por lo tanto la piedad es un acto de auto-expresión frente a nuestra condición existencial y parte de nuestro arte de vivir; y sobre el efecto sano y ennoblecedor que la filosofía debería tener en la religión, purgándola de toda superstición y reclamo sobrenatural y llevándola a su mas alto propósito y uso de maximizar el placer y minimizar el sufrimiento de las entidades vivientes.
  2. Los opositores de Epicuro y Metrodoro presentaron dos acusaciones principales contra ellos. 3. Primero, la acusación de impiedad o falta de sinceridad en su creencia en dioses[2]. 4. En la obra, el maestro Filodemo se dedica a separar la verdadera piedad de las creencias vulgares de los muchos. 5. También reitera insistentemente cómo los fundadores argumentaron a favor de la existencia de los dioses y animaron a sus seguidores a participar en el culto y a ser verdaderamente piadosos, lo cual contradice el argumento de los acusadores de que es tonto celebrar festivales si creemos que los dioses no necesitan ni prestan atención a la adoración, oraciones y sacrificios.
  3. El segundo tipo de acusación constituye un ataque a las imperfecciones en los argumentos epicúreos para la existencia de dioses como seres naturales, ya que como sabemos nada puede existir fuera de la naturaleza. 7. Los acusadores dijeron que los dioses no pueden tener cuerpos físicos, ya que los cuerpos son compuestos de átomos y todas las cosas que están compuestas de átomos son impermanentes. 8. Están sujetas a cambio, la decadencia y la muerte o descomposición. 9. Por lo tanto, ya que los compuestos son destructibles, estos seres atómicos pueden no ser inmortales y por lo tanto divinos.
  4. Filodemo cita un argumento formulado por Metrodoro donde explicó que si un compuesto está hecho de cosas que no son numéricamente distintas, estas cosas pueden ser imperecederas, indestructibles o divinas. 11. Epicuro da una elaboración de una doctrina[3] acerca de los dioses como seres físicas, eternos e indestructibles, diciendo que un ser que existe así “en la perfección como una sola y la misma entidad, se denomina entidad unificada”. 12. Filodemo argumenta en contra de los acusadores que afirman que los dioses no pueden ser seres físicos diciendo que esto es incompatible con la opinión de que los dioses tienen percepción y experimentan placer.
  5. Epicuro creía que los dioses fueron claramente concebidos originalmente por la gente antigua como eternos y dichosos y que esta era una anticipación, pero que la gente en las generaciones posteriores desarrollaron ideas contaminadas sobre los dioses y advirtió a sus seguidores a que sólo tuvieran “las creencias más puras y sagradas sobre los dioses” y que evitaran opiniones profanas sobre ellos. 14. Porque no es blásfamo quien niega la existencia de los dioses, sino quien tiene opiniones vulgares y obscenas sobre ellos, imaginando que son celosos, violentos, adúlteros, o que no saben controlar sus emociones y apetitos como si carecieran de madurez. 15. Vistos de este modo como seres dichosos e imperturbables, pueden servirnos de modelos morales y encarnaciones de todas las virtudes, además de servir como símbolos que estéticamente representan los mas sanos ideales y valores de una sociedad.
  6. Si la no-creencia fuera impía sería apropiado describir a todos los hombres como impíos, ya que nadie ha sido prolífico en encontrar demostraciones convincentes de la existencia de los dioses; sin embargo, casi todos los hombres los adoran[4].
  7. De modo que se reconoce que existe religión sana, útil y pura al igual que religión corrupta y malsana, y que no toda expresión religiosa es la misma.
  8. Para otros, la piedad parece incluir no dañar a las otras personas y, especialmente, a los benefactores y patria de uno. 19. Honran algo bastante amable y propicio, mientras que nosotros consideramos nuestros puntos de vista como la verdadera causa de nuestra tranquilidad[5].
  9. Los acusadores también criticaron a los epicúreos de “privar a los buenos y justos de las bellas expectativas que se tienen de los dioses”. 21. Aunque los dioses no prestan atención a los mortales, es cierto que hay daños y beneficios que se obtienen de nuestra concepción de ellos. 22. En particular, nuestros puntos de vista acerca de los dioses afectan nuestra imperturbabilidad, virtud y tranquilidad. 23. Si la gente se imagina a sus dioses como tiranos y con mal carácter, van a suponer que cosas malas les sucederán a la merced de sus dioses, mientras que si imaginan los dioses tan inofensivos y virtuosos, buscarán imitar esas cualidades. 24. Del mismo modo, y no menos importante, las concepciones perversas de los dioses contaminan los humanos y producen depravación incluso en personas bien intencionadas. 25. Por lo tanto, todo hombre sabio sostiene creencias puras y santas sobre la divinidad[6].
  10. Hemos visto los efectos devastadores de los cultos a los dioses rabiosos. 27. Son glorificados por mortales enloquecidos, terroristas, odiadores de sus vecinos y predicadores del miedo y el autoritarianismo tiránico. 28. Estos daños se extienden tanto al adorador como a los que le rodean, afecta tanto la realidad como el carácter de los mortales. 29. De modo que independientemente de que estos dioses existan o no, las creencias sobre ellos si importan por sus efectos en las vidas de sus adoradores y en la sociedad.
  11. Por infortunio, las cosas indignas de indestructibilidad y bienaventuranza son buscadas en la oración por la gente común. 31. Pero los que creen nuestros pronunciamientos sobre los dioses primeramente van a desear imitar su dicha, en la medida en que los mortales puedan, y ya que ven que los dioses no hacen daño a nadie, se esforzarán por encima de todo en hacerse inofensivos hacia todo el mundo en medida en que esté en su poder, y en segundo lugar, en hacerse nobles. 32. La persona justa sólo tiene expectativas nobles de los dioses y al mismo tiempo disfruta sobremanera de placeres que son puros y sin esfuerzo[7].
  12. El injusto, sin embargo, teme la detección para siempre una vez que ha cometido injusticias y también temen represalias de los dioses, a pesar del hecho de que los dioses no parecen dañar a los malhechores, incluso si el peor miembro de la humanidad escapara ser descubierto[8]. 34. Incluso si no temen represalias de los dioses, aún creen que los dioses van a causar desgracias eternas, y así se perturban igual que si realmente sufrieran estas cosas. 35. No tienen la tranquilidad como resultado.
  13. Una vida de perfección es lo más agradable y más dichoso. 37. Cúidense contra toda contaminación, con su intelecto prestando completa atención a las mejores disposiciones psicosomáticas en aras de ajustar todo lo que nos sucede a la bienaventuranza[9].
  14. La afinidad que tienen muchas personas naturalmente con ciertas virtudes divinas los hace susceptibles y receptivos a ellas. 39. Todo ser humano admira y halaga las virtudes que idealiza y considera nobles: desde la admiración superficial por las personas atractivas o populares hasta la admiración ennoblecedora por los sabios y bienquerientes. 40. La persona virtuosa por lo tanto expresa su propio carácter por medio de una piedad bien dirigida[10].
  15. Los poetas, profetas y teólogos son elogiados por nuestros atacantes. 42. Son estos los que distorsionan los valores religiosos. 43. Son ellos los que imaginaron las escapadas sexuales de Zeus, los celos de Hera, la promiscuidad de Afrodita, la furia de Poseidón y las otras perturbaciones y obscenidades atribuidas a los dioses. 44. Las falsas opiniones de los poetas no conducen a una vida virtuosa o feliz.
  16. Orar es natural[11]. 46. Algunos argumentarán que también es necesario, mientras que otros podrían considerar la religión ni natural ni necesaria. 47. En medida que se lleven a cabo juramentos en honor a los dioses, la piedad y la justicia parecen ser casi lo mismo porque romper el juramento es ser injusto y es mentir, y ambos son inquietantes[12]; pero donde las leyes, contratos y juramentos no mencionan a los dioses, la piedad se desasocia con la justicia.
  17. La piedad filial también es natural. 49. Resulta ennoblecedor amar, admirar y querer enorgullecer a nuestros padres, mentores y antepasados por medio de vivir vidas sanas por causa de la sincera gratitud que sentimos hacia ellos. 50. Incluso los amigos se tienen piedad unos a otros, como vimos en el incidente en que Colotes se prostró ante Epicuro y recibió el mismo honor reciprocado de parte del maestro, y como vimos en los ejemplos del profundo afecto expresado por Epicuro hacia Pítocles y Leoncio.

Notas:

[1]          Estos razonamientos están basados en Philodemus On Piety: texto crítico con comentarios, editado por Dirk Obbink. A pesar de las tres interpretaciones (realista, idealista y atea; ver Nota 1) de los dioses en nuestra tradición, existen fragmentos donde se expresa gratitud a la naturaleza por hacer hecho los placeres naturales y necesarios fáciles de conseguir, y por haber hecho innecesarios los difíciles de procurar. La gratitud es considerada una de las virtudes cardinales epicúreas. Por lo tanto incluso un epicúreo ateo puede y debe expresar piedad, a su manera, como parte de su arte de vivir agradecido a la vida. El budismo es un ejemplo de otra tradición no-teísta y piadosa.

[2]          Fue esta la acusación que inspiró el pergamino, el cual menciona que Epicuro menciona a Critias, Doágoras y Pródicos por nombre como ateos y los critica por ser blásfemos y por insultar las sensibilidades de los religiosos. Epicuro también usaba decoraciones piadosas en sus celebraciones del día veinte.

[3]          En su obra Sobre la Santidad. Estos argumentos atestiguan la piedad y fe sincera de los fundadores, aunque en el epicureísmo moderno se puedan considerar obsoletos.

[4]          Este verso parafrasea un fragmento del papiro original.

[5]          Los versos 18-19 son un fragmento del papiro original e introducen la sección que discute la doctrina de los beneficios y daños de la creencia en dioses argumentando que nuestras creencias deben ser la causa de nuestra ataraxia y tranquilidad. Esta doctrina evolucionó por medio de lidiar con las críticas de otras escuelas y en base a la evidencia histórica y empírica de los bienes y males que produce la creencia en dioses, evidencia que aún hoy sigue emergiendo.

[6]          Cita de Epicuro.

[7]          Los versos 30-32 parafrasean dos fragmentos del papiro y son indicativos del placer catastemático que produce la piedad, cuando se ve incorrupta por creencias religiosas vulgares.

[8]          La cita “los dioses … escape” se atribuye al Escolarca Hermarco.

[9]          Los versos 36-37 son una cita directa de Sobre la Santidad, una obra perdida de Epicuro. Implica que el epicúreo debe vigilar la actividad en su cuerpo y mente para siempre vivir dichoso. Usada en este contexto, esta referencia nos da un indicio de que la espiritualidad naturalista es terapéutica y está enraizada y contextualizada en la experiencia del cuerpo, del cual es inseparable. No solo eso, sino que tanto las enfermedades del alma como las virtudes encuentran expresión en disposiciones psicosomáticas (tanto corpóreas como mentales), y tanto la virtud como el vicio, tanto el bienestar como el malestar, tienen síntomas físicos y mentales observables. Esto se puede entender como niveles de cortisol (hormona del estrés), de serotonina y endorfinas (hormonas del bienestar), e incluso como niveles de presión arterial y otros síntomas generales del bienestar y la salud, o de enfermedad.

[10]        La piedad es un acto de auto-determinación y auto-expresión. Es parte del arte de vivir de toda persona virtuosa. Este es el único modo de reconciliar la virtud de la piedad con el entendimiento de que los dioses no interfieren en la naturaleza ni necesitan las oraciones y adoración de los mortales.

[11]        Este verso es una cita de Epicuro. Los antiguos coincidían en que la religión es un fenómeno completamente natural. La pregunta que se hacen muchos epicúreos modernos tiene que ver con si la religión es natural y necesaria, o si es innecesaria, o si se podría argumentar que incluso no es ni natural ni necesaria, y por lo tanto vana y vacía.

[12]        Este verso es parafraseado del papiro y expresa una de las preocupaciones de los filósofos de la polis o del estado concernientes a si un epicúreo o un ateo puede ser un buen ciudadano. En su Epístola a Diotimo, Epicuro advierte en contra de “violar el pacto de la mesa de fiesta sagrada”, de modo que los juramentos religiosos eran también usados por los epicúreos para asegurar la continuidad de la tradición por medio de las celebraciones mensuales del día veinte. En medida que las leyes y juramentos sean laicos, estas preocupaciones desvanecen.

Epítome: Escrituras Epicúreas

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Lo santo versus lo sano: sobre la necesidad de una ética secular

¿Dicen los dioses que las cosas son morales porque por naturaleza son morales, o estas se convierten en morales porque los dioses así lo declaran? – el Dilema de Eutifrón

El epicureísmo enseña que la justicia es un constructo social y cultural basado en acuerdos entre la gente, acuerdos en los que entramos como agentes libres. Como tal, la sociedad debe tomar entera responsabilidad por los sistemas de justicia que establecemos y las doctrinas éticas que enseñamos.

A veces, argumentos éticos que en práctica podrían ser considerados sanos se derivan de fundaciones incorrectas o llevan a conclusiones incorrectas por estar ligados a reclamos sobrenaturales que confunden: un cristiano anti-aborto que no tiene una sólida fundación en los principios éticos de la no-violencia podría defender la práctica de la guerra o no criticar la crueldad de la industria de la carne mientras ostenta ser pro-vida. Esto es síntoma de una cosmovisión incoherente.

Si alguien realmente lleva un estilo de vida no-violento, debe ser anti-guerra, anti-aborto, resolver conflictos creativamente y a la vez boicotear las industrias basadas en la crueldad. Eso parece coherente y merece quizá la etiqueta de pro-vida. El problema que presento aquí es la inconsistencia e incoherencia de cierto sistema de valores, no el mérito de una etiqueta en particular.

La inconsistencia no es nuestra única crítica de las éticas no-naturalistas. Hay circumstancias en las que la supuesta ética religiosa es simplemente malvada y peligrosa. Sabemos de matanzas de honor de muchachas jóvenes por sus padres o hermanos musulmanes, de una ley que favorece cometer genocidio contra los gays en Uganda, de un Viejo Testamento y una historia humana repleta de violentos episodios de guerras santas (si es que una guerra puede ser santa). El código levita en la Biblia fomenta el apedreo de un hijo por beber alcohol y la venta de mujeres. La épica hindúa del Ramáyana legitima el suicidio de viudas cuando el esposo muere y el Corán ordena a un hombre pegarle a su mujer si le desobedece.

Mente sana en cuerpo sano. – Adagio romano

Al preguntársele a la mayoría de la gente de donde derivan sus valores, muchos hacen referencia a su crianza religiosa, pero pocos han hecho el trabajo intelectual de analizar con un nivel sano de rigor las fundaciones de esas enseñanzas. Por el otro lado, es imposible encontrar fallo en el ideal secular de mente sana en cuerpo sano. ¿Que podría tener de malo tener una mente sana en un cuerpo sano?

La palabra romana sano comparte raíces semánticas con la palabra santo. En algún momento de la historia, las dos nociones se separaron del mismo modo que holy y wholesome son ideales separados en el idioma inglés hoy. Al confundir ética con religión, la sociedad se alejó enormemente de la sana ética y sentido común, echó a un lado la filosofía natural a favor de la credulidad y lo sobrenatural. Ser bueno es, desde entonces, un ideal platónico y no pragmático: consiste en creer en ciertas cosas y no en vivir una vida sana y saludable. El resultado es que la sociedad sufre.

La noción de lo santo hereda un bagaje cultural del cual no se puede divorciar: está ligado a tabúes, miedos irracionales y negaciones fundamentales de la vida, muchas de las cuales no son sanas.

Lo que está separado

Lo santo, lo sagrado, la noción bíblica de kedosh implica aquello que ha sido consagrado o separado, que ha sido dedicado (a una deidad o a una causa). Cuando una cosa es sacrificada (del latín “hacer sagrado”), por definición ahora es sacra y separada de lo cotidiano. Tiene una dignidad o poder especial y como sobrenatural, de modo que no puede ser usada ya para propósitos triviales.

Lo sagrado también suele tener el sentido de ser secreto, impronunciable, aquello mas allá de todo reproche de lo que no se puede hablar, que no se puede tocar con manos sucias. La Biblia prohíbe que se diga el nombre de Dios. Las mujeres que menstrúan son impuras y deben vivir separadas por un tiempo. Innumerables tabúes nacen por causa de lo sagrado: trabajar el sábado es ilegal, como lo es ofrecer un animal impuro a un dios. Las prohibiciones contra el camarón y el cerdo son ejemplos de estas categorías arbitrarias en la Biblia, pero ejemplos existen en todas las culturas religiosas. Estas nociones de fetichismo ayudan quizá a preservar cierto orden social y los privilegios de ciertas clases, y a la vez llevan consigo una esclavitud mental y restricciones innecesarias que nada tienen que ver con las verdaderas cuestiones éticas y que, por virtud de estar separadas, reclaman estar mas allá de todo reproche. Pero lo santo no siempre es lo sano.

El sacrificio de un animal, desde la perspectiva de ideales no-violentos, es considerado malsano e inmoral, sin embargo es un evento sagrado. El apedreo de alguien por trabajar un sábado tampoco es sano ni moral, sin embargo los que vivían bajo Moisés durante los tiempos del Viejo Testamento lo tenían como un deber sagrado.

Por lo tanto, los filósofos laicos y hedonistas opinamos que una distinción elemental entre la vida santa y la vida sana es fundamental para poder definir lo ético, a pesar de que muchos grupos religiosos quieren confundir nuestro compás moral y hacernos creer que la vida santa es, por definición, sana. Cualquier intento de medir el dolor versus el placer producido por las cruzadas, por el yihad, por la inquisición, y muchos episodios donde lo santo no era sano nos ayuda a entender la imperativa moral de secularizar la ética.

La incapacidad de cuestionar la autoridad y la tradición que está implícita en nuestro sentido de lo sacro como tabú, acarrea cargas adicionales: no se nos anima a levantar preguntas legítimas sobre los abusos ni sobre la autoridad ilegítima. El abuso sexual de miles de niños en manos del clero católico, que sucedió durante generaciones, revela una cultura de depredación que solo pudo haberse dado en el contexto de un rebaño sumiso, dócil y que nunca cuestiona.

Es absolutamente moral y necesario requerir transparencia de nuestros líderes, tanto seculares como religiosos. Solo la tiranía se sirve cuando no lo hacemos y con frecuencia son los tiranos quieren requieren nuestra obediencia infantil sin cuestionar.

La censura debe ser discutida aquí como un ejemplo particularmente detestable de las tendencias latentes y manifiestas hacia el totalitarianismo que cunden entre lo sagrado. Si un hombre es realmente sabio y sus opiniones auto-evidentes, no existe necesidad de violencia contra sus disidentes. Las histerias de las quemas de libros y una cultural generalmente hostil hacia la sabiduría son lo que llevaron al cierre de las escuelas epicúreas, la destrucción de toda nuestra literatura y la muy eficiente campaña de difamación que han sufrido los filósofos naturalistas y hedonistas a través de los siglos. Aún hoy, muchos grupos religiosos usan el término “hedonista” como un insulto y descartan con arrogancia todo intento de demarcar el discurso propio de lo ético como relacionado a los tangibles del dolor y el placer, demarcarlo dentro del contexto del cálculo hedónico que es donde pertenece este discurso.

Es fácil olvidar la riqueza que perdimos porque nunca sabremos en realidad cuanta sabiduría antigua se perdió por causa de la censura. Lo mas que podemos decir es que por siempre seremos una especie mas pobre intelectualmente por su causa.

Nadie puede argumentar que todos los tabúes son malsanos, y de hecho muchos arguyen (correctamente, en mi opinión) que los niños son fácilmente influenciados por las figura de autoridad y que la noción del tabú, de lo prohibido, es necesaria para que podamos criar niños sanos: deben establecerse límites a su conducta. Por lo tanto, se podría decir que existe autoridad legítima y espacios legítimos para el concepto del tabú. Pero solo los tabúes que son sanos y que no están basados en miedos irracionales deberían ser endosados.

A pesar de que la gente de todas las religiones con frecuencia lleva a cabo actos nobles y placenteros inspirados por su creencia, también llevan a cabo actos inmorales y amorales por causa de la misma creencia. Un sistema de ética sano y sofisticado debe, al menos, diferenciar claramente entre lo sano y lo santo y nombrar aquellos tabúes religiosos que sean amorales o inmorales como tal: santos pero malsanos y corruptos.

Higiene y salud

Sin salud mental y física vibrante, es difícil vivir una vida placentera. Muchas prácticas sagradas tienen su origen en la higiene como medio para prevenir la enfermedad. Tienen que ver con preservar la salud y son, por lo tanto, saludables. Los baños sagrados que se dan judíos, musulmanes, hindúes y otros grupos son ejemplos de estas prácticas.

Similarmente, los indígenas de América traducen el poder espiritual como medicina y, como muchas culturas primeras, ligan su folklor a prácticas de sanación antiguas, algunas de las cuales son legítimas. Muchas compañías farmacéuticas han estudiado y patentado las hierbas y la sabiduría natural de los curanderos tradicionales. Por ejemplo, las propiedades relajantes del tilo o del lúpulo y los vigorizantes efectos de la maca fueron primero descubiertos por ancestros que buscaron la medicina en la naturaleza.

La limpieza y otras prácticas de salud son necesarias para una vida placentera y previenen la enfermedad. Remover los gérmenes nocivos dentro de la casa y del cuerpo, al igual que una dieta sana, son preocupaciones éticas importantes.

Del mismo modo, es difícil medir los efectos dañinos de la imaginería mórbida de violencia en las películas o juegos, de ciertas formas de música y de la asociación de personas con mal carácter. Si la prevalencia de desorden de estrés post-traumático entre los que han sido comisionados a matar en otros países nos sirve de indicación, parece ser que lo que alimenta nuestros ojos y nuestra mente permanece con nosotros por mucho tiempo luego de experimentarlo y se convierte en parte de nuestra realidad.

Solo por medio de la atención y la introspección podemos notar la ansiedad o la serenidad que causan distintos tipos de música o de escenas en las películas y juegos de video, o la influencia buena o mala de todas nuestras asociaciones. La higiene mental es, por lo tanto, tan importante como la física: una atiende la salud mental y la otra, la corpórea.

La justicia natural

Algunos de los enemigos de Epicuro (bueno, los sospechosos usuales, los platónicos) argumentaban que ya que el canon (la regla para medir la realidad que usamos los epicúreos y que se basa en la evidencia empírica y directa ante nuestras facultades naturales) hace a cada persona capaz de discernir la verdad independientemente usando criterios tan subjetivos como el placer y el dolor, además de los cinco sentidos, por lo tanto los epicúreos eran incapaces de llevar a cabo los deberes y responsabilidades de un buen ciudadano. Este tipo de argumentos se basan en conceptos platónicos de justicia como una idea eterna, con atributos sobrenaturales y cualidades metafísicas e incambiables, lo cual hizo necesario que Epicuro articulara una teoría no-metafísica y no-supersticiosa de la justicia que luego se volvió fundamental a nuestro sistema de leyes: el contrato social.

Mientras que las tradiciones religiosas proponen sistemas rudimentarios de mal-llamada justicia, como el shari’a o ley sagrada en el islam donde el testimonio de la mujer vale la mitad que el del hombre y donde el criticar la religión se castiga con la muerte, Epicuro propone que no hay leyes caídas del cielo y que la justicia es simplemente un acuerdo entre los mortales.

La justicia natural es un compromiso de beneficio recíproco para prevenir que un hombre haga daño o reciba el daño de otro … Es imposible para un hombre que secretamente viole los términos de un acuerdo a no dañar ni ser dañado, que sienta confianza de que no va a ser descubierto aún si ha escapado diez mil veces; pues hasta su muerte nunca estará seguro de que no será detectado. – Doctrinas Principales 31, 35

En otras palabras, en lugar de la justicia emerger de principios no-orgánicos o abstractos, de autoridad arbitraria o de dioses, Epicuro dijo que las entidades vivientes entran en contratos naturalmente (sin intervención de los dioses). Lo que esta teoría contractual de la justicia implica, en términos concretos, es que somos nosotros quienes creamos nuestras leyes y también, claro, podemos cambiarlas.

Muchos oponentes del epicureísmo han argumentado que, siguiendo este tren de pensamiento, un epicúreo podría cometer robo u otros crímenes si sabe que no lo van a detectar. Lo que Epicuro dice en el verso ya citado, sin embargo, es que tanto epicúreos como no-epicúreos deben incluír en su cálculo hedónico la posibilidad de vivir con la culpa y de ser detectados si fallan en mantener sus acuerdos. Romper nuestros contratos acarrea vergüenza, culpa, penalidades legales o sociales y otros mecanismos que conservan el orden social.

El concepto del convenio hedónico ha sido expandido mas allá de un acuerdo preventivo a no dañar ni ser dañado por pensadores modernos como el epicúreo francés Michel Onfrey, que lo caracteriza como un acuerdo de maximizar los placeres de todos y minimizar las penas de todos. El dice que “el hedonismo utilitario quiere el cálculo de los goces con la meta de obtener la mayor cantidad de beneficios para uno y el otro”.

Este ideal es implementado, por ejemplo, en el campo de la justicia económica por medio de fomentar el intercambio justo (el movimiento “fair trade”), cumplir con las leyes de salarios justos, etc. El convenio hedónico no solo permite al epicúreo vivir en la polis como un ciudadano sano y responsable: es indispensable para evitar la tiranía y para crear una civilización progresiva y feliz.

Algunas consideraciones finales

Es quizá injusto criticar las prácticas religiosas que no son dañinas ni malsanas ya que no son destructivas aunque sean una pérdida de tiempo, un inconveniente o una restricción innecesaria. Muchas de estas prácticas (como el canto de canciones religiosas) añaden una cantidad enorme de valor estético y placer a las vidas de la gente y, por lo tanto, cuando realizamos el cálculo hedónico podemos concluír que son buenas.

Muchas personas sienten que tienen un deber moral de criticar las prácticas religiosas inmorales que generan dolor innecesario (la circuncisión, la homofobia, la violencia religiosa). Sin embargo, no hay duda de que una persona religiosa puede ser perfectamente ética si posee buen juicio y, sobre todo, si refina su religiosidad por medio de la sana filosofía.

El uso de vocablos medicinales en el epicureísmo nos ayuda a ser auténticos en nuestro discurso sobre ética. Un entendimiento secular de la ética que se concentre en lo sano en lugar de lo santo, en la sanidad en lugar de la santidad como ideal, hace mucho para liberar al mortal de la superstición, las autoridades fraudulentas y los miedos sin base. Estas nociones éticas seculares no tienen la carga pesada de las nociones religiosas y son generalmente fáciles de reconocer, de enseñar y poner en práctica.

Los filósofos éticos laicos y naturalistas deberían, por lo tanto, acostumbrarse a hablar positivamente e los estilos de vidas sanos, la sana asociación, los sanos amigos e ideales, el sano entretenimiento, etc. y deberían asumir como proyecto el articular sus tradiciones de sabiduría en estos términos para entender concretamente lo que estas cosas (al igual que las contrapartes malsanas) significan en práctica.

Adaptado del libro Cultivando el jardín epicúreo para ateistaspr.com

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Varios días en Atenas – Capítulo 16

Diatriba contra la religión

Una multitud mayor a la acostumbrada asistió a las instrucciones del sabio. Los risueños y los curiosos, los sabios, y los ociosos, de todas las edades y de ambos sexos de la población inquieta de la ciudad; muchos ciudadanos reconocidos recogidos de diversas partes de Ática y una porción considerable de extraños de estados y países extranjeros.

Estaban reunidos en el césped que rodea el templo ya mencionado con frecuencia. Las aguas disminuyentes de Iliso fluían casi en su cama acostumbrada y la tierra y el aire, refrescados por la tormenta de la noche anterior, se resistían a los rayos del sol sin cortinas, que ahora escalaban lo alto de los cielos. Una multitud de recuerdos se precipitó en la joven mente de Teón cuando entró en el hermoso recinto y se quedó contemplando el río que formaba una de sus fronteras. Sus pensamientos de nuevo se alejaban de la filosofía y su rápida mirada buscaba otra forma, mas hermosa que las que encontraba allí, cuando el acercamiento de Epicuro dividió la multitud y acalló el murmuro de las lenguas en el silencio. El sabio se desplazó y no fue hasta que subió los escalones de mármol, y se volvió para dirigirse a la asamblea, que Teón percibió que había sido seguido por el hermoso ser que gobernaba su fantasía. Las tonalidades de Hebe ahora teñían sus labios y sus mejillas; pero las sonrisas de la noche anterior habían sido cambiadas por la compostura de una atención respetuosa. Su ojo captó el de Teón. Ella dio un rubor y una sonrisa de reconocimiento. Entonces, sentándose en la base de una columna a la derecha de su padre, su rostro recuperó su compostura y sus ojos oscuros llenos se fijaron en el rostro del sabio, con una mirada de admiración mezclada con amor filial.

“¡Conciudadanos y semejantes! Nos proponemos, en este día, a examinar una cuestión de vital importancia para la especie humana: nada menos que sobre las relaciones que llevamos con todas las existencias que nos rodean; la posición que tenemos en este hermoso mundo material; el origen, el objeto y el fin de nuestro ser; la fuente de la que procedemos y la meta a la que tendemos. Esta pregunta abarca a muchos. Abarca todo lo que es interesante a nuestra curiosidad e influyente en nuestra felicidad. Su solución correcta o incorrecta debe siempre regular, como ahora regula, nuestra regla de conducta, nuestras concepciones del bien y el mal; debe inaugurarnos en el camino de la indagación verdadera o falsa y, o bien abrir nuestras mentes al conocimiento de las maravillas que trabajan en y alrededor de nosotros, tales como nuestros sentidos y facultades las pueden discernir, o cerrarlas para siempre con las bandas de la superstición, dejándonos presas del miedo, esclavos de nuestra imaginación sin gobierno, perplejos y temblorosos con cada aparición en la naturaleza y haciendo de nuestras propias existencias y destinos fuentes de terror y misterio.”

“Antes de llegar a esta importante investigación, nos corresponde ver que venimos con mentes dispuestas; que no digamos: ‘hasta aquí vamos a ir y no más allá; vamos a dar un paso, pero no dos; vamos a examinar, pero sólo siempre y cuando el resultado de nuestro examen confirme nuestras opiniones preconcebidas.’ En nuestra búsqueda de la verdad, debemos descartar igualmente presunción y miedo. Debemos llegar con nuestros ojos y nuestros oídos, nuestros corazones y nuestras comprensiones abiertas; ansiosos, no por encontrarnos a nosotros mismos bien sino por descubrir lo que es correcto; no afirmar nada que no podamos demostrar; no creer nada que no hemos examinado; y examenar todas las cosas sin miedo, sin pasión, con perseverancia.”

“En los discursos que precedieron, y para los que no los han atendido, en nuestros escritos, nos hemos esforzado por explicar el objeto real de la investigación filosófica; los hemos dirigido a la investigación de la naturaleza, a todo lo que ven de existencias y ocurrencias a su alrededor; y hemos demostrado que, en estas existencias y ocurrencias, todo lo que puede ser sabido y que existe para saber, está escondido. Les hemos exhortado a usar sus ojos y sus juicios, nunca su imaginación; a abstenerse de la teoría y quedarse con los hechos; y a entender que en la acumulación de hechos, tal y como concierne la naturaleza y propiedades de las sustancias, el orden de las ocurrencias y las consecuencias de las acciones, se encuentra toda la ciencia de la filosofía física y moral. Hemos visto, en el curso de nuestra investigación, que en la materia existen en sí todas las causas y efectos; que las partículas eternas que componen todas las sustancias, forman el primer y último eslabón de la cadena de sucesos, o de causa y efecto, a los que podemos llegar; que las cualidades inherentes a estas partículas producen, o son seguidas por, determinados efectos; que los cambios, en su posición, de estas partículas, producen o son seguidos por ciertas otras cualidades y efectos; que aparece el sol y que la luz sigue su aparición; que tiramos una perla en vinagre y la perla desaparece de nuestros ojos para asumir una forma o formas de sustancias más sutiles, pero no menos reales; que las partículas que componen un ser humano se descomponen y que, en lugar de un hombre, nos encontramos con una variedad de otras sustancias o existencias, presentando nuevas apariencias y nuevas propiedades o poderes; que un carbón encendido toca nuestra mano, que la sensación de dolor sigue el contacto, que el deseo de acabar con esta sensación es el siguiente efecto en la sucesión y que el movimiento muscular de retirar la mano, siguiendo el deseo, es otra. Que en toda esta sucesión de existencias y eventos, no hay otra cosa que lo que vemos, o lo que podríamos ver si tuviéramos mejores ojos; que no hay ningún misterio en la naturaleza, excepto en el que concierne la existencia misma de todas las cosas; y que las cosas tal y como son, no son más maravillosas de lo que serían si fueran diferentes. Que un curso de eventos análogo, o cadena de causas y efectos, tiene lugar en la moral como en la física; es decir, en el examen de las cualidades de la materia que compone nuestro cuerpo, lo que llamamos la mente, sólo podemos trazar un tren de ocurrencias de la misma manera como lo hacemos en el mundo exterior; que nuestras sensaciones, pensamientos y emociones son simplemente efectos que siguen causas, una serie de fenómenos consecutivos, mutuamente productores y producidos.”

“Cuando hemos asumido esta visión de las cosas, observen cómo todas las preguntas abstrusas desaparecen; cómo toda la ciencia es simplificada; todo el conocimiento se hace fácil y familiar a la mente. Una vez iniciado en este único y verdadero camino de búsqueda, cada paso que damos es para avanzar. En cualquier ciencia que estudiemos, es decir, en cualquier parte de la materia, o de cualquiera de sus cualidades, a la que dirijamos nuestra atención, con toda probabilidad haremos importantes descubrimientos, porque son verdaderos. Es la filosofía de la naturaleza en general, o cualquiera de esas subdivisiones de la misma, lo que llamamos la filosofía de la mente, ética, medicina, astronomía, geometría, etc. El momento en que nos ocupamos en la observación y la organización de los hechos que descubrimos en el curso de la investigación, adquirimos conocimiento positivo y podemos emprender de manera segura el desarrollo del conocimiento en los demás.”

“La determinación de la naturaleza de las existencias, el orden de los sucesos y las consecuencias de las acciones humanas que constituyen, por lo tanto, el conjunto de conocimientos, ¿qué puede evitar que todos y cada uno de nosotros extienda nuestros descubrimientos a los límites completos exigidos por la naturaleza de nuestras facultades y la duración de nuestra existencia? ¿Qué empleo más noble nos podemos inventar? ¿Qué placer mas puro, y tan poco susceptible a la decepción? ¿Qué nos lo impide? ¿Qué nos impide impulsarnos hacia adelante? ¿Se inicia nuestra ignorancia a partir de la propia simplicidad del conocimiento? ¿Tenemos miedo a abrir los ojos y ver la luz? ¿Nos alarma la misma verdad que buscamos cuando la conseguimos? ¿Cómo es que, colocados en este mundo como en un teatro de la observación, rodeados de maravillas y dotados de facultades con las que podemos investigar estas maravillas, sabemos tan poco de lo que es e imaginamos tanto de lo que no lo es? Otros animales, sobre los cuales el hombre se representa a sí mismo como superior, ejercen las facultades que poseen, confían en su testimonio, siguen los impulsos de su naturaleza y disfrutar de la felicidad de la que son capaces. Sólo el hombre, el más dotado de todas las existencias conocidas, pone en duda la evidencia de sus sentidos superiores, pervierte la naturaleza y los usos de sus muchas facultades, controla sus más inocentes así como sus mas nobles impulsos y envenena todas las fuentes de su felicidad . ¿A que origen vamos a trazar este error fatal, este auto-martirio cruel, esta perversión de las cosas lejos de su inclinación natural? Al sobre-desarrollo de una facultad y la negligencia de otra, hay que buscarle la causa. En la imaginación, esa fuente de nuestros más bellos placeres cuando está bajo el control del juicio, se encuentra la fuente de nuestros peores males.”

“Desde muy temprana edad, he estudiado la naturaleza y condición de hombre. Le he encontrado en muchos países de la tierra bajo la influencia de todas las variedades de clima y circunstancia; Le he encontrado el señor indómito de la selva, vestido de las pieles ásperas de animales menos groseros que él, al abrigo en las grietas de las montañas y cavernas de la tierra de las explosiones de invierno y los calores del sol del verano; Le he encontrado esclavo de maestros envilecidos como él, postrado ante el pie que lo rechaza y sin mostrar otros signos de la mal-llamada civilización otro que su pereza y sus sensualidades. Le he encontrado el señor de millones, vestidos de púrpura y pisando tribunales de mármol; el cruel destructor de su especie, que marcha a través de la sangre y rapiña a los tronos de dominio extendido; el tirano explotador con corazón de hierro que hace un festín con la agonía de sus víctimas y extrae su tesoro del fruto duramente ganado por la industria; Le he encontrado el inofensivo pero ignorante obrero de la tierra, comiendo los simples frutos de su trabajo, hundiéndose a descansar sólo para emerger de nuevo para ir a trabajar, trabajando para vivir y viviendo sólo para morir; Le he encontrado el cortesano pulido, el erudito consumado, el talentoso artista, el genio creador; el tonto y el bribón; un rico y un mendigo; despreciador y despreciado.”

“Bajo todas estas formas y variedades del hombre externo e interno, con apenas una excepción, lo he encontrado infeliz. Aunque tiene más capacidad de goce que cualquier otra criatura, yo lo he visto superando el resto de las existencias sólo en el sufrimiento y la delincuencia. ¿Porqué es esto y de dónde surge? ¿Que error maestro, ya que debe haberlo, conduce a resultados tan mortales; lo opuesto a la naturaleza aparente y la promesa de las cosas? Por mucho tiempo he buscado este error, este manantial principal de la locura humana y la criminalidad humana. He rastreado, a través de todo su tren alargado de consecuencias y causas, la práctica humana y la teoría humana; He roscado el laberinto desde su oscuro comienzo; He encontrado el primer eslabón en la cadena del mal; He encontrado que es, en todos los países, entre todas las tribus, lenguas y naciones; Lo he encontrado, semejantes, lo he encontrado … en la RELIGIÓN.”

Un murmullo se levantó aquí de una parte de la asamblea. Un silencio profundo y sin aliento le siguió. El sabio volvió su mirada lentamente y, con un semblante puro y sereno como el cielo que brillaba sobre él, prosiguió.

“¡Hemos nombrado el error principal de la mente humana, la pesadilla de la felicidad humana, el pervertidor de la virtud humana! ¡Es la religión, esa moneda oscura de la ignorancia temblorosa! ¡Es la religión, esa envenenadora de la felicidad humana! ¡Es la religión, esa guía ciega de la razón humana! ¡Es la religión, esa detronadora de la virtud humana que yace en la raíz de todo el mal y toda la miseria que impregnan el mundo!”

“La opinión que escuchan este día no fue apresuradamente formada y ha sido expresada con menos prisa aún. Un largo tren de reflexión llevó al descarte de la religión como un error, y una vida de observación la denunció como un mal. Al considerarla como carente de verdad, no soy más que uno de muchos. Pocos han visto profundamente y de manera constante en la naturaleza de las cosas y no puesto en duda la creencia en existencias invisibles y causas desconocidas. Pero mientras sonríen ante la credulidad de sus semejantes, los filósofos han creído que la razón es buena sólo para sí mismos. Han argumentado que la religión, aunque sea en si misma una quimera para niños, era útil en sus tendencias: que, aunque descansara sobre la nada, apoyaba todas las cosas; que era la estancia de la virtud y la fuente de la felicidad. Sin importar cuan opuesta esté a todas las reglas en la filosofía, física y moral; sin importar cuanto aparentemente contradiga la razón y el sentido común, han argumentado que una cosa falsa podría ser útil; que la creencia en hechos desmentidos o no probados podría proveer un apoyo de sostenimiento a una regla justa en práctica; la afirmación venía respaldada por un testimonio tan universal de la humanidad y por nombres individuales de tal autoridad en la sabiduría práctica y la virtud, que dudé en llamarlo equivocado. Y como la felicidad humana me parecía ser lo mas deseable y su promoción el único objeto en consonancia con las opiniones de un maestro de los hombres, me abstuve de toda expresión de opinión hasta que estuviera plenamente justificada por mi propia convicción tanto su verdad como su tendencia. Su verdad de mi opinión se fundamenta, como hemos visto, en un examen de la naturaleza de las cosas; es decir, en las propiedades de la materia, que son suficientes por sí mismas para producir todas las posibilidades y cambios que contemplamos. Su tendencia es descubierta por un examen de la condición moral del hombre.”*

“La creencia en las existencias sobrenaturales y la expectativa de una vida venidera, se dice que son las fuentes de la felicidad y estímulos a la virtud. ¿Cómo y en qué sentido? ¿Está probado por la experiencia? Miren en el extranjero sobre la tierra; en todas partes el canto de alabanza, la oración de súplica, el humo del incienso, el golpe de sacrificio, surgen desde los bosques y el césped, desde casa, palacio y templo, a los dioses de la idolatría humana. La religión se extiende sobre la tierra. Si es la madre de la virtud y la felicidad, estas también deberían cubrir la tierra. ¿Lo hacen? ¡Lean los anales de la tradición de los hombres! ¡Salgan fuera y observen las acciones de los hombres! ¿Quién hablará de la virtud, quién de la felicidad, que tenga ojos para ver y oídos para oír y corazones para sentir? ¡No! La experiencia está en contra de la afirmación. El mundo está lleno de religión y lleno de miseria y crimen.

“¿Puede la afirmación sustentarse en el argumento, por cualquier tren de razonamiento? Imaginen una Deidad bajo cualquier forma de existencia; ¿De que manera nuestros sueños concernientes a esa Deidad en un cielo imaginario afectan nuestra felicidad o nuestra conducta en una Tierra tangible? Puede afectarla de hecho puede que para el mal, pero ¿para el bien? La idea de un Ser invisible que esté siempre trabajando alrededor y sobre nosotros, puede afectar la inteligencia humana con inútiles terrores, pero nunca puede guiar la práctica humana a lo que es racional y coherente con nuestra naturaleza. Digamos que exista alguna posibilidad de que podamos determinar la existencia de un dios o de un millón de dioses: no los vemos, no los escuchamos, no los sentimos. A menos que se presenten a nuestra observación, estén formados como nosotros, tengan deseos similares, facultades similares y una organización similar, ¿Cómo podría su modo de existencia ofrecer una guía para la nuestra? De igual manera, la mariposa podría asumir como patrón al león, o el león al águila, igual que el hombre a un Dios. Por no hablar de la falta de coherencia en los atributos con los que se engalanan todos los dioses, basta con que ninguno de esos atributos es nuestro. Somos humanos; ellos son dioses. Ellos habitan otros mundos; nosotros habitamos la Tierra. Que ellos disfruten de su felicidad; y vamos, mis amigos, a buscar la nuestra.”

“Pero no es que la religión sea solo inútil, es que es maléfica. Es mala por sus inútiles terrores; es mala por su falsa moral; es mala por su hipocresía, por su fanatismo, por su dogmatismo, por sus amenazas, por sus esperanzas, por sus promesas. Considere la posibilidad de que bajo su forma más leve y más amable, sigue siendo mala por inspirar falsos motivos de acción, por mantener la mente humana en la esclavitud y desviar la atención de las cosas útiles a las cosas inútiles. La esencia de la religión es el miedo, ya que su origen es la ignorancia. En una cierta etapa del conocimiento humano, en su ignorancia de las propiedades de la materia y su visión oscura de la cadena de los fenómenos que surgen de estas propiedades, la mente humana por necesidad debe razonar falsamente sobre cada aparición y existencia en la naturaleza; debe por necesidad, en ausencia de hechos, dar rienda suelta a la imaginación, ver un milagro en cada evento poco común e imaginar agentes invisibles que producen todo lo que contempla. A medida que se amplía la gama de nuestra observación y que aprendamos a conectar y organizar los fenómenos de la naturaleza, se coarta nuestra lista de milagros y el número de nuestros agentes sobrenaturales. Un eclipse es alarmante para el vulgo, como si denotara la ira de los dioses ofendidos; para el hombre de ciencia es un fenómeno simple, tan fácilmente rastreado a su causa como el más familiar a nuestra observación. El conocimiento de una generación es la ignorancia de la siguiente. Nuestros supersticiones disminuyen a medida que nuestros logros se multiplican y el fervor de nuestra religión disminuye a medida que nos acercamos a la conclusión que la destruye por completo. La conclusión, basada en hechos acumulados como hemos visto, es que la materia por sí sola es a la vez la que actúa y sobre la cual se actúa, que es eterna en duración, infinitamente diversa y varía en apariencia: nunca disminuye en cantidad y siempre cambia de forma. Sin un poco de conocimiento de lo que se llama filosofía natural o física, ningún individuo puede alcanzar esta conclusión. Y en cierta etapa de ese conocimiento, más o menos avanzado de acuerdo a la agudeza del intelecto, será imposible que cualquier individuo, que no sea obtuso mentalmente, rehuya de esta conclusión. Esta verdad es una de infinita importancia. En el momento en que consideramos la hostilidad con respecto a lo que se llama el ateísmo como el resultado natural de la información deficiente, solo una mente enferma puede resentir esa hostilidad. Y tal vez una simple declaración de la verdad conduciría a examinar el tema y a la conversión de la humanidad.

“¡Imagínen esta conversión, mis amigos! ¡Imaginen al hombre criatura en el pleno ejercicio de todas sus facultades; sin alejarse con miedo del conocimiento, sino con muchas ganas en su búsqueda; sin doblar la rodilla con adulación a seres visionarios armados para destruirlos con el miedo, sino de pie erguido en la contemplación tranquila de la cara hermosa de la naturaleza; descartando los prejuicios y admitiendo la verdad sin temor a las consecuencias; reconociendo ningún juez otro que la razón, sin censura otra que su propio pecho! Así considerado, el se transforma en el dios de su actual idolatría, o más bien en un ser mucho más noble, que posee todos los atributos consistentes con la virtud y la razón, y ningú atributo que se oponga a ambas. ¡Qué gran contraste con su estado actual! Sus mejores facultades dormidas; su juicio sin despiertar en él; sus sentidos mal empleados; todas sus energías mal dirigidas; temblando ante la invención de su propia fantasía ociosa; viendo sobre toda la creación la mano extendida de la tiranía; y en lugar de seguir la virtud, adorando el poder! ¡Monstruosa creación de la ignorancia! ¡Degradación monstruosa de la más noble de las existencias conocidas! ¡El hombre, que se jacta de razón superior, de discriminación moral, imagina un ser a la vez injusto, cruel, e inconsistente; y luego besa el polvo, se hace llamar su esclavo! Dice el teísta: ‘Este mundo existe, por lo tanto, fue creado.’ ¿Por quién? ‘Por un ser más poderoso que yo’. Si concedemos este razonamiento pueril, ¿que sigue como conclusión? ‘Que le debemos temer’, dice el teísta. ¿Y por qué? ¿Dirige su poder en contra de nuestra felicidad? ¿Su dios se divierte despertando los terrores de los seres más indefensos? Podríamos entonces temerle, y sea cual sea nuestra conducta, temerle debemos. ‘Él es bueno, así como poderoso’, dice el teísta; ‘Por lo tanto, es el objeto del amor.’ ¿Cómo podemos determinar su bondad? Veo realmente un mundo hermoso y curioso; pero yo lo veo lleno de males morales y con muchas imperfecciones físicas. ¿Es él todopoderoso? El perfecto bien o el perfecto mal podrían existir. ¿Es todopoderoso y absolutamente bueno? La bondad perfecta debe existir. De los seres sensibles en la infinidad de la materia, solo sé de los que contemplo. No propongo límites para el número de los seres que yo no he visto, ni límites a su poder. Uno o muchos pueden haber dado instrucciones a los átomos elementales, y pueden haber formado esta tierra como el alfarero su arcilla. Pueden existir seres que poseen tal poder, y pueden haberlo ejercido. Pero todopoderosos no lo son, o si lo son, son malvados: el mal existe. No sé lo que pueda existir, pero esto mi sentido moral me dice que no puede existir: un modelador del mundo que habito, cuya naturaleza sea absolutamente buena y todopoderosa. Veo otra imposibilidad; un modelador de este mundo cuya naturaleza sea todo bondad y que todo lo sepa. Si concedemos la posibilidad de estos atributos, su existencia unida en el arquitecto de nuestra tierra sería una suposición imposible.”

“Vamos a concederle su bondad, que es el atributo más agradable y valioso. Su dios es entonces el objeto de nuestro amor y de nuestra compasión. De nuestro amor, porque el ser benevolente en su propia naturaleza, debe haber tenido la intención de producir felicidad en la formación de la nuestra; de nuestra lástima, porque vemos que ha fracasado en su intención. No puedo concebir una condición más lamentable que la de una deidad contemplando este mundo de su creación. ¿Es él el autor de alguna, o digamos de mucha felicidad? ¿De cuanta indecible miseria no es él igualmente el autor? No puedo concebir un ser más desesperadamente, más irremediablemente infeliz que el que ahora hemos representado. La peor de las miserias humanas se empequeñecen en insignificancia comparativa ante de las de su autor. ¡Cómo debe desgarrar el corazón de su dios cada suspiro que sale desde el seno del hombre! ¡Cómo debe cada violencia cometiao en la tierra convulsionar la paz del cielo! Incapaz de alterar lo que había creado, ¡cómo debe él igualmente maldecir su poder y su impotencia! Y en lamentar nuestra existencia, ¡cómo debe ardir por aniquilar la suya propia!”

“Ahora vamos a suponer que su poder es sin límite y su conocimiento se extiende hacia el futuro, como el pasado. ¡Que monstruosa concepción! ¡Qué demonio extraído del cerebro febril de la locura habrá superado esta deidad en malignidad! Capaz de hacer la perfección, él ha sembrado a través de toda la naturaleza la semilla del mal. El león persigue el cordero; el buitre, en su ira, arranca la paloma de su nido. El hombre, el enemigo universal, triunfa incluso con los sufrimientos de sus semejantes, en cuyo dolor encuentra su propia felicidad; en cuya pérdida, su ganancia; en el frenesí de su violencia, elabora su propia destrucción; en la locura de su ignorancia, maldice su propia raza y bendice su cruel autor! ¡Su deidad es el autor del mal, y le llama bueno; el inventor de la miseria, y le llama feliz! ¿Qué mente virtuosa va a rendir homenaje a un ser así? ¿Quién sabe si el homenaje, si es ofrecido, no degrada el adorador? ¿Quién sabe si un homenaje, al ser dado, pacifica el ídolo? ¿La abyección en el esclavo garantiza la misericordia en el tirano? O si lo hace, mis amigos, ¿quién de nosotros quiere ser el abyecto? ¿Vamos a encontrar hombres audaces para resistir la opresión terrenal dispuestos a inclinarse ante la injusticia porque habla desde el cielo? ¿El nombre de Harmodio inspira nuestras canciones? ¿Las coronas de laurel adornan los templos de Aristogicio? ¡Que nuestro coraje se alce superior al suyo, mis amigos; y nuestra fama, si es digna de la ambición! ¡Destronen, no al tirano de Atenas, sino al tirano de la Tierra! ¡No el opresor de los atenienses, sino al opresor de la humanidad! ¡Levántense! ¡De pie y erguidos! Digamos a este dios, ‘si nos hizo en la malicia, no vamos a adorarle en el miedo. Vamos a juzgarle por sus obras y juzgar sus obras con nuestra razón. Si el mal les impregna, usted es responsable como su autor. No nos interesa conciliar su injusticia, ni esforzarnos con su poder. Juzgamos el futuro desde el pasado. Y como usted ha dispuesto de nosotros en este mundo, así si le place continuar nuestro ser en otro mundo, podría disponer de nosotros igual en ese otro mundo. Sería inútil esforzarse con la omnipotencia, o proveer contra los decretos de la omnisciencia. No vamos a atormentarnos a nosotros mismos al imaginar sus intenciones; ni degradarnos con protestas. En caso de que castigue en nosotros el mal que ha hecho, lo estaría castigando tan injustamente como lo hizo maliciosamente. En caso de que recompense en nosotros el bien, estaría premiando absurdamente lo que fue también su trabajo y no el nuestro.’

“Ahora vamos a ceder en el argumento de la unión de todos los atributos enumerados. Vamos a conceder la existencia de un ser perfecto en la bondad, la sabiduría y el poder, que ha hecho todas las cosas por su voluntad y decretado todas las apariciones en su sabiduría. Este ser tiene que mandar nuestra admiración y aprobación: no puede mandar más. Como él es bueno y sabio, es superior a toda alabanza; como él es grande y feliz, es independiente de toda alabanza. Como él es el autor de nuestra felicidad, se ha asegurado nuestro amor; pero como él es nuestro creador, no puede darnos deberes. Suponiendo que es un dios, todos los deberes restan con él. Si él nos ha hecho, está obligado a hacernos felices; y si fracasa en el deber, debe ser objeto de sólo abominación a toda su creación consciente. La amabilidad recibida debe necesariamente inspirar afecto. Esta bondad, en un creador divino, como en un padre terrenal, es un deber solemne, una obligación sagrada, cuyo incumplimiento es el más atroz de los crímenes. Cuando se realiza, el amor de la criatura, como por parte del niño, es una consecuencia necesaria y recompensa suficiente.”

“Si le permitimos al teísta su Dios, no encontramos con él en ninguna relación que pueda inspirar miedo o que entrañen la obligación. Él no puede darnos felicidad que no esté obligado a otorgar: él no puede acariciarnos con una ternura que no estaba obligado a ceder. Le corresponde gratificar todos nuestros deseos, si son erróneos, corregirlos. Nos corresponde a nosotros exigir todos los bienes que estén en su poder para conceder, o en el nuestro para disfrutar. Entonces, que el teólogo destierre el miedo y el deber de su credo. Es el amor, el amor por sí solo que puede ser reclamado por los dioses o cedido por los hombres.”

“¿Hemos dicho lo suficiente? Seguramente lo absurdo de todas las doctrinas de la religión y de la iniquidad de muchos, son suficientemente evidentes. Temer a un ser a causa de su poder, es degradante; temerle si él es bueno, ridículo. Que nos demuestre su existencia, sus perfecciones y su cuidado parental: el amor brota en nuestros pechos y reembolsa su recompensa. Si no le importa mostrar su existencia, no desea el pago de nuestro amor y encuentra en la contemplación de sus propias obras su recompensa.”

“Pero, dice el teísta, su existencia es evidente y el no reconocerla un crimen. No es así para mí, mis amigos. No veo evidencia suficiente de su existencia y el razonar de su posibilidad, lo veo como una especulación ociosa. Dudar de lo que es evidente que no está en nuestro poder. Creer lo que no es evidente, es igualmente imposible para nosotros. ¡Teísta! Usted hace de su dios un ser más débil, más tonto que usted mismo. ¡Castiga como delito la duda de su existencia! Bueno, entonces, que declare su existencia y no dudamos más. Si las tribus errantes de Escitia dudan de la existencia de Epicuro, ¿debe Epicuro estar enojado? ¡Qué vanidad, qué absurdo, qué tonterías, oh teístas! ¡Como lo suponen en su Dios! Dejen que existe, este Dios, en toda la perfección de las imágenes de un poeta; le levanto una frente segura y serena. ‘¡Lo veo, oh Dios, en su poder y le admiro! Lo veo en su bondad y le apruebo. Dicho homenaje sólo es digno de que Usted reciba y yo rinda.’ ¿Y qué me contesta? ‘Usted es justo, criatura de mi hechura! No puede añadir ni quitar a la suma de mi felicidad. Yo les hice para disfrutar de la suya propia, no se pregunten por la mía. Yo les he puesto en medio de los objetos del deseo y les he dado medios de disfrute. ¡Disfruten, entonces! ¡Sean felices! Es para eso que los hice.’

“¡Escuchen, pues, mis hijos! ¡Escuchen a su maestro! Sea un dios o un filósofo quien hable, el mandato es el mismo: ¡Disfruten y sean felices! ¿La vida es corta? Eso es un mal: pero hagan la vida feliz, y así su brevedad es el único mal. Yo les hago a ustedes el mismo llamado que Dios, si existe, debe darles desde el cielo: ¡Gocen y sean felices! ¿Dudan en el camino? Dejen que Epicuro sea su guía. La fuente de todo placer está dentro de ustedes mismos. El bien y el mal se encuentran ante ustedes. El bien es todo lo que puede dar placer: el mal, lo que trae dolor. Aquí no hay paradoja, ni refrán oscuro, ni moral escondida en las fábulas.

“Hemos considerado la construcción irracional de la religión. Queda por considerar que igualmente errónea es la construcción de la moral. La virtud del hombre es tan falsa como su fe. Lo que la locura inventa, la puerilidad apoya. ¡Levantémonos en nuestra fuerza, examinamos, juezguemos y seamos libres!”

El profesor hizo una pausa aquí. La multitud se puso de pie, como si todavía escuchando. “En un momento más conveniente, a mis hijos, vamos a examinar más a fondo la naturaleza del hombre y la ciencia de la vida.”

EL FIN

* La verdad y la tendencia aquí se usa para referirse a las repercusiones ontológicas y morales del la filosofía materialista.

Guía de estudio

Contra los hombres de la multitud: un manifesto epicúreo

La siguiente obra fue escrita y/o recopilada por Cassius Amicus y traducida del inglés al español por Hiram Crespo.

La ciudad de Atenas es conocida en la historia como el lugar donde los hombres aprendieron un nuevo modelo de vida. Fue aquí que primero vivieron de acuerdo con el estado de derecho, y basan sus vidas en las filosofías de hombres como Sócrates, Platón y Aristóteles.

Pero Atenas también otorgó al mundo otro hombre – un hombre mucho mayor que éstos – que por su genio derribó los muros que otras filosofías y religiones habían levantado, paredes que separaban a los hombres de la búsqueda de la felicidad a la que la naturaleza les había llamado. La gloria de este hombre, su filosofía, y su nombre – Epicuro – se extendió por todas partes, e incluso después de su muerte su reputación llegó hasta el mismo cielo.

Esto se debe a que Epicuro había visto que la naturaleza había proporcionado todo lo que los hombres realmente necesitan, y había establecido de ese modo la vida humana sobre una base segura.

Pero también vio que, incluso cuando los hombres son grandes en riquezas y honor, en gloria y poder, que estas cosas no calman sus corazones, que los problemas constantes plagan sus vidas y que los hombres se sentían impulsados a clamar a los dioses para el alivio de su aflicción.

Al ver esto, Epicuro percibió que la causa del problema era la manera de pensar que a los hombres infelices se les había enseñado, o que habían adoptado ellos mismos. Vio que la manera de pensar de un hombre es el recipiente en el que pone su vida, pero que esta vasija se hallaba corrupta por falsas enseñanzas, corrupción que arruinó todas las cosas buenas que la naturaleza había provisto.

Epicuro vio que la vasija que los hombres habían elegido estaba llena de agujeros de manera que nunca podrían sentirse llenos por completo, que se había ensuciado y cargaba un hedor nauseabundo que contamina toda dentro de ella.

Entonces, Epicuro limpió la vasija, sustituyó el sabor amargo con el dulce y remendó sus agujeros con los preceptos de la verdad. Mostró a los hombres el error de su manera de pensar, los límites de sus deseos y temores, la verdadera meta a la que la naturaleza les llamaba, y la vía directa por la que se puede alcanzar esta meta.

También mostró a los hombres lo verdaderos males que la naturaleza permite en nuestros asuntos y cómo los hombres deben fortificarse y eregir portales de los que pueden salir para combatir estos males.

Mostró que, en su mayor parte, las vibras melancólicas que plagan los corazones de los mortales no tienen por qué surgir en absoluto, porque así como los niños tienen miedo a todas las cosas en la oscuridad de la noche, igualmente los adultos en la luz del día temen lo que es poco más terrible que la imaginación de los niños.

Y así Epicuro mostró a los hombres cómo disipar este terror y oscuridad de la mente, no por los rayos del sol sino a través del estudio y la aplicación de las leyes de la naturaleza.

El estudio de la naturaleza requiere que entendamos claramente el significado de las palabras de modo que podamos referirnos a ellas mientras vamos comprobando nuestras opiniones. A menos de que hagamos esto, nuestros argumentos continuarán sin ser verificados hasta el infinito sobre una base de términos que estarán vacíos de significado. Debemos ver claramente desde el principio el significado de cada palabra y no necesitar ir más allá de ese sentido, y así tenemos un estándar firme al que hacer referencia mientras procedemos.

Con el fin de entender y comprobar nuestras palabras, siempre debemos aferrarnos a las impresiones que recibimos de las facultades que nos ha dado la naturaleza. Estas facultades son los cinco sentidos, la facultad de dolor y placer, y la facultad que llamamos ideas preconcebidas o anticipaciones. Son estas, trabajando juntas, las que nos proporcionan los medios para distinguir entre lo que está claro y lo que no está claro. Esto es lo que llamamos razonamiento por los sentidos, o por analogía, ya que vemos siempre estas facultades como nuestro estándar de la verdad. Cuando examinamos cuestiones que escapan nuestra percepción directa, las comparamos con cosas similares que estas facultades ya han percibido claramente. Buscamos aspectos que son similares y aspectos que son diferentes, y de éstos razonamos, por analogía, para separar lo verdadero de lo falso.

En los días de Epicuro, los profesores y predicadores de falsas filosofías y religiones estaban por todas partes, tanto en la poesía de los dioses como en las escuelas de Platón y Aristóteles, y en muchas otras. Las falsas ideas que enseñan permanecen con nosotros hoy día entre los cínicos, escépticos, estoicos y otros hombres de la lógica, y entre los hombres de religión que los imitan y que añaden falsedades propias. Una gran multitud de personas sufre de esta enfermedad y su número aumenta, como si se tratara de una plaga, ya que mientras se emulan unos a otros, los hombres pasan esta enfermedad entre sí como ovejas.

Por eso es necesario que le advierta tanto de los hombres de la lógica como de los hombres de la religión, a los que nos referiremos en conjunto como los hombres de la multitud. Todos estos hombres le dirán que no se puede confiar en los sentidos. Ellos le dirán que poseen medios para determinar una verdad superior que está abierta sólo a los que renuncian a sus facultades naturales y siguen su escuela o su religión.

Platón, por ejemplo, en su República, enseñó que los hombres que dependen de los sentidos no son mejores que los esclavos que están encadenados frente a la pared en una cueva, que pueden ver sólo reflejos oscuros de la verdad detrás de ellos. Tales hombres no pueden mirar directamente la verdad, pero Platón dice tener acceso a una verdad superior, que él dice está abierta a él a través de la lógica. Dice basarse en conceptos ideales que existen más allá del alcance de los sentidos.

Además, en su Fedro, Platón enseñó que la verdadera razón debe estar basada en estos conceptos ideales que él llama causas y formas y que a menos que basemos nuestro razonamiento en estos conceptos ideales y renunciemos a nuestra dependencia de los sentidos, nunca tendremos la esperanza de encontrar la verdad.

Del mismo modo, Aristóteles en su Analítica Previa enseñó que los sentidos por sí solos no pueden revelar lo que él dice son causas o conexiones necesarias entre los objetos. Aristóteles enseñó que, con el fin de encontrar estas causas, incluyendo su imaginaria primera causa, los hombres deben buscar en lo que él llama las indicaciones, pero que estas nunca son fiables a menos que puedan ser expresadas en términos de fórmulas lógicas llamadas silogismos.

En respuesta a estos hombres de la lógica y contra todos los hombres de la multitud, Epicuro nos dijo que él preferiría hablar con la verdad y en sus propios términos, de la naturaleza, y sobre lo que es ventajoso para todos, incluso si nadie lo entiende. Eso en lugar de ajustarse a la opinión popular y ganar la alabanza que viene de sostener las ideas de los hombres de la multitud.

Epicuro también nos mostró que el estudio de la naturaleza no crea hombres que gustan de la jactancia y de hacer un espectáculo de su educación para impresionar a la multitud. En cambio, el estudio de la naturaleza produce hombres que son fuertes y autosuficientes, que se enorgullecen de sus propias cualidades personales.

El maestro nos dijo que con el fin de vivir confiados y con el fin de evitar la duda y la confusión, hay que buscar el camino a la vida feliz establecido por la naturaleza y navegar ese camino por los sentidos, en lugar de seguir a la multitud. Ya que los hombres de la multitud lucharán contra nuestra confianza en nuestros sentidos, pero podemos derrotarlos si vemos que a pesar de lo que dicen, ellos en realidad no tienen un estándar propio para reemplazar a los sentidos. Sin un estándar firme que los guíe, los hombres de la multitud no distinguen entre lo que es cierto y lo que es incierto; confunden lo que sus sensaciones verdaderamente informan con sus opiniones de lo que piensan que ven; vagan sin fin y sin esperanza, después de haber destruido su único medio de corregir sus errores.

El maestro nos advirtió que nos mantengamos firmes contra todos los que buscan convencernos de que los sentidos no son confiables. Nos advirtió que los hombres de la multitud apuntarán a desacuerdos sobre lo que es cierto, a dificultades en separar la realidad de la ilusión, y que reclamarán poseer algo superior a los sentidos. Nos advirtió que todas estas afirmaciones son mentiras, pero que tenemos que aprender por nosotros mismos por qué son falsas.

Muchas son las ilusiones y los argumentos que los hombres de la multitud nos citarán para sacudir nuestra confianza en los sentidos. Estos argumentos son en vano, ya que los podemos derrotar cuando vemos las ilusiones que surgen cuando nuestras mentes suman opiniones falsas o suposiciones mentales a lo que informan los sentidos. Así, la culpa está en nuestra manera de pensar cuando nos dejamos engañar por las ilusiones, en que nos convencemos de que vemos cosas que en realidad no hemos visto, y no en los sentidos mismos.

Para aquellos que fallan en estudiar la naturaleza, en estudiar cómo funcionan los sentidos y en estudiar métodos apropiados de pensar, es muy difícil la separación de hechos que son claramente verdaderos de opiniones que son dudosas. La forma de pensar de estos hombres acostumbra añadir afirmaciones no-verificadas a lo que informan sus sentidos, y sin un razonamiento adecuado basado en los sentidos, no tienen manera de corregir sus errores.

Los hombres de la multitud no ven que el verdadero razonamiento debe basarse en los sentidos, y por eso argumentan, en su confusión, que nada se puede saber. Estos hombres hablan falsamente ya que al decir que nada puede ser conocido admiten que ellos mismos nada saben. Con tales hombres no se puede discutir porque ellos no saben utilizar la cabeza y da igual que piensen con los pies.

Considere lo que estos hombres le están diciendo y hágale esta pregunta: “Puesto que usted está tratando de decirme que no hay verdad en nada, ¿cómo sabe lo que es verdadero y lo que es falso en realidad? ¿Qué es lo que en su propia mente ha producido el conocimiento de lo verdadero y lo falso?”

Al pensar en esta pregunta, usted encontrará que todo lo que se puede saber acerca de la verdad proviene de las facultades que la naturaleza le dio. Cuando vea esto, usted verá que los sentidos no pueden ser refutados por ningún argumento que no se base en los sentidos. Cualquier cosa que se pueda usar para refutar los sentidos debe ser más confiable que los sentidos. Pero, ¿que se puede considerar como proveedor de mayor certidumbre que los sentidos?

Los hombres de la religión dirán que sus dioses han revelado a ellos palabras santas que son superiores a los sentidos. Los hombres de lógica afirmarán que su lógica les ha permitido acceso a conceptos ideales que son superiores a los sentidos. Pero ninguno de estos hombres de la multitud le puede proporcionar evidencia a los sentidos para apoyar sus reclamos.

¿Puede una lógica que no se basa en la evidencia de los sentidos contradecir los sentidos? No. Todo verdadero razonamiento se basa en los sentidos para la verificación. Si los sentidos no son confiables, como los hombres del gentío dicen, entonces su lógica también es poco fiable, como todo razonamiento basado en cosas poco fiables también es poco fiable.

¿Se puede confiar en un solo sentido para refutar otro? ¿Pueden los oídos contradecir a los ojos, o puede el sentido del tacto contradecir a los oídos? ¿Puede el sentido del gusto cuestionar el sentido del tacto, o el sentido del olfato cuestionar a los ojos? No. Cada facultad tiene su propia oficina distinta, cada una su propio poder, y cada una reglas en su propio dominio. Ningún sentido contradice a otro, ni es cualquier sensación menos confiable que otras. Los sentidos no agregan su propia opinión a lo que informan, por lo que cada sentido tiene derecho a igual confianza en todo momento.

Debido a que los sentidos nos informan fielmente lo que perciben sin añadir opiniones, Epicuro nos mostró que lo que percibe un sentido como verdadero, debe ser considerado como verdadero. Ahora bien, esto no significa, por supuesto, que una sola sensación nos puede revelar todos los hechos de un asunto en un momento determinado, independientemente de las circunstancias. Una rama sumergida en el agua no está realmente inclinada aunque aparezca estarlo. Comprobamos la rectitud de la rama al mirarla fuera del agua. Así, el sentido de la visión es nuestro medio para saber que cosas vemos, al igual que comprobar las cosas que oímos u olemos hasta que la evidencia es clara.

Epicuro nos enseñó a tratar de la misma manera otras ilusiones, como la torre que desde la distancia parece ser redonda pero que al ser inspectada de cerca resulta ser cuadrada. Cuando se producen tales ilusiones, la evidencia puede aparentar estar en conflicto, y que a veces no se puede explicar la razón de las diferentes observaciones. En estos casos, debemos reconocer que existen las diferentes observaciones, pero que la razón para esto es desconocida, y hay que esperar antes de pronunciar alguna conclusión. No debemos saltar a una conclusión arbitraria y sin evidencia, pero aún más, no debemos dejar que la falta de conocimiento sobre la diferentes observaciones sacuda nuestra confianza en los sentidos.

Los sentidos son la base de todo el conocimiento sobre la realidad y si perdemos nuestra confianza en los sentidos y en las verdades que han establecido, se socava todo el fundamento de nuestra existencia. No sólo perderíamos la base de toda razón, sino que podríamos perder nuestra propia capacidad para vivir. Seríamos como los que, al no poder usar sus ojos para ver el precipicio frente a ellos, dan un paso a sus muertes.

Una y otra vez vamos a repetir esto: siempre hay que tener el coraje de confiar en los sentidos.

Todo esto parece demasiado simple y demasiado claro para causar preocupación alguna, pero tengamos cuidado: los hombres de la multitud se le enfrentarán con muchas palabras y argumentos con el propósito de socavar su confianza en sus sentidos.

Al considerar los argumentos de los hombres de la multitud, siempre recuerde esto: si usted está erigiendo un edificio y su regla para medir está doblada o tiene curvas, no hay duda de que toda su construcción será defectuosa, torcida, sin simetría, y propensa a caer en cualquier momento, arruinada por medidas erróneas de falsas herramientas. De la misma manera, todos los argumentos y razonamientos que se basan en herramientas distintas de las facultades que nos proporciona la naturaleza se verán distorsionados.

Ahora vamos a examinar algunos de los argumentos más frecuentes de los hombres de la multitud.

Los hombres de la multitud argumentan que el razonamiento de acuerdo a los sentidos no es fiable porque los sentidos no son capaces de percibir la verdad de los conceptos ideales. Con esto quieren decir, como lo hizo Platón con su parábola de la cueva y todos los que han venido después de él utilizando argumentos similares, que sus dioses o su lógica son la verdadera fuente de la verdad última. Argumentan, por ejemplo, que algunos hombres ricos son buenos, y algunos hombres ricos son malos, y por lo tanto nada se puede determinar sobre la bondad de un hombre al ver que él es rico. Por eso se dice que la única manera de saber si un hombre rico es bueno es compararlo con el concepto ideal de un hombre bueno, que los sentidos y la evidencia nunca podrán revelar.

De hecho, los hombres de la multitud sostienen que somos nosotros los que razonamos en base a los sentidos, los que estamos utilizando sus conceptos idealistas. Dicen que cuando opinamos que, “ya que todos los hombres que hemos percibido con nuestros sentidos han sido mortal, todos los hombres son mortales”, lo que estamos haciendo no es más que referirnos a un concepto ideal y suponer que los hombres que veremos en el futuro van a coincidir con el concepto ideal que hemos visto anteriormente. Los hombres de la multitud alegan que la mortalidad es parte del concepto del hombre que ha sido establecido por los dioses o por formas ideales. Los hombres de la religión dicen: “es por la voluntad de Zeus y no porque todos los hombres en nuestra experiencia son mortales, que cualquier nueva raza que encontraremos también será mortal“, con lo que quieren decir que su dios ha establecido el concepto de lo que significa ser un hombre. Los hombres de lógica dicen que los hombres son comprobados mortales como resultado de la conclusión como un silogismo en el que todas las definiciones son coherentes con sus conceptos idealistas. Estos dos argumentos de los hombres de la multitud ignoran la evidencia de los sentidos y están equivocados.

Como Epicuro ha demostrado, no existe nada en el universo excepto los cuerpos y el espacio. Llegamos a la conclusión de que los cuerpos existen, ya que la existencia de cuerpos es la experiencia de todos los hombres a través de nuestros sentidos. Como ya hemos dicho, debemos juzgar todas las cosas, incluso aquellas cosas que los sentidos no pueden percibir, con razonamientos que estén totalmente de acuerdo con la evidencia que los sentidos perciben. Llegamos a la conclusión de que existe el espacio porque, de lo contrario, los cuerpos no tendrían contexto para existir y a través del cual moverse, sin embargo vemos que los cuerpos se mueven. Además de estos dos, los cuerpos y el espacio, y las propiedades que son incidentales a las combinaciones de cuerpos y espacio, nada más en absoluto existe, ni hay evidencia para especular que exista cualquier otra cosa que no tenga fundamento en las partículas y el espacio. Así llegamos a la conclusión de que no hay evidencia en absoluto para un mundo de conceptos ideales o de formas superiores en los que puedan existir las creaciones imaginarias de los hombres de la lógica y los hombres de la religión.

Además sabemos que en cualquier mundo real, las partículas del universo están en movimiento continuo a través de toda la eternidad. Algunos viajan largas distancias, mientras que otras rebotan en sus movimientos ya que están entrelazadas con otras alrededor de ellas. Concluímos esto porque el espacio alrededor de estas partículas no les ofrece resistencia, y como el universo es infinito en todas las direcciones no hay lugar al que las partículas puedan venir a descansar. Por lo tanto no hay lugar en el universo donde podrían existir conceptos idealistas que nunca cambien por toda la eternidad.

Los que dicen que la verdad debe encontrarse en conceptos ideales también se equivocan por no entender que las cualidades de los cuerpos no tienen una existencia propia separada y por no ver que las diversas cualidades de los cuerpos, como el color, son diferentes de las cualidades de las partículas que componen el cuerpo. Por ejemplo, cuando las partículas de oro se unen para formar un cuerpo de oro visible a nuestra vista, el cuerpo de oro parece ser de color amarillo. Si observamos en la oscuridad, sin embargo, veríamos que el oro es incoloro y por lo tanto el color del oro es incidental a su incorporación como un cuerpo y a las circunstancias en que se le observa.

No debemos suponer que estas cualidades son existencias independientes con su propia materia o naturaleza. Pero es igualmente erróneo considerar estas cualidades como si no tuvieran existencia en absoluto, o como si tuvieran algún tipo de existencia incorpórea como concepto ideal. La verdad es que las cualidades de partículas no cambian con el tiempo, y las cualidades de los cuerpos compuestos siguen siendo las mismas sólo por un tiempo y bajo ciertas condiciones, pero en ambos casos, las cualidades no son existencias separadas traídas desde el exterior para formar los cuerpos. Es a través de las cualidades que un cuerpo tiene su identidad, pero la misma calidad no puede existir aparte de las partículas y de los cuerpos implicados, por lo que las cualidades en sí no tienen existencia independiente que se pueda definir como conceptos ideales. Así pues, no hay por ejemplo un concepto ideal del color azul, como tampoco hay un concepto ideal de un buen hombre, o de lo bueno en sí.

La verdad es que hay que utilizar en todo momento las facultades que nos da la naturaleza, observar el mundo que nos rodea, y decidir qué elegir y qué evitar en base a la orientación de la naturaleza, no mirando conceptos ideales para las respuestas a nuestra preguntas. Como Epicuro nos mostró, lo que crea el mayor placer en la vida humana es la eliminación completa del dolor, y tal es la naturaleza de lo que llamamos bueno, si se comprende correctamente en lugar de balbucear vagamente sobre un concepto ideal de lo bueno.

Además, los hombres de la multitud argumentan que el razonamiento basado sólo en los sentidos nos obliga a creer que todas las cosas son iguales en todas partes. Por ejemplo, dicen que el razonamiento basado sólo en los sentidos nos llevaría a pensar que porque hemos encontrado higos en nuestro país, eso implica que existen higos en todas las partes del mundo. Ellos argumentan que los sentidos también nos llevarían a concluir que, debido a que no existen todos los tipos de plantas aquí en nuestro país, debemos concluir que no existen en algún otro lugar. Argumentan que un método de pensamiento que llega a estas conclusiones es totalmente indigno de confianza.

Pero no suponemos que las cosas son siempre igual en todas partes. Cada vez que sintamos que hay un poco de evidencia de que las circunstancias son diferentes, honramos esa evidencia y no pretendemos que las cosas nuevas serán las mismas que antes.

Sí, consideramos confiados la experiencia como base de nuestro razonamiento. Vemos que todos los hombres mueren si son decapitados y que no crecen nuevas cabezas, y así llegamos a la conclusión de que todos los hombres en todo lugar que sean decapitados, van a morir. Pero no llegamos a la conclusión de que, porque vemos higos en nuestros propios campos, existen higos en todas partes. La diferencia es que la experiencia nos muestra que los hombres todos son los mismos en lo que concierne a la pérdida de sus cabezas, incluso en lugares a los que no hemos viajado. Pero las plantas no son las mismas, incluso en la misma región, sino que a menudo difieren entre sí en el olor, color, forma, tamaño y otras características. Por lo tanto no concluímos que existen las mismas plantas en todas partes.

En todos los casos buscamos las similitudes y diferencias involucradas. Cuando vemos diferencias, no decimos que debido a que el pelo y las uñas al ser arrancados vuelven a crecer de nuevo, eso significa que los ojos o cabezas al ser cortados puedan hacer lo mismo.

Los hombres de la multitud también argumentan que la razón no puede confiar en los sentidos porque algunas cosas son únicas, y con cosas únicas los sentidos no tienen nada que comparar. Por ejemplo, hay sólo un tipo de piedra que atrae el hierro, llamada imán, y sólo una especie de rectángulo que tiene un perímetro igual a su área, llamada un cuadrado. Los hombres de la multitud argumentan que debido a que existen estas cosas únicas, no se puede saber cuantas otras cosas únicas podrían existir. Así, los hombres de la multitud argumentan que la experiencia no es una fundación suficiente para encontrar la verdad. Argumentan que a pesar de que todos los hombres en nuestra experiencia cuyos corazones han sido traspasados han muerto, no podemos concluir que por necesidad todos los hombres morirán si se perforan sus corazones. Argumentan que hay muchos hombres únicos, como el hombre en Alejandría que era la mitad de un codo de altura con una cabeza colosal que podía ser golpeada con un martillo. Dicen que hubo una persona en Epidauro que era mujer al casarse y más tarde se convirtió en un hombre. Y existieron pigmeos en la ciudad de Acoris que eran similares a los que fueron traídos por Antonio desde Siria. Los hombres del gentío dice que si existen todos estos hombres como excepciones a nuestra experiencia general de los hombres, ¿no demuestra esto que lo que pensamos que es común en los hombres pueden no ser común a todos y que la experiencia es inútil?

La verdad es que ningún epicúreo niega que existen cosas únicas, y que el método de razonamiento basado en los sentidos no pierde su validez debido a que sólo un tipo de piedra atrae el hierro. Sólo hay un sol y una luna en nuestro mundo; y hay atributos únicos en cada tipo de objeto. Si hubiera una piedra idéntica a un imán, pero que no atrae el hierro, entonces el razonamiento basado en los sentidos sería socavado, pero esto no sucede. Entre los muchos tipos diferentes de piedras, los imanes tienen una calidad única que es evidente a los sentidos. Del mismo modo, el hecho de que un cuadrado es el único rectángulo que tiene un perímetro igual a su área no socava los sentidos. Todos los cuadrados verificados muestran esta misma distinción, y cualquiera que quisiera negar esta distinción estaría contradiciendo los sentidos. Cuando seguimos la evidencia de que todos los cuadrados en nuestra experiencia tienen un perímetro igual a su área, estamos justificados en el razonamiento de que todos los cuadrados en el universo tienen la misma característica. Esto se debe a que es inconcebible que cualquier cuadrado sea diferente en ese sentido de los que hemos experimentado.

Los casos únicos no socavan el razonamiento basado en los sentidos porque se presta atención a las similitudes y diferencias, y consideramos las sustancias, poderes, atributos, disposiciones y números según las circunstancias lo requieran. En algunos casos descartamos muchas diferencias en cosas parecidas, y en otros casos descartamos solo algunas de estas diferencias. Razonando de esta manera, juzgamos que los hombres en todas partes son mortales, pero que son diferentes en otros aspectos. Con confianza opinamos que no habrá una peculiaridad en la que algunos hombres puedan ser inmortales, e igual llegamos a la conclusión de que nunca vamos a ver un objeto finito que no esté limitado por otro objeto. Es a partir de nuestras observaciones, y no de conceptos ideales, que confirmamos nuestra conclusión de que ciertos objetos tienen ciertas cualidades. Del mismo modo, llegamos a la conclusión de que ningún animal puede razonar sobre las cosas más elevadas, ya que los animales no tienen razón. Así que nos referimos a los hombres como mortales debido a que hemos observado la mortalidad, tal como nos referimos a números como números porque observamos que están compuestos de unidades.

Por otro lado, el alma es algo único, diferente a todos los demás objetos, como es el tiempo mismo. Reconocemos esta singularidad, por lo que ¿por qué deberíamos considerar las cosas únicas como una barrera para nuestro razonamiento? De hecho, cualquiera que observe la variedad de cosas en nuestra experiencia juzgará que también existe variedad similar entre los objetos no percibidos. Así, así nos ocupemos de cosas que son idénticas o simplemente similares, razonamos apropiadamente según el caso. Buscamos las similitudes y diferencias en las cosas que observamos y nos corregimos en nuestro razonamiento por los hechos de cada caso.

Ya sea que estemos hablando en términos de las proposiciones universales o simplemente probabilidades, ambas se derivan de la evidencia de los sentidos. Es por nuestros sentidos que establecemos cuando las circunstancias y las relaciones son importantes. En el caso de las medicinas, por ejemplo, se ha observado que algunas son veneno mortal, algunas son purgantes, y algunas tienen otros poderes. No es de extrañar, por tanto, que existe una gran variación en si una cosa es o no nutritiva o medicinal. Y así, en base a nuestra experiencia, no admitimos que hay hombres que comen heno, fácilmente lo digieren y se nutren. Ten en cuenta que los hombres de la multitud a menudo fabrican cosas de acuerdo a sus opiniones y crean registros falsos del pasado. Pero en esto no logran nada, porque el que tergiversa la evidencia destruye toda la base de un razonamiento por cualquier método.

Con respecto a lo que los hombres pueden comer, se aplica el mismo principio. Razonamos observando lo que sucede luego de las circunstancias, ya sean comunes o únicas. Quien se basa en los sentidos no cuestiona el hecho de que, por naturaleza, la luna crece y mengua, o que los hombres mueran. Por otro lado, no siempre debemos negar una cosa, a pesar de que la experiencia nos llevaría a negarla. A veces la evidencia proviene de cualidades incidentales, y a pesar de la mucha evidencia incidental el asunto todavía no se ha establecido con certeza. Un ejemplo de esto se refiere a la alimentación, ya que nadie afirma con confianza que si una cosa es similar a una comida en el olor, color y sabor, es nutritiva. Muchos objetos tienen cualidades incidentales que los hacen similares en apariencia, color, e incluso sabor a la comida nutritiva, pero en muchos casos no alimentan en lo absoluto.

Los hombres de la multitud van más lejos y dicen que nosotros los epicúreos somos inconsistentes en la manera de razonar sobre la base de los sentidos. Dicen que debido a que todos los objetos que hemos visto en el pasado parecen tener color, debemos concluir que los propios átomos deben tener color. También dicen que, dado que todos los cuerpos que hemos visto pueden ser destruidos, deberíamos concluir que los propios átomos pueden ser destruidos. Dicen que somos incoherentes cuando llegamos a la conclusión de que los átomos no tienen color, y que los átomos no pueden ser destruidos. Lo que no ven es que llegamos a estas conclusiones en la base más firme de razonamiento. Si tuviéramos que concluir que los átomos tienen color o que pueden ser destruidos, estaríamos repudiando la verdad establecida previamente por los sentidos.

Cuando los hombres de la multitud nos acusen de incoherencia, recuerden que sus argumentos sin pruebas no tienen peso en contra de la probabilidad de nuestra doctrina. No nos contradecimos, siempre y cuando tenemos la evidencia de los sentidos para confirmar nuestras declaraciones. De hecho, sabemos que los dioses y los primeros elementos de las cosas son indestructibles y no creados, no por fuerza de argumento solo sino porque esta es una condición de su ser si razonamos a partir de los sentidos. De la misma manera, los seres vivos son aquellos que en nuestra experiencia se nutren de alimentosnacen y poseen cualidades similares, y por estas características sabemos que son criaturas vivientes.

Los hombres de la multitud también nos preguntan: ¿En que tipo de evidencia de los sentidos debemos confiar? ¿Debemos juzgar a los hombres sólo con analogías basadas en otros hombres, o también basadas en otros seres vivientes? ¿Porqué no juzgar a los seres vivos sólo en función de los seres vivos? ¿Porqué no empezar con nuestros conceptos ideales y juzguar hombres y animales sobre esta base? ¿Qué grado de similitud entre las cosas debemos requerir antes de que podamos aplicar una analogía a cosas nuevas? No nos digan que las cosas deben ser idénticas antes de que podamos razonar en base a la similitud, pues eso sería ridículo. Si lo que estamos tratando de juzgar es idéntico a lo que ya percibimos, entonces el juicio no es necesario, ya que se trata de lo mismo. Así los hombres de la multitud argumentan que el razonamiento basado en los sentidos nunca puede ser concluyente. Dicen que siempre estaremos comparando una cosa con otra en una cadena infinita sin llegar a nada definitivo. ¡Y dicen que la única manera de establecer la verdadera naturaleza de todo es por referencia a conceptos ideales, que por definición son los únicos que tienen certeza!

Los hombres de la multitud incluso argumentan que pueden utilizar nuestro razonamiento en contra de nosotros. ¡Ellos dicen que a menos que los epicúreos sean similares a los tipos de hombres que ya han visto, que van a negar que existen epicúreos, porque ellos niegan que alguna vez han visto un epicúreo y no podrían reconocer uno si lo ven! No sólo eso, dicen que a menos que definamos un concepto ideal de un epicúreo, nosotros mismos tenemos ninguna manera de reconocernos entre nosotros mismos.

Una vez más los hombres de la multitud no ven que cuando razonamos en base a los sentidos, buscamos similitudes y diferencias con cuidado. No basamos nuestras conclusiones en la evidencia que ha surgido incidentalmente y que cambia según el momento o circunstancia.

Por ejemplo, llegamos a la conclusión de que los cuerpos, que son combinaciones de elementos y vacío, son destructibles. Esto no es porque están compuestos de elementos, que sabemos que no pueden ser destruidos, sino porque son en parte compuestos por vacío, que no tiene atributo otro que el espacio. Esta es una conclusión que no cambia según el tiempo o lugar. Por otra parte, observamos que los cuerpos tienen color, no porque sean elementos, que sabemos que no tienen color, sino debido a que observamos el color.

Vemos que los cuerpos en la oscuridad no tienen color y por lo tanto sabemos que el color se presenta de acuerdo con las circunstancias. Incluso en la oscuridad, sin embargo, los cuerpos conservan su peso y forma. Por lo tanto no razonamos a partir de cualidades accidentales como el color para sacar conclusiones sobre todo el cuerpo. En cambio, cuando sacamos conclusiones sobre los cuerpos, buscamos las similitudes que nunca cambian en condiciones similares, como la ligereza y pesadez, que proporcionan una base adecuada y confiable para el uso de analogías.

Al razonar, miramos los asuntos que se ven más estrechamente relacionados, lo más similar posible. No debemos ser demasiado amplios en la elección de las cosas que son similares; debemos mirar a las cualidades que más se aproximen. Las conclusiones más fiables provienen de la observación de hombres cuyas cualidades son especialmente similares entre sí y de las cualidades que se hallan en todos esos hombres, mientras que siempre miramos las diferencias que podrían apuntar a lo contrario. Así, cuando buscamos identificar epicúreos, razonamos sobre epicúreos basadas en esos hombres que son más como ellos, como lo haríamos para cualquier clase de cosas. Y en medida que razonamos, llegamos a nuestras conclusiones sobre los epicúreos del mismo modo que siempre razonamos, en base a la analogía con lo que hemos percibido con anterioridad a través de los sentidos y no mirando los conceptos ideales inexistentes de los hombres de la multitud.

Los hombres de la multitud también argumentan que estamos siendo ilógicos, al referirnos a probabilidades basadas en la evidencia observada en el pasado. Cuando decimos que quizá sea seguro navegar en el verano, ya que la experiencia pasada ha demostrado que los vientos favorables ocurren en esa temporada, ellos dicen que esa probabilidad es impráctica. Ellos nos remiten a nuestra regla de que un asunto es considerado verdadero donde la evidencia lo apoya y no hay evidencia que lo contradiga. Dicen que si nuestro método es válido, debemos estar seguros de que estamos a salvo al navegar en el verano. Dicen que referirse a los dioses o los conceptos ideales es el único método fiable para decidir algo con certeza.

La respuesta a estos hombres, por supuesto, es que existe un método apropiado para el razonamiento de acuerdo a los sentidos. Quien sigue nuestro método verá que estamos justificados en arribar a una conclusión incluso si existe una similitud sólo en un gran número de casos, siempre y cuando no exista evidencia que contradiga la conclusión.

Seguiremos siempre en defensa de los sentidos: si el razonamiento basado en los sentidos no es válido, entonces razonamiento basado en conceptos ideales tampoco puede ser válido.

Los hombres de la multitud también afirman que las llamadas “indicaciones“, es decir las circunstancias que tienden a dar prueba de otras cosas, como el humo que indica la presencia de fuego, no se pueden considerar confiables cuando se basan sólo en los sentidos y que solo las indicaciones basadas en conceptos ideales son ciertas. La verdad es que cada vez que una indicación sea cierto, la evidencia de que lo es proviene de los sentidos y no de la afirmación de que la indicación representa la palabra de un dios o un concepto ideal. Sólo los sentidos nos pueden decir si una cosa es concebible o no, al igual que sólo los sentidos nos pueden decir que es imposible que Epicuro sea un hombre y Metrodoro no sea un hombre.

Consideremos el argumento: “Si hay movimiento, no hay vacío.” No podemos establecer la verdad de esto, salvo haciendo referencia a los sentidos. Lo hacemos al demostrar que, por experiencia, hemos visto que es imposible que una cosa se ​​mueva sin un espacio vacío en el que moverse. Por lo tanto establecemos, mediante la observación, las condiciones que son necesarias para que una cosa se ​​mueva en nuestra experiencia. Entonces concluímos, por analogía, que las mismas condiciones son siempre necesarias para que el movimiento se produzca, ya que es imposible que el movimiento se produzca sin espacio vacío. Si nuestro método de observación no es suficiente para establecer esto, seguramente cualquier intento de mirar a los conceptos ideales tampoco va a poder establecerlo.

Incluso cuando la evidencia disponible no es suficiente para que reclamemos certeza, el razonamiento de acuerdo a los sentidos es más fiable que el razonamiento de acuerdo con los conceptos ideales. Por lo tanto opinamos que incluso los objetos únicos deben ser juzgados tal y como son revelados a nosotros por nuestros sentidos. Y es por esta razón que se le dedica tanto tiempo a la discusión del tamaño del sol. Los hombres de la multitud argumentan que pueden demostrar matemáticamente que el sol es mucho más grande de lo que parece a nuestros sentidos, por lo que deben aceptar esto como evidencia de que el razonamiento a través de las matemáticas y la lógica es superior al razonamiento basado en los sentidos.

Nuestra respuesta a esto es que el sol es único, y observamos pruebas contradictorias al respecto, por lo que debemos esperar antes de afirmar el tamaño del sol con certeza. Sabemos que, en general, las cosas vistas desde la distancia pierden su color, se mueven lentamente y parecen menos precisas. El sol, sin embargo, se ve a la distancia pero tiene una apariencia contraria. El sol tiene color, se mueve rápidamente y parece claro y brillante, a pesar de que está lejos. Por lo tanto el sol se diferencia de todos los objetos en nuestra experiencia, al igual que el imán se diferencia de todas las otras piedras en ser la única piedra que atrae el hierro.

Al argumentar que el sol es sin duda enorme, los hombres de la lógica crearon una fórmula. Ellos argumentan que:

Todos los objetos de nuestra experiencia que reaparecen lentamente detrás de objetos que los eclipsan tienen este carácter ya sea porque se mueven lentamente o porque son muy grandes.

Puesto que el sol vuelve a aparecer poco a poco, necesariamente debe tener una de estas dos características.

Pero no se mueve lentamente, ya que completa la ruta de acceso desde la salida hasta la puesta del sol en doce horas, pasando a través de una gran distancia; y por lo tanto debe ser muy grande .

Los hombres de lógica dicen que esto demuestra la superioridad del razonamiento basado en la lógica y no en los sentidos. Presumen que la causa correcta de que el sol reaparezca lentamente es que es muy grande. Pero este argumento, aunque fuera cierto, se basa en la evidencia de los sentidos que sugiere el tamaño como la causa. No han probado que alguna otra causa pueda explicar lo que observamos sobre el sol, igual que tampoco han demostrado que el razonamiento basado en los sentidos no es válido en base a que solo los imanes atraen el hierro.

Los hombres de la multitud no pueden refutar el razonamiento basado en los sentidos usando solo la lógica. En respuesta a todos los argumentos en contra de los sentidos, respondemos que todas las pruebas de la verdad proviene de los sentidos y no de la lógica, que utiliza conceptos ideales que no pueden ser verificadas por los sentidos.

De hecho, los argumentos de los hombres de la multitud se disuelven fácilmente si los examinamos de cerca. Los hombres de la multitud dicen que pueden razonar por silogismos y fórmulas. Dicen que para probar una declaración como: Si el punto A es cierto, entonces el punto B es cierto”, sólo es necesario reordenar las palabras y decir que “si el punto B no es cierto, entonces el punto A no es cierto“. Pero la reordenación de las palabras de una propuesta para negar su contrario no demuestra nada. La corrección de una conclusión depende sólo de los hechos que se incorporan a esa conclusión.

Por ejemplo, considere la proposición: Platón es un hombre y Sócrates es un hombre”. Los hombres de la lógica dicen que si esto es cierto, es cierto también que: Si Sócrates no es un hombre, no es un hombre Platón”. Pero la verdad aquí no queda establecida solo con negar tanto a Sócrates como a Platón. Esta afirmación es cierta, ya que es inconcebible que Sócrates no sea un hombre y Platón sea un hombre. Toda verdadera prueba se deriva de la evidencia de los sentidos y jugar juegos con palabras no prueba nada que no sea demostrado por los sentidos.

Los hombres de la multitud también argumentan que los sentidos no pueden concluir nada acerca de lo que no puede ser percibido. Dicen que si tuviéramos que tratar de incluir todas las pruebas disponibles, la tarea sería imposible, y que si elegimos sólo una parte de la evidencia no podremos llegar a una conclusión sobre la base de muestras limitadas. También dicen que debido a que observamos variaciones en la atmósfera, la comida y la constitución natural que afectan cuan largas son las vidas de los hombres, ¿no es posible que existan también otras variaciones de las que no estamos conscientes? Dicen que no se puede razonar solo a base de cosas que parecen idénticas ya que varían sólo por su número, y no se puede razonar en base a cosas que no son iguales debido a sus diferencias.

Lo que los hombres de la multitud están diciendo es que el objeto que estamos considerando, pero que no podemos percibir, podría tener ciertas peculiaridades que no están presentes en los objetos a los que lo estamos comparando. Dicen que ya que el objeto puede no ser en lo absoluto como lo que estamos acostumbrados a ver, no es apropiado hacer un juicio al respecto únicamente en base a los sentidos. Por ejemplo, argumentan que debido a que algunas personas digieren la carne de cabra con más facilidad que otros alimentos que parecen ser más digeribles, esto es evidencia de que la comida no tiene una naturaleza constante por la cual la podemos juzgar. A partir de esto, argumentan que ya que vemos que todos los hombres son mortales, debemos sostener que los dioses son mortales, y como vemos que todos los cuerpos son creados y destruidos, debemos sostener que los elementos son igualmente creados y destructibles.

Bromio nos muestra que los hombres de la multitud se equivocan, ya que es un error considerar que toda la evidencia es fiel a todos los hechos y no podemos juzgar cosas que podrían ser siempre de cierto modo confiando en similitudes incidentales. Al determinar la verdad, buscamos tanta evidencia como sea posible, tanto la consistente y como la inconsistente, y no sólo de nuestra propia observación sino a partir de la observación de tantos hombres como sea posible a través de la historia. Luego de esto, nuestra tarea es considerar qué cualidades son inseparables de las cosas que estamos observando, y a partir de estas observaciones sacar conclusiones sobre todas las demás.

Por ejemplo, si se encuentra que los hombres difieren en todos los aspectos excepto en uno, y en ese sentido todos los hombres son iguales, ¿por qué no decir con confianza, sobre la base de las pruebas que nosotros y otros hombres hemos observado a lo largo de la historia, que todos los hombres son mortales? Cuando hayamos establecido esta conclusión basándonos en la evidencia, y no hayamos observado evidencia que la contradigaconcluiremos con confianza que quienes dicen que los hombres eran antiguamente inmortales están mintiendo.

¿Que otro principio de prueba es mayor que la observación de que un objeto que no se puede detectar, es inconcebible? No importa cuáles sean las circunstancias de la atmósfera, o alguna otra diferencia de cualquier tipo, vamos a hacer el mismo argumento. No rechazamos la evidencia de las diferencias, sino que la incorporamos. rechazamos a aquellos que son tan tercos que se preguntan si hay hombres de hierro que pueden caminar a través de paredes del mismo modo que nosotros caminamos a través del aire. La prueba es que este tipo de cosas son inconcebibles.

Y los hombres de la multitud también se equivocan cuando dicen que no podemos sacar conclusiones de objetos que son idénticos. Incluso los objetos idénticos pueden parecer diferentes cuando hay alguna diferencia en las circunstancias que los acompañan. Tomando objetos idénticos tal y como son percibidos por los sentidos, razonamos acerca de las diferencias tal y como las percibimos, de acuerdo a la evidencia de los sentidos. Otras veces razonamos en base a objetos que son diferentes entre sí, pero comparten aspectos similares. Por ejemplo, algunos atributos son propios de los hombres solos, y algunos atributos son compartidos con los dioses. Así que usamos la evidencia de los sentidos para todos los seres vivos que observamos. Observamos que sólo el hombre en nuestra experiencia es capaz de pensamiento superior y razonamos que los dioses poseen pensamiento superior, ya que no observamos nada que impida que los dioses sean similares a los hombres en este sentido. Ya que un dios no puede concebirse fuera del pensamiento; y aunque los dioses no son creadosestán compuestos de alma y cuerpo, y por lo tanto son seres vivos.

Así que no es necesario referirse a conceptos ideales cuando razonamos que todos los hombres deben ser mortales. Tampoco es necesario construir un silogismo y establecer una negación para completar el silogismo. Es por el razonamiento basado en los sentidos que con confianza se afirma que todos los hombres son mortales. Dado que el atributo de la mortalidad es común a todos los hombres en nuestra experiencia, hemos de juzgar en cada caso que es un atributo de todos los hombres en todas partes y por lo tanto confirmamos por medio del razonamiento basado en los sentidos que todos los hombres son similares en este sentido.

En cuanto al argumento de que echamos a un lado la posibilidad de diferencias que no podemos percibir, decimos que no ignoramos las diferencias cuando hay alguna razón para suponerlas. Por ejemplo, es posible extraer conclusiones acerca de la naturaleza universal de fuego. Observamos que algunos materiales combustibles se inflaman por la sequía o la fricción o el relámpago, pero no de otras maneras. También observamos que algunos incendios difieren con respecto a la duración del tiempo en que arden, en la facilidad con que se apagan,y en lo brillantes que son. El razonamiento correcto nos obliga a identificar cuales diferencias son únicas y cuales propiedades son comunes, con el fin de evaluar la naturaleza del fuego. Este es el mismo proceso que aplicamos a otras cosas.

Las conclusiones así tomadas no se ven conmovidas por la observación de diferentes circunstancias, ya que de hecho al observar estas diferentes circunstancias, ellas nos confirman las variaciones que nos llamaron la atención sobre las diferencias. Y si los hombres de la multitud siguen siendo tercos, podemos preguntarles desde que punto de partida se oponen a una conclusión o consideran una investigación inútil.

Cuando razonamos a partir de la proposición: “Los hombres en nuestra experiencia son mortales”, y concluímos con la proposición: “Los hombres de todo el mundo son mortales“, no presuponemos nada acerca de un concepto ideal de los hombres o la mortalidad. Tenemos razón basada en el hecho de que todas las multitudes de hombres en nuestra experiencia son similares en lo que concierne a ser mortal y llegamos a la conclusión de que todos los hombres son mortales universalmente porque no hay evidencia que se oponga a esta conclusión, o nos lleve a la opinión de que los hombres puedan ser inmortales. Por lo tanto, prestamos atención a la similitud que hemos observado a través de nuestros sentidos, y al no ver prueba al contrariocon confianza declaramos que, en el respeto a la mortalidad, los hombres que no hemos visto son similares a los que hemos visto.

Cuando razonamos en base a la experiencia de que todos los hombres en todas partes son mortales, esto lo juzgamos por analogía a partir de los sentidos. Vemos el hecho de que todos los hombres que vivieron en el pasado en la historia, y todos los hombres que hemos observado han sido mortales, sin excepción. Los hombres de la multitud, que dicen razonar en base a conceptos ideales, no pueden proporcionar tal confirmación. Nosotros no decimos que los miembros de la tribu acrothoites sean de corta duración porque los hombres en nuestra experiencia son de corta duración. Reconocemos que algunos miembros de la tribu acrothoites pueden morir jóvenes y otros pueden vivir hasta una edad avanzada, ya que se observa que los hombres en nuestra propia experiencia difieren mucho en cuánto tiempo viven.

Los argumentos de los hombres de la multitud que hemos cubierto hasta ahora son los que han sido conservados por Bromio y Zeno. Sigamos ahora el ejemplo de Demetrio, y veamos un resumen de los errores en todos estos argumentos. En primer lugar, los hombres de la multitud no ven el error fatal de su método lógico. Una proposición no se comprueba cierta simplemente con construir una fórmula lógica en la que se establecen definiciones de manera que cuando se inviertese ​​prueba que es cierto. La prueba de que existe algo viene de los sentidos y la prueba de que algo no existe sólo viene de que no pueda ser concebido de acuerdo a los sentidos.

Cuando los hombres de la multitud construyen sus silogismos, las conclusiones a las que llegan no se prueban mediante la inversión del silogismo sino por medio de los sentidos. Aquellos que usan el razonamiento dialéctico no saben que están vergonzosamente refutandose a sí mismos, ya que los argumentos que se inventan para refutar los sentidos solo contribuyen a la confirmación de nuestro método. Cuando dicen que estamos siendo ilógicos al suponer que todas las criaturas son destructibles porque los de nuestra experiencia son destructibles, y cuando argumentan que los objetos similares pueden diferir entre sí de acuerdo a las circunstancias como condiciones atmosféricasellos mismos están utilizando los sentidos en sus juicios. Y cuando dicen que la existencia de casos únicos significa que las cosas que no podemos percibir también pueden ser únicas, están de nuevo utilizando el método de mirar a los sentidos para encontrar ejemplos únicos. En todos estos casos, los argumentos de los hombres de la multitud se refutan a sí mismos.

En segundo lugar, los hombres de la multitud no ven que el razonar por los sentidos no fundamenta sus conclusiones en la observación de cuestiones incidentales que cambian con las circunstancias. Este razonamiento se basa en la observación de los asuntos que son constantemente similares. Por ejemplo, razonamos que ninguna observación incidental nos puede llevar a una conclusión que entre en conflicto con la naturaleza elemental de los átomos.

En tercer lugar, los hombres de la multitud no ven que son los sentidos mismos los que establecen que algunas cosas son únicas, como ciertas piedras y ciertos números. Nuestra observación de estas cualidades únicas de ninguna manera socava nuestro método de razonamiento, sino por el contrario lo fortalece.

En cuarto lugar, los hombres de la multitud no ven que no llegamos a nuestras conclusiones razonando de forma indiscriminada de todas las cosas en nuestra experiencia para concluír sobre lo desconocido. El verdadero razonamiento evalúa y pone a prueba toda clase de evidencia observando si existe la más mínima evidencia de lo contrario, antes de llegar a una conclusión. De hecho, los errores cometidos por nuestro método de confiar en los sentidos se corrigen a sí mismos por los sentidos. Si cualquier persona a partir de la experiencia de Atenas dice que todos los hombres son blancos, o partiendo de la experiencia de los etíopes dice que todos los hombres son negros, o que en todas partes el reloj de sol no muestra ninguna sombra en el solsticio de verano, ¿no se comprobará que este argumento está equivocado por medio de los sentidos? El hombre que llega a conclusiones erróneas como éstas ha fracasado porque ha observado la evidencia de forma incorrecta, y es por la observación a través de los sentidos que puede corregir su error.

En quinto lugar, los hombres de la multitud no ven que no hay otro medio de razonar sobre las cosas que no se pueden percibir, otro que no sea el razonamiento basado en los sentidos. Incluso cuando no encontramos evidencia consistente para observar, quien razona como nosotros admite esta inconsistencia, como ya hemos discutido. Los que dicen que los conceptos ideales son comprobados por los sentidos dicen prácticamente lo mismo que nosotros, pero crean la sospecha por su enseñanza de que hay dos métodos de razonamiento y que su método es una alternativa válida a los sentidos. Estos hombres están de acuerdo con nosotros en que lo inconcebible es una prueba para sus fórmulas, pero cuando argumentan que el razonamiento basado en silogismos es tan válido como el razonamiento basado en los sentidos, están completamente equivocados. Los hombres de la multitud no ven que su método les deja sin un medio fiable de razonamiento. Cuando están de acuerdo con nosotros en que todos los hombres son mortales, y que los centauros, faunos y otros monstruos imaginarios no existen, confirman estas conclusiones por referencia a analogías de los sentidos. No ven que si la analogía basada en los sentidos no fuera un método válido, no tendrían base para sus propios puntos de vista.

En sexto lugar, los hombres de la multitud ignoran el hecho de que nosotros decimos que sólo las cosas que son similares, y no todas las cosas, proporcionan evidencia confiable para razonar por analogía de los sentidos. Y al construir sus silogismos, no ven que tienen que verificar con los sentidos para determinar qué tipo de similitud existe. Y lo que es más, tienen que verificar de nuevo con los sentidos para establecer las negaciones que construyen para sus silogismos.

En séptimo lugar, los hombres de la multitud ignoran el hecho de que el verdadero razonamiento no se basa sólo en nuestras propias observaciones, sino también en las observaciones de los demás. ¿Los hombres que nunca han estado en Creta y Sicilia dudan que son islas? Una conclusión basada en los sentidos es válida sólo cuando no hay evidencia que entre en conflicto con la conclusión, y los hombres que sostienen que Creta y Sicilia no son islas están ignorando las observaciones de otros hombres. Los hombres de la multitud por lo tanto se equivocan cuando piensan que, al presentar unos pocos casos disímiles que chocan con cosas que sabemos sobre nosotros mismos, han refutado todo nuestro método.

En octavo lugar, los hombres de la multitud ignoran el hecho de que el razonamiento de acuerdo a los sentidos acerca de los objetos no percibidos nos obliga a observar la variedad de diferencias en los objetos percibidos, y nos obliga a comprobar para asegurarnos de que no hay pruebas contradictorias. El razonamiento correcto nos obliga a ver que es imposible que la naturaleza de las cosas sea incompatible con lo que observamos. Es con razonamientos como éste, comenzando con la observación de que ninguna materia se crea ni se destruye, que se llega a la conclusión correcta de que el universo, como un todo, nunca fue creado en un punto en el tiempo.

En noveno lugar, los hombres de la multitud no ven que hay métodos válidos de conectar observaciones, otros que no sean la necesidad. Los hombres de la gente dice que si la conexión no se establece como una cuestión de necesidad, el argumento será concluyente, y que la necesidad se revela sólo a través de los conceptos ideales. Pero nosotros los epicúreos aceptamos que una cosa esté conectada a otra por el hecho de que esa conexión se ha observado en todos los casos que hemos experimentado. De acuerdo con este método, se dice que el hombre, en medida que es hombre, es mortal, ya que hemos examinado sistemáticamente muchos hombres y no hemos encontrado variación con respecto a esta característica, y no hay evidencia de lo contrario. Así llegamos a la conclusión basada en la observación, más que en la necesidad, que una cosa no se produce sin la otra.

En décimo lugar, los hombres de la multitud a menudo inventan argumentos peculiares e imposibles para apoyar sus opiniones. Ellos se aferran a las invenciones míticas de algunos poetas y los mitos religiosos, mientras que al mismo tiempo descartan otros y se acusan mutuamente de falsificación. De esta manera, los hombres de la multitud tratan de fortalecer sus propias creencias y desacreditar a los demás. Pero el que se ha dedicado a la utilización precisa de los sentidos y al estudio de las facultades que la naturaleza nos ha dado, difiere por completo de los hombres de la multitud y siempre insiste en que la evidencia se considere honestamente.

Hasta ahora hemos considerado lo que miembros de nuestra escuela que han pasado la mayor parte del tiempo en este estudio han conservado para nosotros. Mas tarde cubriremos lo que algunos de los otros hombres de la multitud han dicho y escrito sobre el método epicúreosi tenemos el estómago para cubrirlo y si no hay nada más importante que cubrir.

Pero por ahora no tenemos más tiempo para los juegos de palabras de los hombres de la multitud. Ya que son maestros sutiles de la dialéctica, vamos a pedirles consejos sobre temas que realmente importan, como por ejemplo cómo los hombres deben ser felices y cómo debemos hacer amigos. No vayamos a ellos en busca de argumentos sobre las muchas maneras de utilizar la palabra amigo” y el número de significados que tiene la palabra “hombre”.

Los hombres de la multitud nos quieren hacer creer que si tenemos el placer de ser el objetivo de la vida, como Epicuro nos mostró que somos, entonces todo amistad dejará de existir.

Pero los hombres de la multitud se equivocan. Epicuro nos ha demostrado que la amistad no puede de ninguna manera ser separada del placer porque una vida solitaria y sin amigos ha de verse acosada por peligros secretos y alarmas. De ahí que la razón nos asesore que debemos adquirir amigos. La posesión de amigos otorga auto-confianza y una expectativa firme de que se puede ganar el placer. Y así como el odio, los celos y el desprecio son obstáculos para el placer, igualmente la amistad es el preservador más confiable y también creador del placer tanto para nuestros amigos como para nosotros mismos. La amistad nos permite disfrutar en el presente y nos inspira esperanza con respecto al futuro cercano y lejano.

De modo que no es posible asegurar la felicidad ininterrumpida en la vida sin la amistad, ni tampoco es posible preservar la amistad a menos de que amamos a nuestros amigos tanto como a nosotros mismos. Nos regocijamos en la alegría de nuestros amigos tanto como en la nuestra y estamos igualmente dolidos por sus penas. Por tanto, el hombre sabio se sentirá exactamente igual hacia sus amigos como hacia sí mismo y se esforzará tanto por el placer de su amigo como por el suyo.

Los hombres de la multitud también quieren hacernos creer que la virtud, en vez del placer, es la meta de la vida.

Pero Epicuro nos ha demostrado que los que consideran como bien supremo a la virtud solo están seducidos por un nombre y no entienden los verdaderos requerimientos de la naturaleza. A los hombres de la multitud les encanta la poesía sobre la belleza trascendente de las virtudes. Pero para ser dignas de alabanza o deseables, ¿no debieron las virtudes producir placer? Estimamos valioso el arte de la medicina no por ser una ciencia interesante sino porque favorece a la salud. El arte de la navegación es elogiado por su práctica y no su valor abstracto, porque transmite las reglas para navegar en un barco con éxito. Así también la sabiduría, que debe ser considerada como el arte de vivir, si no efectúa ningún resultado no es deseable. Se desea la sabiduría porque es el medio para adquirir y producir placer. Por lo tanto las virtudes, sobre las cuales a los hombres de la multitud les encanta hablar de manera tan elocuente, en última intancia no tienen sentido si no es basado en el placer. Y ya que el placer es la única cosa que es intrínsecamente atractiva y seductora, no puede ponerse en duda que el placer es el objetivo de la vida y que una vida de felicidad no es otra cosa que una vida placentera.

De manera que estas posiciones con respecto al objetivo de la vida son opuestas, una es sabia y la otra es locura. ¿A cual querrá unirse? ¿A cual de las dos los hombres de la multitud le harían seguir? Por un lado, los hombres de la lógica dicen que la palabra amigo” se puede definir con precisión como un concepto ideal, pero que no es posible saber con solo mirar si un hombre en particular es amigo de uno. Por el otro lado, los hombres de la naturaleza dicen juzgar un amigo al observar si los hombres actúan en beneficio mutuo. En respuesta, los hombres de la lógica dirán que la amistad basada en la ventaja va a destruir el concepto ideal de la amistad.

Lo que los hombres de la multitud ofrecen a través de su lógica sutil no es más que la distorsión de las palabras y la división de las sílabas.

No sea uno de los que están atrapados en su trampa. Ya que los hombres de la lógica dicen que a menos que usted pueda inventarse premisas engañosas, y por deducción lógica asociar a estas premisas alguna falacia que nace de la verdad, usted no será capaz de distinguir entre lo que las debe elegir y lo que debe evitar.

¡Tales hombres deberían avergonzarse! ¡Siendo adultos, y tratando problemas tan graves, sin embargo hacen un juego de ésto!

Los hombres de lógica nos quieren hacer razonar según fórmulas. Dicen que la palabra “ratón” es de dos sílabas, y un ratón come queso; por lo tanto dos sílabas comen queso.

Supongamos ahora que usted no puede resolver este problema de dialéctica. ¡Vea el peligro que se cierne sobre uno como resultado de tal ignorancia! ¡En que problema estará! Sin duda usted debe tener cuidado, o algún día estará poniendo a las sílabas trampas para ratones, o si se descuida, un libro podría devorar su queso!

Es decir, a menos que los hombres de la lógica vengansocorrerlo y le bendigan con otro silogismo más astuto aún, se quedará con esto: ‘ratón’ son dos sílabas; las sílabas no comen queso; por lo tanto, un ratón no come queso.

¡Que pueril tontería! ¿Nos vamos a romper la cabeza por este tipo de problema? ¿Nos vamos a dejar crecer las barbas por esta razón? ¿Es esta la manera de pensar que enseñaremos con caras serias y amargadas?

¿Sabe lo que ofrece la sabiduría a la humanidad? La sabiduría ofrece consejo. La muerte llama a un hombre y la pobreza entristece a otro; un tercero está preocupado al comparar su riqueza con la de su vecino. Un hombre tiene miedo de la mala suerte; otro deseos de alejarse de su propia buena fortuna. Algunos hombres son maltratados por otros hombres, algunos piensan que son maltratados por los dioses.

¿Por qué, entonces, los hombres de la lógica nos presentan juegos de palabras como éstos? Los grandes asuntos de la vida no son ocasión para broma. A usted se le ha encomendado ser el consejero de hombres infelices, de enfermos y necesitados, y de aquellos prontos a morir. ¿Que hace? ¿Dónde y por qué se ha descarriado?

El amigo con el cual está bromeando vive con miedo. Ayúdelo a quitarse la soga del cuello. Los hombres están estrechando sus manos implorando desde todas partes. Hombres cuyas vidas están en ruinas, o en peligro de ruina, están pidiendo ayuda. Las esperanzas de los hombres, los recursos de los hombres, dependen de usted.

Los hombres le piden que les libre de su inquietud, que les revele la clara luz de la verdad mientras están dispersos y errantes. Dígales qué cosas la naturaleza ha hecho necesarias, y qué cosas son innecesarias. Dígales lo simples que son las leyes que la naturaleza ha establecido, como de agradable sin trabas es la vida para aquellos que siguen sus leyes, y cómo de amarga y perpleja es para aquellos que han puesto su confianza en la lógica y la opinión, en lugar de en la naturaleza.

Consideraríamos los juegos de lógica como de algún provecho en el alivio de las cargas de los hombres si los hombres de lógica nos pudieran mostrar cuales de estas cargas van a aliviar. ¿Cuál entre estos juegos de lógica destierra la lujuria? ¿O la controla? ¡Ojalá pudiéramos decir meramente que estos juegos de palabras no son de ninguna ayuda! ¡Son positivamente dañinos!

Lo que es perfectamente claro es que un espíritu noble, cuando se involucra en este tipo de juegos sutiles de la lógica, se ve afectado y debilitado.

¡Deberíamos avergonzarnos de mencionar cuales armas proveen los hombres de la multitud a los que están destinados a ir a la guerra con la fortuna, y lo mal que les preparan! ¿Es este el camino a su supuesto bien mayor? ¿Debe la filosofía proceder con tales tonterías y sutilezas, que serían una vergüenza y una afrenta incluso para el más bajo de los abogados?

¿Qué otra cosa hacen los hombres de la lógica cuando deliberadamente atrapan a la persona a la que están cuestionando, sino actuar la parte del abogado engañoso, haciendo que parezca que su víctima ha perdido su caso en un error técnico?

Pero así como el juez en un tribunal puede recomponer a aquellos que han perdido un pleito por el engaño, del mismo modo la filosofía puede recomponer a las víctimas de estas sutilezas.

¿Por qué no vemos a los hombres de lógica alcanzar sus nobles promesas? ¿No nos  han asegurado con un lenguaje altisonante que no van a permitir que ni el brillo del oro ni el resplandor de la espada deslumbren su vista? ¿No nos han asegurado con firmeza que desprecian tanto lo que todos los hombres anhelan como lo que temen? ¿Por qué los hombres de lógica se degradan con rimas tontas de maestros de escuela? ¿Cuál es su respuesta? ¿Ofrecen un camino al cielo? Porque eso es exactamente lo que la verdadera filosofía nos promete: ¡que hemos de ser iguales a los dioses!

¡Es a una vida de sabiduría, como dioses entre los hombres, que se nos ha convocado! Con este fin hemos venido. La naturaleza y la verdadera filosofía mantendrán sus promesas.

Por todas estas razones, retírese lo mas posible de los silogismos, las racionalizaciones y las mentiras de los hombres de la multitud. La franqueza y la sencillez son lo que conduce a la verdadera bondad.

Incluso si usted es muy joven y tiene muchos buenos años por delante, encontrará demasiado corto que el tiempo que tiene para el ocio y todas las cosas necesarias. Pero no importa su edad: el tiempo es oro y es una locura aprender cosas superfluas.

Epicuro nos enseñó que no es de ninguna ayuda en absoluto la lógica teórica en la que los hombres de la multitud ponen tanto énfasis, ya sea como una guía para la conducta o como una ayuda para el pensamiento. Por el contrario, Epicuro nos ha demostrado que el estudio de la naturaleza es lo más importante. El estudio de la naturaleza nos explica el significado de los términos, la naturaleza de la causa y el efecto, y las leyes de la coherencia y la contradicción. Un conocimiento profundo de los hechos de la naturaleza nos libera de la carga de la superstición, nos libera del miedo a la muerte y nos protege contra los efectos perturbadores de la ignorancia, que a menudo es en sí misma una causa de miedos aterradores. El conocimiento de las cosas que la naturaleza requiere realmente mejora el carácter moral. Sólo si entendemos firmemente el bien razonado estudio de la naturaleza y si observamos el canon de la verdad, que ha caído del cielo con más seguridad que cualquier llamado libro sagrado y que nos da conocimiento del universo, como la prueba de todos nuestros juicios, podemos aspirar a mantenernos firmes en nuestras convicciones inconmovibles ante la elocuencia de cualquier hombre.

Por el otro lado, sin un firme entendimiento del mundo de la naturaleza, es imposible estar seguro de la validez de las percepciones de nuestros sentidos. Siempre recuerde que cada presentación mental tiene su origen en la sensación y ningún conocimiento o percepción es posible a menos que las sensaciones sean fiables, como Epicuro nos ha demostrado que son.

Los hombres de la multitud que niegan la fiabilidad de los sentidos y dicen que nada puede ser conocido, han excluido la prueba de la verdad que da la naturaleza y no son capaces incluso de hacer sus propios argumentos. De esta manera han perdido incluso la posibilidad del conocimiento y la ciencia, y al hacerlo se han abolido todas las posibilidades de la vida y la acción racional.

En cambio, el estudio de la Naturaleza provee valor para enfrentar el miedo a la muerte y resolución de resistir los terrores de la religión. El estudio de la naturaleza ofrece paz mental mediante la eliminación de toda ignorancia sobre los misterios de la naturaleza y proporciona control de sí mismo, explicando las clases de deseos y lo que nos permite distinguirlas.

En suma, pues, la teoría de Epicuro es más clara y más luminosa que la luz del día. Se deriva por completo de fuentes de la naturaleza. El método completo epicúreo se confirma en la evidencia objetiva e irresistible de los sentidos. Bebés que balbucean, e incluso animales mudos, impulsados ​​por las enseñanzas de la naturaleza, casi pueden encontrar la voz para proclamarnos que en la vida no hay bienestar otro que el placer, que no hay dificultades sino dolor, y su juicio en estos asuntos no ha sido dañado ni corrupto.

¿No debemos entonces sentir la mayor gratitud a Epicuro, el hombre que escuchó estas palabras de la propia voz de la naturaleza y entendió su significado tan firmemente y tan plenamente, que fue capaz de guiar a todos los hombres sanos de mente en el camino de la paz y la felicidad, de la tranquilidad y el reposo?

Los hombres de la multitud se entretienen pensando que Epicuro era inculto. La verdad es que Epicuro se negó a considerar cualquier tipo de educación como digna de ese nombre si no enseña los medios para vivir felices. ¿Iba Epicuro a pasar su tiempo, como los hombres de la multitud inspiran a los débiles de mente a hacer, leyendo a los poetas y las especulaciones de la religión falsa, que no nos dan nada sólido ni útil sino que son sólo diversiones infantiles? ¿Iba Epicuro a ocuparse, como Platón y Aristóteles, con la música y la geometría, la aritmética y juegos de lógica? Estas cosas son en el mejor de los casos meras herramientas, y si parten de premisas falsas nunca pueden revelar la verdad o aportar nada para hacer la vida más feliz y mejor.

¿Iba Epicuro a estudiar las artes limitadas como éstas y a descuidar el arte maestra, tan difícil pero a la vez tan fructífera, el arte de vivir? ¡No! No era Epicuro quien estaba mal informado. Los verdaderamente faltos de educación son los que nos piden que sigamos estudiando hasta la vejez los temas que nos deberíamos avergonzar de no haber aprendido cuando éramos niños.